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NOTAS FINALES

Por: Juan José Ceselli (1909-1982)

 

 

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Aldo Pellegrini, Juan José Ceselli y Francisco Madariaga

 

 

Estamos hechos de tiempo

Soy el conjunto de mi tiempo vivido

Mientras el tiempo circular por mis venas estaré vivo

*

Un muerto es una acumulación de tiempo que se desintegra

La materia es tiempo

La materia que se deshace vuelve a ser No-tiempo.

*

Un guijarro es tiempo petrificado

El tiempo es energía

El átomo la primera partícula viva de tiempo

*

La Muerte es memoria inerte

La Vida memoria en acción

 

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*

Estoy rodeado de fantasmas. Todo cuanto toco es falso y lo que veo una ilusión de mis sentidos. Ella apodera de mí cada vez con más fuerza. Día a día me va esclavizando, convirtiéndome en una piltrafa de sensaciones. Ya no puedo respirar. Mi sangre es el pasado y el futuro mis pulmones. El momento presente una presión viscosa que debo vencer minuto a minuto…

*

Escribo a escondidas. No quiero que ella me vea. Inclusive, en cuanto termino debo esconder lo escrito y preocuparme de pensar inmediatamente en otra cosa para que no lea mis pensamientos. Estoy inerme frente a ella. El terror avanza hacia mí como una mancha de humedad. Sé que de noche los Shaktis la asisten y la aconsejan. Creo que me estoy volviendo loco.

*

Vivir es encanallecerse, volverse malvado, asesino. Para confirmar esta verdad basta mirar los ojos de los niños, que con el tiempo han de transformarse en sacerdotes de la impiedad.

 

37

 

 

*

Todos los crímenes que cometen los hombres a lo largo de su estúpida vida animal devorándose los unos a los otros, no son más que desesperados astros de sumisión.

*

El hombre lo había descubierto todo. Recorrido todos los espacios. Conocido todos los mundos. Sabía que el Universo estaba lleno de seres, pero sabía también que hombres había solamente en la Tierra. Que por lo tanto estábamos solos. Solos frente a nosotros mismos. Y solos frente a Dios. Al Enigma. A la incógnita de la NADA. Que era inútil pelear entre los hombres. Torpes episodios domésticos. LA VERDAD TERRIBLE estaba constituida por una sola auténtica actitud: REBELARSE CONTRA DIOS. (El conocimiento final. Año 5001).

*

Estoy solo. Desamparado frente a mis pecados. Yo mismo me castigo. Yo mismo me perdono. No necesito tus recompensas, ni las quiero. Te escupo y te desafío. Mi carne te obedece, pero yo te desconozco y me rebelo contra ti. Serás Dios, pero yo soy una pobre miseria que se ríe de ti y aunque mañana te reverencie es porque ya no seré yo, sino tú, que te has puesto en mi lugar. Y tu castigo será que estarás reverenciándote a ti mismo. (Invierno. Al borde de la luz.)

 

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*

Todos creíamos una vez en la Libertad, en la Belleza y en las promesas de la Vida, y todos llegamos a descubrir que sólo se trata de una ilusión, que nunca hemos dejado en realidad de ser esclavos y, mucho más absurdo aún: que ya nacimos condenados.

 

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*

Debo confesarlo. Soy un provocado. Sí. Un provocado. ¿Y voy a guardar silencio? ¿Voy a arrepentirme? ¿Voy a pedir misericordia? ¡No!  Él me puso y Él me retira cuando le cuadra a sus intereses, a su Mecánica Infernal. Por eso no me resigno. No me entrego. Yo escupo su rostro. Sus manos. Sus pies. ¡Ah! Si en este instante cayera un rayo sobre mí y me aniquilara ¡entonces sabría..! Pero nada. Ni una fisura. Su secreto es total. Y todos los que dicen saber algo ¡MIENTEN! ¡MIENTEN! ¡Nadie sabe nada ni nadie parece que lo sabrá! Por eso no me avergüenzo de mis amores horribles, de mis noches vividas en el pecado, de mis blasfemias, de mis locuras y de este ascetismo que nimba mi conciencia. Ahora soy puro. Soy santo. Porque el dolor me ungió en santo. Y ya no me atraen los excesos porque amé y viví todos los excesos y gracias a los excesos alcancé la santidad. Por eso puedo escupir y provocar a todas las fuerzas maléficas del Cielo y del Infierno, conjurar a todos los demonios. Reírme de todos los hombres y de sus pequeñas rencillas. Sus peleas y sus crueldades no son sino minúsculos episodios con que se distraen del pensamiento final: ¡LA MUERTE! Yo soy el verdadero rebelde. ¡El REBELDE TOTAL!  Por eso me rebelo contra El. Contra su eterna maldad que emplea para ponernos en este mundo sin saber a qué venimos ni qué debemos hacer. ¡Moralistas depravados! ¡QUE NO LO MANCILLEN CON SUS VILES ARGUMENTOS! Nada saben de El. De El, el Malvado Supremo, El Cínico Máximo. El Despiadado. El Indiferente. ¡El creador de la Moral de las catástrofes! ¿Qué es la Vida? ¿Qué son las especies? ¿Los universos? ¿El espacio? ¿La NADA? El se esconde en vacío. Y su cuerpo nos contiene. Yo soy su cuerpo. Cáncer de su cuerpo. Y me convertiré en silencio. En vacío. En olvido. Y todo esto que escribo es mentira. Pero una mentira que me sirve como verdad. Por eso vivo mis noches de horror con la espantosa certidumbre de su inutilidad. De su futilidad. Ni siquiera una chispa. ¡Millones de años luz! ¡Qué burla! ¡Puro vacío! Por eso registré con franca crueldad cada Cerno. Y que su pestilencia sirva para amar el Mal, porque es el MAL y sólo el MAL, la VERDAD. La Verdadera poesía es entonces la exaltación del MAL. (Noche de 1969)

*

El instinto sabe, adquiriendo pluralidad, progenitora del Movimiento, Ella y El, que el principio es una trampa. NO EXISTE. Porque estamos absolutamente SOLOS y CADA UNO debe valerse por sí mismo. ESA ES LA VERDAD. Somos una continuidad fragmentada, repartida, enmascarada. Y nadie puede salvarnos si no intentamos hacerlo nosotros mismos.

 

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*

Estamos SOLOS en el Universo. SOLOS en la materia. SOLOS en el Espíritu. SOLOS en la memoria. DIOS NO EXISTE, sólo existe el DIABLO.

El hombre es a su vez Su propio infierno y su Salvación, su fracaso y su Libertad. ¡SALVÉMONOS! ¡SALVÉMONOS! ¡SALVÉMONOS!

*

Si Dios concedió al hombre la libertad, ¿por qué no lucha?

*

Tengo pánico. Me siento rodeado de fuerzas ocultas que me acechan. Siento miles de ojos clavados en el más leve de mis movimientos. Las cosas que más necesito desaparecen y cuando fatigado abandono su búsqueda, las encuentro bajo mis propios ojos… Estoy aterrorizado. Sé que inclusive este papel va a desaparecer. Alguien a mis espaldas está leyendo lo que escribo, pero me voy a dar vueltas.

 

 

Maldoror. Revista de Signos y Poesía. Buenos Aires. Nro V. 1986. Págs. 40-45.

 

 

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Por: Philippe Sollers (1936-)

 

 

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I. La Sociedad ha sido fundada el 8 de octubre de 1984, a las 18 horas, en Venecia, con un tiempo excelente. Los miembros fundadores recordarán siempre dicho tiempo y, especialmente, determinado tono amarillento, un cierto tono violáceo. La sede de la Sociedad se sitúa en Piazza San Agostino, 8, tercer piso. Esta sede podrá ser trasladada por decisión unánime.

 

II. La Sociedad tiene por objetivo la felicidad de sus miembros. Por felicidad se entiende, en el orden que se desee, el placer y el conocimiento. De momento, la Sociedad está constituida por tres mujeres y dos hombres. Todo nuevo miembro deberá ser elegido por unanimidad. El número de miembros no podrá ser mayor de doce. Siempre habrá, por lo menos, una mujer de más. Los miembros son rigurosamente iguales. Poseen todos los derechos y ningún deber.

 

III. El secreto de la Sociedad es absoluto. Ningún miembro tendrá que rendir cuentas ante ningún otro. La única obligación de cada miembro es la de no ser molesto. Si, a pesar suyo, uno de los miembros comenzara a molestar al otro, bastará con pronunciar la palabra “molestia” para que el otro se ruborice interiormente y modifique su comportamiento. La fórmula más correcta será: “Espero no ser inoportuno.” Si la respuesta es “en absoluto”, querrá decir que molesta. “Desde luego que no”, que somos bienvenidos.

 

IV. Las actividades sexuales de los miembros de la Sociedad son libres tanto en el interior como en el exterior. Está permitido contarlas. Se prohíbe que esto se convierta en obligación.

 

V. El candidato no aficionado a la música será inmediatamente rechazado. El himno de la Sociedad es el Quinteto para clarinete, de Mozart. El candidato deberá poner a prueba su vista y su oído. Tendría que gustarle, por ejemplo, El espárrago, de Manet, y ser capaz de hacer por lo menos dos observaciones interesantes sobre un dibujo de Picasso. Deberá conocer la mayor cantidad posible de Memorias y haber leído y releído Julieta o las prosperidades del vicio, Genealogía de la moral, Recuerdos de egolatría, Sodoma y Gomorra y Rigodón. Mujeres y Retratos del jugador son optativos, aunque insidiosamente aconsejados.

 

 

 

 

VI. Las consideraciones de raza, nacionalidad, política, clase social o secta son extrañas a la Sociedad. La única religión tolerada –y tan sólo en el caso de que sea justificada mediante el humor- es la católica, apostólica y romana.

 

VII. Por definición, los miembros de la Sociedad son felices. Se contarán entre ellos las razones de esta felicidad. Caso contrario, tendrán la boca cerrada. Cualquier miembro puede dejar de serlo cuando le plazca. Si dos miembros del mismo sexo renuncian, la Sociedad se disuelve.

 

 

Visto y aprobado: Sigrid Brodski (filósofa), Cecilia Fornari (música), Marco Leonardo (músico), Liv Mazon (actriz), Ph. S. (escritor).

 

 

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El Corazón Absoluto. Barcelona. Editorial Lumen. 1992. Pág. 45.

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Por: Hernando Valencia Goelkel (1928-2004)

 

 

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Cuando Juan Carlos Onetti tuvo que salir de su país, el Uruguay, para escapar del régimen militar, inició un largo exilio que habría de prolongarse hasta el final de sus días. La suerte le deparó el mejor sitio posible para el destierro –España (Madrid); pero de todos modos, la del exiliado es una situación incómoda y a menudo infeliz, calamidades de las que no siempre es responsable el país anfitrión pero que son inherentes a esa condición tan profusa y elocuentemente lamentada en toda la literatura del género.

Confesiones de un lector (Madrid, 1995) es el libro póstumo de Onetti que inaugura una nueva colección de la editorial Alfaguara, Textos de escritor, dedicada a recopilar la obra periodística de autores notables. (Simultáneamente con el de Onetti salieron un libro de Juan Goytisolo y otro del locuaz compatriota del escritor, Mario Benedetti). La selección abarca de 1976 a 1981 y comprende artículos aparecidos durante esos años en publicaciones españolas.

 

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Onetti no podía escribir sobre la situación del Uruguay ni de los otros países hispanoamericanos sometidos entonces a regímenes militares. Su actividad de periodista tenía, pues, ciertas limitaciones, algunas externas, otras cabe presumir, autoimpuestas. El resultado es que esta colección de artículos tiene una dimensión inequívocamente literaria; el polemista político está ausente. Tanto mejor, se dirá, cuanto que Onetti era esencialmente un escritor, un novelista, que es de celebrar ese partido literario tomado por esta colección. Lo cual no impide añorar algunas muestras de lo que Onetti pensaba y decía de momentos tan turbios en la historia uruguaya. Una mera curiosidad, creo que no ilegítima.

 

 

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Lo que el libro presenta es una serie de artículos cuyo interés va en razón directa a lo que en ellos nos dice Onetti sobre su condición de novelista, de escritor y de lector. Del ser humano para el cual escribir era una “tarea enlazada para mí al hecho de vivir”. Son reflexiones en todo modesto sobre temas como el de la relación del autor con sus personajes, a la de la criatura que cobra vida ente la estupefacción del autor; no, Onetti niega validez a la tesis de Unamuno y las anécdotas sobre Balzac. “El autor prefija el derrotero de cada personaje (el autor soy yo), y vigila para que se cumpla. Al fin y al cabo, acaban de nacer, se están educando y yo, mucho más viejo, tengo que cuidar de ellos. Son niños, no saben lo que hacen (…)”

Como la definición de poesía (en Reflexiones de un poeta) o como la defensa de las características innatas del verdadero escritor; “Creo que el escritor, bueno, nace ya destinado a serlo y que ni los éxitos o los fracasos lograrán desviarlo de la fatalidad congénita”. Onetti es agudo cuando recuerda los libros perdidos en el transcurso de su vida o cuando previene contra las expresiones ñoñas –“Montó en cólera”, “Votó a bríos- para que los autores “eviten y odien las palabras muertas, las frases que ya debieran estar enterradas”.

De este libro salen también las simpatías y las preferencias (sobre las antipatías guarda un ejemplar silencio). A juzgar por la colección, William Faulkner es su autor predilecto; le dedica cinco artículos completos, sin contar con otras menciones; se explaya, y se reitera, sobre la incomprensión del público estadounidense frente a su obra, y menciona con espanto los horrores cometidos por los traductores al español –y a otros idiomas.

Según Onetti, la verdadera traducción de Luz de agosto sería “parir en agosto”: es el verdadero sentido del título en inglés, la expresión campesina light in august no quiere decir otra cosa y “Luz de agosto” es un embellecimiento trivial. Otro tanto con el “Intruso en el polvo”. Dust, en este caso, no quiere decir polvo sino alegato, querella verbal. Junto a Faulkner hay una lista de nombres ilustres: desde Proust hasta Raymond Chandler. En lugar muy destacado, Ramón del Valle Inclán, el mejor escritor de España en el siglo XX, según Onetti. Y, por supuesto, con reverencia y en ocasiones con ironía, Borges.

A Onetti lo acusaban de pesimista; él niega el cargo pero en forma muy escéptica. En esto influye de cierta forma la mentalidad del exiliado: el mundo circundante es todavía más ajeno que el otro, más impersonal, más hostil. Lo cierto es que Onetti se muestra hosco ante las manifestaciones del mundo contemporáneo. Con razón en lo que se refiere a la guerra y a la amenaza de destrucción nuclear, sus referencias al rayo láser que enceguece al adversario, son iracundas y sarcásticas, como lo son también las observaciones sobre la guerra, el hambre, la miseria y sobre el escándalo máximo, la situación de los niños en los países pobres. Cuando escribía estas cosas persistía aún el enfrentamiento entre occidente y el bloque soviético; pero hoy, cuando esa emulación parece superada, tendría razones para seguir con su protesta frente a la realidad de todos los días, frente a esas guerras civiles que superan en ferocidad a los conflictos internacionales. No son meras jeremiadas ni gratuita su desconfianza ante “un mundo de mañana menos repugnante que el que estamos viviendo”.

Sin embargo, ese rechazo puede confundirse con el pesimismo sistemático o con una actitud gruñona frente a casi todas las manifestaciones del mundo actual. Como resulta previsible, detesta la televisión; dice que fue inventada en el séptimo día de la creación y que su oficio es impregnar de algo que llaman cultura a los pasivos televidentes. Y, por supuesto, es la enemiga de la lectura. Dice que cuando buscaba un apartamento encontró muchos lugares previstos para la colocación del televisor; en cambio, ningún estante para libros. Mal síntoma.

También rezonga contra la pornografía o el erotismo, una presunta moda norteamericana que “se revuelva gozosa en la inmundicia”, y es despectivo frente a las creaciones actuales en los campos de la poesía y la novela. No se puede hacer un paralelo entre la creatividad de la primera mitad del siglo XX y la de la menguada segunda mitad. Son malos tiempos; es el tiempo del exilio, cuando el mundo circundante se muestra más arisco, oprimente e insulso que de costumbre.

 

 

Lecturas Dominicales. El Tiempo. Bogotá. Noviembre 5 de 1995. Pág. 9.

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Por: Stéphane Mallarmé (1842-1898)

 

 

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Este Cuento se dirige a la Inteligencia del lector, que por sí misma pone las cosas en escena.

S. M.

 

 

VIDA DE IGITUR
(Esquema)

 

 

III

 

 

Raza mía, escucha antes de apagar la vela –la cuenta que debo darte de mi vida-. Aquí: neurosis, tedio (¡oh Absoluto!).

Siempre he vivido con el alma fija en el reloj. Realmente, hice todo lo posible para que el tiempo que indicó permaneciera en la habitación y se transformara en mi alimento y vida –espesé las cortinas, y como estaba obligado, para no dudar de mí, a sentarme frente a ese espejo, recogí cuidadosamente los más pequeños átomos del tiempo en los cortinados sin cesar engrosados. A menudo, el reloj me ha hecho mucho bien.

(¿Sucede esto antes que su idea haya sido completada?) Ene efecto, Igitur ha sido proyectado fuera del tiempo, por su raza.

En suma, éste es Igitur, después de haber sido completada su idea: -Comprendido el pasado de su raza que pesa sobre él por la sensación de finitud, la hora del péndulo precipitando ese tedio en tiempo pesado, asfixiante, y su espera de que se cumpla el futuro, forman tiempo puro, o hastío, vuelto inestable por la enfermedad llamada idealidad: este hastío, no pudiendo existir, vuelve a ser en sus elementos, de aquí a poco, todos los muebles cerrados y llenos de sus secretos; Igitur, amenazado por el suplicio, vagamente presentido, de ser eterno, buscándose en el espejo trocado en hastío y viéndose indefinido y pronto a desaparece, como si fuese a diluirse en el tiempo, se evoca después, después de todo ese tedio, tiempo se rehace, mirando el espejo, horriblemente nulo, y viéndose rodeado de rarefacción, falto de atmósfera, viendo a los muebles retorcer sus quimeras en el vacío y a los cortinados temblar invisiblemente inquietos, abre entonces los muebles para que viertan su misterio, lo desconocido, sus memorias, su silencio, facultades e impresiones humanas –y cuando cree ser nuevamente él, mira fijamente con su alma el reloj, cuya hora desaparece a través del espejo o va a hundirse en los cortinados, con todo su sobrante, impidiéndole siquiera dejarse ir en el hastío que implora y sueña. Impotente del hastío.

¡Se separa del tiempo indefinido y es! Ese tiempo no se detendrá como lo hacía antes en su temblor gris sobre el macizo ébano cuyas quimeras cerraban los labios en abrumadora sensación de acabado, y, no pudiendo más mezclarse con cortinados saturados y sobrecargados, llenar un espejo de tedio donde, sofocado y ahogado, yo rogaba permanecer como indefinida forma que desaparecería completamente en el espejo confundido; hasta que al fin, sacando un momento las manos de mis ojos, donde las había puesto para no verlas desaparecer, en espantosa sensación de eternidad, en que parecía expirar la habitación, se me apareció ella con el horror de esa eternidad. Y cuando reabría los ojos en el fondo del espejo, veía al personaje de horror; al fantasma de horror, absorber poco a poco lo que quedaba de sentimiento y de dolor en el espejo, alimentar su horror con los supremos estremecimientos de las quimeras y de la inestabilidad de los cortinados, y formarse con la rarefacción del espejo hasta alcanzar una pureza inaudita –hasta que él se desprendía, perenne, del espejo absolutamente puro, como encerrado en su frío- hasta que finalmente los muebles, habiendo sucumbido sus monstruos con sus anillos convulsivos, estuvieran muertos en actitud aislada y severa, proyectando sus duras líneas en ausencia de atmósfera, fijos los monstruos en su postrer esfuerzo, hasta que los cortinados, dejando de estar inquietos, cayesen en la actitud que debían conservar para siempre.

 

 

Traducción y prólogo FEDERICO GORBEA.

Igitur o la locura de Elbehnon. Buenos Aires. Ediciones Librerías Fausto. 1975. Págs. 59-80.Págs. 73-75.

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CONFABULARIO

Por: Juan José Arreola (1918-2001)

 

 

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EL RINOCERONTE

Durante diez años luché con un rinoceronte; soy la esposa divorciada del juez McBride.

Joshua McBride me poseyó durante diez años con imperioso egoísmo. Conocí sus arrebatos de furor, su ternura momentánea, y en las altas horas de la noche, su lujuria insistente y ceremoniosa.

Renuncié al amor antes de saber lo que era, porque Joshua me demostró con alegatos judiciales que el amor sólo es un cuento que sirve para entretener a las criadas. Me ofreció en cambio su protección de hombre respetable. La protección de un hombre respetable es, según Joshua, la máxima ambición de toda mujer.

Diez años luché cuerpo a cuerpo con el rinoceronte, y mi único triunfó consistió en arrastrarlo al divorcio.

Joshua McBride se ha casado de nuevo, pero esta vez se equivocó en la elección. Buscando contra Elinor, fue dar con la horma de su zapato. Pamela es romántica y dulce, pero sabe el secreto que ayuda a vencer a los rinocerontes. Joshua McBride ataca de frente, pero no puede volverse con rapidez. Cuando alguien se coloca de pronto a su espalda, tiene que girar en redondo para volver a atacar. Pamela lo ha cogido de la cola, y no lo suelta, y lo zarandea. De tanto girar en redondo, el juez comienza a dar muestras de fatiga, cede y se ablanda. Se ha vuelto más lento y opaco en sus furores; sus prédicas pierden veracidad, como en labios de un acto desconcertado. Su cólera no sale ya a la superficie. Es como un volcán subterráneo, con Pamela sentada encima, sonriente. Con Joshua, yo naufragaba en el mar; Pamela flota como un barquito de papel en una palangana. Es hija de un pastor prudente y vegetariano que le enseñó la manera de lograr que los tigres se vuelvan también vegetarianos y prudentes.

Hace poco vi a Joshua en la iglesia, oyendo devotamente los oficios dominicales. Está como enjuto y comprimido. Tal parece que Pamela, con sus dos manos frágiles, ha estado reduciendo su volumen y le ha ido doblando el espinazo. Su palidez de vegetariano le da un suave aspecto de enfermo.

Las personas que visitan a los McBride me cuentan cosas sorprendentes. Habla de unas comidas incomprensibles, de almuerzos y cenas sin rosbif; me describen a Joshua devorando enormes fuentes de ensaladas. Naturalmente, de tales alimentos no puede extraer las calorías que daban auge a sus antiguas cóleras. Sus platos favoritos han sido metódicamente alterados o suprimidos por implacables y adustas cocineras. El patagrás y el gorgonzola no envuelven ya el roble ahumado del comedor en su untuosa pestilencia. Han sido reemplazados por insípidas cremas y quedos inodoros que Joshua el glotón absorbe colérico sus livianos manjares. Pero sobre todo, me gusta imaginar al rinoceronte en pantuflas, con el gran cuerpo informe bajo la bata, llamando a altas horas de la noche, tímido y persistente, ante una puerta obstinada.

 

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LA MIGALA

La migala discurre libremente por la casa, pero mi capacidad de horror no disminuye.

El día en que Beatriz y yo entramos en aquella barraca inmunda de la feria callejera, me di cuenta de que la repulsiva alimaña era lo más atroz que podía depararme el destino. Pero que el desprecio y la conmiseración brillando de pronto en una clara mirada.

Unos días más tarde volví para comprar la migala, y el sorprendido saltimbanqui me dio algunos informes acerca de sus costumbres y su alimentación extraña. Entonces comprendí que tenía en las manos, de una vez por todas, la amenaza total, la máxima dosis de terror que mi espíritu podía soportar. Recuerdo mi paso tembloroso, vacilante, cuando de regreso a la casa sentía el peso leve y denso de la araña, ese peso del cual podía descontar, con seguridad, el de la caja de madera en que la llevaba, como si fueran dos pesos totalmente diferentes: el de la madera inocente y el del impuro y ponzoñoso animal que tiraba de mí como un lastre definitivo. Dentro de aquella caja iba el infierno personal que instalaría en mi casa para destruir, para anular al otro, el descomunal infierno de los hombres.

La noche memorable en que solté la migala en mi departamento y la vi correr como un cangrejo y ocultarse bajo un mueble, ha sido el principio de una vida indescriptible. Desde entonces, cada uno de los instantes de que dispongo ha sido recorrido por los pasos de la araña, que llena la casa con su presencia invisible.

Todas las noches tiemblo en espera de la picadura mortal. Muchas veces despierto con el cuerpo helado, tenso, inmóvil, porque el sueño ha creado para mí, con precisión, el paso cosquilleante de la araña sobre mi piel, su peso indefinible, su consistencia de entraña. Sin embargo, siempre amanece. Estoy vivo y mi alma inútilmente se apresta y se perfecciona.

Hay días en que pienso que la migala ha desaparecido, que se ha extraviado o que ha muerto. Pero no hago nada para comprobarlo. Dejo siempre que el azar me vuelva a poner frente a ella, al salir del baño, o mientras me desvisto para echarme en la cama. A veces el silencio de la noche me trae el eco de sus pasos, que he aprendido a oír, aunque sé que son imperceptibles.

Muchos días encuentro intacto el alimento que he dejado la víspera. Cuando desaparece, no sé si lo ha devorado la migala o algún otro inocente huésped de la casa. He llegado a pensar también que acaso estoy siendo víctima de una superchería y que me hallo a merced de una falsa migala. Tal vez el saltimbanqui me ha engañado, haciéndome pagar un alto precio por un inofensivo y repugnante escarabajo.

 

18

 

 

Pero en realidad esto no tiene importancia, porque yo he consagrado a la migala con la certeza de mi muerte aplazada. En las horas más agudas del insomnio, cuando me pierdo en conjeturas y nada me tranquiliza, suele visitarme la migala. Se pase embrolladamente por el cuadro y trata de subir con torpeza las paredes. Se detiene, levanta su cabeza y mueve los palpos. Parece husmear, agitada, un invisible compañero.

Entonces, estremecido en mi soledad, acorralado por el pequeño monstruo, recuerdo que en otro tiempo yo soñaba en Beatriz  y en su compañero imposible.

 

 

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EVA

 

Él la perseguía a través de la biblioteca entre mesas, sillas y facistoles. Ella se escapaba hablando de los derechos de la mujer, infinitamente violados. Cinco mil años absurdos los separaban. Durante cinco mil años ella había sido inexorablemente vejada, postergada, reducida a la esclavitud. Él trataba de justificarse por medio de una rápida y fragmentaria alabanza personal, dicha con frases entrecortadas y trémulos ademanes.

En vano buscaba él los textos que podían dar apoyo a sus teorías. La biblioteca, especializada en literatura española de los siglos XVI y XVII, era un dilatado arsenal enemigo que glosaba el concepto del honor y algunas atrocidades de ese mismo jaez.

El joven citaba infatigablemente a J. J. Bachofen, el sabio que todas las mujeres debían leer porque les ha devuelto la grandeza de su papel en la prehistoria. Si sus libros estuvieran a mano, él haría puesto a la muchacha ante el cuadro de aquella civilización oscura regida por la mujer, cuando la tierra tenía en todas partes una recóndita humedad de entraña y el hombre trataba de alzarse de ella en palafitos.

Pero a la muchacha todas estas cosas la dejaban fría. Aquel período matriarcal, por desgracia no histórico y apenas comprobable, parecía aumentar su resentimiento. Se escapaba siempre de anaquel en anaquel, subía a veces a las escalerillas y abrumaba al joven bajo una lluvia de denuestos. Afortunadamente, en la derrota, algo acudió en auxilio del joven. Se acordó de pronto de Heinz Wölpe. Su voz adquirió citando a este autor un nuevo y poderoso acento.

En el principio sólo había un sexo, evidentemente femenino, que se reproducía automáticamente. Un ser mediocre comenzó a surgir en forma esporádica, llevando una vida precaria y estéril frente a la maternidad formidable. Sin embargo, poco a poco fue apropiándose ciertos órganos esenciales. Hubo un momento en que se hizo imprescindible. La mujer se dio cuenta, demasiado tarde, de que le faltaban ya la mitad de sus elementos y tuvo necesidad de buscarlos en el hombre, que fue hombre en virtud de esa separación progresiva y de ese regreso accidental a su punto de origen.

La tesis de Wölpe sedujo a la muchacha. Miró al joven con ternura. “El hombre es un hijo que se ha portado mal con su madre a través de toda la historia”, dijo casi con lágrimas en los ojos.

Lo perdonó a él, perdonando a todos los hombres. Su mirada perdió resplandores, bajó los ojos como una madona. Su boca, endurecida antes por el desprecio, se hizo blanda y dulce como un fruto. Él sentía brotar de sus manos y de sus labios caricias mitológicas. Se acercó a Eva temblando y Eva huyó.

Y allí en la biblioteca, en aquel escenario complicado y negativo, al pie de los volúmenes de conceptuosa literatura, se inició el episodio milenario, a semejanza de la vida en los palafitos.

 

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Obras. México. Fondo de Cultura Económica. 1995. Págs. 60-61, 62-63, 73-74.

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