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Archive for 5/07/17

1.jpgLa vitalidad de la “escuela mexicana” es uno de los fenómenos más prodigiosos de nuestra época en el dominio de las artes plásticas. Desgraciadamente, conocemos muy poco y muy mal las obras de los pintores que trabajan actualmente en México, aun cuando ciertas exposiciones, como la de Tamayo, nos hayan ofrecido algunas muestras de ellas. Sin embargo, un muestrario no basta para medir como es debido la amplitud de un movimiento tan vigoroso.

Así es como, de vez en cuando y de manera imperfecta, nos enteramos de que sucede algo importante, que un grupo de pintores ha renovado la concepción de la estética y ha adoptado un punto de vista verdaderamente nuevo.

Lo que nuestros escasos conocimientos nos permiten adivina es que los pintores mexicanos, como ocurre con el grabador Posada, este gran precursor que sigue siendo su inspirador, han restablecido contacto con la totalidad del pueblo mexicano. Estos artistas que se niegan a vivir en una torre de marfil, como hacen tantos pintores de Europa, temerosos sin duda de mancillar su genio, han conseguido que los hombres a quienes describen lleguen a amarles, y admirarles y a sostenerles.

Si, en efecto nos es forzoso reconocer que las tradiciones ancestrales ejercen una influencia subterránea, es decir que el arte de los mayas y de los aztecas ha sugerido ciertas fórmulas a los pintores, y que se descubren en sus obras huellas del arte colonial, no es menos cierto que lo más sorprendente es el parentesco que existe entre los artistas y los artesanos. Los objetos fabricados por los cesteros, los orfebres y los alfareros del siglo XX, esos objetos que se venden en las calles y en los mercados, posee el mismo estilo que los cuadros y los frescos de los pintores. Eso puede extrañar, en un principio, pero esa extrañeza sólo puede atribuirse a las distintas escalas que sirven de medida. Conviene recordar, sin embargo, esas estatuas de paja o esos “judas” de yeso que fabrican los artificieros de México, y que se ostentan suspendidas a través de las calles antes de hacerlas estallar.

No obstante, el aspecto más importante del fenómeno mexicano es que los artistas han sabido inspirarse en los individuos que los rodean, que son sus hermanos; pero, para darse cuenta de ello, es preciso haber tenido la dicha de vivir durante algún tiempo por lo menos, en México. Los gestos, las actitudes, las siluetas, la manera de conducirse de los mexicanos son traducidos por los pintores y exaltados, “elevados a leyenda”, si me está permitido expresarme así, en sus frescos o en sus telas. Me basta contemplar la reproducción de un cuadro de Rivera, de Orozco o de Siqueiros para ver de nuevo, con una ojeada, para que surjan ante mí, los transeúntes con los que me cruzaba en las calles de México, en las carreteras de los llanos o en la sombra de los volcanes.

Sin duda, por esta razón, el descubrimiento de las obras de Cuevas me parece de un valor singular. Este joven pintor me recuerda, con su precocidad, la violencia de Rimbaud, y la contemplación de sus dibujos ha traído inevitablemente a mi memoria a Los Despiojadores. Sin necesidad de buscar en mis recuerdos, he reconocido también a los individuos que, desde mis diferentes estancias en México, no han cesado de obsesionarme.

Uno de los dibujos de Cuevas me hacía pensar de manera irresistible en esa pareja, un padre y un hijo, que esperaron por espacio de dos días y dos noches a la puerta de mi hotel, la salida, no sé qué salida de no sé qué autobús. No mendigaban. Su actitud era digna y paciente. ¿El hijo era acaso enano o deforme? Nunca lo he sabido. Sólo recuerdo las miradas que cambiaba con su padre. Ambos eran de la misma edad, de la misma época, del mismo mundo.

Cuevas no vacila jamás en fijar, aunque sólo sea por un instante, ese destello de luz que agranda los ojos, destello turbador, porque es inolvidable. Todos los dibujos de Cuevas atraen por la importancia que el artista concede a los ojos de sus modelos. Pero ¿es el pintor o el modelo el que nos mira con tanta severidad? Es un hombre que mira al que le está mirando. No conviene olvidar nunca esta actitud cuando se observan las obras de Cuevas.

He aquí a un hombre muy joven, que se erige, como cree su deber, como lo piensa, en acusador. No acepta al mundo tal como es. Denuncia sus taras, sus debilidades, sus hipocresías. Y para acusar, para denunciar, nos muestra, no sin cólera, lo que los hombres de nuestra época tratan de olvidar: que pueden vivir dejando que la miseria, la enfermedad y la locura desarrollen y se apoderen de millares y millares de seres, a los que los responsables, es decir, a los que aceptan asumir responsabilidades, se atrevan y nos puedan evitar llamar semejantes. Resulta difícil admitir la violencia de Cuevas si no se comparten sus opiniones en lo que se refiere a la vida moderna. Pero gracias a la violencia, a la verdad de su arte, nos vemos forzados a aceptarlas, y aun a comprender y aprobar su actitud. De esta intransigencia saca él la fuerza concentrada que caracteriza sus dibujos. En su prisa por manifestarse, en su afán de acusar, sólo quiere retener lo esencial. Por esto no trata de afinar, de decorar sus obras, ni mucho menos de edulcorarlas. Y sin embargo, su técnica, por estar al servicio de su sinceridad, es tan segura que no da nunca la impresión de que se contenta con bosquejarlas. Cuevas llega siempre al fin que persigue. No tiene piedad de sus modelos, ni de sí mismo, ni de los que contemplan sus creaciones. No le gusta jugar, ni aun con los nervios. ¿Podría, pues, hablarse, en este caso, de brutalidad? Yo no lo creo. Es cierto que este arte que nace de la violencia nos produce un choque en el mejor sentido de este vocablo; pero nos vemos obligados a aprobar esta reivindicación plástica.

Aun cuando la personalidad de Cuevas sea muy firme, estimo que, por suerte, se le puede considerar como a uno de los más auténticos continuadores de sus grandes predecesores, que han logrado, de pronto, dar impulso al renacimiento del arte mexicano. Parece que este arte tan poderoso sólo se sublima al estallar. Después de las experiencias de los últimos años, después de las pruebas irrefutables que nos suministraron los pintores de México, Cuevas no ha tenido que afirmar que es preciso ir aún más lejos. Al contemplar sus obras más recientes, se cree saber lo que el porvenir reserva para él y para nosotros. Ante sus aguadas y sus dibujos, no puedo menos de pensar en los volcanes que se adoran como si fueran dioses, entre el Atlántico y el Pacífico. Diríase que el espíritu volcánico, que no se preocupa de las rutinas de nuestro universo, cuya conducta ha sido siempre imprevisible y recurre a la violencia súbita, que recuerda la de la cólera, anima el arte de los hombres que viven a la sombra de esas divinidades. Cuevas no escapa a esa influencia telúrica. Pero, en este caso, la cólera no es una mala consejera, puesto que le libera de los prejuicios que paralizan a tantos pintores y que les impiden salir del atolladero en que vemos refugiarse a muchos jóvenes pintores europeos.

Es evidente que las obras de Cuevas hacen pensar, sin que esto sea un reproche, en ciertas influencias (probablemente inconscientes) y especialmente en la de Goya. Pero en primer lugar, ¿Por qué habrían de rechazarse las influencias? Como decía poco o más menos, pero acertadamente, André Gide, rehuirlas es signo de debilidad. Ahora bien, que un hombre de 22 años sea capaz de hacer pensar en las obras de uno de los más grandes pintores de Occidente, al final de su vida, cuando había dibujado tanto, parece más bien un elogio, pero un elogio que no le abruma. Estas tentativas de situar a Cuevas resultan siempre vanas, pues ¿quién podrá predecir lo que pintará en el curso de los años por venir? Este artista no deja nada al azar; no ha empeñado todo su arte en una partida de dados, sino en una incógnita; no lo basa en la resignación, sino en la esperanza. Y esto es lo que permite confiar en esta precocidad, capaz de inquietar tan sólo a los eternos tímidos, para quienes la experiencia es preferible al relámpago, y que imaginan que la vejez es una garantía. Por el contrario, nos entusiasma pensar que un hombre puede explorar un mundo que le ha sido dado y no el que se le quisiera sugerir, el mundo de los demás pintores. Si vuelve a encontrar sombras, del mismo modo que se oyen los ecos, es porque no quiere descuidar nada, ni siquiera los vestigios.

Resulta singular verse obligado a abordar, con una gran prudencia, el tema de la técnica de Cuevas. Sus obras son todavía poco numerosas, es cierto. Pero lo que asombra es un artista que ha producido relativamente poco, es la seguridad de su dibujo, que hace pensar en la de los pintores chinos. Es probable que Cuevas, más que inventar su dibujo, lo vea. Elige para trabajar los medios más sencillos y más directos: tinta china y aguada. Pero, sobre todo, nunca se vuelve atrás. Cada uno de sus trazos está rematado sin remordimiento, está previsto, es esperado. Se tiene realmente la impresión de que la obra fue preconcebida. Observa a sus modelos y vuelve a encontrarlos en seguida; los hace surgir del papel tal como son en realidad. Se ha limitado a simplificarlo todo. Porque la ambición de Cuevas es ser sencillo hasta el extremo. No sacrifica nada para conseguir esa extremada sencillez, pero sólo conserva lo que, a sus ojos, y pronto a los nuestros, merece la pena de ser retenido. Que esta técnica es severa y hasta ingrata, Cuevas no lo ignora. Podría incluso suponerse que está orgulloso de ello. Como todos los pintores mexicanos, y a despecho de su virtuosismo, Cuevas no se permite conceder a la técnica un papel demasiado importante. Es una esclava que ha de servir, pero hay que evitar que ocupe un lugar preferente. Tanto mejor si presta buenos servicios. Cuevas se siente libre y quiere serlo. No tiene por qué temer la fascinación de las lecciones aprendidas y, sin duda, por esto se dice de él que es una autodidacta. En realidad no es un autodidacta, ni siquiera solitario, como la leyenda que quieren crear a su alrededor pretende hacer creer, o como si se tratara de cualidades deseables para un pintor. Todos los jóvenes de México, lo mismo que Cuevas, han podido ver desde su infancia los frescos de Rivera, de Orozco o de Siqueiros, y comprender que estos pintores expresaban lo que ellos ya conocían por sí mismos. Es una lección que tiene tanto valor como la de cualquier taller o academia. Cuando Cuevas era un niño pudo sentir, como todos los demás niños mexicanos, ese vértigo de los que descubren un universo, sabiendo inmediatamente que es un universo.

Así pues, en cuanto la voluntad se impuso en él, Cuevas no vaciló en ir en busca de una atmósfera respirable. En cierto modo, se sentía guiado. El peligro para él consistía en imitar. Y s en este momento preciso, semejante a un relámpago en la noche, cuando un artista se define. La personalidad de Cuevas (y lo ha probado bien después) era demasiado fuerte para que le gustara dejarse conducir. Pero, gracias a estos grandes exploradores, ha encontrado su camino.

París, 1955

2.jpgCuadernos hispanoamericanos. Madrid. Nro 575. Mayo 1998. Págs. 7-10.

 

 

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