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Archive for 30 junio 2017

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VI

Salieron de la casa abandonada y se internaron por unos callejones un poco más amplios, rodeados de casas altas con balcones en los que antes se sentaban los viejos a ver la tarde y ahora solo se asomaba la maleza. Era evidente que ninguno de estos callejones había correspondido a un plan: se habían formado poco a poco porque las casas se habían construido unas junto a las otras sin ningún concierto. Las aceras se cortaban bruscamente, las calles se ensanchaban o se angostaban de manera abrupta y había escalas y peldaños irregulares que atravesaban los callejones en diagonal o entorpecían el paso en las aceras. Era la boca del laberinto, había dicho Picón: “Sin miedo, Flor, que te veo dudando. Entremos”.

A buscar una que quise y que no sabe cómo me llamo. Si fuera tan fácil saber qué es querer. A buscar un espanto. A una que, aunque exista, ya no existe. Ya ni siquiera puedo decir “no sé quién es ella”. Ahora voy a tener que decir “no sé qué es ella”. Ella a la que todos han probado, menos yo. Ahora no sé… ¿habría sido mejor no sabe nada? Tuve que volver acá para darme cuenta de que la inocencia me duró cuarenta años. Y tener que perderla así…

Picón levantó la cabeza, escuchó los murmullos del aire y olfateó como un animal. Sin decir palabra señaló unas escalas y corrieron a ocultarse debajo de ellas aprovechando la complicidad de la maleza. Solo cuando estuvieron bien escondidos con la presión del concreto sobre sus cabezas, Flor oyó el ruido de unas pezuñas contra el suelo y luego el de una acompasadas flatulencias que empozoñaron el aire. Al fin el ángulo de las escalas les permitió ver a unos hombrecitos pequeños, redondos y lampiños que tenían púas de puercoespín en la cabeza. Al encuentro de los puercoespines, por el lado opuesto, venían unas mujeres muy altas con tacones, cuerpos de diosa y cabeza de buitre. Graznaron antes de lanzarse al ataque. Los hombres arrojaron las púas que se clavaron en la carne desnuda de ellas, y ellas perforaron cuellos a picotazos certeros. La batalla duró unos cuantos segundos, suficientes para que los puercoespines tuvieran que huir corriendo con sus flatulencias por donde había venido. Floro y Picón tuvieron que presenciar el festín de las mujeres que se agacharon sobre los cadáveres para devorarlos a picotazos y llenar el aire de un pesado olor a sangre y a carne. La escena se habría prolongado de no haber sido por los aullidos. Las mujeres levantaron los picos de los que colgaban las entrañas y escucharon con atención. Cuando los aullidos se repitieron, abandonaron a sus presas y se fueron por donde habían venido. Floro y Picón debieron quedarse inmóviles hasta que la última de las mujeres desapareció por una esquina. Solo entonces pudieron salir de su escondite con la intención de huir. Pero ya era tarde: una jauría de orejas peludas y narices negras los había olfateado.

Saltaron por encima de los cadáveres, corrieron con todas sus fuerzas por los callejones y justo antes de doblar en una esquina, alcanzaron a ver a los pequeños lobos que los perseguían. Eran muy veloces, alternaban su modo bípedo y cuadrúpedo y echaban espumarajos de hambre por el hocico. Floro y Picón se internaron en una arboleda, seguidos cada vez más de cerca por los lobeznos. No había un solo adulto entre ellos, todos eran niños descalzos y de pantalones cortos. Entonces, sin saber cómo, uno de los cachorros apareció frente a ellos, saltó sobre Picón y le derribó el arma de un zarpazo justo cuando el otro apenas se preparaba para usarla. Mientras Picón forcejeaba con el niño para que no le mordiera el cuello, Floro se agachó, tomó el arma, dio media vuelta y disparó a la jauría que ya se les venía encima. La detonación disperso a los lobeznos, incluso al que estaba sobre Picón, y espantó a unos pájaros extraños y diminutos que se fueron de los árboles rugiendo y agitando las alas. Floro, aún atontado por el disparo y por la situación, respiró aliviado al ver que todos habían huido. Sin embargo, no todos habían huido: faltaba uno, que había quedado tendido sobre la hierba. Lloraba como un perro, y también como un niño. Floro soltó el arma. Empezó a temblar. No podía dejar de mirar los ojos azorados del niño, quien no los veía muy bien a ellos porque las copas de los árboles dejaban entrar un rayo de sol justo en su cara. Picón tomó a Floro de los hombros, lo alejó unos metros y le dijo que cerrara los ojos y se cubriera los oídos. Entonces se volvió a oír el batir de muchas alas y el eco se fue llevando por todo Santa Rosa del Valle una noticia que no le importaba a nadie.

2.jpgFiesta en el temor. Medellín. Sílaba Editores, Alcaldía de Medellín. 2015. Págs. 65-66.

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1.jpgPor: Adriana Arcila. Facultad de Comunicación. Universidad de Medellín

 

A Natalie por tolerar al tipo que permanece ahí,

escribiendo al computador día y noche

A los niños del mundo y a las hijas mías

A Najthaniel por nacer antes de tiempo

y permitirme indagar en la otra infancia de Dios

A los niños que nacen y mueren cada segundo

A los niños que caen muertos

en medio de la guerra,

en medio de balas perdidas

A los niños de mi país,

Y a los niños de Siria

que mientras este libro se imprime

mueren y mueren

 

“Uno siente en todo momento

que la vida todavía no ha empezado,

siempre está previsto

que la vida comience la semana que viene,

el año que viene, después de las vacaciones;

en cualquier momento”.

 

Douglas Coupland

PAISAJE FANTASMAL

 

El día gris

limpia la sangre de los espejos

dentro de los ojos del niño

en cada árbol un pájaro

despierta al viento de la inocencia

danzan pájaro y brisa

bajo el sol jugando al sueño

por los corredores baldíos y rojos

Encorvado como cauchera de infames saetas

y utilizando como ballesta la sinrazón

otro niño traspasa su pecho

con un paisaje fantasmal

Cuando otro niño entre ingenuas extrañezas

pregunta si puede jugar con la cauchera

ocurrentes las tórtolas

-porque morirán-

se sientan a esperar a que las sorprenda

la tranquila carcajada de su pequeño asesino

Otro niño

con la tórtola roja entre las manos

pregunta a sus padres

por la muerte.

OTROS NIÑOS EN LOS ESPEJOS

 

No abre el cristal. No abre.

Yannis Ritsos

En la desnudez de los espejos

se quiebran distancias abismales

para alcanzar el último abrazo

en los fragmentos humanos del niño

yace la desnudez de la pureza

El reclutado en medio de dos espejos

-allí la muerte puede observarle

toda su fragilidad o toda su infancia-

y Dios reflejado en su mirada

La madre del niño lo mira del otro lado

y su llanto recorre la vidriera de la soledad

en pleno aguacero de sangre

el niño quiere abrir el cristal

para abrazar a su madre

y solo logra empañarlo con el páramo

que de su boca sale en forma de frailejones

el cristal no abre retornos hacia la infancia

el cristal explota

estos y otros espejos fueron fabricados

con los sueños –fragmentarios-

esparcidos en el tiempo volátil

del estallido

SERÉ OTRO SILENCIO CON DIOS

 

-trataré de existir sin pisar al otro

-intentaré saber si existo en mi nombre

-entenderé las razones de los ángeles

-perderé al amor para encontrarme en él

-hallaré en mi calavera la vejez del niño

-desafiaré al amanecer como una sábana al viento

-haré silencio con Dios hasta que las palabras callen

-veré las noticias vestido de luto elevando una oración

-me arrodillaré en los rincones de la olvidada memoria

-barreré el caos para acostarme en las nubes a ver las estrellas

-entenderé al atardecer esperando desnudo a la noche

-oiré mi pensamiento como a un dado que cae sobre silencios

-me escucharé y atenderé al vendedor que tocará a mi puerta

-deduciré que mi retrato no es el aire que encorva la edad

-iré al páramo de Sonsón y me buscaré en la niebla

-bañaré las materas del patio para la sed del Chigüiro

-caminaré descalzo pro los sitios del dolor que me ciñen

-reproduciré los dibujos de las paredes manchadas

-saludaré a todo el mundo sin falsedad o protocolo

-pagaré las deudas de la tierra y el cosmos perdonando

-saldré con mi niño interior a recorrer las prohibiciones

-no le impondré a mis hijos el camino que transito

-no publicaré un libro para demostrar que escribo

-no cursaré un pregrado para demostrar que existo

-dejaré de hilar mis latidos con las madejas de la marejada

-yaceré en la carne de la noche que urde la palabra

ESCULPIR MI EDAD DE PIEDRA

 

La quietud de la piedra eterniza mi pequeñez

cuando cae en las lagunas del olvido

de la pequeñez nace el hombre como almeja

que rompe los hilos del destino

y bajo la caparazón frágil del corazón inocente

se convierte en el caracol

que es lento y terco como un niño reprimido

Empujar al grito y ponerlo a saltar

como sapitos en los charcos

desde la orilla del silencio

es esculpirme sin desalojar las voces de Dios

Esculpir la edad del niño

tirar la piedra y no esconder la mano

la edad desbastada

es halar al alma mientras estira el tiempo

la edad desvastada

es encerrar la muerte en el afán del terror

dentro de una catapulta

Esculpir la piedra e

inquirir en su corazón de granito y

advertir terquedad en mi edad de espectro

Mi pequeña y olvidad roca

tiene la edad del corazón duro

esculpido en la noche

por arcana gubia

OTRA ANTROPOSOFÍA SIMILAR

 

cuando tenga la edad que tienes

tendré otra concepción filosófica del camino

(diferente a la que tuve cuando tenía tu edad de papel)

-cuando la edad no alcance para tener mi edad

lidiaré con el antropocentrismo hasta considerarme

centro de todas tus cosas y fin absoluto

de mis creaciones y creencias

-cuando pierda la edad que tengo

me sesgaré en tú Antroposofía para la cual

mi legado intelectual será ofrenda al mutismo

que mora en la incapacidad de escribir palabra docta ante el umbral ignaro

y por la cual mi legado artístico lo morderá el ego

hasta que un día entres a mi biblioteca y encuentres

el legado disciplinar roído entre esa indisciplina mía

que te escribe en la embrujada brújula

(de noción o sin nación) por la que soy conducido

y por tú silueta impalpable hacia el goce espiritual

que se haya inmóvil sobre el papel

y dentro del útero femenino y en el universo

(donde todavía en quietud interior

nos aguarda el vínculo que llevará nuestro nombre

sin llamarse hombre y la estrellita

que no se quiere llamar cuando nos llama)

no tendré todavía tu edad pero me habrás conducido

como quien no quiere amar y me ama

-cuando tenga la edad que tienes amada poesía sabré

que escribo para nadie aunque solo yo en ti me lea

y cuando otro alguno nos pase de página

estarás inmersa

en la antroposofía de mi destino

1.jpgLa otra edad del niño. Sonsón. AveBrava Editores. 2015. Págs. 16, 17, 19, 24, 32.

 

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2.jpg448

Este era un poeta – es él
que destila asombroso sentido
del significado banal –
una esencia tan potente

de las especies familiares
que perecieron en la puerta –
nos preguntamos si nosotros
no las capturamos – antes –

de imágenes, el revelador –
el poeta – es él –
el que nos da derecho – por contraste –
a la incesante pobreza –

la porción – tan inconsciente –
que el robo – no podría dañar –
siendo él mismo – una fortuna –
extrínseca – al tiempo –

c. 1862

757

Las montañas – crecen inadvertidas –
sus púrpuras figuras se elevan
sin tentativa – agotamiento –
asistencia – o aplauso –

en sus eternas faces
el sol – con justo deleite
busca larga – y final – y dorada
confraternidad – de noche-

c. 1863

762

Todo no vino de golpe –
era un asesinato gradual –
una arremetida – luego para la vida una ocasión –
el arrobamiento para cauterizar

el gato posterga la laucha
la suelta de sus dientes
justo lo bastante para que la esperanza la embrome –
después la aplasta en la muerte –

es la asignación de la vida – morir –
contenta más morirá una vez –
que morir a medias – que revivir
en un consciente eclipse –

c.1863

788

Alegría de haber merecido la pena –
de merecer el perdón –
alegría de haber perecido paso a paso –
para alcanzar el Paraíso –

perdón – por contemplar tu faz –
con estos anticuado ojos –
mejores que nuevos – podrían ser – por eso –
aunque fueran comprados en Paraíso –

porque te contemplaron antes –
y Tú los contemplaste –
pruébame – mis testigos castaños
que los rasgos son los mismos –

tan raudo eras, cuando presente –
tan infinito – cuando ausente –
una aparición de Oriente –
reclamada por el día –
la altura que recuerdo –
igual era a las montañas –
la profundidad sobre mi alma se hendió –
como diluvios – en blancuras de ruedas –

para hechizar – hasta que el tiempo deje caer
su última década,
y el hechizo se actualice – para durar
por lo menos – la eternidad –

797

En mí ventana tengo por escenario
Sólo un mar – con una rama –
Si el pájaro y el granjero – lo jugaría un “pino” –
la opinión servirá – para ellos –

no tiene un puerto – ni un “límite” – salvo los grajos –
que rompen su camino al cielo –
o una ardilla, cuya trémula península
se alcanza tal vez más fácilmente – de este modo –

para el provinciano – la tierra es la parte inferior –
y la superior – es el sol-
y su comercio – si comercio tiene –
de especias – yo infiero del olor que se desprende –
de sus voces – para afirmar – cuando el viento está dentro –
¿pueden los mudos – definir lo divino?
La definición de la melodía – es –
que definición no hay ninguna –

sugiere – a nuestra fe –
sugiere a nuestra vista –
cuando esto último – se descarta –
yo me encontré con la convicción que encontré en alguna parte esa inmortalidad –

¿era el pino en mi ventana un “tipo”
del real” infinito?
Aprehensiones – son las introducciones de Dios –
para ser santificadas – en consecuencia –

c. 1863

809

Incapaces son de morir los amados
pues amor es inmortalidad,
no, es deidad –
incapaces son los que aman – de morir
pues amor transforma la vitalidad
en divinidad.

c. 1864

815

El lujo de entender
el lujo sería
de mirarte una sola vez
y volverme un Epicuro

cualquiera de tus presencias sirve
de futuro alimento
apenas recuerdo haber muerto de hambre
tan bien surtida estaba –
el lujo de meditar
el lujo era
darme el festín de tu semblante
otorga suntuosidad
en días habituales, cuya lejana mesa
como la certidumbre recuerda
está puesta con una sola migaja
la conciencia de ti.

c. 1864

849

La buena intención de una flor
el hombre que la quiere poseer
debe presentar primero
certificado
de numerosa santidad.

902

El primer día que fui una vida
lo rememoro – qué tranquilo –
el último día que fui una vida
lo rememoro – también –

fue más tranquilo – aunque el primero
fue tranquilo –
estaba vacío – pero el primero
estaba lleno –

ésta – fue mi final ocasión –
pero luego
el más tierno experimento
hacia los hombres –
¿”Cuál elegí yo”?
Eso – no podré decirlo –
¿”Cual eligieron ellos”?
¡Interroga memoria!

c. 1864

Selección y traducción de SILVINA OCAMPO
Prólogo de JORGE LUIS BORGES

emily-dickinson.jpgPoemas. Barcelona. Tusquets Editores. 1985. Págs. 115, 218, 221, 227-228, 231-232, 234-235, 236-237, 245, 250-251.

 

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2Un sueño lúcido es peor que una pesadilla. Es una pesadilla de la que estás consciente. Quieres despertar pero algo que te aprieta el pecho te lo impide. En esto el sueño lúcido se parece a las obstinaciones malsanas, como la que tengo con la poesía. No me trago eso de que cualquiera que desmiembra frases en descenso es poeta. Por eso tal vez llegué a tener tantos sueños lúcidos de este tipo. Soñaba que una manada de ellas, armadas con saña, se abalanzaba contra mí. Pero no fue por esto que emprendí mi lucha. Lo decidí cuando se metieron conmigo: aquella mañana en que salí hacia la universidad y en una pared vecina donde solían poner anuncios mercantiles y propaganda política leí la frase que me amargó el día: “Te invito a sonreír/Yo pago”. Sentí náuseas. Tapándome la boca, dando arcadas, regresé a mi casa y junté en una pila tres libros fundamentales. Me arrodillé y apoyé mis manos cerradas sobre Trilce de César Vallejo. Debajo estaban El libro de las horas de Rilke y Poesía vertical de Roberto Juarroz. Cerré también los ojos y oré en voz baja: “… y la soledad ocupa tanta gente,/que el nombre que no tienes me acompaña/y el nombre que nada tiene crea un sitio/en donde está de más la soledad”.

Después de orar me prometí hacer algo al respecto. Me levanté y desempolvé mis rodillas. Guardé los libros en la biblioteca. Dejé el morral sobre mi cama. Saqué de mi billetera el pasaje para ir a la universidad y cambié de rumbo.

Deambulé por los pasillos de Homecenter buscando lo que necesitaba. Introduje en el carrito guantes, un bote de pintura, brocha gorda, overol y una escalera desplegable. Invertí en esto lo de los libros del semestre. Pero todavía faltaba lo más importante. Tenía claro que para defender a la poesía debía moverme en el anonimato. Las máscaras que allí vendían no eran lo suficientemente aptas. Lo que necesitaba era un pasamontañas.

Pagué sin arrepentirme. Lo que haría estaba por encima de lo material. Estaba, diría yo, más allá de los límites del tiempo. Arrumé mis compras a un lado de la caja registradora e intenté cargarlo todo. Pero era muy difícil. La escalera, si bien fue la más práctica que hallé, era demasiado incómoda. Cargué una bolsa pesada donde estaba lo otro y el empacador me ayudó con ella. Tendría que darle propina. Hice cuentas en mi cabeza. En esta empresa, como debía ser, se me estaba yendo todo.

En medio del recorrido me bajé del taxi y compré un pasamontañas. Desde ese momento el taxista comenzó a ser más amable. Aunque el asunto obviamente se lo oculté. Queriendo hacer ameno el viaje me preguntó por lo que haría con lo que a leguas se notaba que había comprado. Le dije que una humedad en el cielorraso de mi casa había corroído la pintura. El hombre hizo un comentario sobre la obsolescencia programada de las casas de ahora que yo le celebré. Hablamos de estructuras raídas y técnicas de pintura hasta que me dejó en la puerta de mi casa. Ni una vez nos referimos a la poesía o el pasamontañas. Me bajé mirando hacia los lados. A partir de ahora era un revolucionario. Lo que para mis vecinos, gracias a la manipulación del periodismo nacional, era lo mismo o pero que un terrorista.

Sabía que adentro estaría a salvo, claro, porque mis papás estaban trabajando por un país mejor. Es decir, no estaban. Y mi hermano estaba en la universidad instruyéndose para imitarlos. Mi primer objetivo entonces era sortear la mirada de algún vecino fisgón que por suerte no había. Al menos ninguno que yo pudiera advertir.

Entré primero el paquete pesado con la pintura y luego la escalera. Arrumé todo esto en un rincón de mi cuarto que nadie se atrevía a hurgar. Allí solía haber una caja que me envió una editorial con cien ejemplares de un libro que publiqué y nadie compró. A nadie le importaba ese rincón. Ya no estaba ni la caja, que era lo más valioso. Era una caja grande y fuerte que se desarmaba y se volvía a armar y siempre quedaba tan resistente que podía albergar toneladas de basura.

Lo que me quedaba por hacer era esperar a que las sombras estuvieran de mi lado. Mientras esto sucedía busqué en el armario la ropa que usaba cuando me consideraba metalero. Encontré unos jeans negros, ajustados, que extendí en mi cama. Saqué también una camiseta de Cradle of Filth y unas incómodas botas que, ahora que lo pienso, aceleraron mi abandono de aquel estilo de vida. Puse esto a un lado de la cama y sin tocarlo me lancé del otro lado, bocarriba, a intuir grietas en el cielorraso que no repararía.

Llegó mi familia. Cenamos. Vi un rato televisión con mi hermano. Estuve demasiado callado pero era mi estado habitual, no me delataría. Leí algunos poemas de César Vallejo en el sofá mientras todos se iban acostando. Así eran casi todas las noches: yo me quedaba en la sala, con la luz encendida, leyendo mientras ellos soñaban. Nada era sospechoso. Cerré el libro cuando oí la serenata de ronquidos y me persigné con él.

Ahora sí, me dije, ha llegado mi hora. Me vestí para la ocasión. Cuando me calcé la segunda bota, sentí un escalofrío que me recorrió el cuerpo. Me debatía entre la ansiedad y el miedo. Me percaté de que no hubiera vecinos en los balcones, de que no hubiera luces encendidas. Para ser apenas las once, era poco que solo se iluminaran dos ventanas. La suerte estaba de mi lado. Esperé sentado en la sala, mirando a través de la persiana, a que se apagaran. Pero pasaba el tiempo y ni se veían siluetas ni se apagaban las luces. Se dieron las dos de la mañana y yo continuaba esperando. Empecé a sentir sueño. Comencé a cabecear. De repente desperté alterado. Miré la hora. Me quedé dormido unos veinte minutos. Tuve una horrenda pesadilla. Estaba atrapado en un estrecho salón donde celebraban un aniversario de Acción Poética. Me rodeaban frases como: “Si no existieras/te inventaría”, “Ella me daba la mano/y no importaba nada más”, “En lugar de balas/yo quiero alas”, “Te perdí mil veces/te elegí otras mil”, “Dormir temprano/para soñarte más tiempo”, “Estamos a nada/de serlo todo”, “Fuimos un cuento breve/que leí mil veces”, “Decir tu nombre/es deletrear mi destino”. Todas estas frases con sus prestados trajes de gala y una copa de vino en una mano y una credencial de Garfield en la otra iban cerrando el círculo. Yo estaba en el medio, acurrucado, recitando un poema de Rilke, al borde del llanto. Y cuando me rozaron sus apócrifos cuerpos, desperté.

Miré hacia la calle y ya solo había una luz encendida. Pensé que seguramente era alguien que le temía a la oscuridad. Decidí arriesgarme. Cargué las cosas hasta el sitio, que era a tres casas de la mía, y me cubrí el rostro. Me subí a la escalera y con la brocha húmeda de pintura le di a la frase dos pasadas que dejaron la pared en completo silencio, como la noche oscura del alma. Una pared que invitaba a sonreír desde dentro.

Entrando las cosas a mi casa miré hacia la ventana que iluminaba una porción de la calle. Aparentemente no había nadie. Entré a dormir lo que pude. La emoción no me permitía estar tranquilo. Salí al otro día hacia la universidad y me conmoví al ver la sobriedad de ese muro que daba cuenta de una postura poética. No me pude concentrar en clase. Mirando un jardín a través de la ventana sentí un llamado. Las hojas de un árbol que mecía el viento me indicaron que estaba destinado a expandir mi mensaje. Tenía que poner una dura capa de sensatez sobre cada verso endeble que encontrara en el camino.

Y desde la revelación parecía que todas estas frases se iluminaban a mi paso. Vi cuatro en el bus de regreso a casa, vi una cuando salí a comprar la leche, vi un par en la televisión, escuchaba a la gente hablar de ellas, las soñaba despierto, veía sus fantasmas en las paredes donde estarían, las podía oler en la mente de quien las pensaba. Todos mis sentidos se enfocaron en un solo objetivo.

Entonces comencé a salir todas las noches, durante meses, descuidando mis escasas relaciones sociales y las clases en la universidad que ya no eran prioridad. Me dediqué a la causa de tiempo completo. Pasaba los días procrastinando y las noches actuando. Llegué a pintar tantas paredes que la gente, en lugar de sentir la ausencia de aquellas ridiculeces, notó la presencia de la marea negra. Los medios registraron la noticia –de la forma que ellos saben- sin darle mucha profundidad. Sabían que darle relevancia era auspiciar un asunto que despertaba mentes. Llegué a ser tan popular que intentaron imitarme. Entonces reforcé mi idea de trabajar solo. Y a la vez me decidí a crear mi marca. En todas partes se hablaba de mi marca: mis compañeros de la universidad, los profesores, los del aseo, los vigilantes, el panadero, mis papás, el carnicero… Todos hablaban de ella. Unos con amor y otros con odio. Me amaban y me odiaban con vehemencia. Y fue cuando en un acto del que hoy, cuando me he quedado tan solo, apenas con mis libros de poesía, me arrepiento, decidí abrir la boca. Quería recibir todo ese reconocimiento que volaba de boca en boca sin anclarse en quien debería. Fui a un popular canal y di una entrevista que paralizó al país. Durante media hora solo importaba lo que yo decía. Hasta que se apagaron las cámaras y entendí que había sido todo. Sin embargo sabía que dejaría huella: aún hoy se habla del hombre que arriesgó su vida por oponerse a la cursilería cliché. Lo hablan los mismos que al salir del canal me gritaron: ¡Terrorista!, ¡insensbile!, ¡mamerto!, ¡guerrillero!, ¡castrochavista! ¡satánico!, ¡maricón!… Eso me gritaron los que no leen poesía.

1.jpgAnimales urbanos. Medellín. Sílaba Editores. 2016. Págs. 45-49.

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MANUAL DE ARTIFICIOS

SEÑALES PARA UN ECLIPSE

Hoy ocurrirá un eclipse. Está escrito en el aire de la madrugada que apenas comienza. Hace frío y las sombras móviles de toda la noche no se han cansado de examinar tramo por tramo. Buscan. En la noche es fácil camuflarse y hay rastros que no se ven. Pero el sol, el sol es otra cosa, el sol delata, el sol es una inmensa linterna. Y yo no pude evitar la caída de señales; hilos rojos, manchas secas me delatan. Con que sólo hallen un vestigio será suficiente; entonces les será fácil reconstruir la ruta. Mientras tanto, la impaciencia nos fatiga. Eso hace que el tiempo pulse a ritmos diferentes; para ellos es lento, para mí acelerado. ¿Será porque tengo la pierna rota y un brazo herido? ¿O porque ellos son muchos y yo estoy solo? Sin embargo, habrá un instante en que por muy raudo o lento que transcurra el tiempo, un mismo segundo nos será común. Yo, por supuesto, no me habré movido y ellos habrán reconstruido mi tránsito de borbotones. Será el momento del eclipse. El sol quizá no haya subido tanto, y entre su luz y mis ojos aparecerá una cortina de agitadas sombras. No sé cuántas chispas alcance a ver antes de la oscuridad completa. Tal vez sólo una.

LA CITA

La niña escoge con fino tacto entre sus ropas aquel traje que la transforma en una provocativa princesa. Habla entre cantos con el agua que recorre su estatura íntima y secreta. Camina descalza sobre el piso frío envuelta en la delgada manta con que ha salido del baño; cuando se da cuenta, ríe coqueta y se eleva sosteniéndose en la punta de los dedos y avanza como una graciosa bailarina. Tiende el vestido sobre la cama, lo desarruga con paciencia y un amor aprendidos al instante, le acomoda los pliegues y lo despoja con su mano delicada de una hebra y una mancha inexistentes.

Frente al espejo la niña se imagina un peinado y el cuerpo entero añade al adornarlo: una cinta roja que le vendría perfecto a sus cabellos de azabache. Con los ojos puestos en los ojos gira la mirada por el rostro oteando esa belleza que ni ella misma sabe por qué es distinta cada mañana. ¡Hay magias que obran por sí solas!

La niña, desnuda, es perfuma los senos, se humecta las piernas con una cremosa esencia, las manos, como si no fueran suyas, se deslizan lentas y ella las deja irse más allá de los muslos… ¡Oh, se me hace tarde! La niña se viste pronto. Guarda un pañuelito y unas pinturitas y un espejito que le servirán de mucho al volver (habrán de dejarla como nueva), en su bolso. Y sonriente y algo nerviosa abandona la casa: va a encontrarse con un hombre que ayer no más le dijo estar muy triste y solo.

LAS ESTATUAS SE MUEVEN

Es cierto, las estatuas se mueven, es un movimiento imperceptible, casi nulo, al filo del ser parmenideano, pero se mueven, aunque un parpadear les dure un siglo, un paso tres o cuatro… ¡Incrédulos! Sus vidas son de milenios, ¿qué somos nosotros –flores de un día- para dudarlo? Gira, y en girar se demoran lo que nosotros en nacer y morir, de ahí que no percibamos su pausado y lento estiramiento ni el bostezo de sus vidas sedentarias. Una de sus sonrisas o ciertos gestos burlones se pierden en el devenir de un tránsito perpetuo. No bastan unos ojos humanos, tan limitados en el tiempo, para verlos.

A veces salen a recorrer el mundo y hasta han participado de los fragores de las guerras; sino, cómo explicar la falta de algunos dedos, las tarascadas en el torso, las heridas que les ulceran el abdomen y las espaldas, el desgarramiento de los pechos, la pérdida de brazos enteros, de algunas, la cabeza, amén de otros miembros.

Se mueven las estatuas. Nos engaña la persistencia de sus ademanes. Algunas parecen no estar dentro del tiempo; diríamos que son la eternidad en estado sólido. Aunque respiran también hablan. La superficial frialdad –para algunos superioridad, desprecio o mudo alarde- con que se paran frente a nosotros hace de ellas un denso, firme y probado misterio. Pero en el fondo, en el fondo, un profundo calor que de ellas emana –también la sal de sus labios- demuestra que aman; basta con acercar el oído a sus pechos y oírles el dilatado latido con que murmuran, casi cantando, un amor añejo.

LA PREMONICIÓN

Y de repente me ocurre algo extraño, una flotante invasión de reconocidas presencias me obligan a sentir que ya estuve antes aquí: a la misma hora, del mismo modo, con la misma desazón y el mismo dolor inubicable regándose, regándose, con la misma gente que curiosa por encima de mí se arremolina, y con esa certeza ineludible de que algo ya sentido me sucederá otra vez.

1.jpgHistorias para estrenar. Medellín. Fondo Editorial Universidad EAFIT. 2000. Págs. 78, 92-93, 114-115, 120.

 

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1.jpgPor: Patricia Cuervo Osorio. Facultad de Comunicación. Universidad de Medellín.

 

EL PIRATA

*

Noches que en el barrio huele a muerto

acaso porque queman ataúdes

en el cementerio contiguo

o porque los insectos explotan con cantar

noches de niebla verde por los balcones

Habitaciones donde mujeres trenzan su pelo

y del insomnio del muerto brotan

las espinas

mi barrio de gatos terrazas atardeceres viento

atado a los postes de luz como crucifijos

vanguardistas

Allí mis sueños se enredaron

como un cassette

tanto éter en la almohada afiló el huso

de mi tristeza cicatrizada

AVES

las que de noche vuelan

en triángulo

las mensajeras del dios sombrío

al poste de la luz

le cantan

las que por los sueños de agua

turbia

abren las alas

aves como pétalos

del girasol celeste

*

Días para correr tras la felicidad

Cuando se visita el parque

y se encesta en el aro del tedio

o se golpea la soledad.

En el lienzo de la vida

cada anochecer

es un retoque más.

Hay veces que no se caza el tigre de Blake.

Y se arrastra a casa un libro en blanco.

Pero hoy está vivo

en estas 24 horas

que se cierran

en un crepúsculo distante.

TAGANGA

Pueblo de pescadores

pegados a las sillas desde donde miran

solemnes

A mediodía el sol destiñe

Los muros del patio.

Y en el agua salada y serena

Mariamulata canta.

Luna amarilla y ovalada

selva gaseosa y brillante.

En la ventanilla del bus

veo el amanecer

las bandadas de pájaros

que se hacen signos.

Su oleaje

la noche cósmica.

MELAMPO RESUCITADO

Melampo se rindió al cuidado que se presenta

a un enfermo

y por medios físicos sanaba.

Una mañana el mago salva de la muerte

a una camada de serpientes jóvenes

que lamen y limpian sus oídos.

Desde entonces Melampo descifra los sonidos

de las aves.

Y se dice que Apolo se le hace visible

a orillas del río Alfeo.

Los etruscos acuñaban sus monedas

con el arúspice niño amamantado

por una cabra.

Raspaba Melampo la herrumbre de su tiempo.

Y el sol al no llevar calzado

le había ennegrecido

los pies

y de la lengua del buitre se prendía

al curso del rayo.

CHISPA

Busqué una chispa de inspiración

en las esquinas más templadas

de mi tiempo y tras el cristal espiaba a las aves

hasta tirar al piso esa vidriera

pude ver una manzana incinerada

como el cerro Quitasol de mi infancia

al lado de algunos amores yertos sepultados

Por mi cabeza fluye una peña

laberinto donde un niño golpea a la pared

ventana al mar con luz de fondo

 

En la ciudad que huelo con nostalgia

en el lienzo del día pinto un tren el bus la moto

un taxi

 

O los domingos en que las muchachas

de cortas pantalonetas

abren la puerta

secan el balcón

decorado sinuoso para estas montañas asediadas

por la belleza

EL SALADO, ENVIGADO

Por el camino empedrado de la montaña

la cabeza puede romperse como un vaso

y los ojos simular atardeceres.

A oscuras en la quebrada llega

el rumor de la naturaleza.

Caminantes que portan mariposas azules

en los brazos.

Sinuosas luciérnagas que vuelan en diagonales.

En el espíritu del árbol

los gallinazos abren las alas

cuando nadie los mira.

Veo goterones tatuando la piedra astillada

el agua cristalina tiñéndose cuanto anega

en la ciudad

el tiempo que muerde los barrios y devora

el cemento

el borde del libro deshecho por el hongo.

Me sabe a trocha alicorada con amigos

abordo

a vela encendida para menguar el aguacero.

1.jpgEl pirata y otros poemas. Medellín. Ediciones El Caballo Blanco. 2010. Págs. 10, 11, 12, 15, 17, 20, 25.

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Fernando no fue de esos suicidas por amor a los que referenció. Él no amenazo a la mujer amada con quitarse la vida si no le correspondía. No hizo nada de manera impulsiva. Aunque con el tiempo tuve que aceptar que fui manipulado, que él, además de acompañarme, también me usó, no soy capaz de juzgarlo mal. Con los años comprendí que su acción fue igual a la del viejo que se deja morir cuando su esposa ha muerto, aunque Fernando tenía lo que puede denominarse una vida por delante, para él nada tenía sentido sin Helena. Entonces, ¿por qué reprochar su acto? ¿Por qué no se reprocha al anciano que muere un mes después de la muerte de su esposa lleno de tristeza? He escuchado de muchos expresiones como “es que era un amor bello”, para justificar al anciano, o “así es el amor verdadero”. Y tienen razón, así también era el amor de Fernando por Helena.

Ese amor solo es comprensible para mí ahora. Hay partes de la vida que solo pueden ser entendidas por aquellos que han vivido algo similar. Todos los demás solo hacen suposiciones o intentan comprender, pero, ¿logran saber de verdad qué es lo que siente? Hoy amo a una mujer y si ella faltara tal vez yo tampoco querría seguir viviendo. Tan solo imaginar su muerte me desespera, no sabría cómo vivir sin ella. Sin ser dramático, no me interesaría hacerlo.

En una de nuestras conversaciones Fernando me habló de su amor por Helena, de las razones por las que  se había enamorado. Pero razones tenemos todos los enamorados, lo particular en él era la forma como veía ese amor.

“Tengo razones suficientes para amarla. Pero no siempre supe corresponder bien ese amor. Comprendí que el amor, en nuestro caso, era algo que estaba más allá de nuestra capacidad de estropearlo. A lo mejor alguna vez le has dicho “Te amo” a una mujer, pero ¿te has detenido a pensar todo lo que traen esas dos palabras cuando no vienen desde dentro y lo poco que dicen cuando la otra persona marca tu vida más allá de tu propia existencia?, ¿has sentido que lo sientes jamás podría ser encerrado solo en palabras?

“Es verdad que las palabras son la mayor creación de la humanidad. A través de ellas se ha construido todo lo que vemos a nuestro alrededor, y al mismo tiempo a pesar de tener ese poder creador están llenas de destrucción. Un “Te amo” a destiempo puede terminar una relación, una palabra mal puesta generar confusión, una palabra dicha con dolor con lleva tristeza. Pero aun así, las cinco letras que componen “Te amo” no alcanzan a transmitir mi amor por Helena. Muchas veces las pronuncié y un sinsabor quedaba en mi boca, eran las palabras que quería decirle pero no eran suficientes. ¿Pero qué otras palabras podría decir? ¿Te quiero? No, eso es algo que se le dice a aquellas personas que no amamos, por lo tanto es algo menor. ¿Te adoro? Tampoco las considero adecuadas ya que no veo el amor como actos de adoración. Solo sé que me enamoré de ella y eso no cambiará sin importar que ya no se lo pueda manifestar”.

La vida que Fernando construyó con Helena era la única que quería vivir, no deseaba vivir otra, por eso entiendo su decisión. Si seguía viviendo todo pasaría a ser parte de su pasado, como lo es ahora del mío, y en lugar de amarla cada vez tal vez siempre sonreiría con su recuerdo, con sus remembranzas de lo que algún día fue. El que continúa con su vida termina por cambiar lo que es, permite que quede atrás lo que alguna vez fue importante y sea reemplazado por nuevas importancias, nuevos sentimientos, nuevos amores. Al ponerle fin a su vida, Fernando garantizó que eso jamás cambiará. Él seguirá amando a Helena hasta el final de todos los que alguna vez conocimos el amor. O tal vez más allá de eso.

He deseado contarle a Lucía esta historia. Cuando comencé a escribirla pensé que así ganaría fuerzas para sentarme a su lado y decirle quién era yo en la vida de Helena y Fernando, pero al terminar siento que hay ciertas verdades que no tienen sentido, que no importan. Como decía Helena, se debe tener secretos con la pareja. ¿Qué ganaríamos con que Lucía sepa quién era yo antes de conocer a Fernando? ¿Obtendríamos algo bueno? Es casi seguro que no, porque algo de la historia haría pensar que le he mentido, y no siento que lo haya hecho. Solo he respetado el pacto de silencio que él me pidió y mantuve a pesar de la forma como murió.

Alguien podría creer que todo es una mentira y estoy al lado de Lucía porque soy un buen mentiroso. Están equivocados. Aprendí que quien ama protege al ser amado, y yo me he encargado de que la parte de mi vida que viví con ellos no haya existido. En ningún momento he hecho algo que pueda dar a entender a Lucía que estoy ocultando algo. En nuestros primeros encuentros tuve la tentación de contarle lo que había ocurrido, pero fueron pasando los meses y dejé de darle importancia. Nosotros no estábamos destinados a conocernos, no teníamos por qué estar juntos, pero lo estamos. Y creo que no soy el indicado para terminar con lo nuestro.

Ella me ha preguntado mucho por lo que escribo. Le dije que solo me encerraba a escribir coas que pensaba, pero nada de importancia. Esa ha sido la mentira que he sostenido para culminar estas memorias. Seguro será más difícil decirle que lo destruí todo, que estos meses sentado frente a la pantalla se han perdido. Tal vez no me crea y piense que no quiero mostrarle mis escritos. Sé que con el paso del tiempo le dejará de importar, perderá el interés y tal vez lo ocurrido se convierta en un comentario para las reuniones familiares donde se reirá de mí por haber perdido el tiempo escribiendo algo que no supe guardar hasta el punto de perderlo todo. Yo también me reiré y asumiré mi torpeza.

2.jpgNosotros sin ella. Medellín.  Alcaldía de Medellín, Penguin Random House. 2016. Págs. 179-181.

 

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