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Archive for 17/07/18

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Por: John Opie (1791)

 

OBSERVACIONES SOBRE EL ESTADO DE DEGRADACIÓN AL QUE LA MUJER ES REDUCIDA POR VARIAS CAUSAS (FRAGMENTO)

[…]

Lamento que las mujeres sean sistemáticamente degradadas a recibir atenciones triviales que los hombres creen viril prestar al sexo, cuando, de hecho, mantienen así de forma insultante su propia superioridad. No es condescendiente inclinarse ante un inferior. Tan ridículas, de hecho, me parecen esas ceremonias, que apenas soy capaz de controlar mi reacción cuando veo a un hombre recoger un pañuelo o cerrar una puerta, con entusiasta y seria solicitud, cuando la dama podría haberlo hecho sola con sólo dar un paso o dos.

 

Un deseo salvaje acaba de volar de mi corazón a mi cabeza y no lo reprimiré aunque pueda provocar una carcajada. Deseo sinceramente ver la diferencia sexual erradicada de la sociedad, excepto cuando el amor anima el comportamiento. Pues esta diferencia, estoy firmemente persuadida, fundamenta la debilidad de carácter atribuida a la mujer y es la causa por la que se descuida su entendimiento mientras adquieren habilidades con esmerado cuidado. Y lo mismo explica que prefieran las virtudes donosas a las heroicas.

 

Los hombres, incluyendo todos los tipos, desean ser amados y respetados por algo, y el rebaño común siempre tomará el camino más corto hacia la realización de sus deseos. El respeto profesado a la riqueza y la belleza es el más evidente, el más inequívoco, y, por supuesto atraerá la irada vulgar de las mentes comunes. Las habilidades y virtudes son absolutamente necesarias para elevar a los hombres de clases medias de la sociedad a la notoriedad, y las consecuencias naturales son claras: la clase media contiene más virtudes y habilidades. Los hombres tienen, pues, en una de las clases al menos, la oportunidad de esforzarse con dignidad y de prosperar a través de ese esfuerzo racional. Pero el sexo femenino entero se encuentra, mientras no se cultive su carácter, en las mismas condiciones que los ricos, pues nacen, me refiero ahora al estado actual de la civilización, con ciertos privilegios sexuales y, mientras éstos les sean gratuitamente concedidos, pocas pensarán alguna vez en acometer trabajos de supererogación de personas superiores.

 

¿Cuándo oímos de mujeres que, saliendo de la oscuridad, reclaman audazmente respeto por sus grandes habilidades o atrevidas virtudes? ¿Dónde se encuentran? […] Las mujeres, comúnmente denominadas damas, no han de ser contradichas en público, no se les permite ejercer su fuerza física y de ellas sólo podemos esperar, tales como paciencia, docilidad, buen humor y flexibilidad, virtudes todas ellas incompatibles con cualquier ejercicio vigoroso del intelecto. Además, al vivir rodeadas de mujeres y encontrarse totalmente solas, se hallan más bajo la influencia de los sentimientos que de las pasiones. Soledad y reflexión son necesarias para dar a los deseos la fuerza de las pasiones y para que la imaginación pueda agrandar los deseos y hacerlos más atractivos. Lo mismo puede decirse del rico. Los ricos no tratan lo suficiente con ideas generales, recogidas pensamiento apasionado o la investigación tranquila, necesaria para adquirir la fuerza de carácter en la que las grandes resoluciones se construyen.

 

Traducción de MARTA LOIS GONZÁLEZ

 

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Vindicación de los derechos de la mujer. México. Taurus. 2013. Págs. 73-75.

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Poema de crítica literaria, como la contenida en 14, 36 y 95.

 

Contenido.- 1-11: distinción entre Sufeno persona y Sufeno poeta; 12-17: difícil explicación del contraste; 18-21: moraleja final de aplicación a todos los humanos.

 

Poesía reflexiva y de madurez. Es curioso que, al distinguir entre Sufeno persona y Sufeno poeta, sus características personales son las que los neotéricos exigirían para sí mismos y para su poesía: venustus, dicax, urbanus y bellus. Frente a estas condiciones personales, las del poeta: caprimulgus, fossor e infacetior y, además, escribe por millares los versos creyendo que los hace muy bien. Cuando esperamos un final de apoteosis climácica contra Sufeno, Catulo de un quiebro y duda de la objetividad de las personas a la hora de juzgarnos, recordando la fábula de “las dos alforjas”.

Ese Sufeno, Varo, a quien tú conoces bien, es un hombre sensible al amor, elocuente y educado y, al mismo tiempo, escribe muchísimos versos. Yo creo que él tiene escritos diez mil o más y no copiados tal como suele hacerse en palimpsesto (1): papeles de primera, libros nuevos, nuevos umbílicos, rojas las correas del pergamino, todo rayado con plomo y alisado con piedra pómez. Cuando tú lo leas, el fino y educado Sufeno te parecerá, por el contrario, un auténtico cabrero o un sepulturero. Tan distinto es y tanto cambia. ¿Qué podemos pensar que es esto? Quien recientemente parecía refinado o algo más distinguido si lo hay, él mismo resulta más basto que un basto patán en cuanto ha tocado la poesía y él, por su parte, jamás es tan feliz como cuando escribe versos: tanto goza de sí mismo y tanta admiración se tiene. Sin duda, todos nos engañamos y no hay nadie en quien, de alguna manera, no puedas ver un Sufeno. A cada cual le ha sido otorgado su propio defecto, pero no vemos al alforja que hay en nuestras espaldas (2).

  1. Los autores del s. I a. C. usaban como borrador las tabillas de cera y después pasaban sus escritos al papiro o al pergamino, de los que se habían borrado los textos precedentes, palimpsestus. Sufeno ya había sido citado en 14, 19. Varo es el mismo del c. 10, del que no hay identificación segura. Según Della Corte, debe identificarse como Alfeno Varo (cf. Personnaggi…, pág. 222).
  2. Alude a la conocidísima fábula de Esopo “Las dos alforjas”, imitada por FEDRO, IV 10.

Introducción y traducción de ARTURO SOLER RUIZ

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Poemas. Madrid. Editorial Gredos. 2011. Págs. 85-86.

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Collazos venía de Bahía Solano, de Buenaventura, de Cali, de Medellín; los hermanos Ruiz (Roberto y Hugo) de Ibagué; Héctor Sánchez de un ardiente pueblo de la llanura tolimense y de Ibagué; Germán Espinosa, que se había aclimatado al carácter y a la inteligencia de la capital, tenía una vivaz nostalgia de Cartagena; Luis Fayad era bogotano pero había tenido algo que ver con la Costa, con Barranquilla; José Luis Díaz-Granados, inseparable de Fayad, una suerte de llave cáustica e ineficaz, procedía de Santa Marta; Darío Ruiz Gómez había regresado de España, era el más culto y se disputaba con Collazos la jefatura (venía a Bogotá de vez en cuando y solía ser tan elegante, tan caballeroso como un capitalino del siglo pasado, o de la primera mitad del presente); Umberto Valverde intentó durante mucho tiempo radicarse en Bogotá: lo impidieron el sentimentalismo, la violencia de su inteligencia elemental; Roberto Burgos llegó poco después de Cartagena; Alberto Duque López, que ganó el concurso Esso con una novela que todo el mundo olvidó y en la que nadie creía, de Barranquilla; Nicolás Suescún (con Ruiz Gómez el mejor vestido) recibía, influía –refinadísimo, distante, en varios idiomas- desde la Buchholz.

 

El objetivo era común: conquistar a todas las mujeres (el deber nacional de todo latinoamericano), leer todos los libros (la glotonería libresca es proverbial en el continente), emular con los cracks del boom (Collazos decía impúdicamente que estaba escribiendo una novela que acabaría con Cien años de Soledad), beberse todos los alcoholes (toda reunión, toda tertulia, todo encuentro llevaba inevitablemente a la farra), ganarse el Premio Nobel (convicción secreta de todos, también del autor de esta nota), abandonar la patria (Ricardo Cano Gaviria, de cuyo nombre me he olvidado al comienzo, trabajó varios años en la Buchholz, ahorró unos pesos y se fue a Europa; otro tanto hicieron Rafael H. Moreno Durán, Collazos, Sánchez, Fayad), desdeñar las formas, la cortesía, el atuendo convencional (salvo los mencionados Suescún y Ruiz Gómez), la decencia, la tradición colombiana, la política, el matrimonio (casi todos habían contraído por lo católico), el moralismo, la burguesía, etc.

 

Nos reuníamos en el apartamento de Espinosa, que tenía algo así como una sinecura; en el de Collazos, que vivía del sablazo y de la prensa; en el de uno de los Ruiz; no faltaba el bálsamo del sexo opuesto (Collazos era el dueño de todas las mujeres, la verdad sea dicha) y la discusión literaria (en el cual Sánchez apenas participaba, Espinosa puntualizaba doctoralmente y Collazos y los Ruiz aparecían gárrulos) discurría, discúlpeseme la jerga, al calor del aguardiente. Se consideraba que quien no bebiese era una suerte de expósito, un sospechoso, un “zanahorio”.

 

Estas tertulias aburridas, que evidenciaban una vanidad fálica, una pedantería inane, un machismo a ultranza, se celebraban también después del acuerdo inicial, en una de las cafeterías que frecuentaba el grupo, que, por otra parte desdeñaba los lugares de reunión del nadaísmo y de la élite sofisticada e inabordable. Los lugares eran bautizados por algunos de los miembros. Al apartamento de Collazos lo llamaban “La casa verde” (aludía esto al prostíbulo de la novela ídem de Vargas Llosa) y uno de los bares donde bebíamos era conocido como “El agujero”.

No se podría decir qué era más importante: si las mujeres, si el alcohol, si el sueño literario, si el fantaseo con una gran obra (imaginaria, fértil en regalías, numerosa de mujeres, espléndida de fama) o la pobreza, la miseria en que todos vivíamos y que de alguna manera queríamos, o desdeñosamente hacíamos a un lado. El fracaso económico tenía pausas. De pronto era olvidado por un día, por unas horas, por una semana. Uno de nosotros había recibido el pago de un artículo, de un reportaje, de una conferencia. O un viaje a la provincia (Collazos, era el más audaz, el más activo) a dictar un seminario o una conferencia, daban a la actividad cotidiana del conjunto un descanso, la oportunidad de volver sobre la vida en común, sobre su mitología, sobre los propósitos olvidados y ahora vueltos a retomar.

 

Hubo un momento en que todo esto concluyó. Collazos, cabeza visible del cenáculo, fue invitado a Cuba y a Rusia y se enamoró del exterior; Cano Gaviria que nos permitía robar libros en Buchholz ser marchó a España. Nicolás Suescún se dedicó a la vida regalada; Sánchez desapareció en México. Nos habíamos dado cuenta, o estábamos dándonos cuenta que los sueños no se realizarían, que muchos no daríamos con la llave que había abierto las puertas a Collazos, que las mujeres que conseguíamos no valían la pena, que el alcohol era nocivo, que habíamos perdido diez años en conversaciones triviales y en fiestas inocentes. Collazo publicó dos o tres libros de cuentos (una odisea con los editores, con los comentaristas, peripecias contractuales), Espinosa alcanzó alguna notoriedad con una novela sobre Cartagena, Sánchez nos abrumó desde entonces, cada dos, cada tres años, con una nueva novela, Suescún se corrió al periodismo…

 

El imaginario lector de esta nota se preguntará por qué las mujeres están ausentes de esta reseña. Contingencias de la historia, del país, de la realidad. Fanny Buitrago y María Mercedes Carranza pertenecían a otros grupos. Accidentalmente teníamos que ver con ellas (Fanny asistía a algunas fiestas, María Mercedes Carranza dirigía el suplemento de “El Siglo” y nos publicaba algo) pero no eran santo de nuestra devoción. A través de Suescún, levemente a través de Collazos, Marta Traba se acercó a nosotros. Secretamente todos consideraban que las mujeres eran imbéciles y que el futuro de la literatura colombiana era masculino.

 

La moraleja de esta crónica (si es que hoy es posible derivar moralejas) es que hubo un tiempo en que una generación tuvo esperanza, fue feliz y despreocupada. Unos pocos años bastaron para probarle que un hombre se hace en toda una vida y que las ilusiones tempranas son agradables pero irreales. Un sueño triste, y una pobre mistificación…

 

Cromos. Bogotá. Nro 3463. 29 Mayo. 1984. Págs. 54-55.

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