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Archive for 4/07/17

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El concepto de ilustrar un libro como se entendió en pasadas épocas, en que el pintor proveía al lector de una reconstrucción plástica de lo que la página precedente describía, ha ido cayendo rápidamente en desuso. Quizás ello tenga alguna relación con el hecho de que actualmente los pocos libros serios ilustrados que se publican son casi únicamente de poesía.

A este respecto comparto el concepto que, sin enunciarlo, muestra el hermoso libro que se acaba de publicar en Filadelfia y que tiene por título “The Worlds of Kafka and Cuevas”. Los editores indudablemente han elegido sabiamente al concretarse simplemente a oponer textos del escritor pragués a dibujos en blanco y negro del mexicano José Luis Cuevas son hechos a partir de la obra de Kafka y no son solamente una muestra, como el título, es obvio que los dibujos de Cuevas son hechos a partir de la obra de Kafka y no son solamente una muestra, como el título parece sugerir, de las coincidencias de lo que podríamos llamar el “clima” de ambas obras. Pero es preciso hacer notar que si bien el mexicano ha partido de Kafka, no ha realizado en ningún momento ilustraciones a la obra de éste, sin que ha creado –sin esfuerzo especial de estilo, ni de atmósfera, ya que naturalmente su obra es afín a la del escritor pragués- unos dibujos que sostienen fácilmente la presencia de los maravillosos textos de Franz Kafka.

Proveer imágenes para un texto en prosa o en verso –como anteriormente se entendió un libro ilustrado- presupone poner la pintura al servicio de una idea originalmente concebida para ser leída, no vista, y esta es una prueba que difícilmente y mal soporta la pintura. La inversa es también cierta: es difícil hacer poemas o prosas literarias sobre obras plásticas. Cada mundo en sí es irreversible.

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La prueba son las contadas y raras excepciones, de ilustraciones que la historia del arte haya conservado por su valor intrínseco. Quizás en este grupo se podría mencionar las ilustraciones de Daumier para el Quijote y una que otra de las de Doré. De las numerosas tentativas realizadas en el sentido contrario –la literatura ilustrando o describiendo la pintura- tal vez las que en mejor pie haya quedado son aquellas en que se describe menos un cuadro en el mundo o la visión del pintor. Difícilmente se podrá olvidar un poema como “Les Phares” de Baudelaire o, más recientemente, aquel tan hermoso de W. H. Auden que comienza: “Con el dolor nunca se equivocaron los grandes pintores…” y que al final –no me puedo impedir de citarlo- dice:

“En el Ícaro de Brueghel, por ejemplo: cómo todo da la espalda

sosegadamente al desastre: tal vez el labrador

oyó al caer al agua, y el desolado grito,

pero para él eso no fue un fracaso importante; el sol brillaba

como no podía menos en las blancas piernas que desaparecieron entre

las aguas verdes; y el lujoso y delicado barco que debió ver

algo asombroso, un joven que caía desde el cielo,

tenía que llegar a alguna parte y siguió su tranquilo navegar.

1.jpgEl texto de Auden, con su belleza, enfoca el problema en la misma manera que Delacroix al hacer sus cuadros sobre la Divina Comedia, o Daumier con sus dibujos sobre el Quijote: tratan de verter en su propio arte, pintura o poesía, aquello que quieren ilustrar. Auden le pone a Brueghel palabras, Delacroix colores al Dante. El concepto actual consiste en colocar, en enfrentar a una obra dada, digamos de poesía, otra obra, plástica, que no describe ni complemente la poesía, pero que por partir de un espíritu afín al ser opuestas la una a la otra amplían y enriquecen sus propios ámbitos. Como obedeciendo a este concepto se pueden incluir las obras más importantes en materia de libros ilustrados que se han producido en nuestro siglo, los de Rouault, Picasso, Matisse, Miró y muy pocos más. Hill Grohman recuerda, en un libro recientemente publicado, que Klee siempre rehusaba cuando le pedían que ilustrara un libro, “pero le decía al autor que escogiera entre los dibujos existentes los que le parecieran más apropiados”, lo que constituye exactamente el mismo punto de vista.

“The Worlds of Kafka and Cuevas”, es un libro en la tradición de sus ilustres antecesores del siglo veinte a que antes me he referido. Y José Luis Cuevas era un artista indicado como raramente se encontraría otro, por haber creado plásticamente un clima semejante al que describe Kafka. El resultado es un hermoso ejemplo de lo que un editor inteligente puede realizar: una obra que no es solamente de literatura, ni tampoco un álbum de dibujos sino un conjunto en que ambas artes se complementan y se otorgan, la una a la otra, proyecciones insospechadas.

Revista Nacional de Cultura. Caracas. CONAC. Nro 139. 1960. Pags. 222-223.

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