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Archive for 8/08/17

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JORGE LUIS BORGES

En aquella cena estuvo también Borges, probablemente el escritor argentino de mayor talento, de una inteligencia agudizada por los sufrimientos personales: en cuanto a mí, con razón o sin ella, consideraba que la inteligencia era mi pasaporte, algo que aseguraba a mis simplicismos el derecho a vivir en un mundo civilizado. Pero dejando a un lado las dificultades técnicas, mi español torpe y los defectos de pronunciación de Borges –que hablaba de prisa y de una manera incomprensible-, dejando a un lado la impaciencia, el orgullo y la rabia que eran consecuencia de mi doloroso exotismo y rigidez entre extraños, ¿cuáles eran las posibilidades de entendimiento entre aquella Argentina intelectual, estetizante y filosofante, y y yo? A mí me encantaba la oscuridad de Retiro; a ellos, las luces de París.

 

WITOLD GOMBROWICZ, DIARIO.

Me presenté de acuerdo con lo convenido, un 28 de diciembre a mediodía, en el domicilio de Borges, calle Maipú, en el centro de Buenos Aires. Borges estaba solo, enfermo; los grandes calores lo debilitaban. O podía concederme la entrevista. Me recibió unos instantes en el salón con las persianas medio bajas. Los ruidos de la calle apagaban a veces su voz baja y entrecortada. Le pregunté si había leído a Gombrowicz. “No” –me respondió-. Entonces le dije: “Gombrowicz decía que, dado que usted estaba enraizado en la cultura y el en la vida, podría haber surgido entre ambos un diálogo fructífero. ¿Piensa usted lo mismo?” “No lo sé”, respondió Borges, “lo he visto sólo una o dos veces. Con Mastronardi, creo. Hace tiempo, mucho tiempo. Por tanto, es difícil de decir.” Borges me habló un poco de Mastronardi, “ese amigo muy secreto”, y me marché. Mientras Gombrowicz nunca dejó de “ocuparse” de Borges, en sus conversaciones, en sus escritos (en Testamento, en su Diario, inspirándose incluso en él para un personaje de Trans-Atlántico), mientras él había leído la obra de Borges y admiraba algunos de sus cuentos, como “La muerte y brújula”, Borges, por el contario, siempre ignoró la obra de Gombrowicz y mantuvo silencio sobre él. R.G.

NOTA EDITORIAL: LOS TESTIMONIOS RECOGIDOS EN FRANCÉS FUERON TRADUCIDOS POR UN EQUIPO DE EL CUENCO DE PLATA, Y TODA LA EDICIÓN FUE REVISADA POR ROSA MARÍA Y ALEJANDRO RÚSSOVICH. LA TRADUCCIÓN DE LA CORRESPONDENCIA ENTRE WITOLD GOMBROWICZ Y MARTÍN BUBER FUE HECHA DEL FRANCÉS POR ALEJANDRO RÚSSOVICH.

2.jpgGombrowicz en Argentina. 1939-1963. Buenos Aires. El Cuenco de Plata. 2008. Págs. 72.

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PREFACIO

La versión original de este libro fue editada privadamente por un hombre que ya ha muerto. Nunca llegué a saber cuántos ejemplares se hicieron y vendieron de él. El libro circulaba clandestinamente y no quedó ningún registro de su venta. Por lo menos nunca se me dio cuenta de ello.

Con la muerte del editor, el libro dejó de imprimirse. Como nunca fue ampliamente conocido y como no es probable que ningún editor de Inglaterra o de los Estados Unidos lo reimprima, decidí que se hiciera una nueva edición en Francia (1), donde todos mis libros proscriptos se publicaron y continúa publicándose.

Sin embargo, antes de confiarlo al correo, me pareció conveniente releer lo que había escrito tantos años antes (2). Mientras leía, comencé (del todo involuntariamente) a hacer cambios y correcciones sin pararme a averiguar las causas que me movían a hacerlo.

Añadiré que el propósito primario perseguido al alterar el texto original no consistió en corregir el pensamiento sino en esclarecerlo. Tengo la esperanza de haberlo logrado.

 

  1. Fue publicado en inglés en abril de 1959 por la editorial The Olympia Press, de París. (N. del E.)

 

Versión castellana de ROBERTO BIXIO

 

 

El mundo del sexo. Buenos Aires. Editorial Sur. 1959. Págs. 7-8.

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PERFUME DE PAN

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Invoco al robusto Pan, sustancia del Cosmos, del Urano, del mar, de la tierra reina de todas las cosas y dela llama inmortal, pues tales son los miembros de Pan. ¡Ven, Bienaventurado, vagabundo, circular, el que tiene las Estaciones por trono, el de los pies de cabra, que eres frenético, que gustas de tañer, conductor de los astros, dirigiendo la armonía del Cosmos, y te complaces en el canto! Horror de los vivos, dueño de las visiones; aficionado a los pastores de cabras, a los boyeros  a las fuentes; cazador, amigo del sonido y de las Ninfas, generador de todas las cosas, creador universal, Demonio de mil nombres, que regulas el Cosmos, que traes la luz, que gusta de los antros, que te acuerdas de las injurias; verdadero Zeus cornudo, sobre ti descansan la superficie de la tierra inmensa, y la onda del mar infatigable, y Océano que rueda sus olas en torno a la tierra, y una parte del aire, y el brillo del fuego sutilísimo, ¡oh tú, que fomentas la vida! Todos estos elementos divinos están sometidos a ti, y con arreglo a tu voluntad cambias la naturaleza de las cosas, y conduces a la raza de los hombres por el inmenso Cosmos. ¡Oh bienaventurado orgiasta! Desciende sobre estas libaciones sagradas y da un fin dichoso a mi vida, alejando de los límites de la tierra el espanto pánico.

 

Prólogo de JOSÉ MANUEL VILLALAZ

 

1.jpgTeogonía, Los trabajos y los días, El escudo de Heracles, Idilios de Bión, Idilios de Mosco, Himnos Órficos. México. Editorial Porrúa. 1990. Págs. 65-66.

 

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1972

6 de mayo

 

Juro, créeme –la sala de visitas estaba oscura- pero la música convocó hacia el centro de la sala a una cosa que despierta anda por allí –la sala se oscureció toda dentro de la oscuridad- yo estaba en las tinieblas –sentí sin embargo que por más oscura que estuviera la sala era clara- me acurruqué de miedo dentro del propio miedo –como ya me envolví contigo en ti mismo- ¿qué encontré? –nada sino que la sala oscura se llenaba de una claridad que parecía la claridad de una sonrisa- que está inmanencia en la flor –y yo me estremecía en el centro de esa difícil luz- créeme aunque resulte difícil explicarlo –era como si yo nunca hubiera visto una flor- era algo perfecto y lleno de gracia que parece sobrehumano pero que es vida –y con miedo inventé que aquella flor era el alma de alguien que recién había muerto- eso lo inventé porque no tenía fuerzas para ver directamente la vida de una flor –yo miraba aquel centro iluminado que tenia una energía levísima a tal extremo que parecía moverse y dislocarse –y la flor estaba tan vibrante como si hubiera una abeja peligrosa rondándola -¿una abeja helada de pavor?- no –es mejor que decir que la abeja y la flor emocionadas se encontraban vida contra vida, vida a favor de la vida- o helada de pavor ante la irrepetible  gracia de esa oscilación de vela encendida que era la flor –la abeja era yo- y la flor se estremecía ante la dulzura peligrosa de la abeja –cree en mí que no entiendo- un rito fatal se cumplía –la sala estaba colmada con aquella sonrisa penetrante- era no obstante apenas volver blanquecinas las tinieblas –no quedó prueba ninguna de lo que sentí- nada puedo garantizarte –yo soy la única prueba de mí- y al darme explico lo que soy, lo que puedo explicar –no entiendo que se pueda temer a una rosa pues la flor es una rosa –ya lo experimenté con violetas muy delicadas- pero tuve miedo –había olor a flor de cementerio- y las flores y las abejas me están llamando –lo peor es que no sé cómo evitar ir- el llamado es para que vaya –y en verdad en el fondo quiero ir- es mi encuentro con mi destino ese encuentro temerario con la flor.

 

Traducción de AMALIA SATO

 

2.jpgRevelación de un mundo. Buenos Aires. Adriana Hidalgo editora. 2004. Págs. 312.

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