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Archive for 7/07/17

1.jpgEl asesinato del célebre arqueólogo alemán Winckelmann en Triste, en 1768, es como un símbolo de la atmósfera cargada que jamás dejó de reinar en Trieste, aun al comienzo del período de su prosperidad.

Winckelmann, después de sus comienzos modestos en Alemania, alcanzó notoriedad munidad por sus escritos y por las funciones eminentes que desempeñó en Roma junto al cardenal Albani, y después como bibliotecario del Vaticano. Su asesinato provocó gran consternación tanto en la Corte de Viena (donde acababa de ser recibido por la emperatriz María Teresa) como en los ambientes culturales y artísticos de Alemania y de Italia. De ello dan testimonio las palabras con que Goethe recibió la noticia: “Un trueno en medio del cielo sereno.” (1).

¿Por qué Winckelmann se detuvo Trieste, de regreso de un viaje por Alemania y Austria, para volver a instalarse en Roma? La elección del puerto austríaco no resulta demasiado sorprendente, porque constituía entonces una etapa normal para llegar a Italia por barco. Pero el hecho de que Winckelmann se alojase en una posada con un nombre falso (Don Giovanni) y que pasase la mayor parte de su tiempo (incluidas las comidas) en compañía de un cocinero, un hombre con antecedentes penales pero que llevaba el suave nombre de Archangeli, es cuando menos sospechoso. Y éste fue quien lo asesinó.

Su asesino fue condenado por crimen crapuloso y ejecutado como tal; pero el proceso dio lugar a numerosas actuaciones judiciales sobre las que resulta ocioso insistir, ya que existe desde hace tiempo convicción pública al respecto.

Este dramático acontecimiento inspiró hace dos años a Dominique Fernández un librito que se publicó en una colección titulada L´Instant Romanesque. En él, el gran talento del novelista se aplica a desarrollar una tesis según la cual Winckelmann habría sido homosexual que no se asumió como tal, o que no se atrevió a llegar hasta los hechos, pero que habría encontrado en Trieste, ante el espectáculo de marinos en cuyas piernas pudo observar “el juego sutil de los músculos y los tendones”, el “valor” de seguir hasta el fin, de encanallarse con este Archangeli.

Hipótesis final:

Cabe suponer que Winckelmann presionó a Archangeli para que le concediera ese favor que un italiano, aun cuadno esté profesionalmente prostituido, no concede con facilidad. Y la mala suerte del secretario de la Biblioteca Vaticana habría sido entonces la de haber caído en manos de un latino orgulloso de su virilidad, y no de un germano o de un eslavo, guardianes menos celosos de su “honor”, que ellos no localizan en un único punto de su anatomía.

Las cosas que llegan a decir en términos delicados…

  1. Dominique Fernández, Signor Giovanni, Balland, 1981, 97 pp.

Compilador JEAN PIEL

Traducción y Prólogo de MARCOS LARA

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Los misterios de Trieste. Trieste y lo triestino en Freud, Saba, Svebo, Joyce, Rilke, Julio Verne y otros. México. Fondo de Cultura Ecónomica. 1985. Págs. 256-257.

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Nada más en consonancia con mi carácter y mis aficiones que elogiar los escritos que me parecen bien y recomendar su lectura. Con gusto escribiría yo, no sólo más artículos críticos de los que escribo sobre los nuevos libros que van apareciendo, sino también prólogos a las obras que mis amigos publican.

Lo que me retrae de esto último es la inmodestia que implica, al menos aparentemente. Tengo cierto temor de que, si sigo escribiendo prólogos, la gente burlona y maleante acabe por decir cuando hable de algún nuevo libro que aparece sin prólogo de Valera, como ya se dijo, en días no muy apartados de los nuestros, que tales o cuales libros habían salido á luz sin prólogo de Cañete.

Otra consideración sale también á mi encuentro y trata de atajarme el camino, cuando, después de [Pg. 108] haber prometido escribir un prólogo, me pongo á cumplir la promesa. Esto, me digo, es presentar agite el público al autor del libro. No pudiera el público dirigirse á mí por boca de algún chistoso gacetillero, y preguntarme: y á usted, ¿quién lo presenta?

Sin duda que yo tengo mi público, pero mi público es limitadísimo. Del gran público soy yo casi completamente ignorado. ¿Qué importa, ni qué vale el que la más aplaudida y más popular de mis novelas, pongamos por caso, haya sido leída por unos cuantos miles de personas, cuando hay más de sesenta millones que hablan y entienden la lengua en que yo escribí y en que yo escribo, y que no me han leído, ní me leen, ni saben siquiera mi nombre, ni de mis escritos y pensamientos les importa un ardite?

Todo lo expuesto me asusta, me abate y se opone á mi deseo de escribir prólogos ni cosa parecida.

En esta ocasión, sin embargo, la buena amistad que siento por el Sr. D. Santiago Pérez Triana, vence mi modesta repugnancia, derriba los reparos y los obstáculos que contra mi propósito he levantado yo mismo, y me decide á escribir el prólogo, aunque carezca yo de autoridad y de competencia para hacerlo, y aunque salga mucho peor y harto menos instructivo y ameno de lo que yo quisiera.

El asunto de la presente obra me es además muy simpático. Se titula Reminiscencias tudescas, y contiene varias anécdotas interesantes, animadas pinturas de la vida y costumbres universitarias en Alemania, y algunos retratos, hábilmente trazados, de amigos del autor, allá en su mocedad primera. Puede afirmarse que el autor, mutatis mutandis, dice como el galán de una comedia de Calderón: Bien os acordáis de aquellas/dichosísimas edades/nuestras, en que los dos fuimos/en Salamanca estudiantes.

Más lisonjeado patrióticamente estaría yo, lo confieso, si el Sr. Pérez Triana hubiera sido estudiante en Salamanca, como el galán de la comedia, y no en Leipzig y en Heidelberg; pero los tiempos son otros, y yo no puedo menos de reconocer y confesar que en Heidelberg y en Leipzig se estudia más en el día y se aprende más y mejor que en la Salamanca de ahora.

Las noticias, por otra parte, que da el Sr. Pérez Triana, y que van principalmente dirigidas á sus compatriotas de la República de Colombia, son indudablemente más peregrinas, deben excitar mayor curiosidad y no pueden menos de ser leídas con mayor agrado por los mencionados habitantes,  que las que el Sr. Pérez Triana pudiera dar de Salamanca. El estudio, además, y el encomio de las letras y de la cultura alemanas tienen algo de muy conveniente en América. Se contraponen á la casi exclusiva idolatría con que mucho más desmedidamente que los españoles de nuestra península, miran los hispano-americanos todo cuanto es francés, aplaudiéndolo acaso no con muy atinado criterio, remedándolo mal y perdiendo al remedarlo no poco del carácter y del propio sello de raza y de lengua.

En este sentido, y ya que la madre España se halle atrasada y decadente, y valga poco para ilustrar y educar á sus hijos emancipados del otro lado del Atlántico, bueno es que no se ilustren ni se eduquen en Francia sólo, sino que tomen también de Alemania y de Inglaterra. Saciando así, no en una sola fuente sino en varias, la sed de sabiduría, el ser castizo, solicitado por distintos y aun opuestos objetos y movido por distintas propensiones, permanecerá firme en lo substancial, no se descartará y conservará su naturaleza genuina.

Ha dicho el Sr. D. Rufino Cuervo que sólo hay ya cuatro ó cinco libros en castellano que puedan leerse con deleite y provecho por los habitantes de la América española. Sea muy enhorabuena. No trataré yo de demostrar que el Sr. D. Rufino Cuervo, ó nos trata con adusta severidad, ó anda  muy equivocado. Iré más allá que él: no concederé sólo que es exacto lo que dice, sino que afirmaré que no hay un solo libro español que enseñe nada ni que merezca ser leído. Pero si no los hay, ni los hubo, ¿por qué hemos de asegurar también que nunca los habrá? Si por acá, en Europa, no los escribimos ni somos capaces de escribirlos, ¿hemos de reconocer y de proclamar la inferioridad intelectual de nuestra raza hasta el extremo de que ni en América han de aparecer ya escritores que diviertan o que enseñen, que puedan ser leídos, con deleite o con provecho? Si el mal está en nuestra natural condición inferior, el mal no se remedia con salir escribiendo en otro idioma que no sea el castellano, o con incurrir en los más serviles y constantes galicismos de pensamiento, lo cual casi es peor. Así, pues, yo aplaudo y celebro como eficaz antídoto contra la galomanía, que el Sr. Pérez Triana haya estudiado en Alemania, sepa tanto de la literatura de aquel país, y se complazca en recordar con amor los estudios que allí hizo, y en pintar con fácil y elegante estilo su vida de estudiante en las ya mencionadas Universidades, y en contar con arte sucesos y lances de fortuna de personas que por allí conoció, y con las que estuvo unido en amistosos lazos.

En este pequeño libro nada huelga. Su concisión se debe aplaudir, ya que no trae consigo ni sequedad ni frialdad, sino que consiente el entusiasmo, y a menudo presta tuerza a los raptos de la fantasía que en bellas descripciones se manifiestan a menudo. Cada uno de sus capítulos contiene un retrato hábilmente trazado de una persona simpática, la narración de cuya historia divierte, conmueve o interesa. Tales son los capítulos sobre Irma, Otto, Herrmann y Karl. Cuando los lean los amigos del Sr. Pérez Triana, tan cariñosamente retratados y recordados, es indudable que sentirán profunda gratitud hacia quien conserva de ellos tan dulces memorias.

El libro del Sr. Pérez Triana posee, por último, otra cualidad digna de grande aprecio. Es, a mi ver, irrefutable demostración de una verdad que he sostenido siempre: demuestra que el cumplido conocimiento de diversas lenguas extranjeras, conocimiento de que pudiera jactarse el Sr. Pérez Triana, en vez de menoscabar el primor y la pureza con que se cultiva y se maneja la lengua propia, vale para que esta lengua se hable y se escriba con más tino, primor, elegancia y galas.

Las Reminiscencias tudescas están escritas en muy buen castellano, salvo alguno que otro americanismo, que no me atrevo á censurar, pero cuya adopción o conservación no recomiendo tampoco.

Sin embargo, yo disto mucho de ser un purista intransigente y extremoso. Siempre que no se  halle en castellano palabra para expresar con exactitud una idea o para significar una cosa, no sólo me avengo, sino que aplaudo que la palabra se tome de una lengua extranjera. Apruebo, asimismo, que nuestro castellano adopte y haga suyos cuantos vocablos nos vengan de la América que fue española, con tal de que valgan para expresar usos y costumbres, objetos naturales de la fauna y de la flora americanas, trajes, muebles, instrumentos y otros utensilios que por allá se gastan ó se emplean, y que en nuestra península carecen de nombre que los exprese.

La lengua castellana, hablada y escrita en tan vasta extensión de tierra y por muchos millones de seres humanos que viven en diecisiete o dieciocho Estados independientes, debe tener capacidad bastante para recibir en su léxico cuantas voces se pronuncian en las regiones y países en que dicha lengua se habla, con tal de que dichas voces sean indispensables o convenientes y no procedan de la ignorancia o de la rudeza de aquellos que las inventaron. En este último caso no vienen las referidas voces a enriquecer y á hermosear el tesoro del idioma, sino que lo adulteran y afean, y por interés común a la cultura de nuestra raza, debemos todos condenar su empleo, sin que se oponga a ello un mal entendido amor propio de región o provincia.

De acuerdo con este modo, amplio y liberal, de entender el purismo, ha redactado el Sr. Pérez Triana sus Reminiscencias tudescas. Y más de acuerdo aún, si cabe, escribió años há y publicó en París en 1897, su precioso libro cuyo título es De Bogotá al Atlántico por la vía de los ríos Meta, Vichada y Orinoco.

En este libro, con sencillez, naturalidad, elegancia y gracia, nos describe el autor el atrevido y largo viaje que hizo al través de espléndidas y primitivas selvas, bajando de la meseta de los Andes, desde donde se precipita majestuoso el Tequendama, hasta las espléndidas, fértiles y extensas llanuras y soledades maravillosas por donde corren ríos de gran caudal y prolongado curso que rinden al Orinoco el rico tributo de sus aguas. La majestad y el esplendor de la naturaleza virgen están hondamente sentidos y expresados en el bello libro del Sr. Pérez Triana, libro que forma muy curiosa contraposición con las Reminiscencias tudescas de que en este prólogo tratamos, y libro que hemos querido citar aquí, aunque sea de paso, porque, sumado con el presente, que tanto difiere por su objeto, basta para calificar á su autor de excelente prosista, y para colocarle en muy alto lugar entre los escritores contemporáneos de la América española.

Madrid 1902

1

Reminiscencias Tudescas. Cuentos a Sonny. Bogotá. Ministerio de Educación Nacional. Biblioteca Popular de Cultura Colombiana. 1946. Págs. 5-9.

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1.jpgI

Cartagena de Indias fue una gran ciudad en otro tiempo. Está situada a orillas del mar, sobre una lindísima bahía. Fue fundada por los españoles, quienes la rodearon de altas murallas de piedra. A lo largo d ellas construyeron cuarte y ocho fortalezas, que llamaron castillos; y pusieron cuatro castillos más en los cerros vecinos que miran hacia el mar. En los castillos y sobre las murallas emplazaron gran número de cañones.

Cartagena está en un país muy lejano de Europa y que en aquellos tiempos era conocido con el nombre de Nueva Granada. Los españoles habían descubierto ese país. Al llegar allí encontraron muchos pueblos de otra raza, que hablaban lenguas no entendidas por los españoles. Los europeos llamaron indios a aquellos naturales.

También los indios gran cantidad de oro en muy diferentes formas, como brazaletes, petos y muñecos de extrañas figuras; gran copia de plata y no pocas esmeraldas. Los españoles les quitaron a los indios eso.

El oro  y la plata se encontraban en ciertos parajes de las montañas llamadas minas. Como esos metales se hallaban íntimamente mezclados con las rocas, era muy difícil obtenerlos. Los conquistadores forzaban a los indios a trabajar en las minas sin remuneración alguna; no les daban siquiera alimentación suficiente; así era que los pobres indígenas sufrían horriblemente, a tiempo que los españoles se enriquecían.

El oro y la plata que producían las minas eran enviados a España. De distinto puntos del país se acoplaban en Cartagena grandes cantidades de metales preciosos. Para guardar esos tesoros, mientras se enviaban a España, había sido fortificada la ciudad y se la había guarnecido con no escasas tropas.

En aquellos tiempos no eran conocidos los buques a vapor; sólo existían los barcos de vela, construidos de madera íntegramente. Había también muchos buques provistos de artillería, llamados piratas o bucaneros, que asaltaban los barcos mercantes para robarles cuanto podían.

Sucedió uno de esos días que en Cartagena custodiaban un enorme tesoro de oro y plata en barras, de perlas y de esmeraldas, mientras llegaba la real orden para remitirlo a España. Lo supieron los piratas y formaron el propósito de asaltar a Cartagena para llevarse el tesoro que allí guardaban.

II

Los cartageneros vivían tranquila y pacíficamente. El clima es allí caluroso durante todo el año. En esa parte del globo no hay estaciones; la nieve es desconocida y las plantas están siempre verdes. Los habitantes de regiones como aquella son muy poco activos en general.

Los soldados imitaban a los paisanos; hacían el ejercicio responsablemente, sin fatigarse. El cielo estaba siempre límpido y azul; las aguas de la bahía, casi inmóviles, besaban con blandura las amarillas arenas de la costa, sin ruido ni rumor. El viento apenas rizaba la bandera que se erguía en el castillo más próximo al mar.

Un día el centinela creyó que, allá lejos, donde se juntaba el cielo con las aguas, veía un punto que podía ser tal vez un barco, tal vez una nubecilla. Al principio el centinela, que estaba amodorrado con el calor del mediodía, prestó muy poca atención. Algunos instantes después vio, sin embargo, que aquello no era una nube sino un buque que se aproximaba a la entrada de la bahía. Diole aviso inmediatamente al comandante del puerto.

-¿Qué bandera traen?- preguntó el comandante.

-Me parece que no traen bandera ninguna; pero no lo sé de fijo, porque todavía están bastante lejos.

-Que se dispare el cañón, pues debemos saber quiénes son ellos.

Se dio la señal ordenada. Ya podían verse los buques perfectamente; eran diez en número, de distintos tamaños, y no enarbolaban bandera alguna.

Por dos veces se repitió la señal, disparando el cañón. Los buques no se dieron por advertidos y siguieron avanzando.

El comandante, ya inquieto, tomó el anteojo y miró. Por la forma y el aparejo conoció que los buques eran extranjeros, que estaban artillados y que traían numerosos tripulantes, de mala catadura y con pistolas y sables al cinto.

A bordo de los buques se advertía mucho movimiento; los soldados cargaban los cañones; no había duda que se disponían a atacar la ciudad. Evidentemente eran piratas.

III

La campana de la torre tocó en el castillo delantero; pronto se echaron a vuelo las campanas de las torres en los demás castillos. Y en las murallas, en los fuertes y en las calles, resonaron las trompetas llamando a las armas a los soldados y a los ciudadanos.

Todo el mundo abandonó al instante sus quehaceres: panaderos y matarifes, sastres y albañiles, zapateros y ebanistas, agricultores, dependientes y tenderos, viejos y jóvenes, hombres y muchachos, todos los que podían llevar un fusil o prestar ayuda en las baterías, se echaron a la calle para correr a ocupar sus puestos en las murallas y en los castillos que daban frente a la bahía. Las mujeres se congregaron en las iglesias, a llorar y a rezar por sus maridos, sus hijos y sus hermanos.

Adiós reposo, adiós quietud de la pacífica ciudad. Las trompetas, las campanas y los gritos de la multitud ensordecían los aires.

En las murallas y en los castillos fronterizos, los cañones se volvieron hacia los buques y apuntaron. El comandante dio la voz y abriéronse los fuegos. Pero los buques piratas seguían avanzando como bandada de grandes aves negras.

Los piratas contestaron los fuegos bien pronto; los flancos de sus barcos resplandecían y tronaban. Sobre la ciudad, las murallas y los castillos, caían grandes y rojas, las balas de cañón; muchas de ellas estallaban al caer y esparcían una lluvia de metralla.

Los campanarios venían a tierra; los edificios se incendiaban, y por las calles discurrían a escape los caballos heridos, locos de dolor.

Bajo el nutrido fuego de los piratas caían hombres por todas partes. Gran número de heridos y moribundos eran retirados de la línea de batalla y llevados lejos de la costa.

Los buques estaban ya muy cerca, y cada instante el combate era más encarnizado. Los piratas también habían sufrido enormemente; algunos buques tenían mástiles rotos y caídos, cubiertas despedazadas, cascos perforados. No obstante se preparaban con brío para hacer un desembarco, protegidos embarcándose en los botes, para dar un asalto a la ciudad.

En aquel momento el comandante en persona tomó el cañón, hizo blanco en el más grande de los buques filibusteros, y disparó: la bala hiere el casco justamente en la línea de flotación, ábrele una brecha enorme en el costado, precipítanse dentro las aguas y el buque empieza a hundirse sin demora. No tuvo tiempo la tripulación de hacer esfuerzo alguno para salvarlo: el buque se hundía irremediablemente. Luego se inclinó sobre un costado, y en pocos minutos desapareció bajo las aguas. Ni aun los topes de los mástiles quedaron visibles sobre el remolino que formó al hundirse.

De las murallas y de los castillos surgió un estruendoso clamor de regocijo, y súbitamente callaron los fuegos de una y otra parte.

Los bucaneros quedaron aterrados, y sólo pensaron en la fuga; viraron de bordo y gobernaron hacia el océano, dejando atrás, en el fondo de la bahía, el mejor de los buques con todos sus tripulantes y con el jefe de la expedición.

El combate había durado más de tres horas. Los mejores edificios de la ciudad quedaban en ruinas o seriamente averiados, y muertos, heridos o en la miseria, un número enorme de soldados y paisanos. La victoria fue costosa.

IV

Pocas semanas después de aquellos tristes sucesos, el pueblo se reunió y elevó una petición a su amo y señor el Rey, la cual le fue enviada a su palacio de Madrid, en España, al otro lado de los mares. En ella se le pedía humildemente al Soberano que hiciese sacar de la ciudad el tesoro cuya custodia les había costado tan cara a los cartageneros, alegando que los piratas podrían rehacerse y volver en mayor número.

Concedió el Rey lo que se le pedía, y envío un poderoso buque de guerra, El Galeón, de tres palos, cuatro puentes y doscientos cañones, a que llevase Cartagena a España el oro, la plata, las perlas y las esmeraldas que tanto atraían a los bucaneros. Contentísimas se pusieron las gentes cuando llego el buque a Cartagena, e inmediatamente llevaron el tesoro a bordo y lo depositaron en la bodega. Además del tesoro, el buque tomó abundante carga de varios productos indígenas: cocos, ñame, cazabe, piñas, pájaros que tenían hermoso plumaje y sabían hablar, monos inquietos, palmas, orquídeas, plantas trepadoras, y muchas otras cosas admirables de las que se producen en los climas ardientes.

Sobre cubierta aquello era un jardín; los mismos cañones desaparecían bajo aquel mundo de objetos extraños y curiosos.

Algunas personas de la ciudad tomaron pasaje en el buque.

Un día, después de recibir la bendición episcopal, dieron la vela a la blanda brisa y gobernaron mar adentro. En el tope del palo mayor flotaba la bandera y parecía volverse hacia la costa para decirle adiós a la ciudad amiga.

V

Unos tras otros pasaban los días de navegación feliz. El barco hendía las aguas suavemente. El cielo de azul profundo y sin una nube; desbordante de luz durante el día, se tachonaba de millares de estrellas durante la noche. Los navegantes pasaban las horas comiendo, bebiendo, charlando y cantando al son de las guitarras y bandurrias. Todo era contento y regocijo a bordo.

Una quince había corrido cuando un día el capitán, que se paseaba sobre la cubierta acompañado del primer oficial, dijo señalando hacia sotavento:

-¡Hum! Aquella nube presagia mal tiempo.

-Sí, señor; aunque sólo parece una manchita.

-Pues ya se nos viene encima, créalo usted.

Baje y vea que todo esté listo. Que permanezcan abajo los pasajeros y las gentes que no estén de servicio.

Los pasajeros se rieron de los temores del capitán, cuando lo supieron. El cielo estaba azul y el mar parecía un gran lago.

La nubecilla sin embargo, fue tomando cuerpo, y de pronto comenzó el viento a soplar con fuerza. El buque empezó a estremecerse como corcel que siente el acicate. La nube era ya negra masa amenazante, que obscurecería el horizonte; el viento daba aullidos en las jarcias.

La obscuridad era completa; la lluvia caída a torrentes; las olas parecían montañas, y el barco daba terribles balances, como si fuera a volcarse. Los rayos rasgaban las nubes, franjándolas de vivo fuego deslumbrador. Las velas estaban hechas jirones, y las olas se lanzaban por encima de los puentes con estruendo de caballos al galope.

El furor de la tempestad fue mayor cuando sobrevino la noche. Debajo de cubierta, en los camarotes y salones, se oían plegarias, y sollozos, y crujir de dientes. La voz del capitán dominaba el estruendo del temporal, y se oía dando órdenes, sonora y vibrante como una trompeta. El buque había perdido el rumbo e iba arrebatado por la tempestad en medio de las tinieblas; los mares circunvecinos eran peligrosos, y el capitán no sabía hacia donde iba el buque. No queda más sino esperar en Dios.

Repentinamente sucedió una cosa espantosa. El buque entero dio una recia sacudida, procedente de un choque vigoroso, y siguió temblando como una pluma en el viento: se había estrellado contra una roca a flor de agua y se le había abierto un gran portillo en el costado, por donde se lanzaron hacia adentro en cataratas las aguas con que hasta entonces había luchado el barco tan gallardamente.

-¡A los botes! ¡A los botes! _gritó el capitán.- ¡Nadie lleve nada! ¡Estréchense, estréchense bien!

Todo el mundo obedeció la orden. Unos tras otros iban descendiendo a las hirvientes olas los botes cargados de gentes temblorosas. Pronto quedó el buque solo y sin auxilio, clavado a la roca, sumergiéndose gradualmente.

Los botes se dieron prisa a alejarse del remolino que el buque había de producir al hundirse; llevaban más gente de la que podían contener, y apenas lograban mantenerse a flote. Eran grandes la obscuridad, el viento y la lluvia, y a cada momento parecía que iban a hundirse los botecitos.

-¡Bogar con brío! ¡Remar para salvarnos! –ordenó el capitán. En triste procesión, subiendo y bajando por el lomo de las olas, los botes iban siguiéndose unos a otros. El único ruido que se oyó durante todo el día fue el incesante golpe de los remos. Los remeros que se fatigaban eran reemplazados por otros no menos exhaustos y rendidos de cansancio. Todos estaban hambrientos y muertos de sed: algunos chupaban las ropas húmedas, buscando una gota de agua.

Al caer la  noche el mar estaba ya en completa calma y el cielo constelado de estrellas brillaba otra vez más allá arriba, como en los felices días de El Galeón.

Cuando rayó la luz de la mañana, los náufragos pudieron ver tierra: ante ellos estaba otra vez la vida. Hacia el Nordeste, en la brumosa lejanía se alzaba, como un montón de nubes, lo que para el ojo de los marineros era una isla inequívocamente. La desesperación se trocó en brío. Remaban con tesón, olvidados del cansancio. La tierra se veía claramente a cada instante; de la memoria huían los tormentos del hambre, de la sed y de un actitud inmóvil, prolongada.

Las verdes montañas y la costa sonriente parecían darles la bienvenida con alborozo.

VI

Pronto vino auxilio de la costa. Los pasajeros y la tripulación, que no acertaban a creerse a salvos, se encontraron en las playas hospitalarias de Trinidad. Desde allí alcanzaron a ver las casas y las iglesias de la ciudad, en medio de las palmeras distantes. Todo aquello les parecía un sueño.

De tal modo les había agotado la ansiedad, que se tendieron en el suelo y se quedaron dormidos, sin poder contestar a las numerosas preguntas que les dirigían.

Pocas horas después volvieron en sí y tomaron algún alimento, con lo cual repararon las fuerzas. El recuerdo, con todo, de los pasados sufrimientos aún gravitaba en sus cerebros, llenándolos de angustia.

-¿De dónde venían ustedes?

-De Cartagena de Indias.

-¡Ah! ¿Qué carga?

-¡Oh!, plata, perlas y esmeraldas del Real Tesoro e España.

-¡Eh! ¡Eh! Y ¿cómo se perdió el buque?

-Encallamos en un arrecife a la altura de las Islas de los Caimanes.

-¿Sííííí?

A tal noticia se desvanecieron los salvadores: la caridad había hecho plaza a la codicia, y los náufragos, hombres y mujeres, quedaron solos en la playa abandonados a sus propias fuerzas.

Diéronse trazas de llegar a la ciudad, donde las autoridades les prestaron ayuda y a su debido tiempo los embarcaron para España. Llegaron, es claro, sin un céntimo en el bolsillo, después de aquella terrible travesía, en que se fueron a fondo El Galeón y los tesoros que llevaba.

VII

Los salvadores habían entrado en conferencia. No era posible dejar el tesoro debajo de las aguas. En buen tiempo era fácil pescarlo del fondo del mar. Era preciso no perder tiempo, no fuera que otros acometieran la empresa, sabiendo como sabía todo el mundo la situación exacta de los temidos arrecifes de los Caimanes.

Pocos días después se ido a la vela una goleta, tripulada por unos cuantos buzos atrevidos, en busca del tesoro sumergido.

A la hora de partir la goleta había llegado un hombre desconocido pidiendo que se le tomara a bordo. El conocía el secreto de la expedición y exigía una parte de la empresa. Le recibieron a bordo los expedicionarios, temerosos de que, si lo dejaban, divulgara la noticia de que un barco había partido para los arrecifes de los Caimanes en busca de las indecibles riquezas que se habían perdido con El Galeón.

La goleta llegó a su destino al segundo día de navegación. Inmediatamente empezaron los sondajes y a poco quedó fijado con certeza el paraje donde El Galeón se había ido a pique.

Los buzos, atados a una cuerda, empezaron a zabullir valientemente en las tranquilas aguas; pero no bien se habían sumergido, cuando volvían a la superficie gritando que los alzaran prontamente a bordo. Decían haber visto un cardumen de tiburones que bullían allá abajo como si guardasen el casco del aportillado Galeón. Parecía, pues, que no habían de realizarse los sueños de ambición.

Así las cosas, el hombre desconocido salió a ofrecer que él haría el trabajo si le ayudaban. Había traído consigo una caja grande, de la cual sacó un equipo sumamente raro. Se componía de pantalones y camisa, hechos de lona gruesa y forrados con una tela fuerte de alambre; para la cabeza tenía una esfera hueca de hierro con tubos o mangueras, para dejar penetrar el aire de arriba, y provista de un orificio cubierto con un cristal, para mirar hacia afuera por allí.

Se vistió con ese equipo y quedó como un monstruo, tosco y pesado. Sujetáronlo del cinturón con una cuerda, y lo sumergieron lentamente en el agua. En la mano llevaba un gran machete.

Un enorme tiburón se precipitó sobre el buzo. Este esgrimió su machete con destreza y lo mató en un abrir y cerrar de ojos. Otros tiburones trataron de cerrar el paso; pero protegido como estaba por su armadura de alambre, hirió con denuedo a diestra y siniestra, arreó lejos a los tiburones y llegó al casco del buque, donde se ocultaban las cajas con el tesoro.

Ató las cajas con cuerdas que le arrojaron de la goleta, ya sí las subieron a bordo una por una. Casi un mes de trabajo constante gastaron en la obra; pero al cabo de ese tiempo el tesoro íntegro estuvo a bordo de la goleta.

Dierónse luego a la vela hacia un puerto lejano y desconocido, llevándose el gran tesoro que los conquistadores habían acopiado en largos años de violencia y de tiranía, y por el cual suspiraba en vano Su Majestad. Sucede que las riquezas mal adquiridas rara vez aprovechan a quien las acopia.

Los afortunados expedicionarios se distribuyeron el tesoro, dejándoles buena parte, por supuesto, al hombre desconocido.

Guardaron el secreto de la expedición los que en ella tomaron parte, y hasta hoy creen muchas gentes que El Galeón con su carga de oro, plata, perlas y esmeraldas, reposa tranquilamente bajo las aguas del mar Caribe, entre Cartagena de Indias y la isla de Trinidad.

1

Reminiscencias Tudescas. Cuentos a Sonny. Bogotá. Ministerio de Educación Nacional. Biblioteca Popular de Cultura Colombiana. 1946. Págs. 109-118.

 

 

 

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