Feeds:
Entradas
Comentarios

Archive for 14/07/18

1.jpg

LA PERSONALIDAD DE KANDINSKY (1877-1944)

 

Lo que más sorprende de Kandinsky a todos lo que lo han conocido en la intimidad es la sorprendente armonía de su vida tomada en su conjunto, así como la personalidad que esa vida irradiaba. Una personalidad sin ángulos agudos, sin disimetrías aparentes o reales. Una vida artística y privada que derivaba con la mayor naturalidad –en su conjunto, pero también en sus más pequeños detalles- de una personalidad acabada en sí misma. Personalidad que supo expresarse de una manera plena tanto en su vida como en sus obras de arte, sin que dicha expresión la haya desfigurado en lo más mínimo.

1.jpg

Más allá de lo que se haya podido decir sobre la oposición entre clasicismo y romanticismo, su vigencia sigue siendo válida y a ella es preciso recurrir cuando hay que expresarse brevemente. Así, si comparamos la vida de Kandinsky con las biografías de los grandes románticos, la primera tentación sería calificarla de “sosa” o “banal”, no pudiendo rectificar este juicio sino constatando que su vida fue esencialmente clásica: es decir, lúcida y serena, y sorprendentemente equilibrada.

1.jpg

Como en todo clasicismo verdadero, el equilibrio que Kandinsky alcanzó en su vida no se realizó ni a costa de su “fuerza” ni de la “tensión” de su obra. Y la armonía de su personalidad tampoco fue adquirida a cambio de una simplificación que habría significado un empobrecimiento. Por el contrario, es precisamente la extrema riqueza de esta personalidad la que determina su armonía interna y manifiesta. El equilibrio sólo era posible porque cada punto quedaba compensado por su contrapunto. Esto hacia que sus sentimientos –familiares, sociales o políticos- fuesen sólidos y profundos: nada perturbaban, ya que se encontraban en armonía entre sí y con su conjunto. La razón podía pues permanecer lúcida y serena contemplando el equilibrio de una vida de por sí apasionada.

El hombre que, a los treinta años, tuvo la lucidez de abandonar una brillante carrera de estudioso y jurista para consagrarse por entero a la pintura, no era desde luego ajeno a la “pasión”. Pero puesto que la necesidad del arte y la investigación científica no hacían sino dar salida a dos aspectos complementarios de una personalidad única en sí misma, esta transposición radical de la existencia supuso conflicto alguno. Y así, sin brusquedades ni conflicto, Kandinsky pudo vivir y trabajar en climas políticos dispares y en ambientes culturales muy diversos. Multiforme por naturaleza, supo integrar fácilmente todo lo que era verdadero, bello y bueno. Sólo el mal, en todas sus formas, era para él absolutamente inaceptable. Así, pintó y enseñó durante años en la Alemania de Weimar con la misma rectitud con que aceptó del gobierno hitleriano el único honor que cabía: el visado de salida…

1.jpg

Quizá contemplando la obra pictórica de Kandinsky sea como mejor se le comprenda en tanto que hombre. En efecto, su pintura no es sino “expresionista”, pero no era para “expresarse” para lo que cogía el pincel. Sus cuadros y dibujos tenían por objeto revelar los aspectos objetivos del ser, inexpresables si no era por medio de formas y colores. Pero justamente a través de ese arte veía y mostraba en lo real lo que él creaba en su propia existencia, expresando a través de ella su personalidad: tranquila, equilibrada y serena, dotada de riqueza armoniosa y contrapuntica, siempre concreta en su universalidad.

1946

Edición de MARCO FILONI

Traducción YAGO BARJA DE QUIROGA

1.jpg

Kandinsky. Madrid. Abada Editores. 2007. Págs. 64-68.

 

 

LA DIALÉCTICA DE LO REAL Y LA IDEA DE LA MUERTE EN HEGEL (FRAGMENTO)

1.jpg

 

(…)

La Libertad y la Individualidad del Hombre presuponen pues su muerte. Y lo mismo sucede con la historicidad, puesto que como hemos visto, no es otra que la individualidad libre o la libertad individual o individualizada.

Para Hegel la Historia comienza con la “primera” Lucha por el Reconocimiento, que no sería lo que es, antropógena, si no implicara un riesgo de la vida. Y la Historia en su conjunto es una evolución de la “contradicción” (widerspruch) que nace de la solución “inmediata” (unmittelbar) de ese primer conflicto social humano, por la oposición (Entgegensetzung) del Despotismo y la Servidumbre. En consecuencia ninguna razón ni posibilidades de ser, si el Hombre no fuera mortal. Resulta sencillo advertir que es exacto.

En efecto, si el hombre viviera eternamente (= en tanto que dure el Tiempo) podría por cierto “sufrir una evolución” como el animal o la planta. Pero al “evolucionar” en el Tiempo, no haría sino “desarrollar” una naturaleza determinada, eterna, dada de antemano o impuesta; y su evolución no sería nada menos que un drama histórico del cual no se conocería el fin. Lo serio (sérieux) sólo interviene en una situación histórica y sólo transforma en “histórica” una situación existencial dada en la medida en que el Hombre puede torcer definitivamente su destino humano, en el cual la Historia está limitada en y por el Tiempo, y por tanto si el Hombre, que es su creador, es mortal. Merced a la finitud esencial del Hombre y de la Historia ésta no es una tragedia; es una comedia representada por actores humanos para diversión de los dioses, que son los autores, que por consiguiente conocen el resultado y por la misma razón no pueden tomarla en serio, ni en verdad a lo trágico como tampoco los propios actores, si saben que desempeñan un papel que se les ha asignado. Lo que engendra la seriedad que caracteriza la participación efectiva de un hombre en la Historia, es la finitud de toda acción histórica, vale decir, la posibilidad de un fracaso absoluto: seriedad que permite al hombre que crea la Historia prescindir de todo espectador que no sea él mismo (1).

En definitiva, la muerte humana se presenta como una “manifestación” de la libertad, de la individualidad y de la historicidad del Hombre, es decir, del carácter “total” o dialéctico de su ser y de su existencia. Más particularmente, la Muerte es una “aparición” de la Negatividad, que es el verdadero motor del movimiento dialéctico. Pero si la muerte es una manifestación de la dialecticidad del hombre, es porque ella lo suprime dialécticamente, es decir, que lo conserva y lo sublima y en tanto que supresión dialéctica se diferencia esencialmente del simple “final” de un ser por completo natural.

Una vez más, no puede plantearse en Hegel una “supervivencia” del hombre después de la muerte; esa supervivencia lo mantendrá eternamente en el Ser dado, es incompatible con la finitud esencial de todo ser dialéctico. En y por su muerte el hombre se aniquila por completo y en definitiva: deviene la Nada pura (Nichts), si así puede decirse, dejando de ser Ser-dado (Sein). La “supresión dialéctica” por la muerte y la muerte es pues distinta de la inmortalidad.

(…)

  1. La solución propuesta por Platón y retomada por Kant tampoco es satisfactoria. Según Platón-Kant, al ser eterno o inmortal, cada hombre elige (fuera del Tiempo) una existencia particular determinada, que vive durante cierto tiempo. Pero es evidente que tal existencia temporal nada tiene de histórica. Lo serio consiste cuanto más en la “elección trascendental”: su realización temporal no es más que una comedia, de la cual es difícil decir por qué y para qué se representa, ya que se conoce por anticipado el contenido y el desenlace. Además, si el hombre eterno sólo interpreta un papel temporal, es porque hay algo (en realidad Dios) que le impide interpretar otros (sobre todo si éste que ha representado termina mal): no es libre pues en tanto que eterno. Además, no se entiende por qué el hombre trasmundano elige un papel y no otro, ni por qué elige un papel “malo” (al menos que elija precisamente “al azar”, vale decir, sin ninguna libertad). También Calvino tenía razón en sostener que en la hipótesis platónica la elección del papel está necesariamente determinada por Dios, y no por aquel que parece hacerlo. En resumen, si cada hombre puede elegir cualquier papel y si la exclusión de los papeles distintos que él ha elegido le ha sido impuesta por Dios, este último es el que particulariza su universalidad, y el hombre es sólo un individuo por y para Dios.

Traducción de: JUAN JOSÉ SEBRELI

Revisión a cargo de: ALFREDO LLANOS

La dialéctica de lo real y la idea de la muerte en Hegel. Buenos Aires. Editorial La Pléyade. 1984. Págs. 101-103.

Read Full Post »

1.jpg

-G. L.: El traslado de Rasinari a Sibiu fue un trauma para usted. ¿Qué hay de su contacto con Bucarest? ¿Cómo era la Bucarest de su época de estudiante, de los años treinta? ¿Qué representó para usted? ¿Y la Biblioteca de las Fundaciones Reales? ¿El café Corso? Cuénteme cómo pasaba un día cualquiera en aquella época.

-E. M. C.: Cuando me enteré, en diciembre de 1989, de que la biblioteca de las Fundaciones Reales había sido destruida, fue un gran golpe para mí. Durante cuatro o cinco años estuve viviendo en Bucarest en una residencia que no tenía calefacción. Así que me pasaba todo el tiempo en la biblioteca. No me movía de allí. Para mí, Bucarest se limitaba más o menos a eso. Allí leí muchísimo, sobre todo libros de filosofía alemanes. A veces venía conmigo Constantin Noica, no muy a menudo, la verdad –él era rico y no tenía necesidad de ir a la biblioteca. Evidentemente también iba al Corso. Conocí a un montón de gente en aquella época, muchos de ellos hombres destacables, sobre todo fracasados, tipos que se pasaban el día en el café arreglando el mundo… confieso que era la gente más interesante de toda la que conocí en Bucarest. Eran tipos que no hacían nada especial en la vida, pero que poseían una inteligencia totalmente excepcional. Fue allí, naturalmente, donde conocí a Petre Tutea.

1.jpgPetre Tutea (1902-1991)

-G. L.: ¿Era ya en aquella época un pensador místico, como le gusta definirse hoy en día?

-E. M. C.: De él se me ha quedado grabada en la memoria la siguiente escena. Un día, compra el Pravda –no estábamos lejos del palacio real-, lo coge, hace la señal de la cruz y empieza a cubrirlo de besos. Así, de repente, en mitad de la calle. No sabía ni una palabra de ruso. En aquella época era marxista; un marxista entusiasta, místico.

1.jpgCioran y Tutea / 1937

-G. L.: “El hombre más extraordinario que jamás he conocido”, ha dicho usted refiriéndose a él. ¿Qué tenía para resultar tan fascinante?

-E. M. C.: Tutea no era un hombre, era un universo. Tenía momentos de inspiración y de exaltación que podían ser fácilmente interpretados como arrebatos de delirio por quienes no sabían apreciarlo. De hecho podía decir cualquier cosa, porque carecía estrictamente de sentido práctico; construía todo un sistema a partir de un dato cualquiera. Era -¿cómo explicarlo-, era él mismo el centro de su propio pensamiento, y nunca se le ocurría preguntarse si aquello sobre lo que estaba elaborando una teoría era realizable o no. Cuando desarrollaba una idea, no tenía en cuenta ni las cosas ni a la gente. Recuerdo que el Ministerio de Economía facilitó un día al Ministerio de Defensa un informe sobre el potencial industrial del país. Bueno pues Tutea, que en aquella época era funcionario del Ministerio de Economía, redactó un informe larguísimo, muy interesante, con un estilo filosófico que utilizaba la terminología de la escuela alemana, donde desarrollaba una especie de filosofía de la defensa. Este informe fue a parar a las manos de no recuerdo qué coronel o general, que evidentemente no lo entendió en absoluto, de tal forma que acabaron por anularlo todo. Tutea se proyectaba en la historia con la misma falta absoluta de sentido práctico. Y eso también resultaba fascinante. Él, que en la vida cotidiana era un hombre extremadamente afable, habla de los políticos de la época en general como si se tratara de sus rivales personales. Era una especie de duelo entre “yo y ellos”. Entraba en escena con tan gran convicción que a fuerza de discutir sobre la historia acababa por atribuirse el papel principal. Era totalmente imposible comprender a este personaje si no estaba dispuesto a entrar en un sistema de ilusiones y en su megalomanía. Cuando se discutía con Tutea, había que admitir que su yo era una especie de absoluto y aceptar que se manifestara como si acabara de ser elegido jefe del Estado o del universo.

 

-G. L.: ¿Pero todo esto era una farsa o era auténtico?

-E. M. C.: Siempre era sincero. Tutea es un hombre que no miente. Es él mismo en todo lo que dice; un hombre puro, incapaz de actuar con cinismo, ni en su forma de pensar ni en la vida.

 

Traducción de EVA CALATRAVA

 

 

Los continentes del insomnio. Entrevista con E. M. Cioran. Barcelona. Debats. 1996. Págs. 55-57.

 

Read Full Post »