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Archive for 19/05/17

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[1862]

Los europeos que llegan a América se sorprenden de la brillantez del follaje otoñal. En la poesía inglesa no dan cuenta de semejante fenómeno, porque allí los árboles adquieren sólo unos pocos colores radiantes. Lo máximo que Thomson dice sobre este tema en su poema “Otoño” está en esto versos:

Mirad cómo se apagan los coloridos bosques,

la sombra que se cierne sobre la sombra, el campo alrededor

que se oscurece; un follaje apretado, umbrío y pardo,

con todos los matices, desde el pálido verde hasta el negro tiznado.

 

Y en el verso que habla de:

El otoño que brilla sobre los bosques amarillos.

El cambio otoñal que se produce en nuestros bosques aún no ha causado una impresión profunda en nuestra propia literatura. Octubre apenas ha matizado nuestra poesía.

Muchos de aquellos que se han pasado la vida en las ciudades, sin ocasión de ir al campo en esta estación, jamás han visto la flor o, mejor dicho, el fruto maduro del año. Recuerdo haber cabalgado con uno de los ciudadanos, a los que, a pesar de que llegaba un par de semanas demasiado tarde para los colores más esplendorosos, el fenómeno lo cogió por sorpresa; nunca había oído hablar de algo así. No sólo muchos habitantes de las ciudades jamás lo han presenciado, sino que la gran mayoría apenas lo recuerda de un año para otro.

La mayoría confunde las hojas cambiantes con las marchitas, como si uno confundiera las manzanas maduras con las podridas. Creo que cuando una hoja viras de un color a otro más subido, da prueba que ha llegado a una perfecta y última madurez. Por lo general, son las hojas más bajas, y las más viejas, las que primerio se transforman. Pero así como el insecto de colores brillantes vive poco, así las hojas maduras no pueden menos que caer.

Cada fruto, al madurar y justo antes de caer, cuando comienza una existencia más independiente e individual, en la que necesita menos alimento, tanto de la tierra, a través del tallo, como el del sol y el aire, suele adquirir un tono brillante. Lo mismo que las hojas. El fisiólogo dice que “se debe a una menor absorción de oxígeno”. Se trata de la visión científica del asunto: una mera reafirmación del hecho. Pero a mí me interesan más las mejillas sonrosadas que la dieta que sigue la muchacha. Los bosques y los prados, la película que cubre la tierra, deben por fuerza adquirir un color brillante, prueba de su madurez, como si el planeta en sí fuera un fruto colgado de su tallo con una mejilla siempre mirando al sol.

Las flores no son más que hojas de colores, y los frutos, sólo las que maduran. La parte comestible de la mayoría de las frutas es, como dicen los fisiólogos, “el parénquima o tejido carnoso de la hoja” a partir de la que se forman.

Nuestro apetito suele limitar nuestro concepto de la madurez, con sus fenómenos de color, suavidad y perfección, a las frutas que comemos, y solemos olvidar que la naturaleza madura una inmensa cosecha que no comemos y apenas usamos. En las ferias anuales de ganadería y horticultura, destinadas sin embargo a fines bastante innobles, que no mostramos precisamente por su belleza. Pero en los alrededores y dentro de nuestras ciudades, todos los años se celebra otra exposición de frutos a escala infinitamente mayor, frutos que sacian sólo nuestra hambre de belleza.

Octubre es el mes de las hojas pintadas. Su opulento resplandor destella alrededor del mundo. Mientras los frutos, las hojas y el día en sí adquieren un matiz brillante justo antes de su caída, el año también está punto de ponerse. Octubre es el cielo del atardecer; noviembre, la última luz crepuscular.

Antes pensaba que valía la pena tomarse la molestia de conseguir una muestra de la hoja de cada árbol, arbusto o planta herbácea cambiante, en el momento que alcanzaban el tono más brillante, que caracteriza la transición entre el verde y el marrón, para dibujarla y copiar su color exactamente en un libro de ilustraciones que llamaría Octubre o colores de otoño. Empezaría con el primer viraje al rojo de las madreselvas y la laca de las hojas radicales, e iría pasando por las del arce, el nogal americano, el zumaque, y muchas bellas hojas moteadas que se conocen menos, hasta los tardíos robles y álamos temblones. ¡Qué recuerdo sería un libro así! Siempre que uno quisiera, sólo tendría que pasar las páginas para hacer un paseo por los bosques otoñales. O, si pudiera conservar las hojas en sí, con todo su color, aún sería mejor. Apenas he avanzado con ese libro, pero he intentado, en cambio, describir por todos los medios esos colores en el orden en que se presentan. He aquí algunos fragmentos de mis notas.

Recopilación: WALTER HARDING

Traductor: SILVIA KOMET

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Los colores de otoño. Palma de Mallora. José J. Olañeta. 2002. Págs. 9-11.

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Contrariamente a lo que cabría esperar, el jardinero no sale de una semilla, ni de una yema, ni de una cebolla, ni de un bulbo, ni de un mugrón: se convierte en jardinero por la experiencia, bajo la influencia del vecindario y de las condiciones naturales. Mientras fui joven, tenía para con el jardín de mi padre la actitud de un enemigo e incluso de un destructor, porque tenía prohibido pisar los arriates y coger los frutos verdes. Adán también tenía prohibido en el Paraíso Terrenal pisar los arriates y coger los frutos del Árbol del Conocimiento, porque todavía no estaban maduros; sólo que Adán –como nosotros, los niños- cogió el fruto verde y, por esta razón, fue expulsado del Paraíso. Desde aquel momento, y para siempre, el fruto del Árbol del Conocimiento sigue estando verde.

Mientras está en la flor de la juventud, uno piensa que una flor es algo que se pone en el ojal y que se ofrece a las muchachas. No se tiene absolutamente ningún sentimiento de que una flor es algo que inverna, que se labra, se abona, se riega, se trasplanta, algo que hay que podar, atacar, escardar, librar de los líquenes, las hojas secas, el pulgón y los mohos; en vez de labrar los arriates uno anda de picos pardos, satisface su ambición, goza de los frutos de la vida que no ha hecho brotar él mismo y, en suma, tiene una actividad puramente destructiva. Se necesita cierta madurez, diría incluso cierta edad de paternidad para poder convertirse en jardinero aficionado. Por otra parte, es necesario tener un jardín. Generalmente se encarga a un jardinero profesional, y uno se dice que irá a dar una vuelta por el jardín después del trabajo para gozar de la visión de las flores y escuchar el gorjeo de los pájaros.

Un buen día, plantáis con vuestras propias manos una flor (en mi caso fue una jusbarba); en el transcurso de la operación, por un arañazo o de cualquier otro modo, un poco de tierra penetra en vuestro organismo y determina una especie de inflamación o de intoxicación; en una palabra, os convertís en jardineros fantásticos. Sólo se ha enviscado una pata y el pájaro entero ha quedado atrapado. Otras veces uno se convierte en jardinero porque se contamina de los vecinos; veis, por ejemplo, en casa de vuestro vecino una planta magnífica y os decís: “Al diablo, ¿por qué no podría tener una yo también? ¡Y sería bonito ver que en mi casa se da mejor!” A partir de entonces el jardinero se hunde cada vez más profundamente en esta pasión nueva, alimentada por los éxitos y sobreexcitada por los fracasos posteriores; la codicia del coleccionista nace en él y le empuja a cultivar todas las plantas, siguiendo el orden alfabético desde la Acaene hasta la Zauschneria. Posteriormente se desarrolla en él la pasión de la especialización, que hace de un hombre hasta entonces refractario a un maníaco exaltado que no vive más que para las rosas, las dalias o alguna otra planta. Otros sucumbirán a la pasión estética y se pondrán a transformar sin cesar, a cambiar, a modificar la composición de su jardín: buscarán armonías de colores, trasplantarán matas de plantas y cambiarán de arriba abajo todo lo que crece en su casa, excitados por que se ha dado en llamar la inquietud creadora. Que nadie se imagine que la verdadera jardinería consiste en una actividad bucólica y meditativa: es una pasión que no se puede saciar, como todo aquello a lo que se consagra un hombre serio.2.png3.pngOs diré en qué podéis reconocer a un verdadero jardinero. “Tiene que venir a verme un día –os dice-, es necesario que le haga visitar mi jardín”. Cuando vais, para complacerle, veis su trasero sobresaliendo entre las plantas. “Enseguida estoy con usted –dice por debajo de los brazos-, el tiempo de plantar esto”. “Por favor, no se moleste”, decís amablemente. Al cabo de un rato, sin duda ha terminado de plantar; en todo caso, se levanta, os ensucia la mano y, con el rostro radiante de hospitalaria benevolencia, dice: “Venga a ver: es un jardín pequeño, es cierto, pero… un momento”, dice; y se inclina sobre una arriate para arrancar unas malas hierbas. “Venga, pues, le voy a enseñar un Dianthus Musalae, ya verá como le gustará. ¡Dios mío, me olvide de cavar aquí”, dice, mientras se pone a raspar el suelo. Al cabo de un cuarto de hora, se endereza: “Ah, quería enseñarle esta campanilla, la Campanula Wilsonae. Es la campanilla más bonita que… Espere, tengo que sujetar esta Delphinium”. Cuando lo ha hecho, reflexiona: “Ah sí, usted quiere ver mi Erodium. Un minuto –gruñe-, el tiempo de trasplantar este Aster, tiene demasiado poco espacio”. Tras lo cual, os marcháis de puntillas, dejando su trasero sobresaliendo entre las plantas.4.png5.png67Y cuando después os volvéis a encontrar con él, os dic: “Tiene que venir necesariamente a hacerme una visita; tengo una rosa como nunca hará visto otra igual. Entonces ¿vendrá? ¿Sin falta?”

Venga, vayamos a hacerle una visita y observémosle, a lo largo de todo el año.

 

 

Ilustraciones de JOSEF CAPEK

Traducción de ESTEVE SERRA

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El año del jardinero. Palma de Mallorca. José J. de Olañeta, Editor. 2009. Págs. 13-16.

 

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