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Archive for 17/06/17

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creo que fue en sábado, el día de descanso, cuando se inventaron las dificultades. el creador cayó dormido y soñó. fue el primer durmiente y el primer sueño. el sueño de dios. la caja de Pandora primordial. del inconsciente del espíritu brotaron monstruos y artistas. los maestros y el arcángel.

hoy es domingo y he pasado parte del día con mi padre. el tiempo reinante me da miedo pero me gusta. está bramando fuera. me duele el cuerpo como siempre que hay mal tiempo. vino bastante de sorpresa. el cielo se puso negro y granizaba en primavera. ya nunca sé cómo va a ser porque él no me lo cuenta. antes solía llamarme y decir “habrá una tormenta, te llegará en un par de días”. o “está viniendo el sol”. a mí no me hacía falta ninguna otra fuente teniendo la palabra de mi guardián.

vívimos muy largo tiempo en nuestra imaginación, porque el desplazado es la alternativa ligera y corazonal. el desplazado es alguien sincero y preocupado y lleno de sangre brillante. pero mi padre, el irrevocable extraño, no hay lugar donde ir. no aceptado por el mundo real y traicionado por el divino, se ha hundido en un estado de atrofia. un trofeo es un premio estacionario. es el junkie deviniendo junk el soñador haciéndose sueño. es la propia obra maestra. un trofeo. atrofia.

dios duerme, su pueblo –devoto, ambicioso y correcto- contempla el sábado con responsabilidad y sumisión completa. teniendo una sola lengua y un sola mente, respetuosa de él, le exploraron delicadamente. aquí están devotos e inclinados sobre su día de descanso y elección. su número creciente. su telepatía. sus energías fundiéndose. casa ansiada, prueba ansiada y émbolo. así materializaron la primera hipodérmica. así fueron capaces de inyectar su concentración en el pozo de su soñar.

así se hicieron íntimos de lo más íntimo del espíritu. allí fue donde el hombre se comunicó con órdenes superiores y allí aprendió los grandes secretos. indescriptible ira impuso babel. porque habían aprendido el secreto de la levitación mediante comunicación. los secretos de dios, de la arquitectura. se hicieron un con sus espectros, sus arcángeles, y los sonidos anticipaban la revelación.

para él fue un día de escapada completa. nada de compromiso social con sus creaciones, los dilemas del bien y del mal y los de los incapaces. para él fue el tiempo de la verdad preciosa. del sueño.

imagino a dios celoso y loco –aureolado en la luz diurna de neón. simplemente no puede creer que su pueblo, las hormigas, hayan conectado con él a través del sabbath. él se había expuesto como un resultado de la alquimia armónica que existía entre su soñar y la adoración de ellos. él no podía aceptar que estuviesen tan conectados y por eso hizo que se desconectaran. el hombre fue condenado a vagar por la tierra como hordas de teléfonos leprosos.

una galerna, vientos de 20 millas. la lluvia.

imagino y sueño. dios durmiendo. mi padre buscando. dios despierta, le toma en volandas y le abraza. ahí está el padre –king kong y mi padre- el de oro.

he pasado hoy algún tiempo con mi padre. he contemplado y oído y me he abierto con él. he compartido su nostalgia, su deseo de unión perfecta. su decepción en un destino de vagar lejos del cielo. su resignación. su padecer la agonía de no estar aferrado al hilo del soñar. la corrupción final de su sueño más interno por la invasión de los inspectores de la realidad.

reconozco en él al verdadero desterrado. él es lucifer, la luz sin timonel, judas el traductor y barrabás el mal usado. tan cierto de la existencia de dios que intentaría negarle, desafiarle o buscarle allende las restricciones de la ley, la roca. ha respaldado la validez de la negativa por la imperfección del hombre y sus errores de cálculo al tratar con lo abstracto.

así es y así ha sido siempre. reconozco a un hombre con gafas oscuras, estatura media y camisa marrón. un acróbata, un corredor, un obrero de fábrica y el marido de mi madre.

reconozco la torre de babel como un símbolo de penetración. el símbolo de un momento en que el deseo humano de estar próximo a dios era tan intenso que invadía sus sueños. reconozco a un hombre cuyos sueños han sido también invadidos, y creo realmente que no hay nadie más próximo a dios que mi padre.

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Babel. Barcelona. Editorial Anagrama. 1979. Págs. 21-24.

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Mi padre, Seepersad Naipul, el tercer escritor que deseo mencionar, solo escribió unos cuatro relatos. Nació en 1906 y murió en 1953. Al igual que Walcott y Selvon muchos años después, trabajó para The Trinidad Guardian. A diferencia de ellos, no escapó. Empezó como corresponsal rural en 1928 o 1919, especializándose en asuntos indios, después escribió sobre temas generales y, con dos breves interrupciones, siguió en el periódico hasta su muerte. Empezó a escribir relatos en 1939, pero hasta los últimos años de su vida no encontró público ni una modesta recompensa económica, con Henry Swanzy y Voces del Caribe. Hasta entonces había escrito en serio solo para él y por una necesidad personal.

Escribía sobre la vida de los indios de Trinidad. La consideraba autónoma; así debía de parecérselo a alguien nacido en 1906. A diferencia de Selvon, él no veía que las razas fluyeran juntas, cuando el sector indio, su lengua y sus ceremonias se hundían poco a poco. En los primeros relatos de mi padre no aparecen las demás razas; el director del colegio, presbiteriano, es indio, igual que el misionero. El antiguo ritual es importante. Alivia el dolor; vuelve a unir a las familias deshechas. Esta práctica del ritual piadoso es una de las funciones de la comunidad del pueblo. Mi padre lo ve como un todo, aunque al cabo de un par de generaciones desaparecerá.

Posiblemente es el primer escritor de la diáspora india, el primero en escribir sobre sus gentes transplantadas, campesinos desprotegidos que intentan, como por un instinto imperioso, recrear la sociedad que han dejado atrás y en gran medida lo logran. En realidad es un tema muy amplio, a la manera de Willa Cather (mi padre retrotrae audazmente la narración a 1906, año de su nacimiento), pero es un tema indio, y la India jamás querrá conocer su historia, ni literaria ni de ninguna clase, ni nadie querrá conocerla. Sin embargo, es más pionero que los demás escritores que he mencionado, y más original. Para hacer lo que hizo se necesitaba un profundo conocimiento de las antiguas maneras, y un don para la expresión moderna. Nadie más hubiera podido hacer lo que él hizo, con gran esfuerzo, y como yo puedo atestiguar, sin ningún reconocimiento.

Mi padre estropeó su material al intentar encajarlo en lo que él consideraba “relato”: el final con sorpresa, digamos. Tenía el conmovedor deseo de que sus relatos, tan remotos, aparecieran en revistas de Inglaterra o Estados Unidos, y pensaba que el final con sorpresa ayudaría, de modo que en su escritura podía apuntar muy alto y después caer. Porque se le ocurrían muy pocos finales con sorpresa y porque el “relato” se le escapaba, creía tener poco material, y rehacía una y otra vez lo poco que acababa. La verdad es que, si hubiera podido retroceder un paso, habría comprendido que había más cosas sobre las que escribir. Si hubiera podido retroceder un poco para distanciarse de sus historias sobre la belleza del antiguo ritual y considerar el entorno colonial, podría habérsele ocurrido otras ideas, pero probablemente ese retroceso hacia el entorno colonial malo le habría dolido, y el dolor era algo con lo que no quería enfrentarse en su escritura.

Le pedí muchas veces que escribiera sobre su infancia. Yo quería saber. Él era un chico pobre, sin padre, del que se hicieron cargo diversos parientes, y de vez en cuando me ofrecía un atisbo cómico de aquella infancia, pero nunca escribió sobre el tema y nunca me contó nada con claridad. De modo que nunca llegué a saber. Si hubiéramos vivido en un lugar con una tradición literaria, una de las formas podría haber sido la autobiografía testimonial, y mi padre quizá no habría sentido tanta timidez a la hora de escribir la suya, pero no había público para esa clase de escritura, ni para ninguna otra. En un sitio como Trinidad, con tantas crueldades del pasado, escribir sobre el dolor personal habría supuesto incitar a la burla. Hay una historia terrible sobre esa clase de burla que quisiera contar. En 1945, cuando se mostraron en los cines de Puerto España las noticias sobre los sufrimientos en los campos de concentración, los negros que ocupaban las butacas más baratas se rieron y gritaron. Quizá este tipo de conducta, y no siempre el miedo o la pena, acompañara los terribles castigos de la época de la esclavitud.

En la poesía de los negros había una tradición plañidera, como en la tradición del blues. Parecía lógico. Durante mucho tiempo tuve conocimiento, por los libros del colegio, de la poesía de Martinica y similares, de que esta poesía se escribía de una manera especial: no juzgada como verso sino más bien expuesta, con largas citas que dan fe de la rabia o la pena del poeta. Esa fue la tradición que acogió al joven Walcott.

No existía una tradición de escritura india, de escritura colonial ni testimonial que pudiera acoger a mi padre. Y todo el dolor de los primeros años de su vida, el material con el que en otra sociedad habría conseguido ser escritor, se quedó arrinconado.

Traducción por: FLORA CASAS VACA

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El escritor y los suyos. Barcelona. Editorial Grijalbo Mondadori. 2009. Págs. 40-43.

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CAPÍTULO PRIMERO (Fragmento)

Aprendí pronto a no esperar tener éxito cuando le pedía a papá que no bebiese, porque se pasaba muchos meses de imposibles alegatos asegurando que lo dejaría, exponiendo su teoría incluso durante el acto mismo de comprar el destructivo producto. Después, como yo me iba haciendo mayor y se veía forzado a enfrentarse a mí con más coherencia sobre el tema, se preparaba tentativas que sonaban sinceras y pretendían alejar mis sospechas sobre la reforma implícita en el viejo truco de “sólo por esta vez”. A menudo, también cuando la distracción del alcohol relajaba su contención, se apoderaba de él un impulso nostálgico de llorar y entonces me tenía horas ahogado en un baño blandengue del que siempre apartaba la cara, avergonzado. Pero ni los sollozos autocompasivos ni las muchas protestas verbales servían de ayuda para hacer realidad sus buenas intenciones, y finalmente acabé por comprender que no podría dejarlo nunca, así que se lo pedía cada vez menos y en correspondencia los anuncios de sus intentos aflojaron hasta que llegó un día en que rechazó cualquier esfuerzo por lograrlo. Con este resignarse definitivamente al alcohol, aceptando sinceramente ser incapaz incluso de intentar moderarse, yo renuncié por completo y me propuse intentar controlar el grado. Por supuesto que él ganaba cada una de las etapas de estos cambios, y que en realidad toda mi lucha resultaba inútil, porque para cuando varios años después llegamos a un acuerdo de sólo una botella al día, su situación de saturación era que sólo absorber un vasito de licor le dejaba prácticamente inconsciente al instante. Pero todo esto todavía tenía que llegar con la novedad de nuestra primera temporada juntos simplemente me escondía lo que bebía según dictaran las circunstancias.

Cuando se iba el último cliente, le pagaban a mi padre e inmediatamente nos marchábamos juntos del Zaza de Charley, otra vez con espíritu de celebración, y salíamos en busca de las amadas luces de la calle Curtis. Rápidamente comíamos en un restaurante, parábamos en un puesto de golosinas y recalábamos en un momento en un drugstore para que yo me pesase en la báscula de monedas mientras él compraba a mis espaldas el valioso objeto que inmediatamente intentaba deslizar,  disimulando sin éxito, en el bolsillo interior de la chaqueta. Aquella forma tan seria de llevar a cabo tan torpes intentos de colar la botella era tristemente absurda, porque mis ojos despiertos nunca dejaban de descubrirlo con el corazón inquieto. Pero como yo elegí lo que íbamos a ver, estaba exultante (a papá le importaba muy poco o nada lo que viéramos), y lo arrastraba por el vestíbulo lleno de gente hacia las escaleras (para que pudiera fumar) donde, aposentados en el anfiteatro en medio de parejas de clase baja con criaturas lloronas, amantes ensimismados, muchachotes ruidosos y brutos que silbaban para poner nerviosa a las jovencitas que subían las escaleras en grupo haciendo risitas y toda la gran variedad de público de la sesión de medianoche, mi padre se iba metiendo encantado su vino saleado con cacahuetes salados. Para mí, a su lado, aquellas horas eran una sucesión de emociones que se desplegaban sin cesar. Casi sin darse cuenta, mi boca iba fundiendo sabrosos bombones, y con plena conciencia sentía la tensión de la fuerza sudorosa con que mis dedos pringosos se aferraban al asiento, mientras contemplaba hechizado la pantalla maravillosa.

Traducción de FERNANDO GONZÁLEZ CORUGEDO

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El primer tercio y otros escritos. Barcelona. Editorial Anagrama. 2006. Págs. 82-84, 87-89.

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