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ANOTACIÓN 1ª

 

RESUMEN:

AVISO. LA MÁS SABIA DE LAS LÍNEAS. POEMA

Me limito a copiar palabra por palabra lo que esta mañana publica la Gaceta Oficial:

“Dentro de ciento veinte días terminará la construcción del Integral. SE acerca la magna hora histórica en que el primer Integral se remontará al espacio infinito. Hace mil años los heroicos antepasados de ustedes sometieron la Tierra entera al imperio del Estado Unico. Ante ustedes se abre una hazaña aún más gloriosa: integra la ecuación indefinida del universo por medio del Integral cristalino, eléctrico, ignívomo. A ustedes les cumple poner bajo el benéfico yugo de la razón a aquellos seres desconocidos que habitan en otros planetas y que acaso viven todavía en un bárbaro estado de libertad. Si no comprenden que les llevemos una felicidad matemáticamente infalible, será nuestro deber obligarlos a ser felices. Pero antes de echar a las armas recurriremos a las palabras.

“En nombre del Bienhechor se pone en conocimiento de todos los Números del Estado Único lo siguiente:

“Todo aquel que se juzgue capacitado para ello está obligado a escribir tratados, poemas, manifiestos, odas u otro género de composiciones sobre la belleza y grandeza del Estado Unico.

“Ese es el primer cargamento que llevará el Integral.

“¡Viva el Estado Unico! ¡Vivan los Números! ¡Viva el Bienhechor!”

Al escribir esto siento que se me encienden las mejillas. Sí: integrar la prodigiosa ecuación universal. Sí: desencorvar la curva absurda, enderezarla hasta formar una tangente, una asíntota, una línea recta, una línea grande, divina, exacta, sabia… la más sabia de las líneas…

Yo, D-503, Constructor del Integral, soy sólo uno de los matemáticos del Estado Único. Mi pluma, habituada a las cifras, es incapaz de expresar la música de asonancias y rimas. Así, pues, trataré sólo de reproducir lo que veo, lo que pienso, o, más precisamente lo que nosotros pensamos (eso es, nosotros; y NOSOTROS será pes, el título de mis anotaciones). Pero como esto será sólo una consecuencia de nuestra vida, de la vida matemáticamente perfecta del Estado Unico, ¿no será, pues, esa consecuencia por sí misma un poema? Lo será. Lo creo y lo sé.

Mientras esto escribo noto que tengo encendidas las mejillas. Esto se asemeja a lo que probablemente experimenta una mujer cuando por primera vez siente dentro de sí la palpitación de un ciego y minúsculo ser humano. Soy yo, a la vez que no soy yo. Y durante largos meses será menester alimentarlo, con mi jugo, con mi sangre, para más tarde desprenderlo de mí con dolor y depositarlo a los pies del Estado Unico.

Pero estoy preparado, como otro cualquiera de nosotros, o casi como otro cualquiera. Estoy preparado.

Introducción

Traducción

JUAN LÓPEZ-MORILLAS

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Nosotros. Madrid. Alianza Editorial. 1993. Págs. 13-15.

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No ser alguien, ser nada,

Ir hacia el genio, soñar, mirar,

Con nadie compartir los sueños

Y nada pretender.

 

24 de noviembre de 1894

 

 

El camino ha sido largo y difícil.

Voy solo por un país desierto,

Pero aún así no me han faltado los placeres.

Sonrío, me entretengo,

Yo mismo me doy ánimos

Para no aburrirme en este viaje.

 

Son vastas mis comarcas

Mis brumas son espléndidas

La luna es luminosa

Y el viento libertino me canta

Sin palabras, en su lengua exuberante,

Acerca de las dichas de la vida.

 

 

11 de agosto de 1896

 

 

Me gusta mi silencio en el bosque

Y en la oscuridad de las noches

El balanceo tenue

De las ramas pensativas.

Me gusta el rocío nocturno

Extendido sobre los prados

Y la humedad de los campos

Cuando despunta el día.

Me gusta al amanecer

El fresco delicioso

Y el fuego tardío y pálido

De las hogueras de los pescadores.

Es entonces cuando el sosiego

Ya no me abandona

Y ya no me importan las angustias

Del día que pasó.

Callo dichoso

Ante la vastedad campestre

Y en una mirada estelar

Abarco todo el mundo.

La neblina me cubre

Mientras me entrego a mis sueños

Y bajo este espejismo mágico

Me extravío por los campos.

 

15 de agosto de 1896

 

 

Al corazón enfermo le gusta

Censurar el orden de la vida

Todo mi cuerpo desea burdamente

Ser atravesado por el sol,

 

La luna desdeña indiferente

La vela del altar,

Y todo está planeado para siempre

De una forma que yo nunca he querido

 

¿Quién me dio este cuerpo

Y con él tan poca fuerza?

¿Quién me dio esta sed infinita

Que toda la vida me atormenta?

 

¿Quién me dio la tierra, el agua,

El fuego, el firmamento,

pero olvidó darme libertad

Y me privó de los milagros?

 

En las heladas cenizas

Del ser abandonado

Con cuerpo y alma

Me abrumo sin sentido

 

11 de agosto de 1896

Nizhnyi Novgorod

 

 

ARIADNA

 

¿Dónde estás, Ariadna mía?

¿dónde está tu ovillo mágico?

Yo me extravío en este laberinto

Y sin ti he desfallecido.

 

Mi antorcha se extingue

La angustia me aprisiona

Sólo recurro a la ayuda

De tu fuerza y sabiduría.

 

Aquí hay muchos senderos, pero no hay luz,

Y no se ve el camino.

Es terrible y difícil en el desierto

Ir al encuentro de la obscuridad.

 

Las sombras de las víctimas anticipadas

Están frente a mí.

Sus heridas se ven terriblemente abiertas

Y sus ojos arden tenebrosos.

 

¿Dónde estás, Ariadna mía?

¿En dónde tu hilo conductor?

Sólo él puede ayudarme

Abrir la puerta de este laberinto.

 

 

7 de noviembre de 1883

 

 

Se obscurece el bosque en las riberas.

Sentado solo en la canoa

Me dirijo por el río

Hacia una orilla incierta.

 

En el cielo la luna se ve transparente

Y en el río se levanta la neblina.

La luna clara resplandece

Y alguien canta en el bosque.

 

¡Oh, noche! ¡Noche irrepetible!

¡Eres una sombra que me calma!

¿Cómo podré sobrevivir a esta noche?

Ya no necesito la luz, tampoco el día.

 

 

29 de enero de 1898

 

 

Cuando me es difícil vivir, doloroso respirar,

Me voy al desierto para soñar contigo,

Para contarle de ti al viento fugaz

Y adivinarte en las músicas del bosque.

 

Yo te llamaría –pero no sé llamar;

Yo enviaría por ti –pero no me atrevo;

Yo iría por ti –pero no sé el camino;

Y aun si lo supiera temería, de todas formas ir.

 

Voy solo por el frío sendero,

Ya olvidé lo terreno, sólo espero lo oculto,

La muerte me besa silenciosa

Y me lleva hacia ti, junto al otoño.

 

3 de octubre de 1898

 

 

Sentado en la hierba de la orilla

Escucho el chapoteo nocturno de las aguas.

He caminado campos y pastizales

Y ahora me siento en la hierba en la orilla.

En el prado nublado

Centellean verdes resplandores.

Sentado en el hierba de la orilla

Escucho el chapoteo nocturno de las aguas.

 

 

5 de marzo de 1913

 2.jpgCinco poetas rusos. Blok, Sologub, Gumiliov, Ajmátova, Mandelstam. Bogotá. Grupo Editorial Norma. 1995. Págs.

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MOSCÚ, 1918 (FRAGMENTO)

10 de febrero

“Paz, paz; y no hay paz. Porque fueron hallados en mi pueblo impíos; acechaban como quien pone lazos; pusieron trampas para tomar hombre. Y mi pueblo así lo quiso. Oye, tierra. He aquí que yo traigo mal sobre este pueblo, el fruto de sus pensamientos”.

De Jeremías. He estado toda la mañana leyendo la Biblia. Magnífico. Sobre todo cuando dice: “Y mi pueblo así lo quiso… He aquí que yo traigo mal sobre este pueblo, el fruto de sus pensamientos”.

Después, leí las pruebas de La aldea para la editorial Parus (1), la de Gorki. ¡Maldita la hora en que me embarqué con esa editorial! No obstante, La aldea me parece una pieza excepcional, por mucho que sólo esté al alcance de quiénes conozcan bien a Rusia. ¿Y acaso alguien la conoce?

Más tarde estuve revisando, para la propia Parus, mis poemas del año dieciséis:

Murió el amo, la casa está en ruinas,

La pátina ciega las ventanas,

Las hierbas cunden por el patio,

La olla, hace tiempo vacía, está abierta,

Y en los establos apesta el estiércol…

Hace calor, hay pena… ¿A dónde corre

Ese escuálido perro que salta la tapia?

Escribí esos versos en el verano del dieciséis, descansando en Vasilievskoie y presintiendo lo que en aquellos días, probablemente ya presentíamos muchos de los que vivíamos en las aldeas, en contacto con el pueblo llano.

Y el verano del año pasado nuestros temores se vieron confirmados.

Arde el bosque, se secan las espigas,

Quién lo apagará: quién segará la gavilla.

Todo es humo, llaman a rebato,

¿Más quién traerá los cubos?

Pronto se alzará el endemoniado ejército

Y atravesará toda Rusia a placer… (2)

Todavía no alcanzo a comprender como fue que decidimos quedarnos en la aldea todo el verano del diecisiete y, sobre todo, ¡cómo conseguimos volver con las cabezas sobre los hombros!

“Todavía es pronto para emprender un análisis desapasionado y objetivo de la Revolución rusa…”. Esa frase la escuchas ahora por todos lados. ¡Desapasionado, dicen! En realidad, jamás se podrá hacer un análisis liberado por completo de pasiones. Y más: precisamente nuestro “apasionamiento” será de extrema utilidad para los historiadores del futuro. ¿O acaso las únicas “pasiones” que valen son las del “pueblo revolucionario”? ¿Qué hay de nosotros, entonces? ¿No contamos, acaso?

Por la noche, asistí a la velada de El Miércoles. Auslander (3) leyó textos bastante pobres, a la manera de Oscar Wilde. Todo él luce bastante desmejorado, con sus negros ojos resecos, y, en las pupilaw, un reflejo dorado, como el de la tinta violeta reseca.

En cuanto a los alemanes, parece que esta vez no están haciendo la guerra como ellos suelen hacerla, es decir, peleando y conquistando territorios. Ahora da la impresión de que “se limitan a hacer el viaje en tren” para ocupar San Petersburgo. Y parece que lo conseguirán en cuarenta y ocho horas, más o menos.

En el Noticias aparece un artículo que compara a los “soviets” con Kutuzov (4). Jamás se había visto a tunantes más descarados.

  1. Editorial fundada por Maxím Gorki. A pesar de las energías de Gorki para convertirla en estandarte del realismo, su existencia fue breve. Publicó libros de Chéjov, Kuprin y Bunin, entre otros.
  2. Se trata de fragmentos del poema “Canon”, escrito por Bunin en 1916.
  3. Serguei Auslander (1886-1943). Prosista, dramaturgo y crítico cercano a los simbolistas.
  4. Mijaíl Kutuzov (1745-1813). General. Artífice de la victoria rusa sobre las tropas de Napoleón en 1812, circunstancia que lo convirtió en una suerte de símbolo de la superioridad rusa.

23 de abril

Cada mañana hago un esfuerzo para vestirme despacio y superar la impaciencia por abalanzarme sobre los periódicos, pero siempre es inútil. También esta mañana lo fue. Hacía frío, lloviznaba, y aún así corrí en busca de esa colección de infamias y me dejé en ellos nada más que cinco rublos. ¿Qué sucede en San Petersburgo? ¿Qué hay del ultimátum a los rumanos? Naturalmente, no encuentro ni una sola palabra sobre esas cuestiones. Un gran titular: “¡Kolchak no verá el Volga en su vida!”. Más: se ha creado un “Gobierno Provisional Obrero y Campesino” en Besarabia, Nansen (1) solicita al “Cuarteto” que se envíe pan a Rusia, “donde cada mes mueren cientos de miles de personas a causa del hambre y las enfermedades”. Abrachka, el Acordeonista (Reguinin (2), del diario La Bolsa) continúa entretenido a los soldados rojos. “Hete aquí en Kolchak irrumpió como un toro, para ir a sentarse en el inodoro”. “París está lleno de barricadas. El viejo verdugo Clemenceau está desesperado”, el comunista búlgaro Kasanov “le ha declarado la guerra a Francia”: ¡dice esto, literalmente! Un barco enviado por franceses llegó ayer al puerto de Odessa, y “el bloqueo continúa; los franceses interceptan incluso a los veleros…”. Toda la ciudad se pregunta estupefacta acerca de las razones de la conducta de los franceses y la gente no deja de ir al boulevard de Nikolai para echar un vistazo al acorazado francés, una mole gris enclavada en el medio de un mar desierto, y se dicen, temblando de miedo: ¡qué no se aleje! ¡Dios no quiera que se aleje! Todos tienen la impresión de que su presencia equivale a una suerte de protección, y que si desataran salvajadas extremas contra nosotros, el acorazado podría comenzar a disparar… Al mismo tiempo, se cree que si se marcha, entonces ya todo habrá acabado, se impondrá un terror absoluto, la vida quedará vacía de todo contenido…

Voloshin se pasó toda la tarde con nosotros. Dedicó todo tipo de elogios al comisario de Marina Nemitz: “él avizora una Rusia unida y cree en ella”. Leyó sus traducciones de Émile Verhaeren. Me reafirmó en la idea de que Verhaeren tiene un gran talento pero basta que uno lea una docena de sus versos para que comience a ahogarse ante la monotonía diabólica de sus recursos, sus monstruosas exageraciones y esa delirante, “bolchevique”, presión que ejerce sobre la imaginación del lector.

En estas últimas décadas, la literatura rusa se ha corrompido en forma extraordinaria. La calle y el gentío han pasado a jugar un rol preeminente. Todo ha salido a la calle –especialmente, la literatura-, se mezcla con ella y sucumbe bajo su influencia. Y la calle pervierte y enerva, siquiera por el hecho de que es terriblemente desmesurada en los elogios que prodiga a quien la adula. Ahora, la literatura rusa se ha llenado de “genios”. ¡Qué extraordinaria cosecha! Briusov, un genio; Gorki, un genio; Igor Severianin, un genio; Blok, Bieli… ¿Cómo puede uno mantener la serenidad, cuando se sube con esa facilidad y rapidez al pedestal de los genios? Por eso todos van dando codazos con tal de avanzar, de dejar a los lectores boquiabiertos, de llamar la atención.

Es el caso de Voloshin. Todavía anteayer, llamaba al “Ángel de la Venganza” a abatirse sobre Rusia para “sembrar el éxtasis de la muerte en el corazón de las jóvenes y ansias de sangre en las almas infantiles”. Ayer era un guardia blanco. Y hoy está dispuesto a cantar las glorias bolcheviques. Estos últimos días he intentado meterme en la cabeza lo siguiente: mientras peor vayan las cosas, mejor acabarán, puesto que nueve serafines bajarán a la tierra y se encarnarán en nosotros para compartir el dolor de la crucifixión y asistir al nacimiento de rostros nuevos, bruñidos e iluminados. Le recomendé que se buscara a algún otro imbécil para tales charlas.

A.K. Tolstoi (3) escribió en una ocasión: “Cuando recuerdo lo bella que era nuestra historia hasta la llegada de los malditos mongoles, me dan ganas de tirarme al suelo y ahogarme en llanto”. Todavía ayer, la literatura rusa tenía a Pushkin y a Tolstoi. Ahora, casi no le queda otra cosa que los “malditos mongoles”.

  1. Fridtjof Nansen (1861-1930). Explorador noruego. Fue uno de los organizadores de la ayuda para paliar el hambre que se padecía en la Rusia soviética.
  2. Vasili Reguinin (1883-1952). Periodista y escritor. Durante la guerra civil, escribió piezas de teatro, artículos y crónicas para la prensa bolchevique.
  3. Alexei Konstatínovich Tolstoi (1817-1875). Escritor.

2.jpgDías malditos (Un diario de la Revolución). Barcelona. Acantilado. 2007. Págs. 5, 7, 14-15, 17-19, 95-98.

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Lo nacional y lo internacional… Sobre este tema he platicado con frecuencia oralmente y por escrito, en coloquios con nuestra juventud y en ruedas de prensa en el extranjero, en congresos y plenos de compositores en Moscú y en las capitales de las repúblicas hermanas. Y siempre me hacían innúmeras preguntas concretas, que, al parecer, inquietaban vivamente a mis interlocutores. Yo procuraba contestar también concretamente y, a mi vez, sentía asimismo inquietud: ¿serán bien comprendidas e interpretadas mis palabras? Pues yo no soy teórico, hablo como me dicta mi experiencia de la vida y de la creación y la experiencia de mis compañeros. Tampoco ahora me propongo resolver problemas estéticos, pero si expondré gustoso al lector algunos de mis pensamientos.

EL IDIOMA DE LA MÚSICA

Se me pregunta a menudo por qué hablo siempre del carácter nacional de la música, si el “idioma de la música es universal” y, por tanto, comprensible para todo el que la ama.

Es verdad, el lenguaje de la música se entiende “sin traducción”. Pero esto es sólo un aspecto del asunto. Otro –y aquí se manifiesta la dialéctica del fenómeno- consiste en que el universal y a todos asequible “idioma de la música” se compone de multitud de idiomas. Y el hecho de que nosotros entendamos estos “idiomas” –ruso o alemán, armenio  o francés- no debe poner en entredicho su propia existencia. Diré más: la música clásica universal pudo plasmar sólo porque cada artista auténticamente grande hizo su aporte a ella en nombre del pueblo cuya cultura cimentó su educación y la forja de su personalidad.

Al hablar así, pienso siempre en Bach. Trasunta y comunica genialmente en forma perfecta el espíritu de su pueblo, su carácter nacional. El lenguaje musical bachiano cuajó de entonaciones y ritmos de la canción campesina alemana; abundan en él las “citas” de auténticas melodías populares. Y vean: su arte hace mucho que pertenece a la humanidad entera. Cada cual halla en él algo que en lo hondo des consonante con sus propios sentimientos, ideas e impulsos espirituales.

¿Y Beethoven? Su música también aflora en el terreno patrio. Expresó en imágenes musicales el genio nacional de su pueblo. Y cómo no decirlo una vez más: Beethoven, como Bach, encarnó en sus obras el lenguaje popular vivo (no sólo alemán) y, revalorándolo conforme a su individualidad, creó producciones que son orgullo de toda la humanidad progresista.

Es muy curioso también comparar cómo el mismo argumento, el mismo tema es plasmado de distinto modo por artistas de escuelas nacionales diferentes. Tomen, por ejemplo, Romeo y Julieta de Berlioz y de Chaikovski, La Doncella de Orleáns de Chaikoski y Juana de Arco de Honegger, Carnaval de Schumann y de Poulenc, Réquiem de Verdi y el Réquiem alemán de Brahms. Aparte de todas las diferencias, condicionadas por la diversidad de las épocas, el talento y los géneros, por doquier sobresalen ante todo peculiaridades nacionales.

Cualquiera que sea el gran artista a que nos remitamos –Schubert o Glinka, Schuman o Borodin, Chopin o Músorgski, Mozart o Debussy, Brahms o Rimski-Kórsakov, Haydn, Verdi, Balákirev, Wagner, Grieg, Sibelius, Dvórak, Smétana, Liszt- jamás surge la duda alguna en la determinación nacional de su arte, y merced a eso cobraron alas con que volaron por el mundo entero.

Hasta ahora me he referido a los clásicos de la música. Lo dicho es aplicable también a mis contemporáneos y en primer término a mis compatriotas. Mas, antes de proseguir nuestro diálogo, hagamos una pequeña digresión.

¿EN QUÉ SE EXPRESA LO POPULAR?

Hace poco recibí una carta de un músico nuestro. Resulta que, en la república donde él vive, algunos “teóricos” se pusieron de pronto a remachar que los compositores deben prescindir del folklore y buscar un lenguaje musical “internacional”, depurado de elementos de la música popular. La carta de mi joven colega me conmovió…

En Azerbaidzhán, lo nacional considerábase en un tiempo música unísona. Pero llego Uzeir Gadzhibékov, y tras él toda una pléyade de jóvenes compositores azerbaidzhanos, y vean qué ha quedado de esa “teoría”. Hubo también quien proclamó “intagilbles” las melodías de los ashugos (poetas-cantores populares de los pueblos caucásicos –Red.): no se las debe elaborar ni integrar en el tejido de las grandes producciones sinfónicas, decían. A mí me encantan las canciones ashugas, como creo que gustan a muchísimos otros. Pero eso no quiere decir que, excepto ellas, nada deba existir y que agotan todas las posibilidades de la cultura nacional. Los verdaderos artistas nunca han pensado así, por el contrario, se sobrepusieron siempre a los conceptos rutinarios y crearon nuevas tradiciones que reflejaban las demandas de los contemporáneos. Lo que digo puede ser ilustrado en Azerbaidzhán con los ejemplos de la creación e Karáev y Amírov. Cada uno de ellos ha hecho un gran aporte al desarrollo de su cultura nacional y al acervo del arte universal.

También ahora tropezamos a veces con falsas opiniones en nuestro medio artístico. En Tadzhikistán, por ejemplo, todavía sigue sosteniéndose que sólo la música instrumental unísona es al auténticamente música popular, y todo lo demás es “perversión”. Allí se acoge en ocasiones de uñas las tentativas de cultivar la polifonía, la canción coral desarrolla, la manera “europea” de canto en la ópera. ¿Hace falta demostrar que todo eso entorpece el crecimiento de la maestría profesional de los compositores tadzhikos?

Tengo presentes cas todas las décadas de literatura y arte de las repúblicas nacionales celebradas en Moscú. Algunas de ellas movían a triste reflexiones: ¿Por qué, en rigor, los argumentos de muchas óperas y ballets eran invariablemente copiados del lejano pretérito? Y no me refiero ya a que algunas veces apuntaban en tales óperas tendencias a idealizar la antigüedad. Hemos de sostener aún una lucha aguda por la justa comprensión de las leyes del desarrollo de nuestro arte, el arte del realismo socialista, nacional por su forma y transido de romántica revolucionaria, reflejo de la gran verdad de la realidad soviética.

¿CÓMO SERÁ EL ARTE COMUNISTA?

¿Cómo me imagino yo las perspectivas del desarrollo del arte?

Estoy convencido de que la cultura del comunismo será inusitadamente pletórica, polícroma, copiosa. Porque en ella revelarán al máximo sus mejores cualidades los creadores: los hombres del mañana. ¿Y qué puede haber más hermoso, sugestivo y embriagador que la belleza de los impulsos del espíritu, las obras y las ideas del hombre perfecta y armónicamente desarrollado? Y nuestro arte, al que servimos, arte sutil, noble, conmovedoramente tierno, comportará a las gentes la alegría, les mostrará la dicha de la vida, el triunfo del bien y del amor, les hará sentir el aroma de las vides, el brillo del sol, la fragancia de la tierra, el hálito del viento, los rumores del mar, el frescor de las gotas de la lluvia. Será un arte sintéticamente multinacional.

Probablemente lleguemos a la cultura del comunismo en un plazo histórico mínimo. ¿En qué me fundo para hacer tal afirmación? En la experiencia de las culturas nacionales de la Unión Soviética. En las condiciones del socialismo han cubierto en varios decenios una distancia que sobre el contexto de un régimen explotador habría llevado siglos. A nadie extraña que el mugam azerbaidzhano resuene en una orquesta sinfónica, y la melodía unísona uzbeka en el coro multivocal, o que la pentatonal canción popular tártara sea base de la ópera y de la sinfonía. Así ya hoy a nuestra vista van delineándose los contornos de la cultura internacional del comunismo.

Ahora es ya evidente para cada cual que los géneros y formas de creación artística habituales para uno y otro pueblo se enriquecen y renuevan activamente. Es muy aleccionador, desde este punto de vista, el auge de la creación sinfónica en muchas repúblicas soviéticas. Es comprensible: el sinfonismo no es simplemente cierto “aspecto” de la música. Es un género especial, altamente desarrollado de pensamiento musical. De ahí que no puedan por menos de alegrarnos los progresos en este campo no tanto de los compositores de las repúblicas con ricas tradiciones musicales, cuanto que los representantes de las jóvenes culturas profesionales. Aquí es oportuno mencionar a las repúblicas de Transcaucasia y del Báltico, Kazjstán, Kirguizia, Tartaria, Buriato-Mongolia; Tuva y muchas otras. Yo considero estos avances como relevantes indicios del impetuoso crecimiento de nuestro arte soviético.

El vigor, la riqueza y la expresividad artística de la cultural internacional dependen por entero de la copiosidad con que cada carácter nacional se revele en el arte.

Hablan maestros soviéticos de las artes. Editorial Agencia de Prensa Nóvosti. Moscú. 1970. Págs. 115-124.

 

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EN VEZ DE PRÓLOGO

Diecisiete meses pasé haciendo cola en las puertas de la cárcel, en Leningrado, en los terribles años de Yezhov. Un día alguien me reconoció. Detrás de mí, una mujer –los labios morados de frío- que nunca había oído mi nombre salió del acorchamiento en que todos estábamos y me preguntó al oído (allí se hablaba sólo en susurros):
-¿Y usted puede dar cuenta de esto?
Yo le dije:
-Puedo
Y entonces algo como una sonrisa asomó a lo que había sido su rostro.

Leningrado, 1 de abril de 1957

OTROS POEMAS
Tierra nativa

No hay gente en el mundo menos dada al llanto,
más sencilla y altiva que nosotros.
1922

No la llevamos en amuletos sobre el pecho,
ni componemos versos quejumbrosos sobre ella.

No altera nuestro amargo sueño,
ni la consideramos el cielo prometido.

No es en nuestra mente
objeto de compra o venta.
Sufriendo, enfermos, errantes sobre ella,
ni siquiera la recordamos.

Sí, para nosotros, es el barro de los chanclos,
para nosotros, sí, es la arena que cruje entre los dientes.
Y pisamos, aplastamos, deshacemos
ese polvo que no tiene culpa.

Pero yacemos en ella y en ella nos convertimos
y por eso, con toda libertad, la llamamos nuestra.

Leningrado, 1961.

Selección y traducción de MONIKA ZGUSTOVA y OLVIDO GARCÍA VALDÉS.
Prólogo de OLVIDO GARCÉS VALDÉS
Epílogo de MONIKA ZGUSTOVA

2.jpgAna Ajmátova. Marina Tsvetáieva. El canto y la ceniza. Antología poética. Barcelona. Random House Mondadori. 2008. Págs. 41, 99.

1.jpg1921

Nací el 11 (23) de junio de 1889 en las inmediaciones de la ciudad de Odesa (Bolshói Fontán). Mi padre (1), ingeniero mecánico de la Marina, a la sazón estaba retirado. Cuando yo tenía un año, me llevaron al norte: a Tsárskoe Seló Allí viví hasta cumplir los dieciséis.

Mis primeros recuerdos son de aquella villa: el verde y húmedo esplendor de los parques, los prados por los que pasaba en compañía de mi aya, el hipódromo, donde retozaban pequeños caballos variopintos, la vieja estación de tren y algunas otras coas que evocaría más tarde en mi Oda a Tsárskoe Seló.

Los veranos los pasaba cerca de Sebastopol, en la costa de la bahía Streléskaya, y allí aprendí a amar el mar. La antigua ciudad de Quersoneso, vecina a nuestras residencias, era lo que más me impresionaba entonces.

Aprendí a leer por el abecedario de León Tolstói. Cuando tenía cinco años, oyendo las clases de francés que aba una maestra a mis hermanos mayores (2), comencé a hablar francés.

Compuse mi primer poema a los once años. La poesía no me vino de Pushkin ni de Lérmontov, sino de Derzhavin y de Nekrásov: mi mamá (3) sabía de memoria la oda En ocasión del nacimiento del hijo del rey del primero y el poema Rey de la helada, Nariz colorada del segundo.

Estudiaba en el gimnasio femenino de Tsárkoe Seló; al principio, mal, luego mucho mejor, pero siempre de mala gana.

En 1905 mis padres se separaron, y mi mamá se marchó con mis hermanos y conmigo al sur. Vivimos un año entero en Evpatoria, donde cursé a domicilio los estudios correspondientes al penúltimo grado del gimnasio; añoré Tsárskoe Seló y escribí un montón de poemas muy flojos. Los ecos de la revolución de 1905 llegaban amortiguados a la distante Evpatoria. El último grado del gimnasio lo cursé en Kiev; fui de la promoción de 1907.

En está última ciudad me matriculé para estudiar Derecho en los Cursillos Superiores Femeninos. Mientras tenía que aprender la historia del Derecho y sobre todo el latín, me sentía contenta, pero, cuando comenzaron a  impartirse las asignaturas netamente jurídicas, perdí el interés por la carrera.

En 1910 (el 25 de abril según el calendario que esta en uso entonces) me casé con Nikolái Gumiliov. Fuimos por un mes a París.

El tendido de bulevares nuevos (descrito por Zola) en el vivo cuerpo de París no estaba terminado de todo (quedaba el bulevar Ras-Pail). Werner, amigo de Edison, me mostró en la Taverne de Panthéon deos mesas y me dijo: “Aquí suelen reunirse vuestros socialdemocrátas; en una, los bolcheviques; en la otra, los mencheviques”. Las mujeres ora vestían pantalones (juppes-culottes) ora casi se fajaban las piernas (jupes-entravées). Los versos cayeron completamente en desuso y los compraban sólo gracias a las viñetas realizadas por pintores más o menos famosos. Ya en aquel período comprendí que la pintura parisiense había devorado a la poesía francesa.

Instalados en Petersburgo, asistí a los Cursillos Superiores de Historia y Literatura patrocinados por Ráev. En aquellos tiempos escribía ya versos que integrarían mi primer libro.

Cuando me mostraron las galeradas de Una arqueta de ciprés, antología de Innokenti Annenski, quedé muy impresionada y las leí olvidando todo lo demás.

En 1910 era obvio que el simbolismo estaba en crisis, y los poetas principiantes no se adherían ya a esa corriente. Unos optaban por el futurismo; otros, por el akmeísmo. Junto con Mandelstam, Zenkévich y Nárbut, mis compañeros del Primer Taller de Poetas, me hice akmeísta.

La primavera de 1911 la pasé en París, donde fui testigo de los primeros triunfos del ballet ruso. En 1912 viajé por Italia del Norte (Génova, Pisa, Florencia, Bolonia, Padua, Venecia). Fue inmensa la impresión que me causaron la pintura y la arquitectura italianas: parecía un sueño que se graba en la mente para toda la vida.

En 1912 publiqué mi primer libro de versos: Atardecer (trescientos ejemplares, nada más). La crítica lo acogió  con benevolencia.

El 1º de octubre de 1912 nació mi hijo Lev (4).

En marzo de 1914 vio la luz segundo libro: El rosario. Le tocaron unas seis semanas de vida. A principios de mayo la temporada petersburguesa comenzaba a extinguirse; todos iban abandonando poco a poco la ciudad. Aquella vez nos despedimos de Petersburgo para siempre. No regresamos a Petersburgo, sino a Petrogrado, y del siglo XIX fuimos a parar de una vez en el XX; todo –desde la semblanza de la urbe- había cambiado. Al parecer, un librito de lírica amorosa escrito por una neófita habrían debido naufragar en los acontecimientos mundiales. El tiempo dispuso de otra manera.

Yo pasaba todos los veranos en la antigua provincia de Tver, a quince verstas de la ciudad de Bézhetsk. Era un lugar poco pintoresco: labrantíos en forma de cuadrados iguales sobre una superficie montuosa, molinos, tremedales, pantanos avenados, zanjas y campos de mieses sin fin… Allí escribí muchísimos versos reunidos en El rosario y Bandada blanca (éste salió en setiembre de 1917).

Los lectores y críticos son injustos para con este libro. No sé por qué se considera que tuvo menos éxito que El rosario. Vio la luz en unas circunstancias más aciagas aún. El transporte estaba paralizado: el libro no puedo enviarse siquiera a Moscú y toda su tirada se agotó en Petrogrado. Las revistas se clausuraban; los periódicos, también. Pro eso Bandada blanca no tuvo mucha prensa, a diferencia de El rosario.  El hambre y el desbarajuste aumentaban de día en día. Por muy raro que parezca, ahora todas aquellas circunstancias no se tienen en cuenta.

Después de la Revolución de Octubre trabajé  en la biblioteca del Instituto de Agronomía. En 1921 fue publicada la colección de mis versos titulada El llantén; en 1922, Anno Domini.

Más o menos desde mediados de los años 20 con mucha aplicación e interés me dediqué al estudio de la arquitectura del Petersburgo Viejo y la vida y obra de Pushkin. Como resultado de mis estudios referentes a Pushkin escribí tres ensayos: sobre Adolfo, de Benjamín Constant, sobre El cuento de gallito de oro y El convidado de piedra, de Pushkin. Todos fueron publicados en su tiempo.

Los ensayos Alexandrina, Pushkin y el litoral del Neva y Pushkin en 1828, que llevo puliendo los veinte años últimos, formarán parte, por lo visto, del libro La muerte de Pushkin.

A partir de mediados de la década del 20, mis nuevos versos casi no se editaron; los viejos, no se reeditaron.

La Guerra Patria de 1941 me sorprendió en Leningrado. A últimos de setiembre, comenzado ya el sitio, salí por avión a Moscú.

Hasta mayo de 1944 residí en Tashkent, pendiente de cuantas noticias llegaban sobre Leningrado y sobre lo que pasaba en el frente. Igual que otros poetas, iba a menudo a los hospitales para recitar versos a los combatientes heridos. En Tashkent conocí por primera vez qué significan la sombra de los árboles y el murmurio del agua en medio del sofocante calor. Supe también qué es la bondad humana: en Tashkent estuve muchas veces enferma de gravedad.

En mayo de 1944 llegué en avión al Moscú primaveral, lleno ya de radiantes esperanzas y a la expectativa de una pronta victoria. En junio regresé a Leningrado.

El horrible fantasma que fingía ser mi ciudad me pasmó hasta tal punto que describí en prosa aquel reencuentro. De aquel mismo período son los ensayos Tres lilas y De visita a la muerte (el último trata de cómo recité versos en el frente de Terioki). La prosa siempre ha sido para mí un misterio y una tentación. Desde el principio yo sabía todo sobre los versos y nada jamás de la prosa. Todos encomiaban mi primera experiencia, pero yo, naturalmente, desconfiaba de mi éxito. Consulté con Zóschenko. El me aconsejó suprimir algo y dijo estar conforme con el resto. Me sentí congratulada. Más tarde, después de que fue detenido mi hijo, quemé los escritos junto con todo mi archivo. Desde hacia tiempo que venían interesando las cuestiones referentes a la traducción artística. En la posguerra traducía mucho. Lo hago también ahora.

En 1962 concluí mi Poema sin héroe, que venía escribiendo 22 años. El invierno pasado, en vísperas del año conmemorativo de Dante, volví a oír el habla italiana: estuve en Roma y en Sicilia (5). En la primavera de 1965 hice un viaje a la patria de Shakespeare (6), contemplé el cielo británico y el Océano Atlántico, vi a mis viejos amigos y obtuve unos cuantos nuevos; una vez más visité París.

No he dejado de escribir versos, que me unen con mi época, con la nueva vida de mi pueblo. Siempre que los escribía, vivía al compás de la heroica historia de mi país. Me siento feliz de haber vivido esos años y de haber visto acontecimientos sin parangón.

Año 1965

Título original: Kórotko o sebé. Obras en dos tomos,t. 2ª, págs. 236-239. Ed. Judózhestvennaya Literatura, Moscú, 1986.

  1. Andréi Antónovich Gorenko (1848-1915)
  2. Inna Andréeva (1883-1906) y Andréi Andréevich (1886-1920).
  3. Inna Erázmovna Gorenko, de soltera Stógova (1852-1930)
  4. Lev Nikoláevich Gumiliov. Ahora, Doctor en Historia, catedrático.
  5. El 12 de diciembre de 1964 en Catania (Sicilia) a Ajmátova le fue entregado solemnemente el Premio Internacional de Literatura “Etna-Taormina”.
  6. El 5 de junio de 1965 en Oxford a Ajmátova se le nombró Doctor Honoris Causa de la Universidad de Oxford.

Versión de Justo E. Vasco

Literatura soviética. Bogotá. Nro 48. 1989. Págs. 112-115.

 

 

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LA PALABRA

 

En aquel tiempo, cuando sobre el nuevo mundo

Dios inclinó su rostro, la palabra

Era capaz de detener el sol

Y destruir ciudades.

 

Si la palabra navegaba por los aires

Como una llama rosa

El águila no agitaba sus alas

Ni las estrellas temerosas se quejaban a la luna.

 

Hubo días para la vida baja

La vida silvestre y cotidiana

Pues el precepto cuando es sabio abarca

Todos los matices de la razón.

 

El longevo profeta que ha conquistado

Para sí la maldad y la bondad

Dudando dirigirse al espíritu

Escribió la ley sobre la arena.

 

Hemos olvidado que de todas las zozobras humanas

Sólo la palabra se encuentra iluminada

Y que en el Evangelio de San Juan

Está escrito que la palabra es como Dios.

 

Los hombres le hemos impuesto fronteras

Límites indigentes y pobres

Y cual abejas

Las palabras muertas huelen mal.

 

 

*

 

Sé que no te merezco,

Vine de otro país,

Prefiero la salvaje melodía

De la cítara, a la guitarra.

 

Yo no voy por salas y salones

Vestido de chamarra y traje obscuro;

Leyendo versos a los dragones

A las cascadas y a las nubes.

 

Prefiero a un árabe que en el desierto

Cae ante el agua y bebe;

Y no a un caballero que mientras espera

Mira las estrellas en el paisaje.

 

No moriré sobre una cama

Ante un médico y un notario,

Sino en alguna trinchera salvaje

Hundida en una felpa espesa.

 

Yo no estoy para entrar al paraíso

Abierto, protestante y ordenado;

Sino para ir allá donde la ramera, el bandido

Y el atormentado gritan esperanzados.

 

*

 

Me he burlado de mí mismo

Me he engañado

Al pensar que en el mundo

Podría haber algo mejor que tú.

 

Vestida con tu ropa blanca

Como el pelo de una diosa antigua

Sostienes una esfera cristalina

Entre tus dedos transparentes y tiernos

 

Y todos los océanos, todas las montañas,

Los arcángeles, la gente, las flores,-

En tus ojos juveniles y diáfanos.

 

Es extraño pensar que en el mundo

Pueda haber algo mejor que tú.

Quizás yo no sea más que una canción

Inventándose en las noches insomnes.

 

Llevas tanta luz sobre tus hombros

Una luz tan cegadora

Que se te forman largas llamas

Como dos alas doradas.

 

 

Agosto de 1921

 


 

ELLA

 

Yo conozco una mujer: el silencio,

El cansancio amargo de las palabras,

Vive en el centello furtivo

De sus pupilas dilatadas.

 

Su alma ansiosa está abierta

A la música metálica del verso.

Ante la vida lejana y placentera

Es sorda y altiva.

 

Sus pasos son extraños,

Lentos e inaudibles,

No se puede decir que sea bella

Pero en ella encuentro mi felicidad.

 

Cuando necesito fortaleza

Valiente y orgulloso la busco

Para aprender de su tierna sabiduría

Con todo delirio y languidez.

 

Ella es luz en las horas inciertas

Sostén cuando todo parece perdido

Y sus sueños exactos son como sombras

Sobre la arena ardiente del paraíso.

 

EL TELEFÓNO

 

Una voz femenina en el teléfono

Se escucha inesperada y audaz.

Cuánta dulce armonía hay

En esa voz sin cuerpo.

 

La suerte en su transcurrir benévolo

No siempre pasa de largo:

El sonido del laúd del serafín

Es como tu voz en el teléfono.

 

 

 

 

MIS LECTORES

 

Un viejo vagabundo en Addis-Abeba

Que ha conquistado muchas tribus,

Me envió con un lancero negro

Un mensaje hecho con mis propios versos.

Un teniente que ha dirigido decenas de combates,

Cierta vez en el mar del sur,

Bajo el fuego de baterías enemigas

Me leyó toda la noche mis versos.

Un hombre que entre la muchedumbre

Le disparó a un enviado del zar

Se acercó a darme la mano

Agradecido por mis versos.

 

Muchos de mis lectores son fuertes, perversos y

Alegres,

Asesinos de hombres y elefantes,

Pueden morir de sed en el desierto,

O congelarse al borde del eterno hielo;

También alegre, fuertes y perverso,

Y llevan consigo mis libros en sus bolsas de viaje Los leen en los palmares

O los olvidan en los barcos que naufragan.

Yo no ofendo a mis lectores con mis neurastenias,

Ni los vejo con mi ardor espiritual,

No los canso con insinuaciones serias

Cuyo fondo no vale la pena.

Pero cuando alrededor silban las balas,

Cuando las olas rompen la borda,

Les enseño con mis versos a no temer,

A no temer y hacer lo que corresponda.

Y cuando una mujer de rostro hermoso

Sintiéndose la más bella del universo

Les dice que ya no los ama,

Yo les enseño entonces a sonreír,

A marcharse para no regresar jamás.

Y cuando llegué a mis lectores su última hora,

Una bruma roja y exacta cubrirá sus miradas,

Entonces les enseñaré a recordar

La vida cruel y bondadosa,

La tierra ajena y natal

Y les mostraré cómo comparecer ante Dios

Con palabras sencillas y sabias

Y a esperar de él, tranquilamente, su juicio.

 

EL SEXTO SENTIDO

 

Maravilloso tener vino enamorado,

Y pan amoroso en el horno para nosotros,

Y una mujer, extenuada, a quien

Le ha sido dado deleitarnos.

 

Qué podemos hacer con esta aureola rosada

Que cobija los cielos helados,

Donde reina el silencio y el sosiego celeste,

¿Qué podemos hacer con tantos versos ineludibles?

 

Ni comer, ni beber, ni besar.

El instante vuela incontenible,

Y aunque nos esforcemos

Estamos condenados a pasar sin detenernos.

 

Somos como el niño que olvidando sus juegos

Espía, a veces el baño de las muchachas

Y sin saber nada acerca del amor

Se atormenta con tantos deseos misteriosos.

 

Como otrora en los bosques tupidos

Criaturas huidizas, bramando de impotencia,

Presentían sobre sus hombros

Las alas que aún no salían.

 

De igual manera, siglo tras siglo,

Bajo el escalpelo de la naturaleza y el arte,

Grita nuestro espíritu, desfallece la carne,

Originando el órgano del sexto sentido.

 

 

SUCEDIÓ MÁS DE UNA VEZ

 

Sucedió más de una vez, sucederá muchas veces

Es nuestra sorda y obstinada batalla:

Como siempre, ahora has renegado de mí

Pero sé que pronto regresarás resignada.

 

Por eso no te asombres, mi querida amiga

Atrapada en el amor oscuro,

Si los besos mañana se tiñen de sangre

Y el murmullo de amor se convierte en quejido.

 

 

MÁS ALLÁ DE LA MEMORIA

 

Así toda la vida: enrancias, cantos,

Mares, desiertos, ciudades,

Reflejos fugaces

De todo lo perdido para siempre.

 

La llama se agita, suenan las trompetas,

Corceles amarillos brincan en el aire

Mientras la gente inquieta habla,

Al parecer de la felicidad.

 

Otra vez el éxtasis y la aflicción.

Otra vez, como antes, como siempre,

El mar agita sus crines plateadas

Y los desiertos y las ciudades se levantan.

 

Cuándo será –al fin- que sublevado

Del dueño seré yo de nuevo yo,

Un aborigen sencillo, adormecido

En alguna tarde sagrada.

 

 

 

Traducción y selección de: JORGE BUSTAMANTE GARCÍA

 

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 Cinco poetas rusos. Blok, Sologub, Gumiliov, Ajmátova, Mandelstam. Bogotá. Grupo Editorial Norma. 1995.Págs. 57-77.