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Archive for 30/05/17

 i

II

El tiempo que me queda de vida lo

comparto con ánimo infinito, sin fin,

misterio del principio.

 

XIII

El mensaje de los tres péndulos

gira en su centro convexo.

Nosotros estamos en el medio

de la cabeza de la lógica.

Tengamos miedo, de esa cabeza

llena de tinieblas.

Somos la oscuridad interior.

La luz esta en nuestra propia

Sombra.

 

XVII

Has abierto una

vena en mí

ahora es el momento de expresar

como observador de

mi mismo

me has estimulado

para construir

referencias sublimes,

nueva concepción

del mundo

espíritu

nostalgia se derrama

en un placer interrogante.

 

XXV

En presencia virtual

se construye una historia para

comenzar a contar los

espacios llenos de amparos

y malabares diestros en un

universo de ojos abiertos.

 

XXXII

 La materia adquiere

su estructura a medida

que recorre los millones

de años luz hasta

irse solidificando

dejando ese misterio

de su origen intacto.

Sensación

de espacio y eternidad

antes de la gestación.

 

XLV

 Muestro un puño

que guarda el secreto.

Abro la mano y

brota un árbol con

raíces desde la palma.

Es un instante

no puede la mano cerrarse

ya es el árbol que guarda

el secreto.

La mano

fue la iniciativa primaria

que descansa

volviéndose humus

y el ejercicio de su propia acción.

 

XLIX

 La lógica y el azar

se muestran con sus hilos

invisibles

Sentir

las cuerdas tensas, me

hace vibrar en las

paredes internas

de tu piel y de tu mente.

 

LIII

 Juego en mis acrobacias

esquivo las rectas las sombras

que se me aparecen

de vez en cuando.

 

LV

 De ahora en adelante

en una pausa solo espero

que el lobo feroz de

la noche aúlle

como un pibe

solitario que

lo tiene todo con su

citara cantora de

emoción profunda y

silenciosa.

 

LVIII

 El hombre culto

mide el

equilibrio de su construcción.

Vírgula tenaz

proporción perfecta.

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… on the rock. poemas para leer sobrio. San José, Costa Rica. Fundación Camaleonart. 2016. Págs. 14, 35, 41, 53, 64, 84, 90, 96, 100, 105.

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Estaba tirado en el concreto, su cara llena de hollín y alquitrán. Nadie reparaba en él, nadie se daba cuenta de aquel cuerpo… Nadie lo reclamaba.

Ella pasaba por ahí. Como todas las noches hacía su habitual recorrido. Vagabundeaba en busca de tarros y botellas vacías, metía sus ojos en todos los rincones. Clavando sus pupilas en el detritus, revolviendo nauseabundos tachos de basura dio con él. Su cara: un mapamundi ennegrecido. Su abotagado estómago: una nube de moscas haciéndole la corte. Llevaba un gabán raído, sin pliegues, sin bolsas, sin botones. Ni uno solo. Y los pantalones eran de un color cian revestidos de una red de agujeritos y costuras blancas.

Ella salía de su bohardilla a las diez en punto de la noche. Nunca había fallado. No se la veía en el día. Era una asidua habitante nocturna. Su pieza apretujada de tarros, de botellas. Su enagua roja despedía brillos robados al acero. Una blusa de cuadritos amarillos y verdes le daban un aire dominante. Calzaba fuertes botas, hechas así, para rajar en dos los tachos de basura. Apenas se iniciaba el itinerario. Las sombras se deslizaban furtivamente por las paredes. Tan pronto, y ya, el primer acontecimiento:

  • ¿Quién es? ¿Quién será? ¿Lo conozco? ¿Lo habré visto alguna vez?

Ahí, detenida, casi hecha de piedra frente a ese cuerpo pensaba que todas las noches eran diferentes. Recordaba que nunca una se había repetido. A veces regresaba arrastrando los pies y con las manos entumecidas por no haber encontrado nada. El día anterior había sido formidable: tarros de cerveza alemana, tarros de conserva inglesa, una acinturada botella que despedía un sabroso efluvio a vino, muchas botellas de whisky escocés… Muchas sombras… Ahora, poco movimiento… Cero botellas… Cero tarros… ¿Pero quién será?

Se quedó estática viéndolo durante un interminable minuto. Con las puntas de sus toscas botas trató de removerlo, pero nada; pensó que lo mejor que podía hacer era largarse. Pero no. ¿Cómo podría hacer eso? Se inclinó sobre él. Trató de identificarlo: imposible, demasiado hollín, demasiado alquitrán… sería muy embarazoso que apareciera una tercera persona. Comprometedor, aterrante, preguntas, respuestas. Justificaciones.

Como si estuviera orando, hincada en el concreto, recogido el ruedo de su enagua roja y lo aplicó con cuidado sobre el rostro. Este era ceroso y macilento. Se veía mejor con su máscara de hollín y alquitrán. Sus ojos chispearon como dos locas luciérnagas en la oscuridad. Sus manos, sus piernas, fueron un solo estremecimiento. Bajó cuanto pudo el rostro. Todo fue inesperado pero en aquel instante. Le había encontrado… Aquel que de seguro se largó entre los desacompasados silbidos de un barco atunero… Aquel que fue joven…

Se quitó las pesadas botas. Casi por instinto se acostó a su lado. Eran un solo cuerpo, un solo bulto. Era un gabán sin botones y una enagua roja. Una noche sin estrellas, sin ruidos, plagada de sombras.

Tuvo el suficiente tiempo para soñar: los dos recogiendo tarros de todos los colores y formas, botellas gigantes, botellas enanas, aplastadas, botellas que reían, que hablaban… con rapidez tendrían bastantes, suficientes como para no ocuparse de nada más, no volverían a caminar sobre las cloacas, sobre los caños, por entre tenebrosos callejones… se encerrarían para siempre.

Su enagua roja perdió el brillo, muchas gotas de rocío, tal vez de agua, porque quizá esa noche llovió, la fueron inundando.

Era el momento en que las negras aves de la madrugada se repliegan. Era el crepitante paso del crespúsculo, dejando difuminados algunos jirones de niebla.

El Sol anunciaba su llegada. No había que pensarlo más. Ya lo había decidido. No le quedaba ninguna otra alternativa. En eso era unánime: lo acompañaría. No importaba el Sol que se le venía encima; no importaba el ruido lacerando sus oídos. Estaba segura de lo que iba a hacer: de nuevo se incorporó, restregó, o mejor hundió sus manos entre las hendiduras del asfalto, con delectación le volvió a hacer la máscara de hollín y alquitrán, le agradó su obra, era algo con lo cual nunca había contado: hacer máscaras. Se tendió en forma de ovillo a su lado y con un sugestivo movimiento de sus manos su rostro quedó como el carbón.

Muestra Gráfica de SILA CHANTO

o

Noches de celofán. Costa Rica. Fundación Camaleonart. 3ª Edición. 2015. Págs. 33-36.

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