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Archive for 30 mayo 2017

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II

El tiempo que me queda de vida lo

comparto con ánimo infinito, sin fin,

misterio del principio.

 

XIII

El mensaje de los tres péndulos

gira en su centro convexo.

Nosotros estamos en el medio

de la cabeza de la lógica.

Tengamos miedo, de esa cabeza

llena de tinieblas.

Somos la oscuridad interior.

La luz esta en nuestra propia

Sombra.

 

XVII

Has abierto una

vena en mí

ahora es el momento de expresar

como observador de

mi mismo

me has estimulado

para construir

referencias sublimes,

nueva concepción

del mundo

espíritu

nostalgia se derrama

en un placer interrogante.

 

XXV

En presencia virtual

se construye una historia para

comenzar a contar los

espacios llenos de amparos

y malabares diestros en un

universo de ojos abiertos.

 

XXXII

 La materia adquiere

su estructura a medida

que recorre los millones

de años luz hasta

irse solidificando

dejando ese misterio

de su origen intacto.

Sensación

de espacio y eternidad

antes de la gestación.

 

XLV

 Muestro un puño

que guarda el secreto.

Abro la mano y

brota un árbol con

raíces desde la palma.

Es un instante

no puede la mano cerrarse

ya es el árbol que guarda

el secreto.

La mano

fue la iniciativa primaria

que descansa

volviéndose humus

y el ejercicio de su propia acción.

 

XLIX

 La lógica y el azar

se muestran con sus hilos

invisibles

Sentir

las cuerdas tensas, me

hace vibrar en las

paredes internas

de tu piel y de tu mente.

 

LIII

 Juego en mis acrobacias

esquivo las rectas las sombras

que se me aparecen

de vez en cuando.

 

LV

 De ahora en adelante

en una pausa solo espero

que el lobo feroz de

la noche aúlle

como un pibe

solitario que

lo tiene todo con su

citara cantora de

emoción profunda y

silenciosa.

 

LVIII

 El hombre culto

mide el

equilibrio de su construcción.

Vírgula tenaz

proporción perfecta.

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… on the rock. poemas para leer sobrio. San José, Costa Rica. Fundación Camaleonart. 2016. Págs. 14, 35, 41, 53, 64, 84, 90, 96, 100, 105.

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Estaba tirado en el concreto, su cara llena de hollín y alquitrán. Nadie reparaba en él, nadie se daba cuenta de aquel cuerpo… Nadie lo reclamaba.

Ella pasaba por ahí. Como todas las noches hacía su habitual recorrido. Vagabundeaba en busca de tarros y botellas vacías, metía sus ojos en todos los rincones. Clavando sus pupilas en el detritus, revolviendo nauseabundos tachos de basura dio con él. Su cara: un mapamundi ennegrecido. Su abotagado estómago: una nube de moscas haciéndole la corte. Llevaba un gabán raído, sin pliegues, sin bolsas, sin botones. Ni uno solo. Y los pantalones eran de un color cian revestidos de una red de agujeritos y costuras blancas.

Ella salía de su bohardilla a las diez en punto de la noche. Nunca había fallado. No se la veía en el día. Era una asidua habitante nocturna. Su pieza apretujada de tarros, de botellas. Su enagua roja despedía brillos robados al acero. Una blusa de cuadritos amarillos y verdes le daban un aire dominante. Calzaba fuertes botas, hechas así, para rajar en dos los tachos de basura. Apenas se iniciaba el itinerario. Las sombras se deslizaban furtivamente por las paredes. Tan pronto, y ya, el primer acontecimiento:

  • ¿Quién es? ¿Quién será? ¿Lo conozco? ¿Lo habré visto alguna vez?

Ahí, detenida, casi hecha de piedra frente a ese cuerpo pensaba que todas las noches eran diferentes. Recordaba que nunca una se había repetido. A veces regresaba arrastrando los pies y con las manos entumecidas por no haber encontrado nada. El día anterior había sido formidable: tarros de cerveza alemana, tarros de conserva inglesa, una acinturada botella que despedía un sabroso efluvio a vino, muchas botellas de whisky escocés… Muchas sombras… Ahora, poco movimiento… Cero botellas… Cero tarros… ¿Pero quién será?

Se quedó estática viéndolo durante un interminable minuto. Con las puntas de sus toscas botas trató de removerlo, pero nada; pensó que lo mejor que podía hacer era largarse. Pero no. ¿Cómo podría hacer eso? Se inclinó sobre él. Trató de identificarlo: imposible, demasiado hollín, demasiado alquitrán… sería muy embarazoso que apareciera una tercera persona. Comprometedor, aterrante, preguntas, respuestas. Justificaciones.

Como si estuviera orando, hincada en el concreto, recogido el ruedo de su enagua roja y lo aplicó con cuidado sobre el rostro. Este era ceroso y macilento. Se veía mejor con su máscara de hollín y alquitrán. Sus ojos chispearon como dos locas luciérnagas en la oscuridad. Sus manos, sus piernas, fueron un solo estremecimiento. Bajó cuanto pudo el rostro. Todo fue inesperado pero en aquel instante. Le había encontrado… Aquel que de seguro se largó entre los desacompasados silbidos de un barco atunero… Aquel que fue joven…

Se quitó las pesadas botas. Casi por instinto se acostó a su lado. Eran un solo cuerpo, un solo bulto. Era un gabán sin botones y una enagua roja. Una noche sin estrellas, sin ruidos, plagada de sombras.

Tuvo el suficiente tiempo para soñar: los dos recogiendo tarros de todos los colores y formas, botellas gigantes, botellas enanas, aplastadas, botellas que reían, que hablaban… con rapidez tendrían bastantes, suficientes como para no ocuparse de nada más, no volverían a caminar sobre las cloacas, sobre los caños, por entre tenebrosos callejones… se encerrarían para siempre.

Su enagua roja perdió el brillo, muchas gotas de rocío, tal vez de agua, porque quizá esa noche llovió, la fueron inundando.

Era el momento en que las negras aves de la madrugada se repliegan. Era el crepitante paso del crespúsculo, dejando difuminados algunos jirones de niebla.

El Sol anunciaba su llegada. No había que pensarlo más. Ya lo había decidido. No le quedaba ninguna otra alternativa. En eso era unánime: lo acompañaría. No importaba el Sol que se le venía encima; no importaba el ruido lacerando sus oídos. Estaba segura de lo que iba a hacer: de nuevo se incorporó, restregó, o mejor hundió sus manos entre las hendiduras del asfalto, con delectación le volvió a hacer la máscara de hollín y alquitrán, le agradó su obra, era algo con lo cual nunca había contado: hacer máscaras. Se tendió en forma de ovillo a su lado y con un sugestivo movimiento de sus manos su rostro quedó como el carbón.

Muestra Gráfica de SILA CHANTO

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Noches de celofán. Costa Rica. Fundación Camaleonart. 3ª Edición. 2015. Págs. 33-36.

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A Beatriz Peña Trujillo

 

Aquella noche, cuando el general Bolívar durmió en el convento de Nuestra Señora de los Ángeles, volví a soñar con la cabeza del comunero. Podía verla sin tocarla, allá en la punta de la escarpia, penetrada desde abajo por el chuzo, en la cima de la loma, de un color morado la frente y las orejas, rodeada toda de moscas y gallinazos que bajaban de los cielos para picotearla. Parte de la piel había sido ya descuartizada, los ojos arrancados de sus cuencas, y de la masa sanguinolenta sobresalían los huesos quebrados, mordisqueadas las carnes a picotazos se disputaban los chulos carroñeros. La cabeza preguntaba por su tronco y sus brazos. Dónde están los brazos del comunero, decía la cabeza, Policarpa, corre a buscar mi mano derecha en la plaza del Socorro. Me acerqué a la estaca para bajar la cabeza pero estaba demasiado alta. No quería que la cabeza me hablara. Pero ella decía que su pie izquierdo se pudría en Mogotes. Entonces advertí que la cabeza ya no era la misma sino otra, que no tardé en reconocer. Aquella otra cabeza, que era la misma y empezaba a ser otra pero sin dejar de ser una y sin llegar a ser otra, todavía conservaba el bigote ralo que había distinguido al comunero.

Pero cuando, de un momento a otro, las moscas y los chulos desaparecieron –las moscas iban saliendo de la boca y los chulos volaron de su cabeza-, subí la loma y agarré con mi mano izquierda la guadua que la ensartaba. Sentí su sangre vegetal, la sangre de la pica, que era la misma que chorreaba de la cabeza. Miré hacia arriba otra vez, pensando que iba a encontrar la cabeza del comunero, pero descubrí entonces la de Alejo Zabaraín.

En la punta de la escarpia, Alejo sonreía y yo quería tocar sus labios, poner mis dedos entre su boca reseca, pero mis manos no alcanzaban. Y otra vez vinieron las moscas a posarse en su rostro. Entonces, la cabeza de Alejo empezó a pudrirse, enrojecieron sus mejillas y se llenaron de granos de virolento y luego la nariz se cubrió de pústulas y llagas de lazarino, y aun así yo quería poner mi mano en sus labios. Alejo empezaba a morir en lo alto y los gallinazos venían a picotearlo. Quise espantarlos pero ello se abalanzaron sobre mí.

Entonces me entraron ganas de salirme del sueño pero no pude.

Uno de los chulos me perseguía por las calles.

Policarpa, me llamaba, Policarpa Zalabarrieta.

Cuando desperté estaba viendo al general Bolívar con la cabeza de Alejo Zabaraín entre las manos.

*

En la madrugada azul, la carreta recorría la ciudad con las cabezas de los muertos, parecía volar sobre los tejados y luego empequeñecía para descender y tomar otra vez el camino real que lleva a San Miguel de las Guaduas. Algunas cabezas caían como si fueran agua que se derrama por los pondos, los cráneos se estrellaban contra el empedrado de las calles y hacían un ruido seco, crac, crac, como ramillas que se quiebran al ser arrancadas de los árboles. Ese maldito gallinazo seguía gritando ea, ea, y no dejaba de restallar el látigo sobre el lomo de la mula Comunera. Barbarita Cuervo, Pedro Celestino Azuero, Bibiano y yo corríamos detrás de la carreta, queríamos colgarnos de sus adrales pero apenas lo conseguíamos el gallinazo gritaba bájense ya, bájense ya y su fuete quemaba las manos.Solo queremos ver las cabezas de los muertos, dijo Pedro Celestino.

La carreta ahora tomaba el rumbo de la recoleta de San Diego y el gallinazo dejaba pastar a Comunera en los potreros cercanos. Los ojos de la mula relumbraban en la penumbra. El gallinazo sacaba las cabezas de la carreta, las agarraba por los mechones y las depositaba en el prado. Esta es la cabeza de Francisco José de Caldas, decía y la señalaba con su garra. Tenías hebras de cabello en el cuero amoratado y los ojos ya se habían hundido bajo las cuencas.

Barbarita y yo nos acercamos a la carreta para ver las otras cabezas de los muertos.

-Allí está tu cabeza, Pola –dijo Barbarita señalándola con el dedo.

De mi cuello cortado manaba la sangre.

*

No deja el cronista de atribuirme cierto comportamiento licencioso que si bien no me molesta es conveniente justipreciar, y aunque ni antes ni ahora me he avergonzado de mis no tan secretas aventuras, desearía que el lector al que usted se dirige me recuerde más por los decididos servicios que presté a la causa de la libertad, superiores en mucho a los que hoy pregonan respetables matronas santafereñas que ahora se envanecen de un patriotismo que jamás sintieron cuando, en los días de terror, poco hacían por disimular su cobardía ante los verdugos. De seguro fueron estas damas las propagadoras de estas consejas y de muchas otras que, aun si se creyera sólo una parte de las mismas, harían sonrojar a las más desvergonzadas cortesanas romanas. No se fíe usted de tales declaraciones pues tengo para mí que tales señoras, todavía hoy, juzgan como impúdica la pasión que Policarpa sentía por Alejo Zabaraín. Debo aclararle entonces que José María Arcos no fue mi amante, como usted parece sugerirlo en las últimas líneas que me ha entregado, y si lo hubiera sido no lo negaría, tal como es costumbre entre las reputadas damas que hoy me difaman. Pero tan menesteroso y hebetado andaba ese pobre escribiente el día que me entregó los pliegos que ganas no me faltaron de consolarlo y de ofrecerle un chocolate, invitación que de inmediato rehusó. Déjeme decirle algo de este oficial: era un hombre triste, solitario, quizás ignorante en asuntos de amor, como si la guerra lo hubiera situado en un destino que no merecía. Pero repetidas veces, Policarpa y yo nos solazamos en las bellas cartas y los poemas de amor que él escribía y que juntas leíamos tendidas en le catre, yo leyéndolas con teatral y entonado acento y ella deteniéndose más en la bella caligrafía del autor, que como usted bien dice no le era indiferente.

A lo mejor yo me hubiera enredado con el poeta Arcos, librado así a Policarpa de una cierta culpa que la atormentaba, si por aquellos días del Corpus no aparece en escena don Francisco de Vilaseca, hombre de teatro, maduro ya aunque no envejecido, admirador de Calderón y de Lope y, según él, primo del marido de Agustina de Aragón, la famosa artillera que en Zaragoza puso en fuga a los franceses, historia que quisimos llevar a las tablas, fracaso que me dolió y del que vino a consolarme mi amiga Policarpa.

Pocas fueron las semanas que estuve en manos de Vilaseca, mucho fue lo que me enseñó sobre el arte de la actuación, y si no hubiera sido por los designios de Sámano, y también de la Divina Providencia, me habría convertido en verdadera actriz de la mano de ese hombre, que años después regresó a la capital. Por cierto, ya desde entonces don Francisco no gustaba de las comedias y afirmaba que todo tiempo de terror se acompaña siempre de risa, de frivolité, cuando no de indiferencia y de regocijo. En esto él y yo disputábamos pero en el curso de mi vida he venido a hallarle razón en todo cuanto decía, pues este carnaval tan veleidoso al que muchas veces asistimos no es otro que el de la muerte y hay quienes nos quieren hacer creer que es el del amor o el de la vida. Muchas otras cosas por las que usted pregunta no podré respondérselas, unas porque las ignoro y otras porque, aun sabiéndolas, no las escribiría. Cuando usted quiera venir a verme, hágamelo saber por este mismo medio, que si nunca me han preocupado las bellacas calumnias que casi por obligación han levantado contra mí, ahora tendré las mismas por amorosos cumplidos.

Dios guarde a U. muchos años aunque no tantos, para que se apresure a aceptar mi invitación.

BARBARITA CUERVO

La pasión de Policarpa. Bogotá. Grijalbo. 2010. Págs. 9-10, 57-58, 245-247.

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La naturaleza

 

Charles Bukowski: OK.

Barbet Schroeder: No te gusta la naturaleza.

CB: Las prostitutas son naturales.

BS: Los árboles, el campo…

CB: Me aburren. Carl Weissner nos llevó de viaje a través de Alemania enseñándonos todos los cerros, lo verde y yo empecé a cabecear. Mierda, una vez di una lectura de poesía en Oregon o en Wasghinton o en algún otro lugar. Algún tipo iba manejando. Después de la lectura donde se suponía que yo violaba a una profesora de inglés… para el tiempo que llegué ahí todo estaba tan aburrido que ni siquiera se me podía parar. Árboles, lo verde. Está bien, está bien, pero me refiero a que finalmente puede embotarse (gesticulando hacia el cielo). Es justo como: árboles verdes, árboles verdes, árboles verdes. Está bien. ¿Qué se le va a hacer?

Dame las ciudades. Dame humo. Me gusta lo que me dijo el chico en París, el Rey de los… ¿qué?, el Rey de los Punk, si. Dijo, la gente se quejaba por el esmog. Me encantó. Subía y bajaba los zippers de su ropa. Y sabe que hay una forma de amar el esmog, no es una “no verdad”. Se siente bien. Sales a caminar y vas (respira profundamente). Eres parte de él, mierda, estás caminando a través del esmog. Amas los edificios, amas la inflación. Hay criaturas que se ajustan a las condiciones. Va a haber gente del esmog, gente de la inflación. Mientras más alto el precio… Vas a entrar a un lugar en algún momento y la mesera dirá: “Bueno, son 365 dólares por un sándwich de carnero”. Y tú dirás: “¿Eso es todo? Voy a pagarte 565 dólares, ¡y aquí te dejo una propina de 365 dólares!”. Éstas son las personas que van a sobrevivir, ¿no lo ves? Están listos para la inflación, ¡están listos para el esmog! ¡Lo aman! ¿Cuál es la diferencia? Sólo es mental. ¡Déjate llevar! Aquí, ¡toma una propina de quinientos dólares! No, está bien. No significa nada menos que quieras que signifique algo, ¡carajo! Así que sigues cambiando de gobierno, sigues cambiando de mujeres, ¿cuál es la diferencia? Aquí estamos de regreso con las mujeres….

Muriendo de hambre por el arte

 

BS: Dijiste que morirse de hambre no crea arte, que crea muchas cosas, pero que principalmente crea tiempo.

CB: Ah, sí. Bueno, hey, eso es muy básico. Odio desperdiciar tu cinta de grabación para decir esto. Pero tú sabes, si trabajas en un empleo de ocho horas y vas a recibir 55 centavos por hora… Si te quedas en casa no vas a recibir nada de dinero, pero vas a tener tiempo de escribir algo en el papel. Supongo que fui una de esas rarezas de nuestros tiempos modernos que de verdad se mató de hambre por su arte. Realmente morí de hambre, sabes, para tener 24 horas sin intrusos. Renuncié a la buena comida, renuncié a todo sólo para… estaba loco. Era dedicado. Pero lo ves, el problema es que puedes ser un necio dedicado y no ser capaz de hacerla. La dedicación sin el talento es inservible, ¿me entiendes? La dedicación sola no es suficiente. Te puedes morir de hambre y querer hacerlo… hey, ¿sabes?, yo lo sé. ¿Y cuántos lo hacen? Se mueren de hambre en las alcantarillas y no la hacen.

BS: Pero tú sabías que tenías talento.

CB: ¡Todos creen que lo tienen! ¿Cómo sabes que tú eres el indicado? No lo sabes… es un disparo en la oscuridad. Lo tomas o te conviertes en una persona normal y civilizada de ocho a cinco. Te casas, tienes hijos, la navidad juntos: “¡Aquí viene la abuela! ¡Hola abuela!… Pasa, ¿cómo estás?” Sabes, mierda, no podría aceptar eso, ¡preferiría suicidarme! Supongo que en mi sangre no podría soportar todo lo que sucede, lo ordinario de la vida. No podría soportar la vida de familia, la vida de un trabajo fijo, no podría soportar nada de lo que mirara. Decidí que tenía que morirme de hambre, hacerla, volverme loco, salir adelante o hacer algo. Incluso si no lo hubiera hecho con mi escritura, no podría hacerlo del ocho al cinco. Habría sido un suicida, algo. Lo siento, no puedo aceptar el paso de caracol: Johnny Carson, feliz cumpleaños, Navidad, Año Nuevo. Para mí esto es lo más enfermo de todo lo enfermo. Así que sólo tuve suerte. Me aferré, alguien tomó un poema o un cuento de alguna parte. Ahora sólo me siento por ahí y bebo vino y hablo acerca de mí mismo porque ustedes hacen las preguntas, no porque yo dé las respuestas, ¿OK?

BS: OK

“The Charles Bukowski Tapes”, Produce dan Directed by Barbet Schroeder, Les Films du Losange, Distributed by Lagoon Video, Volume 1, No. 2, “Starving for Art”, and No 4, “Nature”, January 1985.

DAVID STEPHEN CALONNE

Compilador

MAURICIO BARES

Traductor

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Ellos quieren algo crudo. 30 años de entrevistas. México. Universidad Autónoma de Nuevo León. 2013. Págs. 197-199.

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El siglo XIX, en sus postrimerías, acuñó aún una colección de notables figuras mitológicas: el explorador (representado por Livingstone y Nansen), el dandy (Óscar Wilde), el inventor (Edison), el artista como mago (Richar Wagner). En cambio, El mito del siglo XX se asemeja al libro que lleva este título: consiste, por regla general, en patrañas. El “Príncipe del Espíritu”, como más o menos en el caso de Gerhart Hauptmann o de Stefan George, es una figura involuntariamente cómica que no halla sucesión porque ella misma ya es imitación. Entre los políticos del siglo, quizás con la excepción del revolucionario de profesión (personificado por Lenin), ni uno solo alcanzó talla mitológica. Los retratos de los pioneros de la técnica, de Lindbergh a Gagarin, amarillean con los reportajes que sobre ellos se escriben. El mundo industrial del supercapitalismo sobrevive en la fantasía colectiva sin un solo héroe. Incluso se ha secado la más antigua fuente de mitos: de ambas guerras mundiales no ha salido una sola revelación que se concretase en figura mitológica.

Ningún motivo tenemos para lamentarlo. En cambio, debería ya ser hora de preocuparse por la trascendencia de aquel déficit y por sus causas. El caso es que cuanto menos progresa la mitología tanto más vehementes son los esfuerzos para producirla sintéticamente. De esta tarea se encarga la industria de conciencias. La publicidad y la propaganda, los medios de comunicación de masas y el negocio del entertainment movilizan ingentes energías para crear mitos a escala industrial. Tanto más de destacar es su fracaso. Ello se explica en primer lugar por su misión. La industria ha de suministrar mitos de uso diario, de hoy y para mañana; su mercado exige un rápido lanzamiento de ídolos, sean estrellas de cine, deportistas o políticos; de aquí que la calidad del olvido forme parte, desde un principio, de la especificación del producto. Aquí existe una contradicción; pues lo esencial de la conciencia mitológica es la memoria. De aquí que la industria sólo pueda ya suministrar sucedáneos y pseudomitos que no dejan huella alguna en la memoria colectiva. No obstante, su fracaso tiene causas aún más profundas. Pues en la tarea de crear mitos fracasa por completo el principio de la división del trabajo. Se trata de una misión que no puede delegarse en especialistas. Precisamente esto constituye su mérito. En cada verdadero mitólogo se reconoce la sociedad en peso. Ésta descubre en él, sin saberlo, su propio retrato y lo acepta. A este retrato se otorga un crédito que no consigue ninguna image; su fuerza representativa llega más allá que cualquier publicidad.

Entre las figuras mitológicas extremadamente escasas del siglo XX el gánster ocupa un lugar descollante. La fuerza imaginativa del mundo entero se lo ha apropiado. Una descripción del gánster la puede hacer cualquier analfabeto turco y cualquier intelectual japonés, cualquier mercachifle birmano y cualquier obrero sudamericano. Aunque sean los menos quienes pudieron tropezarse con él, todos están familiarizados con el gánster. Incluso en los países comunistas invade, como fantasma, caricatura o secreta amenaza, la imaginación de señores y siervos. Pero un único nombre personifica el prototipo del gánster: el nombre de Al Capone. Tanto años después de sus “buenos tiempos” su aureola no se ha desvanecido. El fantasma del gánster continúa todavía reinando en los sueños del mundo.

Esto y no otra cosa justifica el que nos ocupemos de él. Lo único que en Capone y su mundo merece nuestro interés es su función mitológica. El personaje histórico es indiferente: es el de un hombre extremadamente corriente, ambicioso, inteligente y antipático, cuya historia no deja entrever ningún aspecto trágico. Carece de toda dimensión humana; es monstruoso y banal al mismo tiempo; cualquier periódico vespertino romano ofrece más drama vivo que la historia de catorce años de gansterismo que aquí se relatará. A pesar de sus recargadas tintas es, en el fondo, una historia aburrida. Precisamente esto la hace instructiva. El atractivo sensacionalista con que se suele aderezar indica su ambigüedad. Comparte ese doble sentido con todos los mitos modernos.

Su valor real no es fácil de separar de la mentira que le es inherente; y menos aún cuando se indaga en documentos y hechos escuetos. La industria de conciencias es ciertamente incapaz de crear mitos, pero no desdeña la oportunidad de servirse de ellos para sus fines. El periódico y la revista ilustrada, la radio y el cine, tienen una participación en la leyenda del gánster, que, a decir verdad, no se puede explicar; pero es enorme. Ya en el año 1925 el gánster era objeto de interés turístico: el cuartel general de Capone figuraba en el programa de las visitas  a la ciudad. En 1930, cuando su poder había justamente sobrepasado su apogeo, parece que la sociedad cinematográfica Warner Brothers ofreció a Capone un contrato de 200.000 dólares por el principal papel en la película hollywoodense Public Enemy: en ella debía interpretarse a sí mismo. El delincuente, en el sentido estricto de la definición que dio Günther Anders, se había convertido en un fantasma: en una reproducción de su propia reproducción (1).

Traducción de LUCAS SALA

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La balada de Al Capone. Mafia y capitalismo. Madrid. Errata Naturae Editores. 2010. Págs. 15-17.

 

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HOJA DE ENCAJE 4

La poesía no está sola; o: privación y comparación

 

¿Qué sucede entre las artes? Puesto que la poesía no está sola, debe cuidarse de no olvidarlo (si “lo que se olvida en general es: que uno está solo). O: ¿qué es lo que nos permite hablar del Arte en singular como de un gran todo relativamente distinto de otro (por ejemplo, de “la ciencia”)? “El deber de las cosas cercanas”, decía Paul Claudel; cosa que entiendo aquí como motivo de una estética (est-ética), obligación de ligar las cosas de la poesía con esas cosas cercanas que son las de la pintura, la música, la filosofía en el medio del ser-como de las artes entre ellas –del carácter com(o)-ún de las artes.

Varias son las artes, numerosas, una diversidad. Algo las emparenta, las pone en com(o)-ún; y esa afinidad está marcada por el uso del singular, de la mayúscula, del colectivo –el Arte. Y algo las separa, las asigna al hacer específico que las aísla. En su experiencia, cada una para sí, un arte se apropia su finitud y su finición de una manera completamente ajena a la perspectiva exterior que jerarquía las artes (Hegel).

Lucrecio, en el famoso pasaje del libro IV (1106-1120), considera la manera como los amantes se aman, como entre-devórandose. El amor se come su objeto – sin llegarlo a comeré; por ello es como una comida.

Privándose de comer lo que desea, el deseo amoroso (diferente en esto de una necesidad) es igual que el acto de devorar. La relación entre la privación (el privar-se, el abstenerse; la falta constitutiva interiorizada como una ascesis) y la comparación, o acercamiento, esta relación es esencial a la esencia, si puedo decirlo así.

Una cosa es, siendo como otra, en la medida en que no se identifica con ella, demuestra su afinidad, reteniéndose para no identificarse (para no “fundirse”) con su modesto y sintiendo, al mismo tiempo, la atracción de un modelo.

Traducción de JAVIER BASSAS VILA

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La poesía no está sola. Breve tratado de poética. Madrid. Arena Libros. 2013. Págs. 117-118.

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[1862]

Los europeos que llegan a América se sorprenden de la brillantez del follaje otoñal. En la poesía inglesa no dan cuenta de semejante fenómeno, porque allí los árboles adquieren sólo unos pocos colores radiantes. Lo máximo que Thomson dice sobre este tema en su poema “Otoño” está en esto versos:

Mirad cómo se apagan los coloridos bosques,

la sombra que se cierne sobre la sombra, el campo alrededor

que se oscurece; un follaje apretado, umbrío y pardo,

con todos los matices, desde el pálido verde hasta el negro tiznado.

 

Y en el verso que habla de:

El otoño que brilla sobre los bosques amarillos.

El cambio otoñal que se produce en nuestros bosques aún no ha causado una impresión profunda en nuestra propia literatura. Octubre apenas ha matizado nuestra poesía.

Muchos de aquellos que se han pasado la vida en las ciudades, sin ocasión de ir al campo en esta estación, jamás han visto la flor o, mejor dicho, el fruto maduro del año. Recuerdo haber cabalgado con uno de los ciudadanos, a los que, a pesar de que llegaba un par de semanas demasiado tarde para los colores más esplendorosos, el fenómeno lo cogió por sorpresa; nunca había oído hablar de algo así. No sólo muchos habitantes de las ciudades jamás lo han presenciado, sino que la gran mayoría apenas lo recuerda de un año para otro.

La mayoría confunde las hojas cambiantes con las marchitas, como si uno confundiera las manzanas maduras con las podridas. Creo que cuando una hoja viras de un color a otro más subido, da prueba que ha llegado a una perfecta y última madurez. Por lo general, son las hojas más bajas, y las más viejas, las que primerio se transforman. Pero así como el insecto de colores brillantes vive poco, así las hojas maduras no pueden menos que caer.

Cada fruto, al madurar y justo antes de caer, cuando comienza una existencia más independiente e individual, en la que necesita menos alimento, tanto de la tierra, a través del tallo, como el del sol y el aire, suele adquirir un tono brillante. Lo mismo que las hojas. El fisiólogo dice que “se debe a una menor absorción de oxígeno”. Se trata de la visión científica del asunto: una mera reafirmación del hecho. Pero a mí me interesan más las mejillas sonrosadas que la dieta que sigue la muchacha. Los bosques y los prados, la película que cubre la tierra, deben por fuerza adquirir un color brillante, prueba de su madurez, como si el planeta en sí fuera un fruto colgado de su tallo con una mejilla siempre mirando al sol.

Las flores no son más que hojas de colores, y los frutos, sólo las que maduran. La parte comestible de la mayoría de las frutas es, como dicen los fisiólogos, “el parénquima o tejido carnoso de la hoja” a partir de la que se forman.

Nuestro apetito suele limitar nuestro concepto de la madurez, con sus fenómenos de color, suavidad y perfección, a las frutas que comemos, y solemos olvidar que la naturaleza madura una inmensa cosecha que no comemos y apenas usamos. En las ferias anuales de ganadería y horticultura, destinadas sin embargo a fines bastante innobles, que no mostramos precisamente por su belleza. Pero en los alrededores y dentro de nuestras ciudades, todos los años se celebra otra exposición de frutos a escala infinitamente mayor, frutos que sacian sólo nuestra hambre de belleza.

Octubre es el mes de las hojas pintadas. Su opulento resplandor destella alrededor del mundo. Mientras los frutos, las hojas y el día en sí adquieren un matiz brillante justo antes de su caída, el año también está punto de ponerse. Octubre es el cielo del atardecer; noviembre, la última luz crepuscular.

Antes pensaba que valía la pena tomarse la molestia de conseguir una muestra de la hoja de cada árbol, arbusto o planta herbácea cambiante, en el momento que alcanzaban el tono más brillante, que caracteriza la transición entre el verde y el marrón, para dibujarla y copiar su color exactamente en un libro de ilustraciones que llamaría Octubre o colores de otoño. Empezaría con el primer viraje al rojo de las madreselvas y la laca de las hojas radicales, e iría pasando por las del arce, el nogal americano, el zumaque, y muchas bellas hojas moteadas que se conocen menos, hasta los tardíos robles y álamos temblones. ¡Qué recuerdo sería un libro así! Siempre que uno quisiera, sólo tendría que pasar las páginas para hacer un paseo por los bosques otoñales. O, si pudiera conservar las hojas en sí, con todo su color, aún sería mejor. Apenas he avanzado con ese libro, pero he intentado, en cambio, describir por todos los medios esos colores en el orden en que se presentan. He aquí algunos fragmentos de mis notas.

Recopilación: WALTER HARDING

Traductor: SILVIA KOMET

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Los colores de otoño. Palma de Mallora. José J. Olañeta. 2002. Págs. 9-11.

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