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Archive for 2/04/17

Por: Derek Walcott (1930-2017)

In Memoriam

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A mis compañeros de a bordo en esta náutica,
a mi hermano Roderick
y a Roger Straus

. 

LIBRO PRIMERO

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CAPÍTULO IV  

III

Me senté en la blanca terraza mientras esperaba la cuenta.

Nuestro camarero de negra corbata de mariposa, se abría paso a duras penas por la arena entre las repletas hamacas, rebotando con la música disco

.

de los altavoces, una bandeja deslizándose en una de sus manos.

Los turistas dieron un giro, asando sus espaldas

en la parrilla de mediodía. El camarero las estaba pasando negras

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con sus suelas de cuero. Resbalaban duna abajo,

pero la bandeja se tambaleaba sin derramar el gin lime

sobre alguna chamuscada espalda. Estaba decidido

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a satisfacer las demandas de la playa, como un Lawrence de Santa Lucía,

sólo que marchaba arrastrando los pies hacia un litro

de cohibido champaña. Como todo perdedor nato,

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pronto pateó el balde. Dio un descanso a su bandeja, quitó la arena

de los cubitos de hielo con un trapo y los dejó caer en el balde,

luego dejó caer también la botella; una vez hecho eso,

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pareció listo para ayudar a una esposa a embutir con prisa sus tetas

en el ronzal, mientras el marido, sentado, se abrasaba de rabia

como jeque entoallado. Luego Lawrence arrugó la frente a un espejismo.

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Eso fue cuando, con él, volví la cabeza a la aldea,

y vi, entre jaula de alambres del cielo al mediodía,

una playa con su pantera sigilosa; luego el espejismo

.

se disolvió en una mujer con un lazo de madrás en el pelo,

pero la cabeza era altiva, aunque anduviera buscando empleo.

Tenía ganas de ponerme en pie como homenaje a una belleza

.

que dejaba, como una nave, agrandados los ojos en su estela.

“¿Quién carajo es ésa?”, preguntó un turista, cerca de mi mesa,

a una camarera. La camarera dijo: “¿Ella? ¡Una altanera!”

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Mientras los cincelados párpados de la inimaginable máscara

de ébano se deshacían de su nube de algodón hidrófilo,

la camarera dijo con desprecio: “Helena.” Y el resto vino después.

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CAPÍTULO VII

I

¿Dónde comenzó? El rugido férreo del mercado,

con lunas crecientes o melones mahometanos,

con manos de plátanos de la urna de un faraón,

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limones dorados como los cojones de los leones etruscos,

la luna inerte de una deslumbrante macarela; el sufrimiento

se multiplica con los puestos, las rizadas cabezas de las coles

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embutidas en una bandeja para el deleite de implacables Césares,

esclavos colgados cabeza abajo en un gancho, los cuerpos abiertos en canal

de los rebeldes crucificados, procedentes de las villas de tejas anaranjadas,

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de las coronas de berros, y ahora pasan los pequeños

corazones de los pimientos,  los chicozapotes con pezones

de las doncellas ofrendadas a los Conquistadores.

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Los puestos del mercado encerraban la historia de las Antillas

lo mismo que la de Roma, el fruto de un desastre,

donde las balanzas de bronce oscilaban, niveladas tan sólo

.

por la lágrima férrea de la pesa, cada platillo de bronce

se equilibraba sobre un horizonte, pero nunca eran iguales,

como el viejo y el nuevo mundo, por muy justas que parecieran las cosas.

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Salieron del mercado de hierro. Aquiles le devolvió a Helena

la canasta llena. Helena dijo: “Ba moin”!

“¡Dámela!”

Aquiles dijo: “¡Oye! ¡Yo no soy tu esclavo!

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Tienes que lucirte delante de la gente?” Desde luego, ella se rió

con una de esas sonoras carcajadas suyas, luego camino adelante.

Y él, sintiéndose como un perro que era dejado atrás

.

para olisquear las sobras de sus pisadas, oyó resonar de pronto

su propia voz de un lado al otro de la calle. La gente volvió la cabeza

en dirección al grito. Aquiles vio mezclarse el vestido amarillo

.

a la muchedumbre que se juntaba. Helena nunca

se volvió, cargando la canasta con ambas manos. Que fuera tan terca

lo volvía loco. Le dio alcance. Luego hizo un intento

.

de recuperar la canasta, pero ella se la arrancó con violencia.

“¡Tú no eres mi esclavo!”, dijo.

Y él: “Tengo rendidas las manos.”

La siguió hasta aquella parte de la orilla del puerto,

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más allá de los vendedores de carbón, donde las camionetas

se alineaban como carros de trompa chata y mirada fiera, zumbando

con los motores en marcha lenta. Ella se detuvo, y, trastornada

.

por la rabia, gritó: “¡Déjame, niñito!”

Aquiles la empujó contra una camioneta.

Había espantado a una pantera. Garras destrozaron

su cara en un instante; cuando le aferró el brazo,

dientes magníficos aserraron sus nudillos, le desgarró su traje

de vestir, mientras él, a su vez, le rasgó con rabia el vestido amarillo.

Héctor, el dueño de aquel vehículo, la metió en la camioneta:

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domador que anima a una pantera a volver a la jaula.

Aquiles sintió quesu cuerpo se vaciaba de todo su orgullo,

mientras la muchedumbre se interponía entre él y Héctor.

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Aquiles tenía lágrimas en los ojos. No podía ocultarlo.

Ella le opuso el codo cuando Héctor se encaramó a su lado.

La camioneta se disparó por el puerto. Aquiles recogió la fruta.

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CAPÍTULO VIII

I

En el museo de la isleta se encuentra una retortijada botella

de vino, con costras de oro falso, extraída de las profundidades,

frías como el hierro, de abajo del reducto. La han catalogado

.

los expertos de varias maneras; una: un galeón,

arrastrado por un huracán desde el puerto de Cartagena,

muy lejos al este, había dejado detrás una estela de barras de oro

.

y vino de su cala (opinión por muchos

buzos que bajan); la otra era un disparate

y una simpleza: que la botella con costras de oro

.

provenía de una nave capitana de la Batalla de los Santos,

pero el vidrio estaba tan enconstrado que no cabía aclararlo.

Sin embargo, el mito dilataba sus ondas cada siglo:

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que el Ville de Paris zozobró allí, no un galeón

repleto de moneda imperial, con un pulpo ciclópeo

por centinela, dueño de un ojo parecido a la luna.

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Abisal como la fe de un buzo, mas nunca descubierta,

la confianza en la reliquia transformó a la aldea,

que llegó a creer que rabihorcados sobrevolaban en círculos

.

a la botella, y que rabiosas gaviotas los atacaban.

Sostenían su fe cuando la de los expertos desembocaba en la duda.

La sombra del galeón descendía sobre la hoja de papel pautado

.

en que Aquiles, cuando el mal tiempo imperaba, hacía cuentas

junto a la mecha de un quinqué; la oscura nave

dividía sus sueños, mientras el ojo lunar del pulpo

.

trepaba a las palmeras, que levantaban sus brazos a manera

de tentáculos. Brillaba como un chelín. Todo era dinero.

El dinero va a cambiarla, pensaba. En esta mala vida

.

la que la hizo tan mordaz. Se había burlado antes de la creencia

en el bajel allí naufragado. Ahora comenzaba a bucear,

desde una chalupa chica, más allá de la línea del arrecife,

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con fusil subacuático y langostera. Tenía que asegurarse

de que ninguna vela le tomara desprevenido, bogando en llano

sin hacer sonar las chumaceras. Alimentó el ancla con cautela

por encima de la borda. Se ató el bloque de ceniza

con un nudo corredizo para acelerar el descenso,

luego se ciñó al hombro con suavidad una bolsa impermeable

.

como talega para el dinero. Serán para ella cada uno de los centavos,

juró, santiguándose mientras buceaba. Encajados entre las rocas,

allá abajo, estaban la salvación y el cambio. El bloque atado

.

a su talón hacía que se hundiera con más rapidez que un cadáver

lastrado con plomo y envuelto con una lona, el corazón de piedra

dentro de pecho sumaba su peso en libras. ¿Y si el amor

.

estaba muerto dentro de ella? ¿De qué serviría vaciar monedas

de plata sobre un vientre que una vez lo había calentado?

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hondas brazas hacia su fortuna: moidoros, doblones,

mientras los torcidos dedos de las algas lo convidaban;

sintió el frío de los ahogados calando su sexo.

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CAPÍTULO IX

II

Héctor no estaba con Helena. Estaba con la mar,

tratando de salvar su canoa cuando la amarra del ancla

se soltó, pero crueles cordajes de negra lluvia hicieron

.

girar hacia atrás la prosa en las aberturas de las olas cuando buscaba

a tientas el amarradero; y los pardos senos con desechos de cocos,

el casco se hundía mientras la sentina remolineaba a sus pies;

.

vio cómo estallaba cada remolino. ¡Alto como una casa!

Y en seguida, el prolongado y recio retumbo del cañón;

sin poder ver la tierra entre la lluvia, creyéndola cercana

.

por el agua que chirriaba mezclada con la arena, y tuvo miedo

entonces, al ver cómo eran arrastrados más allá del faro

que daba vueltas, sin ancla, entre las ráfagas; el bote voltejeaba

.

del lado de la borda, por eso Héctor cambión de lugar su peso,

bogó con energía con el remo corto para bordear;

pero remaba en el aire: las crestas de las olas, a un tiempo pardas y blancas,

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se revolvían con palmeras arrancadas; se irguió con el remo, meciéndose

sobre el tablón de la quilla, luego se sentó; su alma estaba empapada y trémula.

Se arrastró hasta la proa, y se arrojó de cabeza hacia la playa,

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mas la girante popa le dio un culatazo, de modo que vino a dar debajo

de los desechos que buscando calma y hondura, pero cuanto más se sumergía,

más fuerte lo arremolinaba la corriente; relámpagos y truenos

.

estallaban y veía irse a pique la canoa sin pesar alguno;

y se dejó arrastrar un rato por el seno de una ola,

braceando de espaldas, para medir el ritmo preciso

.

de las crestas; después, como llevado por una tabla hawaiana,

patinó por un muro de agua que se levantaba muy lento; una vez que estuvo

al compás, pudo nadar con la resaca en desplome, sin oponerse al designio

de la mar, dejando que le volteara si ése era su antojo, aun cuando su gana

fuera tratarlo igual que a su propia basura; luego sintió el remolino

de fina arena, y, trastabillando, se puso en pie en las aguas de los bajos.

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Versión de JOSÉ LUIS RIVAS.

Omeros. Barcelona. Círculo de Lectores. 1995. Págs. 37-39, 57-59, 65-67, 75-77.

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