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Archive for 19 mayo 2017

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Contrariamente a lo que cabría esperar, el jardinero no sale de una semilla, ni de una yema, ni de una cebolla, ni de un bulbo, ni de un mugrón: se convierte en jardinero por la experiencia, bajo la influencia del vecindario y de las condiciones naturales. Mientras fui joven, tenía para con el jardín de mi padre la actitud de un enemigo e incluso de un destructor, porque tenía prohibido pisar los arriates y coger los frutos verdes. Adán también tenía prohibido en el Paraíso Terrenal pisar los arriates y coger los frutos del Árbol del Conocimiento, porque todavía no estaban maduros; sólo que Adán –como nosotros, los niños- cogió el fruto verde y, por esta razón, fue expulsado del Paraíso. Desde aquel momento, y para siempre, el fruto del Árbol del Conocimiento sigue estando verde.

Mientras está en la flor de la juventud, uno piensa que una flor es algo que se pone en el ojal y que se ofrece a las muchachas. No se tiene absolutamente ningún sentimiento de que una flor es algo que inverna, que se labra, se abona, se riega, se trasplanta, algo que hay que podar, atacar, escardar, librar de los líquenes, las hojas secas, el pulgón y los mohos; en vez de labrar los arriates uno anda de picos pardos, satisface su ambición, goza de los frutos de la vida que no ha hecho brotar él mismo y, en suma, tiene una actividad puramente destructiva. Se necesita cierta madurez, diría incluso cierta edad de paternidad para poder convertirse en jardinero aficionado. Por otra parte, es necesario tener un jardín. Generalmente se encarga a un jardinero profesional, y uno se dice que irá a dar una vuelta por el jardín después del trabajo para gozar de la visión de las flores y escuchar el gorjeo de los pájaros.

Un buen día, plantáis con vuestras propias manos una flor (en mi caso fue una jusbarba); en el transcurso de la operación, por un arañazo o de cualquier otro modo, un poco de tierra penetra en vuestro organismo y determina una especie de inflamación o de intoxicación; en una palabra, os convertís en jardineros fantásticos. Sólo se ha enviscado una pata y el pájaro entero ha quedado atrapado. Otras veces uno se convierte en jardinero porque se contamina de los vecinos; veis, por ejemplo, en casa de vuestro vecino una planta magnífica y os decís: “Al diablo, ¿por qué no podría tener una yo también? ¡Y sería bonito ver que en mi casa se da mejor!” A partir de entonces el jardinero se hunde cada vez más profundamente en esta pasión nueva, alimentada por los éxitos y sobreexcitada por los fracasos posteriores; la codicia del coleccionista nace en él y le empuja a cultivar todas las plantas, siguiendo el orden alfabético desde la Acaene hasta la Zauschneria. Posteriormente se desarrolla en él la pasión de la especialización, que hace de un hombre hasta entonces refractario a un maníaco exaltado que no vive más que para las rosas, las dalias o alguna otra planta. Otros sucumbirán a la pasión estética y se pondrán a transformar sin cesar, a cambiar, a modificar la composición de su jardín: buscarán armonías de colores, trasplantarán matas de plantas y cambiarán de arriba abajo todo lo que crece en su casa, excitados por que se ha dado en llamar la inquietud creadora. Que nadie se imagine que la verdadera jardinería consiste en una actividad bucólica y meditativa: es una pasión que no se puede saciar, como todo aquello a lo que se consagra un hombre serio.2.png3.pngOs diré en qué podéis reconocer a un verdadero jardinero. “Tiene que venir a verme un día –os dice-, es necesario que le haga visitar mi jardín”. Cuando vais, para complacerle, veis su trasero sobresaliendo entre las plantas. “Enseguida estoy con usted –dice por debajo de los brazos-, el tiempo de plantar esto”. “Por favor, no se moleste”, decís amablemente. Al cabo de un rato, sin duda ha terminado de plantar; en todo caso, se levanta, os ensucia la mano y, con el rostro radiante de hospitalaria benevolencia, dice: “Venga a ver: es un jardín pequeño, es cierto, pero… un momento”, dice; y se inclina sobre una arriate para arrancar unas malas hierbas. “Venga, pues, le voy a enseñar un Dianthus Musalae, ya verá como le gustará. ¡Dios mío, me olvide de cavar aquí”, dice, mientras se pone a raspar el suelo. Al cabo de un cuarto de hora, se endereza: “Ah, quería enseñarle esta campanilla, la Campanula Wilsonae. Es la campanilla más bonita que… Espere, tengo que sujetar esta Delphinium”. Cuando lo ha hecho, reflexiona: “Ah sí, usted quiere ver mi Erodium. Un minuto –gruñe-, el tiempo de trasplantar este Aster, tiene demasiado poco espacio”. Tras lo cual, os marcháis de puntillas, dejando su trasero sobresaliendo entre las plantas.4.png5.png67Y cuando después os volvéis a encontrar con él, os dic: “Tiene que venir necesariamente a hacerme una visita; tengo una rosa como nunca hará visto otra igual. Entonces ¿vendrá? ¿Sin falta?”

Venga, vayamos a hacerle una visita y observémosle, a lo largo de todo el año.

 

 

Ilustraciones de JOSEF CAPEK

Traducción de ESTEVE SERRA

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El año del jardinero. Palma de Mallorca. José J. de Olañeta, Editor. 2009. Págs. 13-16.

 

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José

En el perfil de los grandes colombianos existe felizmente el denominador común del humanismo. Desde Saguan-Machica y Nemequene, que eran para su tiempo y circunstancia, hombres cultos de proverbios y de códigos, pasando por don Gonzalo Jiménez de Quesada, que solía recitar de memoria endechas y romances; el propio Libertador Simón Bolívar, amante como ninguno de la exquisita poesía y de la buena prosa, y quien fuera el mejor escritor del romanticismo hispanoamericano; el general Tomás Cipriano de Mosquera, poeta en sus ratos libres y ameno narrador en su poco conocida geografía del país; el Regenerador don Rafael Nuñez, que indagó hasta el fin de sus días el extraño destino del hombre y del laberinto atribulado de su corazón; el general Rafael Uribe Uribe, prosista de interesante perfección, y al lado de las plumas de los grandes patricios del siglo XX perteneciente al amplio firmamento de las diversas corrientes ideológicas como Eduardo Santos, Alberto Lleras, Gilberto Alzate Avendaño, Gerardo Molina y Alfonso López Michelsen, hasta la recia figura intelectual y política de Alberto Santofimio Botero, la mejor tradición nacional de sus hombres de estado se enmarca dentro de los mágicos territorios de la literatura, la poesía y el humanismo.

Ya es suficientemente conocida la cálida y torrencial oratoria del doctor Santofimio Botero, que en unos versos describimos como “dúlcida si te cubren laureles y ácida si el infame te toca”. De su garganta privilegiada, como la de Rojas Garrido y la de Jorge Eliécer Gaitán, han brotado himnos de primavera matutina, rugido de ancho león retador y desafiante, y hondos ecos de justicia social nutridos por la más profunda arteria de su pueblo. Santofimio orador, pues, es un capítulo obligado e indeleble de la historia de Colombia, que ya nadie, ni sus más enconados adversarios han intentado borrar, ni cuestionar ni mucho menos ignorar.

Pero en el reposo del guerrero, en la tregua que forzosamente el combatiente se otorga en medio del fragor y de la pólvora, Alberto Santofimio busca incansablemente en los libros de autores clásicos, en los escritores contemporáneos y en los poetas universales y de su terruño, la entraña profunda del ser humano, la corriente del pensamiento y el deleite espiritual que solamente es posible en la obra de arte. Es que no podemos dudar que en el corazón de Alberto Santofimio vibran las pasiones auténticas del hombre colombiano; él sabe que en las notas que nacen de la loca guitarra de los guerrilleros, como diría Pablo Neruda, se confunden jubilosos o atribulados sentimientos ancestrales que traen la fiel reminiscencia de los cantos que acompañaron a los combatientes de la guerra de los Mil Días, que a su vez heredaban de las canciones marciales de los centauros de la Independencia, quienes reinaguraban en estrofas de honda calidez colectiva los himnos de rebeldía de los valerosos comuneros de José Antonio y de Manuela. Porque la piel de Alberto Santofimio es la piel de Colombia. De su voz de campana o de látigo brota de manera perenne la voz del colombiano que no tiene quién lo escuche. En su pluma de sol sonoro o de espada dormida y despierta, se reinventa la vida con sus más recónditas pasiones humanas como también florecen planteamientos y soluciones a los múltiples problemas que aquejan a este país adolorido. Sus escritos son juiciosos y elegantes, penetran en la sicología del hombre intemporal y suscitan aguda controversia. Ahí están, para el estudio riguroso del futuro compatriota, sus escritos políticos, literarios y periodísticos, que bajo la coordinación editorial de ese fino intelectual y ejemplar amigo que es Germán Uribe, se han publicado en varios apretados volúmenes.

Tiene Santofimio análisis sobre nuestros grandes estadistas que son modelo de precisión estilística y de objetividad en la presencia histórica. Su ensayo sobre el expresidente Lleras Camargo conmovió a tal punto al veterano repúblico que le expresó así su sentimiento “Que hermosa biografía para un difunto, un viejo que como yo todavía se mueve, no sabe qué hacer ni qué pensar sobre ella. Lo único que se me ocurre es encontrarla involuntariamente embarazosa”. Y así podría decirse lo mismo de sus apreciaciones intelectuales e históricas de Eduardo Santos, Alfonso López Pumarejo, Darío Echandía, Jorge Eliécer Gaitán, Alfonso López Michelsen y Gerardo Molina, como también resultan deliciosas y didácticos sus textos sobre Juan Lozano y Lozano, Eduardo Carranza, Pablo Neruda, Luis Vidales, Emilio Rico y Germán Uribe. Sus prólogos, compilaciones, selecciones de poemas y textos antológicos de famosos poetas, así como también de autores tolimenses y aún de jóvenes inéditos y desconocidos, confirman la vocación literaria, la honda vena poética y la poderosa disposición estética de este joven estadista que por encima de las mil y una dificultades que le han trazado sus abiertos o soterrados enemigos, será algún día, y entre más pronto mejor, el Presidente de la República de Colombia.

Señor doctor Alberto Santofimio Botero: Los escritores y artistas aquí reunidos, conscientes de los valores humanísticos que Ud. posee como ningún otro político contemporáneo, en nombre de ese sector que construye la belleza sobre islas de sueños y colores, y que canta, cuenta y revela a la patria a través de la palabra, el sonido, el color y la forma, nos permitimos manifestarle nuestra adhesión y solidaridad en la lucha que usted libra por la reivindicación de las causas populares y al mismo tiempo le reiteramos nuestra fe en la cristalización de una nueva patria en sus valerosas manos, en la seguridad de que al llegar al Solio de Bolívar, la casa presidencial será la casa de los escritores y artistas, como será también la de los marginados y oprimidos de este hermoso y amado país que se debate entre la demolición y la esperanza.

 

Palabras pronunciadas en el acto de adhesión de intelectuales y artistas a la candidatura presidencial del doctor Alberto Santofimio Botero, en el Salón Francés del Hotel Continental. Bogotá 1º de noviembre de 1989.

Visión. La Revista Latinoamericana. Bogotá. (¿?) Pág. 40.

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Gracias a Dios, ya he terminado con esa porquería hollywoodera a las órdenes de Billy Wilder. Para alguien que lo vea desde fuera, resulta imposible imaginarse el grado de imbecilidad, fanfarronería, histeria, dictadura y mortal aburrimiento que hay que soportar cuando se rueda con Billy Wilder. Con él, los supuestos actores no son más que perrillos de lanas amaestrados que hacen monerías y juegan a “traer el palo” una y otra vez, hasta el vómito; llega uno a creer que todos se han vuelto locos de remate. Creía que ese delirio no iba a terminar nunca. Pero he cobrado un pastón por esos pocos días.

-En el futuro rodarás las películas serias con Herzog y las cómicas conmigo –me dijo Billy Wilder en nuestro primer encuentro, en el restaurante La Scala.

Creo que más bien es al revés: las supuestas películas cómicas de Billy Wilder hace tiempo que ya no resultan cómicas, sino acartonadas y plúmbeas, y la risa se le hiela a uno en las comisuras de los labios. En cambio, si yo hiciera lo que Herzog quiere, sus supuestas películas serias resultarían cómicas sin querer.

 

(…)

 

TRADUCCIÓN DE JOAN PARRA CONTRERAS

 

Yo necesito amor. Barcelona. Tusquets Editores. 1992. Págs. 346-347.

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