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Archive for 22 22America/Bogota abril 22America/Bogota 2018

Por: Germán Arciniegas (1900-1999)

 

 

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El aguacate es una fruta de sal, en forma de pera, que contiene cierta mantequilla vegetal muy sustanciosa. La gente ordinaria llama a los aguacates curas. Por elemental cortesía, y para los efectos de esta crónica, yo llamaré aguacates, a los aguacates.

De acuerdo con la tradición bogotana, los buenos maridos les llevan a sus esposas aguacates. El Disraeli colombiano jamás se presentaría delante de su compañera con una perfumada florecilla, sino con un aguacate en sazón. A tal extremo ha venido a ser el aguacate un símbolo del amor, que el buen esposo derrama sobre esta fruta las caricias que en los países más ordinarios destinan únicamente para la señora. Como un experto don Juan, como un catador de carnes finas, el bogotano se acerca al puesto de la revendedora y echa una primera ojeada a la cesta para cerciorarse de que tiene aguacates de estirpe, cuellos, mariquiteños, pecosos. Si esta primera prueba es satisfactoria, el hombre se inclina, toma uno, dos, tres, los cata, los pulsa, los aprieta con evidente ternura, los hace sonar al oído, hasta que encuentra el anhelado ejemplar. Él ya lo sabe: será rico como una crema, ni duro ni llorón, no tendrá fibra, soltará la cáscara con la misma suavidad que un guante las cortesanas de Versalles, con la misma delicia que una media de seda la señorita de Hollywood. El aguacate, para el buen esposo bogotano, tiene horribles concomitancias con la mujer.

Sale, pues, el buen esposo apretando dulcemente su aguacate, llevándolo del brazo como si fuera el brazo de su dama. Qué noble ejemplo de ternuras, dirían los señores del Mosaico, de la tertulia del Buen Gusto, de la garrida generación de los Mochuelos. Y no adorno con otras erudiciones esta crónica, porque se impone una digresión. El caballero del aguacate maduro es de dos maneras: o de buen vestido de paño verdoso, pardo o gris, y rodillón, de aquellos que estén pidiendo a gritos las zamarras, o de pantalón rayado, de fantasía, zapatos charolados, color de tez rosada, y posiblemente cuello duro. Uno y otro usan bigotes: el primero, crespos y ahumados, el segundo torcidos con brillantina. Ambos, ropa interior del siglo XIX.

 

 

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Llegará el buen esposo a su hogar, radiante de felicidad. Su presencia estará aguardándose por todos. Los chicos volarán por los corredores:

—Ahora sí, que sirvan el almuerzo: ¡ya llegó papá con los aguacates!

Él llegará a donde su esposa, le rozará ligeramente la mejilla con las puntas de los bigotes, y le dirá:

—M´hija: ¡aquí están los aguacates!

 

 

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Ella tomará entre sus manos delicadas la fruta de mantequilla vegetal, y, sabihonda, reflexiva, dirá:

—¡Están magníficos los aguacates!

Del propio modo como en Roma se formaba y mantenía el hogar en torno a un brasero con dos o tres carbones, en donde muchas veces los niños debieron de quemarse los dedos por asar cucarachas, en esta linda ciudad de las niñas papandujas que se casan, el aguacate sagrado congrega a la familia y mantiene vivos los lazos de Himeneo.

 

 

Diario de un peatón. Santafé de Bogotá. Grupo Editorial Norma. 1998. Págs. 82-84.

Págs. 83-84.

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Por: Manuel Zapata Olivella (1920-2004)

 

 

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Manuel Zapata Olivella

 

 

CARTAGENA.

Fue precisamente en “El Espectador” donde conocí al entonces entusiasta divulgador del movimiento nadaísta Gonzalo Arango. En esa anatomía, magra y enjuta, movíase un gigante de corazón abierto a todas las dimensiones del espíritu. La tez pálida y una barbilla incipiente contrastaban con una abundante cabellera de boy-scout en trance de una Odisea panamericana. La obra de Gonzalo Arango sigue siendo filosóficamente controvertida. Los indicadores de su pensamiento quedan en novelas y poemarios de una alta densidad profética. Su técnica hizo posible la exploración de mundos nuevos reconfortantes y llenos de ideas, polarizadas hacia una sociedad menos egoísta y estúpida. La popularidad que consiguió tan brevemente, constituye un interesante fenómeno generacional de la historia colombiana. Aún después de haber logrado cierta fama conservó su rabiosa autenticidad, escribiendo con brillantez de maestro, y solidarizándose con los sueños y el pragmatismo. Es evidente que pasó por muchas etapas concepcionales como si quisiera acercarse a la concisión, claridad y tremendismo de una filosofía que creo en su momento de desolación y hastío. En una ocasión comentó que el hombre necesitaba para triunfar tres requisitos: talento, paciencia y suerte. ¿Los llenó Gonzalo Arango? Su pensamiento tuvo levadura poética, lo que estímulo su corazón para escribir cosas ciertamente inolvidables; sublimizó muchos anhelos y supo ser solidario con su patria y su pueblo. Yo diría que Gonzalo Arango creó una escuela que sigue con grandes catedráticos. Y la ternura de su alma reflejada en versos llenos de verdor y lumbre, lo colocará siempre en puesto magno de nuestra literatura. Ya he dicho que era poeta y los poetas van a los cielos.

 

 

Magazín Dominical. El Espectador. Octubre 3 de 1976. Pág. 2.

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Por: Juan José Escobar López (1993)

 

 

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Juan José Escobar López

 

El manifiesto es un género literario. Desde que Horacio escribiera su Arte poética, mostrando que el escritor podía dar cuenta de su forma de concebir el arte, la historia de la literatura constató que podía mutar tanto como los autores fueran capaces de reinventarse. Todo sucedió en el siglo XIX: un siglo de transformaciones culturales y artísticas. La fotografía confrontó a los pintores realistas, de ahí surgió el impresionismo y todos sus derivados que explotaban la forma de representar lo real. El psicoanálisis puso en jaque el racionalismo y abrió las puertas que tenían que ser abiertas; tras esto la ciencia y el arte se sintieron provocados a recorrer abismos del entendimiento. El lenguaje y la historia, manifiesta su no linealidad, su artificialidad, confrontaron al hombre –que de ser algo es lenguaje-, a explotar el sentido equívoco y plural de estos. ¿Qué lugar ocupaba el manifiesto? Habían caído en desgracia los sistemas filosóficos, la Ilustración así como la Enciclopedia alcanzaron la decadencia; el existencial pesimismo como el camino elegido por tantos daba lugar a que los artistas debieran reinvidicar su arte desde la manifestación directa de sus posturas e inquietudes. Fue así como el manifiesto se convirtió en el vehículo por excelencia del arte moderno mismo artista estaba reivindicando su búsqueda generacional; ello es una característica esencial, el arte se hacía en grupo, aun siendo cada artista una entidad difusa y su genio una manifestación legítima y autónoma.

El Nadaísmo sería el último literario en Colombia, pues luego solo habría autores dispersos sin alguna consigna o lucha común. Que el Nadaísmo nunca se definiera fue, siguiendo a Jotamario, la razón para que este nunca pudiera terminarse. Incluso, antes que hablar de una literatura Nadaísta habría que pensar en la estética Nadaísta. Una estética que se convirtió en una forma de vida. Una estética-ética: desacralizando falsos mitos, provocando a los escritores reconocidos, abriendo heridas, moviendo juventudes, aliándose con el naciente rock and roll criollo, creando premios literarios propios y festivales de vanguardia donde divulgar su arte. Sin duda, el Nadaísmo fue solo literario: Alvaro Barrios y Pedro Alcántara fueron expresiones genuinas de un nuevo arte conceptual y pictórico. Pablus Gallinazus y Eliana pusieron a cantar a Colombia a favor de la revolución y los oprimidos.

Cuando Gonzalo Arango escribió el Primer Manifiesto Nadaísta en 1958, lo hizo tras una crisis personal. Exiliado en Cali por haber sido partidario y señalado de colaborar con Rojas Pinilla en Medellín, sin un peso, viviendo de la caridad de sus hermanos y amigos, comprendió que una salida a ese ato lladero era poner en jaque a la sociedad conservadora colombiana. El momento histórico era el propicio. La transición que dio lugar al Frente Nacional en lo político, donde el populismo había sido derrotado, donde el mismo Bolívar y la fe cristiana seguían siendo las banderas (como en los gobiernos anteriores), condujo a la quietud de los sectores. La llegada de la televisión, la creación de universidades privadas, la profesionalización del arte: con excelentes dramaturgos, el cine despegando, librerías con gran oferta internacional, programas que fomentaran la lectura como las ediciones realizadas por Colcultura y luego Procultura. Los años sesenta fue una década donde la juventud tomó fuerza y se hizo visible, luchó por ideales sociales en contra de la guerra, desinhibió sus placeres, confrontó la tradición goda de sus padres. El hipismo, la moda de la marihuana, la liberación sexual, el uso de la píldora anticonceptiva, los festines orgiásticos, todo esto era el devenir histórico en el cual Gonzalo Arango a punta de publicidad convenció a los jóvenes de subvertir el orden. ¿Cómo confrontar una ideología dominante? La ironía ha sido siempre la más eficaz herramienta para discutir contra el poder. La publicidad fue el arma usada por el nadaísmo. Poner de moda todo tipo de slogan provocadores, donde el erotismo, los juegos de palabras, la crítica al establecimiento deformara en burlar todo lo oficial.

Le debemos a Eduardo Escobar la primera versión de Manifiestos nadaístas (Arango Editores, Bogotá, 1992), lo diferente de esta edición son dos cosas: sacamos los manifiestos de Amílcar Osorio y en donde firman todos los nadaístas (a excepción de uno por su valor histórico, con el que Gonzalo incluso va a la cárcel de la Ladera), de otro lado ingresamos nuevos manifiestos, sino inéditos no vueltos a publicar desde su primera transcripción; los hemos sacado de los mecanuscritos conservados por el Archivo Nadaísta de la Piloto. En la versión de Eduardo cuenta en la solapa que el Primer Manifiesto Nadaísta “estuvo financiado con recursos del escritor Humberto Navarro, según recuerdo, y del arquitecto Rafael Arango, el marido de Martaisabel”, mientras que Alberto Aguirre, en entrevista hecha por Gonzalo para Cromos, afirma que él pagó ocho pesos para poder hacer la impresión.

EDICIÓN AUMENTADA.

 

 

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Gonzalo Arango. Manifiestos Nadaístas. Medellín. Fallidos Editores. 2018. Págs. 9-10.

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LIBROS (FRAGMENTO)

Por: R. W. Emerson (1803-1882)

 

 

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(…)

Éstas son algunas de las obras que nos aportan los tiempos antiguos y modernos y que recompensan bien el tiempo que se emplee en leerlas. Si comparamos el número de los buenos libros con la cortedad de la vida muchos debieran ser leídos por medio de un delegado, si es que hubiera muchos delegados hábiles para ello; y estaría muy en su punto que los jóvenes sinceros adoptasen el método del Instituto francés y de la Asociación británica, y lo mismo que ellos dividen todos los trabajos en secciones para que cada cual haga el estudio y presente el informe de las materias que se le confían, así se pudieran asociar los estudiantes con personas en quienes se pudiera confiar formando un club literario en el que cada uno tome a su cargo una obra o una serie para la que esté preparado. Por ejemplo: ¡cuán atractiva es toda la literatura del Romance de la Rosa, de la leyenda y de la gaya ciencia de los trovadores franceses! ¿Y quién tiene en Boston tiempo para leerlo todo? Mas uno cualquiera de la reunión pudiera acometer esta empresa, estudiar esta materia y dominarla, hacer un resumen de ella como bajo juramento; y darnos el resultado sincero, tal y como lo tiene en la inteligencia, sin añadir ni quitar nada. Otro miembro pudiera a la vez estudiar honradamente y darnos un resumen de la mitología británica, de la Tabla Redonda, de las historias de Brut y de Merlín, y de la poesía de Welsh; un tercero de las Crónicas sajonas, de Roberto de Gloucester y de Guillermo de Malmesbury; un cuarto sobre los Misioneros, el Drama primitivo, la Gesta Romanorum, Colier, y Dice, etc. Cada cual nos aportaría sus pepitas de oro ya lavadas; y los demás decidirían qué libro era más indispensable.

 

 

Prólogo de EDWARD LAROCQUE TINKER.

 

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Ensayos. México. Editorial Porrúa. 2007. Págs. 54-55.

 

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Discurso pronunciado ante la Sociedad Phi Beta Kappa, en Cambridge, el 21 de agosto de 1837

Por: R. W. Emerson (1803-1882)

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(…)

Una muy antigua fábula que tiene gran fondo de sabiduría, dice que los dioses dividieron al Hombre en hombres, a fin de que pudiera ser más útil para sí mismo; igual que la mano está dividida en dedos para responder mejor a su fin.

Esta fábula antigua encierra una doctrina siempre nueva y sublime; la de que hay un Hombre manifestado parcialmente en cada uno de los hombres, o a través de una facultad, y que es preciso abarcar a toda la sociedad para encontrar al hombre completo. El hombre no es un agricultor o un profesor o un ingeniero; sino que lo es todo. El hombre es sacerdote, es sabio, político, productor y soldado. En el hombre dividido o en el estado social, estas funciones están distribuidas entre los individuos, cada uno de los cuales se esfuerza por realizar su trabajo en la obra de conjunto, mientras que cada cual realiza la suya particular. La fábula implica que el individuo para poseerse a sí mismo debe algunas veces dejar su labor propia para abrazar la de los otros trabajadores. Pero desgraciadamente esta unión original, este manantial de fuerza se ha distribuido tanto entre las multitudes, se ha subdividido tan minuciosamente y se ha esparcido tanto, que se ha convertido en pequeñas gotas difíciles de reunir. El estado social se halla de tal suerte organizado, que los miembros han sido amputados del tronco y son muchos los monstruos que se pavonean: un buen dedo, un cuello, un estómago, un codo; pero nunca un hombre.

El hombre resulta así metamorfoseado en una cosa, en muchas cosas. El agricultor que es un hombre establecido en el campo para recoger alimento, rara vez se siente acariciado por la idea de la verdadera dignidad de su ministerio. No ve más allá de su cosecha y su carro, y se sepulta en la tierra en lugar de ser un hombre sobre la tierra. El negociante apenas tiene un ideal digno de su trabajo, sino que se deja arrastrar por la rutina de su arte y sujeta el alma a los dólares. El sacerdote llega a ser un formulista; el abogado una ley; el mecánico una máquina; el marino una amarra.

En esta distribución de funciones, el estudiante es la inteligencia delegada. En realidad de verdad, es el Hombre Pensador. En el estado de degeneración, cuando es víctima de la sociedad, tiende a ser un mero pensador, o aún peor, el papagayo del pensamiento de otros hombres.

Así considerado, como Hombre Pensador, la teoría de su misión está limitada. La naturaleza le atrae con todos sus paisajes instructivos y halagüeños; el pasado le instruye; el futuro le sucede. ¿No es acaso todo hombre un estudiante, y no existen todas las cosas para utilidad del estudiante? En una palabra: ¿No es el verdadero estudiante el verdadero dueño? El antiguo oráculo decía: “Todas las cosas tienen dos asas: ten cuidado con la errónea.” El estudiante yerra con frecuencia en la vida en medio de la humanidad y olvida su privilegio.

(…)

Prólogo de EDWARD LAROCQUE TINKER.

 

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Ensayos. México. Editorial Porrúa. 2007. Págs. 178-179.

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Por: Eberhard Leube (1934-1991)

 

 

Eberhard Leube (Izq.) y Guillaume Apollinaire (Der.)

 

(…)

Los poderes musicales de Ánfión mítico guardan estrecha analogía, como es sabido, con los de Orfeo, y se distinguen de éstos en realidad sólo en que Orfeo es asignado a la naturaleza, mientras que Anfión lo es a los terrenos “modernos” de la civilización por la construcción de Tebas. Evidentemente ésta es la razón por la que Apollinaire le emplea aquí como un punto de referencia literaria.  La capacidad del moderno Anfión se evidencia como un seudo-arte, como una imitación trivial de la moderna poesía urbana: su instrumento y su objeto han de estar constituido por la ciudad misma, que es preciso  recorrer un buen trecho para liberar en el alma sentimientos hermosos y sublimes. Diletantismo y medianía (que todos pueden ejercer, es más, ejercen en realidad, sin tener conciencia de su carácter es más, ejercen en realidad, sin tener conciencia de su carácter de arte) se presentan como las verdaderas características de la amphionie.

Una serie de crímenes artistiques califican a d´Omersan de prefiguración del surrealisa tanto como su fascinación por las posibilidades de la técnica moderna. En la última de las historias que lleva por título Le Toucher a distance, se dispone a colmar el vacío que ha dejado el fracaso evidente de las religiones tradicionales. Este fracaso es ya un gran tema de L´Enchanteur pourrissant, especialmente de su segundo capítulo. Como su dechado Medieval, el Merlín de Apollinaire ostenta rasgos del Anticristo (1). La superación del sentimiento universal de aislamiento se lleva a cabo (cf. supra) en la toma de conciencia y en la aceptación de esta circunstancia; de aquí resulta la nueva dominación del mundo por el poeta, que se expresa en imágenes de multiplicación personal y orgánica así como en las visiones de simultaneidad (2). Le Troucher a distancie explica claramente que no se trata a este respecto, sin más, de un sistema eufórico de metáforas, sino que éste extrae en rigor su fundamentación de un sustrato de vivencias de modernidad: también el barón d´Omersan ha dejado ya tras de sí su experiencia artística de desintegración en un mundo cambiado y transformado. Tras el rodeo a través del seudo-arte, adecuado a la época, de la amphionie, la emprende con el intento de dominar el mundo. La empresa se videncia como una exageración fantástico-utópica de las técnicas modernas al comienzo de su utilización práctica general. Bajo la impresión de la telegrafía y la telefonía sin hilos, de la transmisión de fotografías a distancia, de la fotografía estereoscópica y en color, del cinematógrafo, del gramófono, diseña al cabo un aparato que le permite realizar proyecciones en cierto modo corpóreas de sí mismo y en cualquier lugar que se le antoje. Le Toucher a distancia amplía así el espectro de posibilidades de la transmisión y multiplicación técnicas de las impresiones sensoriales en una tercera dimensión: al campo de lo visual y de lo auditivo se une ahora el campo de lo táctil. Resulta obvio que esta capacidad transciende el horizonte de la experiencia humana y que una humanidad para quien no son familiares los sutiles fundamentos científicos de un tal descubrimiento ha de considerado necesariamente como algo sobrenatural. Y en efecto, d´Omersan se presenta como Mesías, como Aldavid, primero ante la comunidad judía de Dollendorf junto a Bonn, sirviendo la cicatera estrechez de su ambiente sólo para generar una tensión grotesca: el faux Messie aparece simultáneamente (3) en todos los continentes de la Tierra, en mil figuras distintas, y realiza así, de manera fantástica, la metáfora de la dominación de Onirocritique. Como suele ocurrir casi siempre en la literatura y en el film, la hybris lleva también aquí –pero sobre todo  el descubrimiento del secreto- a la ruina inevitable: D´Omersan se revela al narrador, en una epifanía surrealista, y el ritual de esta escena constituye una evidente parodia de la historia del incrédulo apóstol Tomás en el Evangelio de San Juan (cap. 20). Esto subraya también el carácter de oposición y sustitutivo propio de la construcción mental de d´Omersan. Contrariamente a su modelo bíblico, aquí se ponen de manifiesto la insuficiencia y labilidad de dicha construcción. Los disparos del narrador con la aparición materializada de su antiguo amigo no matan sólo a éste, sino también en una fatal proyección retroactiva, el original humano y en sus 840 imágenes o dobles en todas las partes de la Tierra. Con su muerte, d´Omersan refuta no sólo su propio plan de implantar la ciencia, en lugar de la poesía, para dominar el mundo, sino también, y a posteriori, el final eufórico de L´Enchanteur pourrissant en Onirocritique. La ubiquité, propiedad tradicional de Dios y utopía secular de la humanidad expresada mil veces en forma literaria (4), fracasa en el momento mismo de su realización técnica, al parecer porque no está respaldada por un ímpetu moral, podría decirse también: social (5). El imposteur (6) d´Omersan es, desde luego, un hijo y también un usufrustuario de su época; elementos se condicionan recíprocamente, porque son los transcursos temporales los que constriñen al antiguo artista d´Omersan a esta auto-realización, que sería impensable, a su vez, sin un público que, como éste, estuviera dispuesto a considerar como Mesías a un charlatán y que pone en marcha un mito quiliástico a partir de la muerte de éste. Así, los disparos con los que el narrador en primera persona da muerte a D´Ormesan no significan la reintegración de un orden perturbado sólo pasajeramente. El faux Amphion, el seudo-artista de la civilización moderna y el mundo que le rodea se corresponden perfectamente entre sí.

  1. sobre esto Burgos en Ench., pág. LXXIX y ss y Scott Bates, G. A., Nueva York 1967, 34 y ss.
  2. Boisson llama la atención sobre el nexo entre la experiencia de la simultaneidad y el mito de Orfeo tomando como ejemplo algunos poemas de Alcools: “Pour lui, Orphée est celui qui, placé au centre du monde, percoit es chante simultanément toutes choses, dans l´espace et dans le temps.” (loc. Cit., pág. 33). Sobre el mito de la simultaneidad en Apollinaire cf. Pär Bergman, “Modernolatria” et “Simultaneitá”, Uppasala 1962.
  3. I, 219.
  4. I, 224. “Le théme de l´ubiquité, fundamental chez Apollinaire, s´exprime éminemment par le mythe d´Orphée”. (M. Boisson, loc. cit., pág. 33).
  5. I, 225.
  6. Ibid.

 

 

Traducción de RAFAEL DE LA VEGA.

Tradición y antitradición. Barcelona. Editorial Alfa. 1986. Págs. 115-118.

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