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Archive for 11/08/17

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I

 

Desde que te conozco, hay un eco en cada rama que repite tu nombre; en las ramas altas, lejanas; en las ramas que están junto a nosotros, se oye.

Se oye como si despertáramos de un sueño en el alba.

Se respira en las hojas, se mueve como se mueven las gotas del agua.

 

Clara: corazón, rosa, amor…

Junto a tu nombre el dolor es una cosa extraña.

Es una cosa que nos mira y se va, como se va la sangre de una herida; como se va la muerte de la vida.

Y la vida se llena con tu nombre: Clara, claridad esclarecida.

 

Yo pondría mi corazón entre tus manos sin que él se rebelara.

No tendría ni así de miedo, porque sabría quién lo tomaba.

Y un corazón que sabe y que presiente cuál es la mano amiga, manejada por otro corazón, no teme nada.

¿Y qué mejor amparo tendría él, que esas tus manos, Clara?

 

He aprendido a decir tu nombre mientras duermo. Lo he aprendido a decir entre la noche iluminada.

 

Lo han aprendido ya el árbol y la tarde…

 

y el viento lo ha llevado hasta los montes y lo ha puesto en las espigas de los trigales. Y lo  murmura el río…

 

Clara:

Hoy he sembrado un hueso de durazno en tu nombre.

 

 

Guadalajara. 10/44

juan rulfo

 

II

 

Hoy que vine de ti, sostenido a tu sombra, he mirado la noche.

He mirado las nubes en la noche como lágrimas alrededor de la luna clara: los árboles oscuros, las estrellas blancas.

 

Hoy he visto cómo por todas partes la noche era muy alta.

Y me detuve a mirarla como se detiene el que descansa.

Clara:

Hoy se murió el amor por un instante y creí que yo también agonizaba.

Fue a la hora en que diste con tus manos aquel golpe en la mitad de mi alma.

Y que dijiste: tres años, como si fuera tan larga la esperanza.

 

Hoy caminé despacio pensando en tus palabras.

Oyendo los ruidos del pájaro que duerme y los ruidos del ansia.

Del ansia que nos mancha la congoja de no poder ser omnipotentes para labrar una piedad dentro de otra alma.

 

Con todo, tres años no son nada. No son nada para los muertos, ni para los que han asesinado lo que aman.

 

Tres años son, Clara, como querer cortar con nuestras manos un hilito de agua.

 

Y en esperar que pasen los tres años, el tiempo nunca pasa.

 

Clara:

Hoy que vine de ti, sostenido en tu sombra, me puse a mirar mi soledad y la encontré más sola.

 

Guad. Oct. De 1944

juan rulfo

3.jpgAire de las colinas. Cartas a Clara. Buenos Aires. Editorial Suramericana. 2000. Págs. 23-26.

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Mamey2.jpgLas principales plantas y mantenimiento de los indios son la yuca y el maíz, de que hacen pan, y también vino del maíz, como atrás se dijo; hay otras frutas muy buenas, sin aquello.

Hay una fruta que se llama mamey, el cual es un árbol grande y de hermosas y frescas hojas. Hace una graciosa y excelente fruta, y de muy suave sabor, tan gruesa por la mayor parte como dos puños cerrados y juntos; la color es como la de peraza, leonada la corteza, pero más dura algo y espesa, y el cuesco está hecho de tres partes, junta la una a par de la otra, en el medio de lo macizo, a manera de pepitas, y de la color y tez de las castañas ingertas mondadas, y así proprio que ninguna cosa le faltaría para ser las mismas castañas si aquel sabor toviese; pero aqueste cuesco así dividido o pepita es amarguísimo su sabor como la hiel; pero sobre aquello está una telica muy delgada, entre la cual y la corteza está una carnosidad como leonada, y sabe a melocotones y duraznos, o mejor, y huele muy bien, y es más espesa esta fruta y de más suave gusto que el melocotón, y esta carnosidad que hay desde el dicho cuesco hasta la corteza es tan gruesa como un dedo, o poco menos, y no se puede mejorar ni ver otra mejor fruta.

3.jpgSumario de la Natural Historia de las Indias. Bogotá. Instituto Caro y Cuervo. Universidad Jorge Tadeo Lozano. 1995. Pág. 105.

 

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XI.ERÓTICA Y ESTÉTICA (Fragmento)

 

Hemos sometido a un examen y refutado desde el punto de vista de la filosofía crítica los argumentos con que se ha intentado siempre fundamentar la alta estima en que se tiene a la mujer, y sólo quedan pocos que también han de ser analizados. En realidad escasas esperanzas pueden abrigarse de que en una discusión sobre un terreno tan áspero haya alguno que ceda. El destino de Schopenhauer da mucho que pensar, pues se cuenta que su poco aprecio por la mujer, expresado en su obra Uber die Weiber, debe atribuirse a que una muchacha veneciana, que se hallaba en su compañía, se enamoró repentinamente del hermoso Byron. Diríase que aquel que tuvo menos suerte con las mujeres fue el que sustentó una opinión más desfavorable para ellas, y no al contrario.

El método de calificar de misógino al adversario, en lugar de oponer razones a las razones, ofrece ciertas ventajas, pues cuando se afirma que un individuo odia aquello sobre lo que establece un juicio, es fácil despertar la sospecha deque en sus opiniones falta sinceridad y pureza, y que trata de buscar con la hipérbole de las acusaciones la justificación de que éstas carecen. Esta conducta no deja de lograr su objeto, pues exime a los defensores de la cuestión de la necesidad de discutirla. Es el arma más segura y más hábil para aquel gran número de hombres que jamás quieren aclarar el problema de la mujer. No hay ningún hombre que se haya detenido a reflexionar acerca de la mujer y que, sin embargo, les dé gran valor: no hay más que hombres que las desprecian u hombres que no se quieren tomar la molestia de pensar profundamente en ellas.

De todos modos es un abuso recurrir en una controversia teórica a los motivos psicológicos del adversario, y utilizar estos recursos en lugar de aducir pruebas. No pretendo enseñar a nadie que en una discusión objetiva los adversarios deben someterse a la idea suprapersonal de la verdad e intentar llegar a un resultado independiente de ellos mismos. Pero cuando una de las partes contendientes ha conducido el razonamiento lógico hasta ciertas conclusiones, mientras la otra, en vez de cuidarse de seguir el proceso de demostración, se contenta con oponerse violentamente aquéllas, está justificado que en ciertos casos el primero castigue al segundo por su conducta inconveniente, poniéndole ante sus ojos los motivos a que se debe su obstinación. Si el obstinado fuese consciente de esos motivos, podría aquilatarlos frente a la realidad contra la cual se oponen sus deseos. Tan sólo porque no tienen conciencia de ellos será incapaz de tomar una posición objetiva frente a sí mismo. He aquí por qué ahora, después de una larga serie de estrictas deducciones lógicas y objetivas, podemos volver nuestra espada contra los defensores de la mujer, y descubrir el sentimiento que origina el pathos de su parcialidad, dándonos cuenta hasta qué punto sus raíces asientan en terreno seguro o en terreno movedizo.

Todas las objeciones opuestas a los que desprecian la feminidad se fundan esencialmente en la relación erótica en que se halla el hombre respecto a la mujer. Esta relación es completamente diferente de la sexual, que es la que condiciona por entero las relaciones del sexo entre los animales, y que también entre los seres humanos desempeña importante papel. Es absolutamente falso que la sexualidad y la erótica, el impulso sexual y el amor, sean en el fondo una y la misma cosa, y que el segundo constituya una envoltura, un refinamiento, una sublimación del primero, aunque así lo afirma la medicina y lo hayan creído genios como Kant y Schopenhauer. Antes de entrar a establecer y basar la enorme diferencia que separa esos conceptos, deseo hacer algunas observaciones que se refieren a esos dos hombres. La opinión de Kant a este respecto no puede ser decisiva, porque quizá no exista otro hombre que haya tenido tan escaso conocimiento del amor y el impulso sexual como él. Era tan poco erótico que ni siquiera sintió la necesidad de viajar.

Estaba demasiado alto y era demasiado puro para que pudiera hablar con autoridad de esta cuestión. La única amante sobre la cual se vengó fue la metafísica. Por lo que se refiere a Schopenhauer, este autor comprendió muy poco la erótica elevada, y su comprensión se limita a una sexualidad material: así puede deducirse sin dificultad de cuanto vamos a sugerir. El rostro de Schopenhauer muestra poca bondad y mucha crueldad (que de todos modos le ha hecho sufrir intensamente; no se pude elaborar una ética de la compasión si no se es muy compasivo. Los hombres más compasivos son aquellos que se duelen de su propia compasión: Kant y Nietzsche), Pero, como vamos a indicar, sólo los hombres muy compasivos son capaces de una violenta erótica: aquellos que “por nada se interesan” tienen incapacidad para el amor. No es condición necesaria que en este último caso se trate de naturalezas satánicas; por el contrario, pueden poseer una elevada moralidad sin que a pesar de ello lleguen a darse cuenta de lo que piensa o de lo que sucede en el interior del prójimo, ni sean capaces de comprender una relación hipersexual con una mujer. Esto es lo que ocurre con Schopenhauer. Era un hombre que sufrió enormemente bajo el impulso sexual, pero jamás amó. De otro modo no podría explicarse la unilateralidad de su famosa Metafísica del amor sexual, cuya doctrina más importante es que el objetivo final inconsciente de todo amor no es otra cosa que “la formación de la generación siguiente”.

Como creo poder demostrar, esta opinión es falsa. En la experiencia no existe amor alguno totalmente desprovisto de sensualidad. El hombre, por muy noble que sea, es un ser sensual. Por otra parte, y en contra de cuanto pueda creerse, el amor mismo —sin la adición de principios ascéticos— es enemigo de todos aquellos elementos que empujan al coito, pues en realidad viene a ser su propia negación. El amor y el deseo son dos estados tan contrapuestos y excluyentes que en los momentos en que un hombre realmente ama, el pensamiento de una unión corporal con el ser amado le es absolutamente imposible. El hecho de que no exista esperanza completamente libre de temor, no invalida que la esperanza y el temor sean precisamente estados contrapuestos. Otro tanto puede decirse del impulso sexual y el amor. Cuanto más erótico sea un individuo tanto menos le importunará su sexualidad, y al contrario. Si no existe adoración completamente exenta de deseo, será imposible identificar éste y aquélla, que lo sumo pueden ser fases opuestas por las que un hombre podrá pasar sucesivamente. Cuando un hombre desea a una mujer y dice que la ama, o miente o no sabe lo que es el amor: así son de diferentes el amor y el impulso sexual. He aquí que casi siempre se deba considerar como una hipocresía cuando se habla de amor en el matrimonio.

Para aquellos cerebros obtusos que con un cinismo sistemático continúan afirmando la identidad de ambos conceptos, podremos todavía añadir algunas observaciones muy significativas: la atracción sexual crece con la proximidad corporal, el amor es más fuerte en ausencia de la persona amada, necesita de la separación, de una cierta distancia para subsistir. Lo que no pueden lograr  los viajes a países lejanos, lo que no consigue el transcurso del tiempo, que el verdadero amor se extinga, se origina cuando un contacto corporal casual e involuntario con el ser amado despierta el instinto sexual, que en este caso viene a sustituir al amor. Y para el hombre altamente diferenciado, para el hombre superior, la muchacha que desea y la que únicamente ama, pero que jamás puede desear, tienen seguramente una imagen completamente distinta, un carácter dispar: son dos seres absolutamente distintos.

 

Existe, pues, el amor “platónico”, aun cuando lo nieguen los profesores de psiquiatría. Podría incluso decir que sólo existe el amor “platónico”. Lo que también se suele llamar amor pertenece al reino de lo inmundo. Únicamente hay un amor: el amor por Beatriz, la adoración a la Madonna. Para el coito está destinada la puta babilónica.

Traducción del alemán de FELIPE JIMÉNEZ DE ASÚA.

Prólogo de CARLOS CASTILLA DEL PINO.

2Sexo y carácter. Barcelona. Ediciones Península. 1985. Págs. 234-237.

 

 

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UNA INVASIÓN DE CENTAUROS (Fragmento)

 

¿Qué significa afirmar la primacía de las facultades no intelectivas, sino poner en tela de juicio todos nuestros valores culturales, entre otros, sobre todo, el de “razón” y el de “realidad”? Negar que el verdadero yo es este pequeño y simple átomo de objetividad viva que cada uno pilotamos diariamente mientras construimos puentes y carreteras es, sin duda, tomar el camino mejor y más rápido para acabar en una clínica de psicopatología. Es atacar a los hombres en el meollo mismo de su sistema de seguridad negando la validez de todo lo que quieren decir cuando pronuncian la más preciada palabra de su vocabulario, la palabra “Yo”. Y, sin embargo, esto es lo que hace la contracultura cuando, con sus místicas tendencias o la experiencia de la droga, acomete contra la realidad del ego que es, hoy, una unidad de identidad puramente cerebral. Al hacerlo, de nuevo trasciende la consciencia de la cultura dominante y corre el riesgo de parecer un ejercicio extravagante de perversos sinsentidos.

De todas forma, ¿qué otra perversidad, audaz y esperanzadoramente humana, puede lanzar un desafío radical a la tecnocracia? Si la desgraciada historia de la revolución en los últimos cincuenta años nos enseña algo, es precisamente  la inutilidad de la política centrada exclusivamente en derrocar gobiernos, clases dirigentes o sistemas económicos. Son los fundamentos del edificio lo que hemos de buscar. Esa actividad política termina, al cabo, reconstruyendo las torres y castillos de ciudadela tecnocrática. Sus fundamentos están entre ruinas de la imaginación visionaria y el sentido de la comunidad humana. Ciertamente, esto es lo que Shelley ya veía en los primeros días de la Revolución Industrial cuando proclamó que, en defensa de la poesía, hemos de implorarla “luz y el fuego de las regiones eternas donde la facultad de cálculo no se atreve a remontar el vuelo con sus alas de lechuza” (1).

  1. El magnífico ensayo de Shelley, The Defence of Poetry, aún haría buen papel como manifiesto de la contracultura. Valdría la pena exponer a nuestros técnicos, investigadores y expertos de todos los pelajes tales declaraciones.

Traducción: ÁNGEL ABAD

 

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El nacimiento de la contracultura. Reflexiones sobre la sociedad tecnocrática y su oposición juvenil. Barcelona. Editorial Kairós. 1970. Págs. 69-70.

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