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Por: John Opie (1791)

 

OBSERVACIONES SOBRE EL ESTADO DE DEGRADACIÓN AL QUE LA MUJER ES REDUCIDA POR VARIAS CAUSAS (FRAGMENTO)

[…]

Lamento que las mujeres sean sistemáticamente degradadas a recibir atenciones triviales que los hombres creen viril prestar al sexo, cuando, de hecho, mantienen así de forma insultante su propia superioridad. No es condescendiente inclinarse ante un inferior. Tan ridículas, de hecho, me parecen esas ceremonias, que apenas soy capaz de controlar mi reacción cuando veo a un hombre recoger un pañuelo o cerrar una puerta, con entusiasta y seria solicitud, cuando la dama podría haberlo hecho sola con sólo dar un paso o dos.

 

Un deseo salvaje acaba de volar de mi corazón a mi cabeza y no lo reprimiré aunque pueda provocar una carcajada. Deseo sinceramente ver la diferencia sexual erradicada de la sociedad, excepto cuando el amor anima el comportamiento. Pues esta diferencia, estoy firmemente persuadida, fundamenta la debilidad de carácter atribuida a la mujer y es la causa por la que se descuida su entendimiento mientras adquieren habilidades con esmerado cuidado. Y lo mismo explica que prefieran las virtudes donosas a las heroicas.

 

Los hombres, incluyendo todos los tipos, desean ser amados y respetados por algo, y el rebaño común siempre tomará el camino más corto hacia la realización de sus deseos. El respeto profesado a la riqueza y la belleza es el más evidente, el más inequívoco, y, por supuesto atraerá la irada vulgar de las mentes comunes. Las habilidades y virtudes son absolutamente necesarias para elevar a los hombres de clases medias de la sociedad a la notoriedad, y las consecuencias naturales son claras: la clase media contiene más virtudes y habilidades. Los hombres tienen, pues, en una de las clases al menos, la oportunidad de esforzarse con dignidad y de prosperar a través de ese esfuerzo racional. Pero el sexo femenino entero se encuentra, mientras no se cultive su carácter, en las mismas condiciones que los ricos, pues nacen, me refiero ahora al estado actual de la civilización, con ciertos privilegios sexuales y, mientras éstos les sean gratuitamente concedidos, pocas pensarán alguna vez en acometer trabajos de supererogación de personas superiores.

 

¿Cuándo oímos de mujeres que, saliendo de la oscuridad, reclaman audazmente respeto por sus grandes habilidades o atrevidas virtudes? ¿Dónde se encuentran? […] Las mujeres, comúnmente denominadas damas, no han de ser contradichas en público, no se les permite ejercer su fuerza física y de ellas sólo podemos esperar, tales como paciencia, docilidad, buen humor y flexibilidad, virtudes todas ellas incompatibles con cualquier ejercicio vigoroso del intelecto. Además, al vivir rodeadas de mujeres y encontrarse totalmente solas, se hallan más bajo la influencia de los sentimientos que de las pasiones. Soledad y reflexión son necesarias para dar a los deseos la fuerza de las pasiones y para que la imaginación pueda agrandar los deseos y hacerlos más atractivos. Lo mismo puede decirse del rico. Los ricos no tratan lo suficiente con ideas generales, recogidas pensamiento apasionado o la investigación tranquila, necesaria para adquirir la fuerza de carácter en la que las grandes resoluciones se construyen.

 

Traducción de MARTA LOIS GONZÁLEZ

 

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Vindicación de los derechos de la mujer. México. Taurus. 2013. Págs. 73-75.

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Poema de crítica literaria, como la contenida en 14, 36 y 95.

 

Contenido.- 1-11: distinción entre Sufeno persona y Sufeno poeta; 12-17: difícil explicación del contraste; 18-21: moraleja final de aplicación a todos los humanos.

 

Poesía reflexiva y de madurez. Es curioso que, al distinguir entre Sufeno persona y Sufeno poeta, sus características personales son las que los neotéricos exigirían para sí mismos y para su poesía: venustus, dicax, urbanus y bellus. Frente a estas condiciones personales, las del poeta: caprimulgus, fossor e infacetior y, además, escribe por millares los versos creyendo que los hace muy bien. Cuando esperamos un final de apoteosis climácica contra Sufeno, Catulo de un quiebro y duda de la objetividad de las personas a la hora de juzgarnos, recordando la fábula de “las dos alforjas”.

Ese Sufeno, Varo, a quien tú conoces bien, es un hombre sensible al amor, elocuente y educado y, al mismo tiempo, escribe muchísimos versos. Yo creo que él tiene escritos diez mil o más y no copiados tal como suele hacerse en palimpsesto (1): papeles de primera, libros nuevos, nuevos umbílicos, rojas las correas del pergamino, todo rayado con plomo y alisado con piedra pómez. Cuando tú lo leas, el fino y educado Sufeno te parecerá, por el contrario, un auténtico cabrero o un sepulturero. Tan distinto es y tanto cambia. ¿Qué podemos pensar que es esto? Quien recientemente parecía refinado o algo más distinguido si lo hay, él mismo resulta más basto que un basto patán en cuanto ha tocado la poesía y él, por su parte, jamás es tan feliz como cuando escribe versos: tanto goza de sí mismo y tanta admiración se tiene. Sin duda, todos nos engañamos y no hay nadie en quien, de alguna manera, no puedas ver un Sufeno. A cada cual le ha sido otorgado su propio defecto, pero no vemos al alforja que hay en nuestras espaldas (2).

  1. Los autores del s. I a. C. usaban como borrador las tabillas de cera y después pasaban sus escritos al papiro o al pergamino, de los que se habían borrado los textos precedentes, palimpsestus. Sufeno ya había sido citado en 14, 19. Varo es el mismo del c. 10, del que no hay identificación segura. Según Della Corte, debe identificarse como Alfeno Varo (cf. Personnaggi…, pág. 222).
  2. Alude a la conocidísima fábula de Esopo “Las dos alforjas”, imitada por FEDRO, IV 10.

Introducción y traducción de ARTURO SOLER RUIZ

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Poemas. Madrid. Editorial Gredos. 2011. Págs. 85-86.

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Collazos venía de Bahía Solano, de Buenaventura, de Cali, de Medellín; los hermanos Ruiz (Roberto y Hugo) de Ibagué; Héctor Sánchez de un ardiente pueblo de la llanura tolimense y de Ibagué; Germán Espinosa, que se había aclimatado al carácter y a la inteligencia de la capital, tenía una vivaz nostalgia de Cartagena; Luis Fayad era bogotano pero había tenido algo que ver con la Costa, con Barranquilla; José Luis Díaz-Granados, inseparable de Fayad, una suerte de llave cáustica e ineficaz, procedía de Santa Marta; Darío Ruiz Gómez había regresado de España, era el más culto y se disputaba con Collazos la jefatura (venía a Bogotá de vez en cuando y solía ser tan elegante, tan caballeroso como un capitalino del siglo pasado, o de la primera mitad del presente); Umberto Valverde intentó durante mucho tiempo radicarse en Bogotá: lo impidieron el sentimentalismo, la violencia de su inteligencia elemental; Roberto Burgos llegó poco después de Cartagena; Alberto Duque López, que ganó el concurso Esso con una novela que todo el mundo olvidó y en la que nadie creía, de Barranquilla; Nicolás Suescún (con Ruiz Gómez el mejor vestido) recibía, influía –refinadísimo, distante, en varios idiomas- desde la Buchholz.

 

El objetivo era común: conquistar a todas las mujeres (el deber nacional de todo latinoamericano), leer todos los libros (la glotonería libresca es proverbial en el continente), emular con los cracks del boom (Collazos decía impúdicamente que estaba escribiendo una novela que acabaría con Cien años de Soledad), beberse todos los alcoholes (toda reunión, toda tertulia, todo encuentro llevaba inevitablemente a la farra), ganarse el Premio Nobel (convicción secreta de todos, también del autor de esta nota), abandonar la patria (Ricardo Cano Gaviria, de cuyo nombre me he olvidado al comienzo, trabajó varios años en la Buchholz, ahorró unos pesos y se fue a Europa; otro tanto hicieron Rafael H. Moreno Durán, Collazos, Sánchez, Fayad), desdeñar las formas, la cortesía, el atuendo convencional (salvo los mencionados Suescún y Ruiz Gómez), la decencia, la tradición colombiana, la política, el matrimonio (casi todos habían contraído por lo católico), el moralismo, la burguesía, etc.

 

Nos reuníamos en el apartamento de Espinosa, que tenía algo así como una sinecura; en el de Collazos, que vivía del sablazo y de la prensa; en el de uno de los Ruiz; no faltaba el bálsamo del sexo opuesto (Collazos era el dueño de todas las mujeres, la verdad sea dicha) y la discusión literaria (en el cual Sánchez apenas participaba, Espinosa puntualizaba doctoralmente y Collazos y los Ruiz aparecían gárrulos) discurría, discúlpeseme la jerga, al calor del aguardiente. Se consideraba que quien no bebiese era una suerte de expósito, un sospechoso, un “zanahorio”.

 

Estas tertulias aburridas, que evidenciaban una vanidad fálica, una pedantería inane, un machismo a ultranza, se celebraban también después del acuerdo inicial, en una de las cafeterías que frecuentaba el grupo, que, por otra parte desdeñaba los lugares de reunión del nadaísmo y de la élite sofisticada e inabordable. Los lugares eran bautizados por algunos de los miembros. Al apartamento de Collazos lo llamaban “La casa verde” (aludía esto al prostíbulo de la novela ídem de Vargas Llosa) y uno de los bares donde bebíamos era conocido como “El agujero”.

No se podría decir qué era más importante: si las mujeres, si el alcohol, si el sueño literario, si el fantaseo con una gran obra (imaginaria, fértil en regalías, numerosa de mujeres, espléndida de fama) o la pobreza, la miseria en que todos vivíamos y que de alguna manera queríamos, o desdeñosamente hacíamos a un lado. El fracaso económico tenía pausas. De pronto era olvidado por un día, por unas horas, por una semana. Uno de nosotros había recibido el pago de un artículo, de un reportaje, de una conferencia. O un viaje a la provincia (Collazos, era el más audaz, el más activo) a dictar un seminario o una conferencia, daban a la actividad cotidiana del conjunto un descanso, la oportunidad de volver sobre la vida en común, sobre su mitología, sobre los propósitos olvidados y ahora vueltos a retomar.

 

Hubo un momento en que todo esto concluyó. Collazos, cabeza visible del cenáculo, fue invitado a Cuba y a Rusia y se enamoró del exterior; Cano Gaviria que nos permitía robar libros en Buchholz ser marchó a España. Nicolás Suescún se dedicó a la vida regalada; Sánchez desapareció en México. Nos habíamos dado cuenta, o estábamos dándonos cuenta que los sueños no se realizarían, que muchos no daríamos con la llave que había abierto las puertas a Collazos, que las mujeres que conseguíamos no valían la pena, que el alcohol era nocivo, que habíamos perdido diez años en conversaciones triviales y en fiestas inocentes. Collazo publicó dos o tres libros de cuentos (una odisea con los editores, con los comentaristas, peripecias contractuales), Espinosa alcanzó alguna notoriedad con una novela sobre Cartagena, Sánchez nos abrumó desde entonces, cada dos, cada tres años, con una nueva novela, Suescún se corrió al periodismo…

 

El imaginario lector de esta nota se preguntará por qué las mujeres están ausentes de esta reseña. Contingencias de la historia, del país, de la realidad. Fanny Buitrago y María Mercedes Carranza pertenecían a otros grupos. Accidentalmente teníamos que ver con ellas (Fanny asistía a algunas fiestas, María Mercedes Carranza dirigía el suplemento de “El Siglo” y nos publicaba algo) pero no eran santo de nuestra devoción. A través de Suescún, levemente a través de Collazos, Marta Traba se acercó a nosotros. Secretamente todos consideraban que las mujeres eran imbéciles y que el futuro de la literatura colombiana era masculino.

 

La moraleja de esta crónica (si es que hoy es posible derivar moralejas) es que hubo un tiempo en que una generación tuvo esperanza, fue feliz y despreocupada. Unos pocos años bastaron para probarle que un hombre se hace en toda una vida y que las ilusiones tempranas son agradables pero irreales. Un sueño triste, y una pobre mistificación…

 

Cromos. Bogotá. Nro 3463. 29 Mayo. 1984. Págs. 54-55.

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Michael Glenny empezó a trabajar sobre los documentos de Eisenstein, que a la postre habrían de formar el eje de la presente obra, en 1975 cuando era profesor de Humanidades de la Fundación Nacional, en la Universidd de Southern Illinois, en Carbondale. Murió en Moscú el 1 de agosto de 1990, pocos días después de completar las traducciones.

Nadie ha hecho tanto por aportar al lector interesado la enorme variedad y complejidad de la vida cultural rusa del siglo XX. Las traducciones de Michael han dado vida a ideas, de lo contrario lingüísticamente inaccesibles para muchos, de autores tan dispares como Isaak Bábel, Marina Tsvetáieva, Vladimir Nabokov y Mijail Bulgákov, Alexander Solzhenitsin y Boris Yeltsin. Tenía una capacidad única para traducir textos rusos de manera que se leyeran y sonaran como si hubieran sido escritos en inglés. A su fino oído musical se añadía su conocimiento pleno de una docena de lenguas, cosas ambas que le hacían ser el traductor ideal de la obra de un hombre de la profundidad y dimensiones de Eisenstein.

Michael sobrellevaba esta carga con humor, su profesionalismo estaba siempre impregnado de un agudo sentido del absurdo y su conversación salpicada de una risa enormemente contagiosa. Y sin embargo, él más que nadie plasmó la idea de que la traducción no es simplemente una técnica o ni siquiera una habilidad especial., sino un arte. Estaba profundamente convencido de que la traducción era una actividad creativa y además infravalorada, y en numerosas ocasiones se despachó a placer sobre el tema. Una de sus declaraciones al respecto más contenidas fue su ponencia en el simposio del Times Literary Supplement de octubre de 1983, en el vigésimos tercer aniversario de la Asociación de Traductores. Entonces, como siempre, esgrimió que la relación entre el traductor y el autor original era similar a la del intérprete y el compositor, o a la del actor y el dramaturgo. Es una buena analogía, porque destaca que el tipo de relación es simbiótico, no parasitario, como algunos parecen pretender.

Hay sin embargo una diferencia esencial entre el intérprete o el actor y el traductor. Aquéllos se muestran ante el público, aunque sea mediante grabación o radiodifusión. Son, y hoy día aún mucho más, visibles. Su actuación se compara al detalle, a veces hasta la saciedad, con la de los demás, tanto en cuanto a su valor intrínseco como a su fidelidad al original, sea esto lo que sea. La tragedia del traductor es que su éxito se ve coronado si es invisible. El lector sólo se percata de la traducción si es mala, cuando la traducción se interpone en el proceso de comunicación entre el autor original y el público. Es como sí sólo nos percatáramos del intérprete cuando desafina o de una actriz cuando se equivoca de texto.

No sería exagerado decir que, al vérselas con la enorme amplitud y complejidad del pensamiento de Eisenstein, el talento de Michael como traductor hace gala de su mejor condición invisible. En el texto que he mencionado antes, escribía:
Y sin embargo existe algo así como un talento especial para traducir, motivado por el vivo deseo de comunicarse entre cultura; es algo esencial para la buena salud de la civilización. ¿Dónde estaríamos sin el trabajo de aquellos paladines de la traducción, anónimos teólogos de la época jacobea, que nos legaron la Versión de Autorización de la Biblia?

No puede haber para Michael Glenny recuerdo o más duradero que el hecho de que el lector del volumen que tiene en sus manos se pregunte dónde estaría sin el trabajo de, precisamente, este paladín de la traducción.
Michael podría con toda justicia exhibir el epígrafe del poema de Puskhin: Exegi monumentum.

 

1. Aunque esta semblanza se refiere sobre todo a Glenny como traductor, hemos decidido conservarla por tratarse de uno de los editores del libro y una de las personalidades más importantes del siglo XX en lo referente al estudio de la cultura rusa. (N. del e.)

 

Edición a cargo de MICHAEL GLENNY y RICHARD TAYLOR

Traducción de JOSÉ GARCÍA VÁZQUEZ

 

Hacia una teoría del montaje. Vol. 1. Barcelona. Ediciones Paidós Ibérica. 2001. Págs. 13-14.

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Esta obra está dedicada a la memoria de Jay Leyda (1910-1986), que fue el primero en ver el rayo de luz en el mundo de las tinieblas.

 

 

Serguéi Eisenstein está generalmente considerado como la figura más señera de la historia del cine. Su contribución a la práctica cinematográfica goza de reconocimiento universal y sus películas, de La huelga a Iván el terrible, son bien conocidas, aunque no tan proyectadas como podría suponerse. Sin embargo, la mayor parte de los escritos teóricos de Eisenstein han estado mucho tiempo fuera de nuestro alcance y, pese a los denodados esfuerzos de Jay Leyda sobre todo, se disponía de un conocimiento sólo parcial de las ideas que están tras sus películas.

El objetivo principal de esta edición es publicar los escritos más importantes de Eisenstein sobre el montaje con la amplitud y erudición precisas, aunque de manera accesible al lector que los aborda por primera vez. Por su propia naturaleza, estos escritos de Eisenstein nos han planteado considerables problemas editoriales en cuanto a la organización de los diversos textos. El objetivo de esta obra es facilitar el acceso del lector a Eisenstein y sus ideas. Si la organización de los textos o la calidad de la edición o de las notas lo dificulta, no sólo no habremos cumplido con nuestro deber respecto al lector, sino que también habremos fallado en la responsabilidad que tenemos para con Eisenstein.

  1. La edición original de esta obra es el volumen 2 de las Selected Works de S. M. Eisenstein, compiladas por Richard Taylor. Esta edición española se subdivide, a su vez, este libro en dos volúmenes, el que el lector tiene en las manos y otro que incluye la tercera parte del original y un índice analítico y de nombres. Cada vez que remitimos en el texto al volumen 1 o 2, pues, nos estamos refiriendo a nuestra versión. (N. del e.)

Edición a cargo de MICHAEL GLENNY y RICHARD TAYLOR

Traducción de JOSÉ GARCÍA VÁZQUEZ

 

Hacia una teoría del montaje. Vol. 1. Barcelona. Ediciones Paidós Ibérica. 2001. Págs. 11-12.

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INTRODUCCIÓN

B.V. Nasarimha Swami entrevistó a varios devotos y les tomó declaraciones para asegurar la autenticidad de sus relaciones con Ramana. Sobre todo, tuvo varias en-trevistas con Ramana, la más importante de las cuales fue sobre la iluminación. Se instaló en una cueva próxima al áshram para poder estar presente en las sesiones de preguntas y respuestas que Ramana mantenía con los devotos. Tras un ininterrumpido trabajo se prolongó durante más de dos años, escribió su biografía de Ramana, Self-Realization, que publicó en 1931. Casi setenta años después, su atractivo sigue intacto. En 1954, Arthur Osborne escribió la biografía Ramana Maharshi and the Path of Self-Knowlege. La idea básica la tomó de la biografía anterior, él mismo lo dice. Pero lo que hace fascinante este libro es su estilo, la aceptación de Ramana como su guru, y el relato de los tres años que pasó en la presencia física de Ramana. Muchas personas se han sentido atraídas hacia Ramana y otras muchas lo siguen estando, gracias a esta magnífica presentación.

T.S. Ananthamurthy escribió en 1972 una atrayente biografía, Life an Teachings of Sri Ramana Maharshi. En 1974, el profesor K. Seaminthan escribió un libro combinando biografía y enseñanzas. La sección biográfica consta sólo de treinta y cuatro páginas, y por tanto, a pesar de que el libro tiene una fragancia especial, escrito como está por alguien inmerso en Ramana, su alcance es limitado debido a la restricción de espacio. Lo mismo puede decirse del libro Ramana Maharshi, T.M.P. Mahadevan.

Esta biografía, publicada en 1977, está muy documentada, pero es corta; consta sólo de setenta y tres páginas y el resto del libro está dedicado a sus enseñanzas. En 1980, el año del centenario del nacimiento de Ramana, Joan Greenblatt y Mathew Greenblatt escribieron una biografía pictórica, Bhagavan Sri Ramana. El diseño y la presentación, respaldados con su amor y veneración hacia Ramana, hacen que este libro sea muy atractivo.

A todos estos primeros biógrafos, cada uno grande a su manera, les ofrezco mis humildes salutaciones.

Ofrezco también mis salutaciones al vasto y creciente círculo de discípulos y devotos de Ramana, repartidos por todo el mundo. Su fuerza espiritual colectiva constituye el apoyo de esta nueva biografía.

Durante las últimas décadas se ha tenido acceso a un material abundante, variado y verídico sobre Ramana que, o bien no estaba disponible antes, o no lo pudieron usar los primeros biógrafos. Ya han pasado casi setenta años desde que se escribió la primera biografía y al ir aumentado la conciencia del poder de la presencia de Ramana, se hacen necesarias nuevas percepciones y nuevas perspectivas. Uno se puede relacionar más directamente con él. Los lectores del nuevo milenio necesitan saborear y disfrutar la dulzura de los recientes descubrimientos y el nuevo material que se ha revelado desde entonces. ¿pero qué necesidad hay de justificación? La dulzura de su vida misma es una razón suficiente; nos atrae irresistiblemente hacia él. Pues, “una vez que se oye o se lee la historia de Maharshi, ¿quién querría leer o escuchar cualquier otra”

La historia de Sri Rama fue escrita por Valmiki, el Mahabharata, por el sabio Veda Vyasa, y Suka Brahman escribió el Bhagavatam, sobre Sri Krishna. Todos ellos eran jnanis. Dante escribió la Divina Comedia y Milton, El Paraíso perdido y El Paraíso recobrado. Ambos estaban inmersos en su devoción a Jesucristo. Ahora que ha tanto material disponible, uno desearía que alguien de esa talla escribiese una biografía de Ramana, cuya historia es de proporciones épicas.

Este libro es uno de los volúmenes de una trilogía concebida como homenaje a Bhagavan Ramana con motivo del centenario de su iluminación. El primero de ellos, Radiance of the Self, con más de 170 fotografías, incluyendo algunas de las fotos de archivo, se publicó el año pasado. El segundo es esa biografía sagrada. El tercero, Arunáchal-from Rigveda to Tamana Maharshi, se publicara dentro de un año.

Muchos se refieren a Bhagavan Sri Ramana Maharshi como “Bhagavan”, otros le llaman “Maharshi”. Yo he preferido usar a lo largo del libro la palabra “Ramana”, ya que ésta posee un hechizo mágico que transciende las palabras y la mente.

Aunque mi corazón no se funde de amor hacia Ramana, como lo haría una vela cerca del fuego, a menudo me convierte en un cautivo de su amor. Al ir escribiendo esta biografía he podido sentir intensamente la acción de su gracia infinita, viendo cómo cada acontecimiento se coloca en la perspectiva adecuada. ¿No es él un maestro del “emplazamiento adecuado”? Las palabras también parecen ordenarse solas. El único modo de expresar mi agradecimiento es poniendo esta biografía como ofrenda a los sagrados pies de Ramana, que trascienden el tiempo.

Mi plegaria a él es que los lectores puedan ser recipientes del eterno fluir de su gracia.

14 de diciembre de 1999

Traducción de SUSANA MARÍN

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Lo eterno en el tiempo. Sri Ramana Maharshi. Palma de Mallorca. José J. de Olañeta, Editor. 2009. Págs. 10-11.

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El hombre propone y dispone. Tan sólo de él depende poseerse por entero, es decir, mantener en estado de anarquía la cuadrilla de sus deseos, de día en día más temible. Y esto se lo enseña la poesía. La poesía lleva en sí la perfecta compensación de las miserias que padecemos. Y también puede actuar como ordenadora, por poco que uno se preocupe, bajo los efectos de una decepción menos íntima, de tomársela a lo trágico. ¡Se acercan los tiempos en que la poesía decretará la muerte del dinero, y ella sola romperá el pan del cielo para la tierra! Habrá aún asambleas en las plazas públicas, y movimientos en los que uno jamás habría pensado en tomar parte.
Adiós absurdas selecciones, sueños de vorágine, rivalidades, largas esperas, fuga de las estaciones, artificial orden de las ideas, pendiente del peligro, tiempo omnipresente! Preocupémonos tan sólo de practicar la poesía. ¿Acaso no somos nosotros, los que ya vivimos de la poesía, quienes debemos hacer prevalecer aquello que consideramos nuestra más vasta argumentación?

Traducción ANDRÉS BOSCH

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Manifiestos del surrealismo. Madrid. Visor Libros. 2002. Pág. 27.

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