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Archive for 28 28America/Bogota abril 28America/Bogota 2018

Por: William Hope Hogdson (1877-1918)

 

 

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Del manuscrito descubierto en 1877 por los señores Tonnison y Berrenggnog, en las ruinas que se encuentran al sur del pueblo de Kraighten, en el oeste de Irlanda. Publicado aquí, con notas.

 

A

mi padre

(cuyos pies pisan los evos perdidos)

 

“¡Abre la puerta,
Y escucha!
Sólo el rugido apagado del viento,
Y el resplandor
De jirones en torno a la luna.
Y, en la imaginación, los pasos
De unos pies evanescentes
Allá, en la noche de los muertos.

 

“¡Chis! Escucha
El llanto doliente
Del viento en las tinieblas.
Escucha, sin suspirar siquiera,
Los pies pisan los evos perdidos:
El ruido que trae tu muerte.
¡Calla y escucha! ¡Calla y escucha!

 

Los pies de los muertos

 

Introducción al Manuscrito

 

Muchas son las horas que he pasado meditando sobre la historia consignada en las páginas que siguen. Una y otra vez, en mi calidad de escritor, me he sentido tentado de (si me permitís acuñar tan feo vocablo) “literarizarlo”; pero confío en que mi instinto no esté equivocado al impulsarme a dejarlo en toda su simpleza, tal como me ha llegado a mí.

En cuanto al propio manuscrito, teníais que haberme visto, cuando me lo dieron para guardarlo, abrirlo con curiosidad y echarle una rápida y presurosa ojeada. Es un libro pequeño, pero grueso; todo él, salvo unas pocas páginas del final, repleto de una escritura curiosa, aunque legible, y de letra apretada. Ahora, mientras escribo, siento su olor raro, desvaído, húmedo en las ventanas de mi nariz, y mis dedos conservan el recuerdo subconsciente del tacto, “embarazoso”, de sus páginas largo tiempo húmedas.

Recuerdo, con apenas un ligero esfuerzo, la primera impresión que me produjo su contenido: una impresión de cosa fantástica, formada de miradas casuales y de atención distraída.

Así que imaginadme confortablemente sentado, por la noche, haciéndonos compañía el grueso librito y yo, durante unas horas de descanso y de soledad. ¡El cambio que se operó en mis opiniones! Fue el surgimiento de una semicreencia. La aparente “fantasía” dio origen, para compensar mi despreocupada concentración, a un sistema poderoso y coherente de ideas que canalizó mi interés más firmemente que el mero esqueleto de la crónica o relato, sea lo que fuere, aunque confieso mi inclinación a utilizar el primero de los términos. Descubrí entonces una historia grande metida dentro de otra más pequeña: paradoja que no es tal paradoja.

Lo leí y, al leerlo, levanté el Telón de lo Imposible que ciega la mente, y me asomé a lo desconocido. Vagué entre las frases rígidas y bruscas; y no puede ya rechazar su tremenda eficacia narrativa; pues esta historia mutilada es capaz de plasmar, muchísimo mejor que mi ambiciosa fraseología, todo lo que el viejo Recluso de la desaparecida casa se había esforzado en contar.

Diré poco de la simple y correosa relación de cosas extraordinarias y preternaturales. La tenéis ante vosotros. La historia interior debe descubrirla personalmente cada lector, según su capacidad y deseo. Y aun cuando alguno no llegase a verla tal como la veo yo ahora, su sombría representación y concepción, a la que muy bien podría darle uno las admitidas denominaciones de Cielo e Infierno, puedo prometer, sin embargo, que experimentará ciertas oscuras emociones, aun tomando el relato como mero relato.

Una observación final, y dejaré de molestar. No puedo por menos de considerar la descripción de los Globos Celestes como una sorprendente ilustración (¡cuán cerca he estado de decir “prueba”!) de la efectividad de nuestros pensamientos y emociones entre las Realidades. Pues, aparte de parecer sugerir la aniquilación de la duradera realidad de la Materia como eje y armazón de la Máquina de la Eternidad, que ilustra una de las concepciones de la existencia de mundos de pensamiento y emoción, que actúan juntamente con, y debidamente sometidos al, esquema de la creación material.

 

WILLIAM HOPE HODGSON
“Graneifion”,
Borth, Cardiganshire
17 de diciembre de 1907

 

 

PESAR (1)

“¡Fiera hambre reina dentro de mi pecho,
Yo no había soñado que este mundo todo,
Que Dios estruja en sus manos, podía dar
Tan amarga esencia de inquietud,
Tanto dolor, como el que ahora aúlla
Desde este espantoso corazón liberado!

 

Cada aliento sollozante es sólo un grito,
Mis latidos redoblan de agonía
Y un solo pensamiento ocupa mi cerebro:
¡Que nunca más en esta vida se tocarán
(Salvo en el dolor de la memoria)
Tus manos y las mías, porque no existes!

 

A través del vacío de la noche te busco,
Y te llamo en mudo silencio;
Pero ya no estás, y el trono inmenso de la noche
Se transforma en iglesia
Y sus campanas-estrellas repican para mí,
¡El más solitario en todos los espacios!

 

Y, famélico, me arrastro hasta la orilla
Donde acaso me aguarde algún consuelo
Del eterno corazón del viejo Mar;
¡Pero, oíd!, ¡de solemnes profundidades,
Las voces lejanas del misterio
Parecen preguntar por qué nos separamos!

 

Allá donde voy me encuentro solo,
Aunque una vez, al tenerte a ti, lo tuve todo,
Mi pecho es un dolor furioso
Por todo lo que fue, y ahora corre
Al vacío donde la vida se precipita,
¡Donde todo se pierde, y ya no vuelve a ser!”

  1. Estas estancias, redactadas a lápiz, las descubrí en un trozo de papel pegado en la guarda del Manuscr. Parecen haber sido escritas en una fecha anterior al Manuscr. (N. del Edit.)

Traducción: FRANCISCO TORRES OLIVER

 

 

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La casa en el confín de la tierra. Barcelona. Editorial Bruguera. 1978. 15, 17-18, 19, 109-113.

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Por: Ingmar Bergman (1918-2007)

 

 

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Había dormido muy a gusto en un banco a la sombra y, cuando tocaron las campanas, me deslicé en la iglesia descalzo. La mujer del párroco me cogió de la mano y me colocó a su lado, en primera fila, debajo del púlpito. Hubiera preferido sentarme en el coro, un poco entre bastidores, pero la señora estaba en un estado de avanzada gestación y no había la menor posibilidad de escaparse. En seguida sentí ganas de orinar y me di cuenta de que el tormento iba para largo. (Las misas solemnes y el mal teatro son lo más largo que hay en el mundo. Si alguna vez sientes que la vida se escapa muy deprisa, vete a la iglesia o al teatro. Verás cómo el tiempo se detiene y llegas a pensar que se te ha estropeado el reloj. Es como dice Strindberg en La tormenta: “La vida es corta, pero puede ser larga mientas dura”.)

 

 

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Como todos los visitantes de iglesias de todos los tiempos, me he engolfado en la contemplación de retablos, sagrarios, crucifijos, vidrieras y pinturas murales. Allí estaban Jesús y los ladrones bañados en sangre y desencajados de dolor; María reclinada sobre Juan, he ahí a tu hijo, he ahí a tú madre. María Magdalena, la pecadora, ¿quién era el último que se la había tirado? El Caballero juega al ajedrez con la Muerte. La Muerte siega el Árbol de la Vida, un aterrorizado infeliz en lo alto se retuerce las manos. La Muerte dirige la danza hacia El País de las Tinieblas, lleva la guadaña como una bandera, la congregación de los fieles baila en una larga fila y el bufón se cuela entre los últimos. Los demonios mantienen el fuego de la caldera, los pecadores caen de cabeza en las llamas. Adán y Eva han descubierto su desnudez. El ojo de Dios bizquea tras el árbol prohibido. El interior de muchas iglesias es como un acuario, no hay ni un punto sin pintar, por todas partes viven y medran hombres, santos, profetas, ángeles, diablos y demonios. Aquí y en el más allá hay nubes de humo sobre muros y bóvedas. Realidad e imaginación se han fundido en robusta aleación: pecador, contempla tu obra, mira lo que te espera a la vuelta de la esquina, ¡mira la sombra detrás de tu espalda!

 

 

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Durante unos años fui profesor en la Escuela de Teatro de Malmö; teníamos que hacer una función con público, pero no sabíamos qué obra representar. Me acordé entonces de las paredes de la iglesia de mi niñez con todas sus imágenes. En unas cuantas tardes escribí una piececita que titulé Pintura en madera, con un papel para cada alumno. El muchacho más gallardo de la escuela era, para desgracia nuestra, el menos dotado, iba a dedicarse a la opereta. El hizo de caballero; lo sarracenos le habían cortado la lengua así que era mudo.

Pintura en madera se convirtió más adelante en El séptimo sello, una película irregular a la que tengo mucho cariño porque la hicimos en condiciones muy primitivas con una gran movilización de vitalidad y entusiasmo. En el bosque entre los árboles las ventanas de los altos edificios del barrio de Rasunda. La procesión de los penitentes pasan por un solar en el que habría de edificarse el nuevo laboratorio. La secuencia de la Danza de la Muerte bajo los negros nubarrones se hizo a una velocidad vertiginosa después de que la mayoría de los actores hubieran dado por finalizada su jornada laboral. Ayudantes, electricistas, un maquillador y dos veraneantes que nunca supieron de qué iba la cosa, se vistieron con las ropas de los condenados a su muerte. Se preparó una cámara sin sonido y se filmó antes de que disipasen las nubes.

Yo nunca me atreví a dormirme cuando mi padre predicaba. El lo veía todo. Una persona amiga de la familia se había quedad traspuesta una vez durante la misa del alba de Navidad en la capilla del Hospital Sophia. Mi padre interrumpió su sermón y dijo con toda tranquilidad: “Despierta, Einar, ahora viene algo que te interesa”. Y a continuación habló de que los últimos serían los primeros. Tío Einar era, en efecto, segundo archivero del Ministerio de Asuntos Exteriores y soñaba con ascender a primer archivero. Estaba soltero y tocaba el violín.

 

 

 

De la traducción: MARINA TORRES y FRANCISCO URIZ

 

 

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Linterna mágica. Memorias. Barcelona. Tusquets Editores. 1987. Págs. 290-291.

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Por: Francis Picabia (1879-1953)

 

 

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¡Qué aburrimiento todas estas historias y esa política, engendrada por los premios literarios! Todo de forma epidérmica. ¡Los premios son cada vez más numerosos, y los ávidos candidatos, cada vez más vacíos!

Los creadores de esos premios están encantados de que se hable de ellos por siete, ocho, diez o quince mil francos. Cuando los periódicos afirman en su cuarta página los méritos del “Viandox”, por ejemplo, quien se beneficia es la Compañía Liebig.

El jurado que preside los destinos de los pretendientes se nombra apresuradamente, discute durante horas sobre la calidad, la vida íntima y a veces, lo cual es tan grave como la idiotez misma, sobre la moralidad del candidato: se tiene en cuenta cosas nimias, incluso el favor que se pueda obtener del futuro laureado, las consideraciones que hay que mantener con aquél que tiene influencia, la publicidad que se podría obtener de tal o cual otro. Se equivocan los que piensan que no se atribuye un premio a alguien sino “en contra de alguien”; los desposeídos no cuentan.

El feliz ganador recibe el dinero y, cara a la élite, el deshonor de haber sido nombrado.

¿No sería mucho más sencillo para esas buenas personas de generoso corazón, que se interesan por los esfuerzos intelectuales, escoger por sí mismas un ser cuya vida y obra respondiera a su propio ideal? Pero esas etiquetas, pegadas sobre el cieno en aumento de todos esos volúmenes en las vitrinas de los libreros, como peces muertos en un acuario, son realmente demasiado repugnantes. Esas pequeñas etiquetas rojas, amarillas, verdes o azules, con el retrato del genio coronado y la cantidad de votos obtenidos -¡o casi obtenidos!-, su edad, y el color de sus ojos! ¡Por poco no se afirma, para aumentar la tirada, que es homosexual!

En las grandes carnicerías, en el momento de la subasta de la carne de cerdo, he visto ciertas etiquetas: “Salazón”, “lechón”, “ternasco”, “procedencia directa, primera calidad”.

Los editores fabrican genios como los vendedores de la calle Saint-Sulpice fabrican Vírgenes, Santos y Dioses de yeso pintado!

Esta constatación personal no me impulsaba a devenir alpinista, ni a retirarme en un claustro o convertirme en campeón de bicicleta, pero me digo cada vez que hay que esforzarse más para descubrir un diamante en la basura artística…

El Sr. Jacques Riviere ha escrito y vuelto a escribir sobre Dadá, así que ya sabe de qué se trata! (2). Otros sin duda lamentan que Dadá no se haya vuelto molesto como los fascistas! Lo cierto es que, aunque no les guste a algunos habituales del Jockey (3), Dadá se ha convertido en una escuela al mismo título que el romanticismo, el simbolismo, o el cubismo. Algunos tratan de escapar de él fabricando novelas de influencia inglesa, naturalizadas por el estilo de la Sra. De Noailles, otros, al ser extranjeros, sólo tienen una ambición: demostrar que son capaces de escribir en francés (3). A través de deseo de esas diferentes glorias, se muestran todos muy Dadá. Para subir escogieron esa escalera fácil y complaciente, pero ahora tienen miedo de bajar y piensan que, si consiguieran eliminarla, podrían mantenerse en su pequeña plataforma. Dentro de poco les dará un ataque de vértigo.

 

  1. Publicado en primera página en el Paris-Journal del 21 de marzo de 1924.
  2. Jacques Riviere, a la sazón redactor jefe de la Nouvelle Revue Francaise había publicado en ella el 1 de agosto de 1920 un largo texto titulado “Reconocimiento a Dadá”. Además la N. R. F. anunciaba la publicación de una serie de tratados a cargo de ciertos dadaístas.
  3. Se refiere al Jockey Club, night club de Montparnasse, propiedad del artista americano Hilaire Hiler, músico, poeta y showman que era por entonces una de las más carismáticas figuras de la noche parisina.
  4. Alusión a Louis Aragón que acababa de publicar Los placeres de la capital y que anunciaba en breve el libro titulado El Libertinaje.

 

Reunión de textos, prefacio y comentarios MARÍA LLUISA BORRAS.

 

 

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Escritos en prosa. 1907-1953. Valencia-Murcia. Colegio Oficial de Aparejadores y Arquitectos Técnicos de la Región de Murcia. 2003. Págs. 313-315.

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Por: Edmund Wilson (1895-1972)

 

 

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Querido Christian Gauss:

Observará que estos ensayos son fruto de sus clases de hace quince años. Pero no es sólo por lo que siento que se los debo. De usted principalmente adquirí entonces mi idea de lo que debería ser la crítica literaria: una historia de las ideas y de la imaginación del hombre en el marco de las condiciones que las determinan. Y aunque este libro sea sólo una tentativa muy limitada e incompleta en este tipo de historia, quiero dedicárselo a usted en pago de la generosidad e instrucción que siempre me prodigó, desde mis años de universidad, y como tributo al maestro de la crítica que enseñó mucho insistiendo poco.

 

Suyo como siempre,

EDMUND WILSON

 

Traducción de LUIS MARISTANY

 

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El Castillo de Axel. Estudios sobre literatura imaginativa (1870-1930). Barcelona. Ediciones Versal. 1989. Pág. 9.

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Por: Pierre Cabanne (1921-2007)

 

 

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Escribir una leyenda

 

P. C.- En esa época aparecen Les Peintres Cubistes de Apollinaire en la que se incluye esta sorprendente frase: “Tal vez le estará reservado a un artista tan carente de preocupaciones estéticas, tan lleno de energía como Marcel Duchamp, reconciliar Arte y Pueblo”.

 

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M. D.- Ya se lo he dicho: decía cualquier cosa. Nada podía impulsarle a escribir esa frase. Pongamos que algunas veces adivinó lo que yo iba a hacer pero “reconciliar Arte y Pueblo” es una buena broma. Es algo típico de Apollinaire. En este momento yo no era muy importante en el grupo y pensó: “Debo escribir algo sobre él, sobre su amistad con Picabia”. Y escribió cualquier cosa; sin duda, en su forma de ver las cosas, era algo poético, pero en ello no había nada veraz ni de análisis correcto. Apollinaire tenía don de gentes, veía cosas, se imaginaba otras que están muy bien, pero ésa es una afirmación suya y no mía.

 

 

Traducción: JORDI MARFÁ

 

 

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Conversaciones con Marcel Duchamp. Barcelona. Editorial Anagrama. Pág. 55.

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Por: Guillaume Apollinaire (1880-1918)

 

 

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Me daba perfecta cuenta de las eternidades diversas del hombre y la mujer. Dos animales distintos se amaban. Sin embargo, sólo los reyes no morían de aquella risa, y veinte sastres ciegos vinieron con objeto de cortar y coser un velo destinado a la piedra ónix-ónice. Los dirigí personalmente, andando detrás. Hacia la noche, los árboles emprendieron el vuelo, las monas se hicieron inmóviles y yo me vi centuplicado. El grupo que era yo se sentó junto al mar. Grandes navíos de oro cruzaban el horizonte. Y cuando la noche fue completa, cien llamas me vinieron al encuentro. Procreé cien hijos varones que tuvieron por amas de cría a la Luna y la colina. Acogimos con agrado los reyes deshuesados agitados desde los balcones. Llegado junto al río, lo agarré con ambas manos y lo sacudí. Aquella espada me apagó la sed. Y la fuente que languidecía me advirtió que, si hubiese detenido al Sol, lo habría visto en realidad cuadrado. Centuplicado, nadé hacia un archipiélago. Cien marineros me acogieron y, después de haberme conducido a un palacio, allí me mataron noventa y nueve veces. A dicho punto eché a reír y empecé a bailar, en tanto que ellos lloraban. Bailé a cuatro patas. Los marineros ya no se atrevían a moverse, porque tenía el aspecto aterrador de un león… A cuatro patas, a cuatro patas. Mis brazos y mis piernas se parecían y mis ojos se coronaban atentamente. Luego me levanté para bailar con las manos y las hojas…

(…) Los habitantes de la isla me condujeron a sus huertos para que cogiera frutos que parecían mujeres. Y la isla, a la deriva, vino a llenar un golfo en donde inmediatamente unos árboles rojos brotaron de la arena. Una bestia delicada cubierta de plumas blancas cantaba inefablemente y una población entera la admiraba sin descanso. Encontré la cabeza por la tierra, hecha de una sola perla que lloraba. Agité el río y la muchedumbre de dispersó. Unos ancianos comían apio e, inmortales, ya no sufrían de los muertos. Me sentí libre, libre como una flor en primavera. El Sol no tiene mayor libertad que la de un fruto maduro. Un rebaño de árboles pacía invisibles estrellas y la aurora daba la mano a la tempestad. Entre los mirtos, se sentía la influencia de la sombra. Una población entera, reunida en una almazara, sangraba cantando. Agitaban otros ríos que topaban entre sí con un retintín argentino. Las sombras salían de los arrayanales y se iban a los jardines irrigados por un pulular de ojos de hombres y de animales. El más bello de dichos hombres me asió de la garganta, pero logré derribarlo. De rodillas, me mostró los dientes. Los toqué: desprendieron sonidos que se mudaron en serpientes de color pardo. Su lengua se llamaba Saint-Fabeu. Extrajeron del suelo una raíz transparente y comieron de ella. Tenía las dimensiones de un nabo. Y mi río en reposo los bañó sin ahogarlos. El cielo estaba lleno de heces y de cebollas. Maldecía los astros indignos, cuya luz se derramaba sobre la tierra. Ya no se me aparecía criatura viviente alguna. Pero de todas partes se elevaban cantos. Visité ciudades vacías y cabañas abandonadas. Recogí las coronas de todos los reyes y formé con ellas al inmóvil ministro del mundo locuaz. Navíos de oro, sin marineros, cruzaban el horizonte. Sombras gigantescas se perfilaban sobre las velas lejanas. Varios siglos me separaban de aquellas sombras. Me desesperé. Pero conservaba la conciencia de las eternidades diferentes del hombre y la mujer. Sombras distintas entre sí oscurecían con su amor el color escarlata de los velámenes, en tanto que mis ojos se multiplicaban en los ríos, las ciudades y las nieves de las montañas.

 

 

TRADUCCIÓN AL ESPAÑOL POR: CARLOS GERHARD.  Licenciado en Derecho.

El movimiento surrealista. Franco Fortini. México. UTEHA. 1962. Págs. 62-64.

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