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Archive for 15 15America/Bogota abril 15America/Bogota 2018

Por: Juan José Escobar López (19-). Investigador de la biografía intelectual de Gonzalo Arango.

 

 

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Por: Juan David López Vera.

 

 

El teatro siempre se hace con otros, incluso en la lectura la dramaturgia deviene, configura otros rostros, nunca estamos solos.  

Gonzalo Arango escribió teatro para sobrevivir. Luego pasaría al periodismo por casualidad, por una oferta de trabajo. Si algo lo indujo a intentar ser dramturgo fueron los premios a los que aspiraba con dichas obras, y así lograba tener algunos meses sin apuros económicos. Escribe a su hermano Jaime en 1963, desde el Monasterio en Bogotá:

Querido Jaime, te escribo para decirte que, en vista de mi buena estrella, te has ganado unas justas vacaciones y que me puedes olvidar por un tiempo. Con la platica del premio, me he comprado algunas cosas muy útiles, como un calentador para combatir el frío, un tapete, un método de francés en discos, música clásica, libros y suficientes provisiones para “Las vacas flacas”, y pagué por anticipado tres meseas de arrendamiento para asegurar mi tranquilidad y poderme consagrar sin agustias a mi creación literaria. De aquí a entonces me llegarán algunos derechos de autor de mi libro y entonces mi vida no será difícil y me evitaré la amargura de tener que aceptar la horrible prostitución de la “Literatura” remunerada, que es muy envilecedora. Todo mi porvenir como artista dependerá de mi independencia y de la dignidad de mi oficio. Así podré ser leal a la estética y a la ética, que son los elementos fundamentales para el escritor de nustro tiempo (FAMILIAGA 15, BPP, Archivo Nadaísta).

Es claro que los hombres de teatro de aquellos años, Enrique Buenaventura, Jorge Triana, Fausto Cabrera, entre otros, tenían su grupo y realizaban montajes y espectáculos. En Colombia el teatro apenas se comenzaba a profesionalizar, las universidades a ener sus talleres, se deja ba de hacer teatro apostólico (rituálico, semanasantero, de parroquia); sin duda, el comunismo era la puerta de llegada del gran arte al campo social. Esto significaba que para entonces predominaba era un teatro político, comprometido, al estilo Bertolt Brecht o Jean Paul Sartre.

El primer libro de Gonzalo fue Nada bajo el cielo raso y HK-111 (1960), publicado por la Imprenta Departamental de Antioquia, donde trabajaba Manuel Mejía Vallejo, contaba con 112 páginas, en la carátula no había ningún dibujo: apenas contenía el nombre del autor y de las dos obras. Quién podría pensar que gracias a ese libro el nadaísmo pudo ahcer sus giras nacionales, esto cuenta Gonzalo Arango en un artículo años después:

Se nos habían agotado los doscientos libros de “HK 111” que yo acababa de publicar en Medellín, y de los que habíamos vividos ese tiempo, vendiéndolos a los amigos al precio de “póngale usted el precio”; pero los amigos, menos idealistas que nosotros, casi siempre le ponían preciso de quema, y teníamos que vender 5 libros para pagarnos un cuarto de hotel en los bajos fondos, que generalmente se llamba “pensión estación” y era un burdel de mala muerte, con las pulgas más saguinarias del nuevo mundo.

Pero él no solo escribío teatro en esa época, pasó por las radionovelas y la televisión, era, en sus propias palabras un artista dependiente, a su mamá, que estaría a pocos meses de morir le escribe con gran orgullo:

Adorada viejita. [Bogotá, 1963] Hace dis días regresé a Bogotá de mi Aventura por el mar y la selva. Fue una experiencia inolvidable y muy rica. Estuve muy feliz y pienso consagrarme este año a elaborar una novella con los maravillosos escenarios que conocí. En Cali van a montar un ballet mío para el mes de junio. Es mi última obra, un género Nuevo que aventuré con mucho éxito. Se llama “LA CONSAGRACIÓN DE LA NADA”. Es mucho major de lo que aquí lo puedan realizer. Pero me conformaré con las limitadas posibilidades artísticas que aquí existen actualmente. Más tarde lo publicaré en u pequeño folleto y lo distribuiré en el exterior. Pienso, por ejemplo, que en Nueva York harían algo sensacional. El aspecto social de la obra es muy revolucionario y no descarto la esperanza de que mi ballet sea montado en un future en los países socialistas, pues ellos tienen los mejores grupos de ballet del mundo. Todos mis amigos artistas de aquí están fascinados con esta obra. Yo iría a Cali especialmente invitado por cinco días para asistir al estreno del ballet y a los ensayos finales. Espero que todo salga bien. Si esto es así, el ballet vendrá luego a Bogotá. Se presentará en el Teatro Colón y luego en la Televisión, donde podrás admirarlo desde tu casa.

“LA SEÑORA YONOSE”, que obtuvo el primer premio en el concurso de television, no irá sino el 31 de mayo, pues quieren clausurar la temporada con la major de las 4 obras premiadas. Esta sí va a resultar un éxito formidable. Ya la estamos ensayando. Su montaje va a resultar muy costos. Casi en veinte mil pesos. Pero todo será pagado por la televisora. (FAMILIAGA 13, BPP, Archivo Nadaísta).

Por ultimo, queremos apuntar por qué intitular esta obra “teatro incomplete”. De un lado, el ejercicio fallido de rescatar del olvido un texto muerto es considerado tanto el texto dramático como el guión de cine, teniendo presente que se está entregando al público dos obras inéditas de Gonzalo. Del otro, está incomplete este volume porque están perdidos o retenidos otros registros dramáticos del escritor, esto lo observamos por varias referencias, aquí anotamos una de ellas:

Amparito [1964?] hace días que no te escribo porque estaba terminando unos trabajos urgenes para unos concursos de literature aquí en Bogotá y en el extranjero. El uno es de cuentos, auspiciado por “El Tiempo” y la Revista “Cuadernos” de París, y tengo muchas ilusiones de ganarlo. El otro es una obra de tearo para Cuba. No tengo ilusiones en eso, porque yas sabes que el arte de los países comunistas está muy dirigido por las normas del Estado. Pero he mandado una bora que inicialmente fue un ballet, y donde el argumento se desarrolla en el mundo de la miseria y del dolor. Esta obra se llama “La otra vida”. Pero, aunque no gane, es una obra que quiero mucho, y allí queda para editarla en el futuro.

 

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Teatro Incompleto.
Medellín. Fallidos Editores. 2018. Págs. 10-11.

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AL FILO DEL OJO

Por: Ómar Castillo (1958-)

 

 

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Por: Diego Arango

 

 

Algunos de estos textos permanecían inéditos, otros fueron publicados en revistas y periódicos entre 1984 y 2017. Varios fueron incluidos en la segunda parte de mi libro Asedios, nueve poetas colombianos & Crónicas (2005). Para esta edición los he revisado buscando resolver los abruptos con los que salieron publicados anteriormente. He suprimido algunos pasajes, he reescrito otros e introducido otros nuevos que creí necesarios para la nitidez de lo que quiero expresar en ellos. El orden en que aparecen es cronológico.

No me desdigo, solo admito la necesidad que me lleva a precisar mi escritura, esa misma que me mantiene alerta sobre lo dicho, sobre lo escrito.

En ocasiones, creo que la escritura solo es la acción que uno ejerce sobre algunos de esos frágiles tabiques donde se almacenan los decires humanos, que uno acude a ellos como quien no teme asumir la creación de un palimpsesto. En otras, creo que escribir es adentrarse en los silencios de una piedra, ir hasta las formas de su decir. Al parecer no terminamos de escribir sobre lo ya escrito.

En el caso de estos textos, el palimpsesto ha sido creado sobre mi propia escritura, sobre la piedra donde labro mi escritura, si decir propia no es caer en una desmesurada creencia.

Estos textos dan cuenta de mi tránsito por reflexiones, visiones y lecturas que han contribuido en mi manera de ver y aprehender, por ello he querido, al revisarlos, que el lector, si quiere, pueda llegar a ellos sin los estorbos salidos en su escritura inicial. Espero haberlo conseguido. Sigo aprehendiendo a ver, a escribir.

Para cerrar estas escrituras Al filo del ojo incluyo dos entrevistas que creo potencian la perspectiva sobre los textos que componen el libro, ellas son, un diálogo con el poeta Floriano Martins, donde nos adentramos en nuestros itinerarios creativos y editoriales, y una “conversa” con el narrador Alfonso Peña, cuyas preguntas me permitieron respuestas que esclarecen algunos instantes de mí suceder vital y poético.

 

 

O.C.

Medellín, julio de 2017.

 

 

Al filo del ojo. Medellín. Fondo Editorial Ateneo Porfirio Barba Jacob. 2018. Págs. 7-8.

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Por: Karl Kraus (1874-1936)

 

 

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PRELIMINAR

 

 

Este drama, cuya extensión equivaldría a más o menos diez veladas según la medición humana del tiempo, ha sido ideado para su puesta en escena en un teatro del planeta Marte. El público de este mundo no sería capaz de soportarlo. Pues es sangre de su sangre, y el contenido es el de todos los años irreales, impensables, inasibles para una mente despierta, inaccesibles para la memoria y sólo conservados en algún sueño sangriento, años en que personajes de la opereta interpretaron la tragedia de la humanidad. La acción, que nos lleva por cientos de escenas e infiernos, es inconcebible, escabrosa y, como estos años, carente de heroísmo. El humo es tan sólo la autoinculpación de quien no enloqueció al pensar que sobrevivió con el cerebro intacto al hecho de haber sido testigo de los acontecimientos de esta época. A nadie le compete tal humor salvo a él, que revela a la posteridad la infamia de su participación. El mundo contemporáneo, capaz de tolerar los episodios registrados en esta obra, ha de posponer el derecho a reír al deber de llorar. Los sucesos más inverosímiles sostenidos en el drama fueron dichos palabras por palabra; los inventos más estrafalarios son citas. Frases, cuyo absurdo quedará grabado para siempre en el oído, crecen hasta convertirse en música que acompaña la vida. El documento es el protagonista; comunicados y noticias aparecen adoptando forma de personajes, y los personajes acaban teniendo la forma de un artículo editorial; una boca le fue dada a la crónica del suplemento, para que la farfulle como un monólogo; los tópicos caminan sobre dos piernas… a los hombres, en cambio, sólo les ha quedado una. Dejes y acentos circulan por el tiempo, rechinando, y se van inflando hasta convertirse en el coro de una acción nada sagrada. La gente que vivió entre la humanidad, y que la sobrevivió, ha sido reducida —en tanto actores y portavoces de un presente que carece de carne, pero no de sangre, que carece de sangre, pero no de tinta— a sombras y marionetas, y condensada en la fórmula de su insustancialidad activa. Las larvas y lémures, las máscaras del trágico carnaval llevan nombres de personas vivas, pues así ha de ser y porque nada es fortuito en esta temporalidad determinada por el azar. Esto, sin embargo, a nadie le da el derecho a considerarlo un asunto local. Hasta los sucesos en la esquina de la peletería Sirk están gobernados desde una perspectiva cósmica. A quienes sean demasiado sensibles, y al mismo tiempo suficientemente insensibles como para soportar nuestra época, les convendría mantenerse alejados de este espectáculo. No parece probable que un presente capaz de gestar el horror hecho verbo tome a éste por algo más que un divertimento, sobre todo cuando oiga su eco en los familiares bajos fondos de espantosos dialectos, ni que tome lo recién vivido, y sobrevivido, por algo más que una invención. Por una, además, cuyo tema sería tabú. Pues toda la infamia bélica acaba superada por la infamia humana de no querer saber nada de la guerra, porque los hombres toleran el que la haya, pero no el que la haya habido. Cayó en el olvido para quienes la sobrevivieron, y, aunque las máscaras se paseen por este Miércoles de Ceniza, no quieren oír hablar la una de la otra. Qué comprensible resulta el desencanto de una época siempre incapaz de vivir y de imaginar lo vivido, a la que ni siquiera su propia ruina estremece, que no siente la expiación, como tampoco sintió sus actos, y que, sin embargo, posee suficiente instinto de autoconservación como para taparse los oídos ante el fonógrafo de sus melodías heroicas y suficiente espíritu de sacrificio como para, llegado el caso, volver a entonarlas. Porque el hecho de que habrá más guerras no resulta en absoluto inconcebible a quienes la consigna de “¡Estamos en guerra!” les posibilitó y cubrió toda suerte de vilezas; en cambio, la advertencia de “¡Estábamos en guerra!” perturba el merecido descanso del superviviente. Quisieron conquistar el mercado mundial —el objetivo para el cual habían nacido— con armaduras de Caballero; y ahora tienen que resignarse a hacer el mal negocio de venderlas en el rastro. Tal y como tienen la moral, ¡quién les va a hablar ahora de guerra! Y es de temer que, pese a estar a más distancia, el futuro generado por las vergüenzas de un presente tan brutal carezca de una fuerza aún mayor: la comprensión. No obstante, una confesión tan completa de pertenecer a esta humanidad deberá ser bienvenida en algún lugar y, en algún momento, de provecho. Y “ya que los ánimos de los hombres están encrespados”, escuchemos, en este consejo de guerra sobre las ruinas, el mensaje de Horacio al renovador:

 

Y dejad que yo relate al mundo, que aún lo ignora,
cómo han ocurrido estos sucesos. Así conoceréis
de actos impúdicos, sangrientos y monstruosos,
de muertes producidas por la astucia y la violencia,
de juicios aleatorios y de asesinatos casuales,
y, como remate, de maquinaciones fallidas, cayendo
por descuido sobre la cabeza de sus inventores:
he aquí lo que fielmente he de contaros.

 

                                                                                                                         K.K.

 

 

Traducción de ADAN KOVACSICS, con la colaboración de JUAN JOSÉ DEL SOLAR y el asesoramiento de FELIU FORMOSA.

 

 

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Los últimos días de la humanidad. Barcelona. Tusquets Editores. 1991. Págs. I y II.

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PARÍS

Por: Julien Green (1900-1998)

 

 

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                                      ¡Son unas ciudades…!

                                               ARTHUR RIMBAUD

                 (…) La forma de una ciudad cambia con mayor rapidez, ¡ay!, que el corazón de un mortal…

                                                   BAUDELAIRE

 

 

París me ha obsesionado a tal punto toda mi vida que varios de mis personajes de novela han heredado esa fascinación mía y esa afición a los paseos solitarios y azarosos por la capital. Aún hoy, me basta con seguir a uno u otro de esos personajes para reencontrar a través de ellos, y como duplicado por sus propias ensoñaciones, la turbación o el hechizo de un lugar al que regreso por casualidad.

Así, no puedo ir al pasadizo de El Cairo, en el que Fabien aguardaba la aventura, ni siquiera en una tarde soleada, sin que para mí el tiempo sea otro: nocturno  y lluvioso. Lo he fijado en cierto modo en mi recuerdo, y aun sin querer oigo los pasos medidos que, del otro lado del callejón, vienen a agravar la inquietud del que espera. ¿Debo mirar atrás? “Si yo fuera tú”, murmura una voz interior, “no lo haría, pues bien sabes que todo esto es un sueño y un invento.”

 

 

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Pero ¿qué pasaría si, para ver, cerrara los ojos un segundo, si París, el que yo he imaginado, se convirtiera en el verdadero, si el pasadizo de El Cairo estuviera desierto, si ya hubiera oscurecido, si la lluvia crepitara sobre las opacas cristaleras? Los escaparates relumbran de forma siniestra… ¿No voy a oír acaso cómo se acercan los pasos tranquilos ni cómo la voz que daba a mi héroe el poder de emigrar de cuerpo en cuerpo pronuncia insidiosamente el abracadabra: “Si yo fuera usted…”?

 

 

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La Concorde en marzo de  1934. Vacía y tranquila tras los tumultos de febrero.

Traducción de TOMÁS FERNANDÉZ AÚZ Y BEATRIZ EGUIBAR

 

 

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París. Valencia. Pre-Textos. 2005. Pág. 123.

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Por: Gilberto Owen (1904-1952)

 

 

Perdida entre sus riscos antioqueños, Santa Rosa de Osos evoca en Colombia, cuando se menciona su nombre, al baluarte conservador del general Berrío, jefe de aquel ejército en el cuál militó el joven “teniente” Miguel Ángel Osorio. Pero como hasta en Colombia hay algunas personas a quinees no les parece que la política sea la más imprescindible actividad del hombre, a veces se recuerda también que de entre los ásperos breñales que rodean a aquel pueblecito andino surgió el delirio verbal más alto, más violento y más rico que se haya oído en América. Pues lo del Chocano a voz en cuello no era eso, sino una catarata de gritos ensordecedores.

Conocimos a Ricardo Arenales, de cuyo anecdotario preferimos no hacer recuerdo, cuando ya se llamaba Porfirio Barba Jacob y consideraba como “póstuma”, al publicarla, la obra del primero. Por todas las ciudades de América habíamos ido verificando la presencia de su recuerdo, mezcla extraordinaria de versos vehementes y claros, de situaciones caídas de la picaresca española, de deliciosos cuentos de pericos. Y sólo una vez, de paso por algún puerto, nos encontramos su rostro agudo y cetrino; pero fue una noche en que su amargura rebosaba sarcasmo, y la repulsión nos hacía preferible no haberle visto nunca. No supimos, pues, acercarnos a ese espíritu indudablemente vigoroso, pero desconcertante, por desgracia, ya que el desconcierto no se aviene a nuestro afán de explicarnos los seres y las cosas.

Ahora empezamos, muerto el hombre, a comprenderlo “sin pereza mental y sin falta de ternura”, al releer su obra breve e insustituible, en la edición que un grupo de sus amigos, casi ninguno de ellos compañero de letras suyo, acaba de publicar en México. Cuidadosa, tersa, cariñosa edición. Hecha con humilde apego a la voluntad del poeta (1).

Más que en las Claves publicadas en México al frente de Canciones y elegías, fue siempre en tres líneas de una de sus canciones donde creímos encontrar la cifra de su arte poética: “-¿Qué es poesía?- El pensamiento divino –hecho melodía humana…” La obsesión de Dios, la íntima constante presencia de Dios en la sangre del judío, desbordándose luego desatada por la limpia verbosidad del colombiano, en quien la palabra se goza en sí misma, y se posee a sí misma, para engendrar a la palabra, que a virginal suena siempre, en milagro de perpetua concepción. Queremos decir, con esto, que todas las palabras del colombiano (Valencia, Arenales, De Greiff) suenan a Acuarimántima, a nombre exacto, fiel e inaudito. El Verbo, en el sentido teológico, y el nombre, y el Nombre, la palabra irrompible que él quería romper (“yo, luz, amor”), son la esencia y la forma de esta poesía más que de ninguna otra, confundidos en nupcias borrascosas, delirantes.

 

 

Edición de JOSEFINA PROCOPIO

Prólogo de ALÍ CHUMACERO

Recopilación de textos por Josefina Procopio, Miguel Capistrán, Luis Mario Schneider e Inés Arredondo

Obras. México. Fondo de Cultura Económica. 1979. Págs. 269, 276-278.

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Por: Clément Rosset (1939-2018)

 

 

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EN TORNO AL CINE (Fragmento)

(entrevista con Roland Jaccard)

 

Me consuelo de su respuesta diciéndome que un hombre que no ama los westerns no puede ser del todo malo, que seguramente se inclinará por los dramas místicos o metafísicos como aquellos que realizaron Dreyer, Bergman, Rosellini u Ozu. Pero ya me parece oír su risa sarcástica…

De todos modos, talvez podría dar usted su opinión sobre los dibujos animados, particularmente los de Tex Avery, que me parecen estar dentro de su estilo.

No me gustan, en general, las obras con mensaje, cualquiera que sea el género de la obra y la naturaleza del mensaje (ya sea místico, metafísico u otro). Me gusta que un film suscite emociones en mí, no que me las dicte. Me gusta también que me inspire reflexiones, no que las haga por mí. Los mensajes y el simbolismo de autores como Bergman u Ozu son demasiado transparentes para que yo me interese en ellos: hay que dejar algo para que el espectador lo rumie. Por otra parte, los films que deliberadamente se pierden en la vaguedad (Bergman) o aquellos que avanzan morosamente (Ozu y otros muchos cineastas japoneses y escandinavos) tienen una natural inclinación a aburrirme. Es por eso que el cine escandinavo tiende a exasperarme y a aburrirme, por otra parte al igual que el teatro escandinavo: Ibsen, Strindberg. Comprendo perfectamente la reacción del héroe de Confort intellectuel de Marcel Aymé, que grita hacia el foro, en el momento en que abandona bruscamente la sala de un pequeño teatro parisino: “Me cago en las bromas nórdicas”. Hay excepciones, desde luego, como por ejemplo Victor Sjöström. Y me aseguran que Bergman ha realizado algunos films admirables, aunque poco difundidos y que casi nadie conoce. Haría también una excepción en favor de Dreyer, si bien fue un maestro consumado en el arte de aburrir a sus espectadores (que practicó al mismo tiempo el sistema de la bruma y el de la lentitud). Pero le reconozco una sobriedad impresionante, así como un arte del primer plano del que no consigo explicarme el misterio y la ambigüedad (sobre todo cuando se trata de rostros). Alguien del oficio podría explayarse sobre ello mejor que yo.

 

 

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En cambio, admiro sin reservas las películas de Rosellini, también en razón de su sobriedad. Son películas que no “chorrean” emoción, a diferencia de muchos films italianos. La toma del poder de Luis XIV (La prise du pouvoir por Louis XIV, que Rosellini filmó en Francia) es particularmente destacable en este sentido. Los dibujos animados de Tex Avery me gustan bastante, en efecto, por el disparate lindante a veces con la insolencia. Conservan algo del espíritu farsesco de las admirables películas cómicas norteamericanas de las décadas de 1910 y 1920, de las que son como un eco lejano, trasladado al cine de animación.

 

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Dicho sea de paso: quien dice cine dice un presupuesto  más o menos grande; quien dice presupuesto dice un público más o menos grande para poder, cuando menos, reembolsar los gastos implicados; quien dice gran público da por sentada una visión y una comprensión fáciles; de modo que la infantilización amenaza necesariamente al cine (como en el caso del western, del que hablábamos antes). Todo buen film debe abrirse así un estrecho camino entre las exigencias estéticas del realizador y las preocupaciones financieras del productor. Pero eso lo sabe todo el mundo.

 

Traducción: ARIEL DILON.

 

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Reflexiones sobre el cine. Buenos Aires. El Cuenco de Plata. 2010. Págs. 32-33.

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Por: André Gide (1869-1951)

 

 

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Himno

a modo de conclusión

 

 

a  M. A. G.

 

 

Envío

 

 

Nathanël, tira mi libro. Emancípate de él. Abandóname. Abandóname; ahora me importunas; me retienes; el amor por ti, al que he dado un exagerado valor, me distrae demasiado. Estoy cansado de fingir que estoy educando a alguien. ¿Cuánto he dicho yo que deseaba que fuera semejante a mí? Precisamente te amo porque difieres de mí. Sólo amo en ti lo que difiere de mí. ¡Educar!, ¿a quién podría yo educar si no es a mí mismo? Nathanaël, te lo voy a decir: me he educado interminablemente y sigo haciéndolo. Sólo me estimo por lo que podría hacer.

Nathanaël, tira mis libros; no te sientas satisfecho con él. No pienses que tu verdad puede encontrarla otro; avergüénzate de eso más que de cualquier otra cosa. Si yo buscara tus alimentos no tendrías hambre para comerlo; si yo te preparara tu lecho no tendías sueños para dormir en él. Tira mis libros; repítete a ti mismo que lo que en él se dice es sólo una de mi posturas posibles ante la vida. Busca la tuya. Lo que otro hubiera hecho tan bien como tú, no lo hagas. Lo que otro hubiera dicho tan bien como tú, no lo digas; o lo que hubiera escrito tan bien como tú, no lo escribas. No te apegues sino a lo que tú sientas que no existe en ningún otro lugar más que en ti mismo, y crea de ti, con paciencia o con impaciencia, ¡ah!, el más insustituible de los seres.

 

Traducción de María Concepción García-Lomas.

 

 

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Los alimentos terrenales. Madrid. Alianza Editorial. 1985. Pág. 123.

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Por: Ana María Escallón (1954-)

 

 

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La dinámica artística de Medellín es un hecho inevitable, allá son vitales las preocupaciones por las vanguardias sin asumirlas como pose, y es el continuo debate renueva ese espíritu creativo que es importante en la cotidianidad de la ciudad. Uno de los ejemplos lo muestra su conciencia por el espacio público (a pesar de las esculturas de Arenas Betancur) y tal vez sea la única ciudad de Colombia que se preocupa para que la ley que obliga a los edificios a tener una obra de arte, sea un hecho fundamental. En estos días en la galería El Museo se presenta la exposición IDI: Medellín 92. La identidad de la variedad con sus constantes propias. La exposición reúne de todo, las tendencias arraigadas, las propuestas de los buenos y los malos, las búsquedas, resultados fallidos. La selección de las obras, realizada por Alberto Sierra y Juan Alberto Gaviria, es muy representativa, pero como iconoclastas que somos debemos dejar claro que el montaje es un desastre. Y los escultores son los que más sufren de esta calamidad, pero las piezas son tan buenas que allí, entre cintas y pisos diferentes, resaltan las obras de Hugo Zapata y Rony Vayda. Son trabajos llenos de sensibilidad donde cada cual salva su aventura. Zapata busca en la naturaleza su expresividad en Piedras del río, mientras que Vayda, en el lado opuesto, conjuga sus alternativas geométricas en sus sables acero.

Dentro del mundo Pop, Medellín siempre ha estado a la vanguardia. No es casualidad que sea allí donde existe una tendencia generalizada por encontrarle a los objetos populares una que otra sensibilidad especial y artística. Dentro de este mundo, Marta Elena Vélez presenta una variante de su obstinación que es doblegar los materiales de las telas. Y lo logra en una tapicería atrevida donde su pintura hace parte del diseño imaginativo. Juan Camilo Uribe es el maestro del Pop por excelencia en Colombia. No abandona sino que recicla la irreverencia. Todo puede ser susceptible a cambios en ese mundo de la subversión de los valores. El bodegón justifica los medios es una obra donde Uribe se burla de todas las ceremonias que van desde las ceremonias pictóricas hasta la acumulación de los recuerdos.

Ethel Gilmour es una artista a quien la exposición misma le realiza un homenaje por su labor didáctica, pero sus pinturas, como siempre, quedan en una categoría insípida de los semi: semi expresiva, semi pop, semi primitiva. Es un trabajo que arrastra caducas posiciones que, además, resultan bien evidentes.

Otra versión bastante pobre es la geometría desgastada de Alvaro Marín, quien intenta reinterpretar de una forma débil a Joseph Alberts. Dentro del mundo de los objetos sofisticados están las bellas obras de Luis Fernando Peláez, donde sus cajas con bloques de vidrio permiten, en su sutileza, imaginar navegantes. Otro de esos artistas maravillosos de Medellín es José Antonio Suárez, que ya ha logrado su propio mundo en sus pequeñas hojas y con sus dibujos que ilustran mundos y situaciones. Estos dos son los artistas intimistas de la exposición.

Jorge Julián Aristizábal y Germán Londoño son ya unos desgastados lugares comunes. La pintura es siempre la misma, y en la demostración de unas fórmulas técnicas se les va la gran mayoría del tiempo; en la forma de pintar se les escapa la imaginación y en ese trabajo se les olvida que la pintura no es una cómoda fórmula sino una situación donde se asumen todos los riesgos. Hilda Piedrahíta se fue al otro extremo, y cambió tanto que ahora se encuentra en una etapa muy experimental, y su pintura resulta sucia y su elaboración del espacio confusa. María Mercedes Uribe presenta tantas intenciones que logra poco, mientras Marta Lucía Ramírez demuestra que sabe pintar.

Dentro del mundo de las instalaciones, el trabajo de Eugenia Pérez es interesante porque en sus Territorios logra un buen efecto en la utilización de la guadua y el caucho. Es una reflexión manual efectiva y así como es atractivo su manejo del espacio, el trabajo de Ernesto Restrepo es un verdadero fracaso en todo sentido, parece un desordenado recopilando objetos.

De Medellín no podía faltar el arte conceptual y sus nuevas exponentes son sutiles: María Teresa Cano presenta una obra sensible y Olga Lucía Mejía las posibilidades terrestres de Las constelaciones.

 

 

El arte de hoy. El Espectador. Bogotá. Abril 14. 1992. Pág. 3.

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