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Archive for 12/08/17

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Regresando a Italia desde Berlín, me paro en Hannover. En el Gartenfriend, en la Marienstrasse, está enterrada Lotte –la Lotte de Goethe, de Werther, de una de las mejores novelas de amor de todos los tiempos, del segundo betseller, después de Robinson Crusoe, de la literatura mundial. Como su nombre indica, el cementerio es un pequeño jardín público. Entre sus tumbas, bajo los castaños de Indias y las encinas, los niños juegan a pillarse, las madres charlan, algunos toman el sol tumbados en la hierba con el torso desnudo. Estas confidencias no desdicen a la muerte, hacen que sintamos familiarmente cercano a quien está enterrado.

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La tumba de Lotte es una especie de tosco y bajo torreón, con frisos curvilíneos que evocan plantas y conchas. En la parte anterior se lee la inscripción “Aquí yace Charlotte Sophie Henriette Kestner nacida en Buff”, con las fechas de nacimiento y muerte; y en la posterior, “Viuda del consejero de corte Johann Christian Kestner”. La muerte ignora las pasiones, las irregularidades, las turbaciones del corazón, y devuelve a cada individuo al orden objetivo al que pertenece, al matrimonio, a la casta. Pero Lotte –la verdadera Lotte, la que descansa aquí abajo- fue verdaderamente la mujer del consejero, la madre de sus hijos, compartió sus vidas. Frente a todo esto, diría un Buddenbrook, el hecho de que de alguna manera pueda haber servido de inspiración al personaje de una novela inmortal es algo de escaso relieve, poco más que una curiosidad o un cotilleo.

11 de junio de 1989.

 

Traducción de PILAR GARCÍA COLMENAREJO

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El infinito viajar. Barcelona. Editorial Anagrama. 2008. Págs. 94-95.

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(…)

 

– Puesto que en este momento se encuentra usted, en suma, bastante bien, ocúpese también de sus negocios.

“Los negocios”. Alain se le rió un poco. Sin embargo, también había en ello un montón de ilusiones que constituían su pan cotidiano.

El doctor respetaba los extraños gustos de Alain. Sólo admiraba espontáneamente a los extravagantes del pasado, de Byron a Jarry, pero comprendía confusamente que el tiempo transcurrido le ayudaba mucho a alabar aquellas cosas que, en el momento, lo hubieran desconcertado como la manada vulgar de los contemporáneos de entonces.

Por eso, y para que no se le pillar en falta, se cuidaba mucho de no lanzar la piedra contra nada de lo que le ofrecía su época.

Se había levantado y, una vez más, consideraba con envidia los adornos de la chimenea. Hubiese querido que todo aquello le gustara y no lo conseguía; pero el hecho de poder mantener un instante su mirada en aquellos objetos desconcertantes le parecía ya un resultado del que se apresuraba a sentirse satisfecho.

– Su idea de abrir una tienda me parece excelente. Tiene usted que ocuparse en seguida de hacerla realidad. Todas esas cosas divertirán mucho a la gente.

Entre los proyectos fantasmas, Alain tenía el de abrir, en París o en Nueva York, una tienda en donde reuniría todos aquellos objetos viejos, feos o absurdos que la industria popular –a punto de extinguirse haciéndose populachera- había producido en los últimos cincuenta años, y de los que se encaprichaba la gente refinada allá por el año veinte, actualizando y forzando los gustos mucho más antiguos de los artistas. Así, Alain pensaba formar todo un bazar heteróclito, para vender muy caro: objetos del mercado de pulgas, colecciones de tarjetas sentimentales o verdes, estampas, bolas de cristal, barcos dentro de una botella, figurillas de cera, etcétera.

(…)

 

ADIÓS A GONZAGUE (Fragmento)

(…)

Tenías todos los prejuicios, todo ese tejido de la vida social que es nuestra misma carne sexual y animal- y que volvemos irremediablemente contra nosotros mismos en un desgarramiento magnífico y absurdo. Vivías –mientras viviste- con toda la carne de los prejuicios vuelta contra ti. ¡Desgarrado!

Creías en todo: en el honor, en la verdad, en la propiedad…

Tu cuarto estaba bien ordenado, como todos los sitios por donde pasabas. Encima de la mesa, esos papeles, esos pequeños instrumentos, esas cajas de cerillas amontonadas, esas cuartillas. ¡Ay, literatura, sueño de infancia que volvía a acudir siempre a ti y que se había convertido en un fruto seco e irrisorio que escondías dentro de un cajón! Un revólver precioso como todos esos objetos con los que jugabas. Todo era mortal entre tus manos: todos esos cepillos para tu aseo. Te peinabas el pelo, hermoso y vivo, y salías: en los salones, en los bares, un sentimiento de amor imposible, nefasto, crispaba el corazón de algunas mujeres.

No de todas. No gustabas a todas ni a todos. Muchas personas te despreciaron y te rechazaron. Eran más puros que aquellos amigos tuyos que nunca declaraban una amistad sin reservas. ¿Por qué? También era culpa tuya: no tenías talento. Y habías hecho mal en hablar de ello.

En todo literato hay un enterrador: no es la primera ni la última vez que derramo tinta sobre la tumba de un amigo.

Te gustaba algo de Cocteau y algo de Aragon. No recuerdo que me hablaras nunca de Rimbaud.

Fui tan cobarde que te llevé flores una tarde. Ya no me atrevía a hablarte, a gritarte mi fe. Mi fe en todo lo que odiabas, en lo que vomitabas, en todo lo que has matado de un tiro.

Como no tenías pasiones, tenías vicios. Como eras un niño, tus vicios eran una golosina. Y tu golosina era de niño: estabas sediento de sueño y de juego, de juego y de sueño. Jugabas con tus trocitos de dios: cómicas fotos, recortes de periódicos, ¿qué sé yo? Y luego, cuando charlabas, seguías jugando con anécdotas… recogidas de los almanaques, chispas de la impotencia humana como las que no abrasaban cada día. Y después llegaba la noche. Entonces te drogabas, te pinchabas y te reías, te reías, te reías. Tenías los dientes hechos para una risa sarcástica inolvidable: fuerte y apretados y firmes en una mandíbula fuerte, en un rostro de cuero holgado. Te reías, te burlabas y después te caías muerto. Pero renacías, en aquellos tiempos, cada mañana. Como un fuego fatuo o un duendecillo de los pantanos, renacías de una burbuja mefítica. Tenías un cuerpo de tritón y un alma de duendecillo.

(…)

No te parecías en nada a un bandido; le tenías miedo al dinero de los demás; eras un burgués habitado por la gracia y ceñudo, lo que prueba que la gracia era auténtica. Sí, un cristiano; aparentemente cristiano y en el fondo nada cristiano. Por que, en fin, ¿qué diferencia hay entre un pagano y un cristiano? Apenas. Una ligera diferencia en la interpretación de la Naturaleza. El pagano cree en la Naturaleza tal como ella se presenta; el cristiano cree en la Naturaleza, pero según lo que supone detrás de ella. Cree que es un símbolo, un tejido cuajado de símbolos. En el día de la vida eterna le da vuelta al tejido y ya tiene la realidad del mundo: Dios. Por lo tanto, el pagano y el cristiano poseen la vieja creencias en la realidad del mundo. Tú no creías en la realidad del mundo. Creías en mil pequeñas cosas, pero no en el mundo. Esas mil pequeñas cosas eran los síntomas de la gran nada. Eras supersticioso. Dulce y cruel refugio de los niños rebeldes y fieles hasta la muerte a su rebeldía: te prosternabas ante un sello de correos, un guante, un revólver. Un árbol no te decía nada, pero una cerilla estaba cargada de poder.

No te has ocupado demasiado de los fetiches negros, porque estudiabas la belleza en todas sus formas. No hacías trampas como la mayoría de nuestros contemporáneos. Verdaderamente, no lo comprendías. Te visto bostezar ante un Manet como ante tu madre. Pero has sido un verdadero fetichista, a la manera de las mujeres y los salvajes. En tu celda de suicidios, cuando yo entré, tu mesa no había cambiado. Estaba cargada de amuletos y dioses. Dioses miserables, como los de las tribus que comen mal, que tienen sueño y que tienen miedo.

Sólo se puede escribir sobre la muerte, sobre el pasado. Sólo puedo comprenderte el día en que ya estás acabado.

(…)

Traductor: EMMA CALATAYUD

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El fuego fatuo. Adiós a Gonzague.(1931).  Madrid Alianza Editorial 1975. Págs. 41-42 y 136-139.

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