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Claudio Willer

DÍAS CIRCULARES

I

Tu presencia es monstruosamente reveladora, y sé que debo continuar existiendo inmerso en tu transparencia. A veces, la propia distancia es un encuentro, las horas anaranjadas del día pueden ofuscar, y la radiación de los signos va a despertarme de una sola vez. Todo flota en la mirada, apuntando hacia el descenso del límite.

II

El misterio transborda, se transforma en correntada, apaga el rastro y arrastra consigo los fragmentos de mis huesos. Las mañanas de septiembre siguen muy frías, y flota en su envoltorio sobrenatural, crisálidas encerrando la voracidad de la posesión. Los edificios de gelatina se confunden con el horizonte y atraen mis pasos para lo indescifrable, para la cantidad de enigma presente en tu mirada, y que escurre por las manos, invadiendo el aire que respiro. La armadura aún ensangrentada, me levanto para continuar la caminata en tu dirección, estatua de sal eternamente frente a mí, absorbiendo toda la luminosidad del mundo, monte de signos de todos los azares incomprensibles, anunciadora de la caída infinita.

III

Una montaña de ángeles insolados se desploma sobre la tierra, se esparce por antecámaras de la Esfinge. Respiro un viento de alucinación que me da la plena conciencia de amar, y eso es un punto fijo, incrustado en mi retina, más allá de las llantas, de los giroscopios, de las calles eternamente fatigadas.

Estoy envuelto y enmarañado por el amor, todo el aire que respiro está contaminado por la Presencia, borbotones de presentimientos hacen que yo pierda el equilibrio constantemente, llamas negras y voraces roen las bases del universo. Se prepara la consagración definitiva en que todo será caída, toda la sexualidad del mundo, un flujo incesante arrastra mis miembros, tu mirada de enigma, nuestro espanto, el gran enmarañado posible de los cuerpos a la deriva, sustentando por nuestra propia respiración simétrica. Estoy inmerso en la presencia, me disuelvo, la mirada arrebatada capta todas las visiones que son una sola cosa, la misma forma repetida en mil prismas de la mente, proyectada en el vacío eternamente.

Poemas para leer en voz alta. San José de Costa Rica. Ediciones Andrómeda. 2007.

Punto Seguido. Medellín. Nro 51. 2008. Pág. 12.

Rolando Revagliatti / Por: Marta Dens

Decaigo

Qué nombre habrá tenido mi primera segunda mamá

cómo sería

Decaigo como un juguete que ni se cuida ni se rompe

no corro ni dibujo

me firmé el boletín con la palabra equis.

Infanto-juvenil

¡Cómo te perdías en Harrods!

Te dejaban sin manos y sin mapas

las estanterías tendrían ropa difusa y difundida

toallas supongo sábanas

todos eran mayores y apurados

Después

que los perros chumbaran nomás

cerraste la celosía

con alevosía

adoleciste como un pescado.

Stella Maris

Hay ternura que valga

                                   lo sabías

trino que la querías

                               se te posa

un motivo con algas

                                te prefería

cuantiosa y rauda

Entre las hijas linda la primavera

hay lo que hay y hay lo que queda

Acaricia tu ensueño quien te acomete

la poesía

el libro es otro y otra es siempre

Y siempre es otra la de esos ojos

y la tristeza que te remuerde

es desde el cielo donde anduvieras

tu ser terrestre.

Constanza

Toda extremista ella

toda extremadamente ella

                                         ella

toda que es toda

que si usted no la ama ni la deja

es que ni es

                  usted

y ella sí

ella es toda

Es toda así

como la ve

                  si viera

como se deja amar y desamar

-si fuera usted capaz de desamarla

después de haber sido capaz de haberla amado-

en fin

         es toda así

una bicicleta de lujo

¡¿o no me entiende?!

Esa

Esa mujer es un tugurio

no es parecida a ninguna alondra

no escatima su perfil más bárbaro

la ufana su estirpe gangosa

grávida cuanto que al filo del letargo.

En verso

Espantado por tu limpio nombre

salí a relucir veteado y calvo

cosa que me reconozcas

autonomía de espanto

Yo te sublimo a medianoche

entre gritos desgarradores

y paradas de carro

En verso impreco

consubstanciado te reclamo

caten catadura y carisma

estofa del armisticio

viva.

Quiero y quererte

Te quiero para todo

(salí a quererte donde se pudiera)

aunque el ángel se haya hecho pelota

(arrepentido el domingo

de haberse insinuado en francés

el sábado a la noche)

No es desde la alcoba de Dios

que te grito mi azúcar manchada

Ni ropero ni guitarra ni cantor

la cama como siempre:

                                    ¡venceremos!

Cargá con tu cruz

pero con más gracia

a ver los hombros, las rodillas

no escurras del escultor el embeleso

Ondulo en el umbral una rapsodia de recibimiento

no te doy permiso para huir

me río con todos los dientes

te cierro con llave

te guiño con la chimenea

que ya empieza a concebir

un humo

              raro

Vení a sacarme el moho y la camisa

y por favor

el nudo en la garganta.

Marisa G.

Una inenarrable cara de mujer

                                                 la tuya

los ojos

            nada menos

que esgrimistas tiesos.

Chiste

Calcaré

            sin maestría

un chiste por si las nupcias

Posareme

                como pata de galgo

sobre la escritura invisible

de tu tinta ilesa

Voy a hacer que mi estancia en ésta

te conmueva

voy a cabalgar un caballo cáustico

que únicamente me traiga de regreso

Arrojareme

invadido por un atroz romanticismo pulmonar

a las secas aguas

de la borra ilustre

de tu vino grueso

Voy a sacar mi pobre reloj de la bañera

no sea que el tiempo se moje en serio

y que la pólvora.

Los papás queman

Ex Pablito afirma que los papás queman

    [después de cenar

ex Norita no tiene dudas: los papás

    [queman cuando se van a ver a un enfermo

ex Germancito con rudeza increpa a todos los

    [papás que queman

ex Clarita asevera que los papás queman poco

    [antes del mediodía del domingo

ex Arielito, ex Beatricita y ex Cecilita con

    [fascies compungidas arguyen que los

    [papás queman en almíbar

ex Virginita atesora la certidumbre de que los

    [papás queman porque amanecen más

    [temprano

y ex Rolandito declama que los papás queman

    [de viaje o muertos, antes o después de

    [haber nacido

A ex Isakito se le pliega el alma porque sus

    [papás queman desde sus hermanos

ex Alicita no quiere creerles a sus pechos

    [enardecidos cuando los mustios papás le

    [queman

ex Hilarito

hila finito

que los papás queman cuando muelen a golpes

o se deshacen en cariñitos

ex Andreíta funeraria y ex Joselito se dan

    [con sangre de horchata cuando los papás

    [queman por contigüidad

y ex Gabrielita se aprieta las puntas de los

    [dedos con la ventana a través de la cual

    [los papás no cesan de quemar

Ex Palomita se arrellana en la contemplación

   [de los papás que queman al horno

ex Miguelito, piromaníaco, aduce que queman

    [y queman los papás que queman los papás

ex Silvita añade que los papás queman con

    [mesura, con concupiscencia, con delicadeza,   

    [con suspenso, con salvajismo

mientras ex Leopoldito recalca, sobreimprimiéndose,

     [que los papás queman abnegados, grandilocuentes,

    [ahítos, formales, posesos, desmadrados,

    [despadrados, cachonderos, lóbregos

ex Estelita sufre porque los papás queman en

    [prosa o con ademanes, descalzos y aun en

    [chinelas

ex Rodolfito sonríe con afectación porque los

    [papás queman con tan extremada

    [independencia de la temperatura

así siguiendo, ex Lilianita y ex Danielito no

    [accionan con prontitud en pos de salvar el

    [honor de los papás que queman cuando

    [maman o papan

y ex Mirtita…: sólo ella se petrifica

    [admitiendo el pudibundoso grado de

    [inflamabilidad hijística.

Charles Simic

EL MONSTRUO AMA SU LABERINTO  (FRAGMENTOS)

Cuando entré a trabajar en el Sun Times como repartidor de correo, mi jefe era un hombre ya mayor que aseguraba haberlo leído todo. Su padre había sido conserje en la biblioteca universitaria de Urbana, y Stanley, que así se llamaba, empezó a leer de niño. Al principio no le creí una palabra; luego le pregunté por Gide, a quien yo estaba leyendo entonces. Me recitó los nombres de las grandes novelas clásicas, así como sus argumentos. ¿Y qué decir de Isaac Babel, Alain Fournier, Aldous Huxley, Ford Madox Ford. Lo mismo. ¡Era asombroso! Todo lo que yo había leído o de lo que había oído hablar, él ya lo había leído. «Tendrías que ir a un concurso, Stanley», decía la gente al escucharnos. Stanley no había ido nunca a la universidad y había pasado la mayor parte de su vida trabajando en la prensa. Era tartamudo, lo que explica, supongo, por qué nunca se casó o prosperó en la vida. Lo único que hacía era leer libros. Me parecía que amaba todos y cada uno de los libros que leía. Sólo superlativos en su caso, cada libro era mejor que el anterior. Si yo aventuraba una crítica, se cabreaba. ¿Quién te crees que eres? Un listillo, me espetaba, y se negaba a hablarme de libros durante días. Stanley era puro entusiasmo. Yo mismo sentía vértigo al pensar en la nueva lectura que me esperaba en casa

En Chicago se miraba el panorama literario de la costa este con enorme sospecha. Los trabajadores nunca aparecen retratados en sus libros, oía decir todo el tiempo. La mayor parte de la gente a la que trataba eran intelectuales de izquierda con raíces inmigrantes y proletarias. Eran judíos, polacos, alemanes, irlandeses. Sus familiares trabajaban en la industria. Sabían que Norteamérica podía ser un lugar cruel, un país injusto. Después de ver el sur de Chicago y la ciudad de Gary en Indiana tuve que admitir que no les faltaba razón. Ambos lugares, con sus plantas siderúrgicas envueltas en fuego y humo, eran como el infierno sacado de un cuadro del Bosco. La fealdad y la pobreza de los barrios industriales de Chicago influyeron mucho en mí. Impidieron que me olvidara de dónde venía. La gran tentación de los inmigrantes con aspiraciones intelectuales es querer superar a los nativos en su amor por Henry James y todo lo que representa. Uno quiere integrarse, así que no deja de buscar referentes. Es muy comprensible. ¡A quién le gusta hablar y actuar todo el tiempo como un extranjero

En una lectura de poemas de Allen Tate conocí a un joven poeta que iba a un taller de escritura impartido por Louise Bogan en la Universidad de Nueva York. Fui al taller algunas veces y luego a tomar cerveza con mis nuevos amigos. Un día incluso le enseñé dos de mis poemas a Bogan. Uno se titulaba «Sofá rojo» y trataba de un viejo sofá tirado en la acera, esperando el camión de la basura. Del otro poema no recuerdo nada. Bogan fue muy amable. Hizo algunos ajustes, pero en general se mostró benévola, lo que me sorprendió, ya que los poemas no me parecían gran cosa.

Fui a ver La cantante calva de Ionesco con Boris. Se representaba en un pequeño teatro del Village. Sólo había seis personas en el patio de butacas, incluidos nosotros dos. La función empezó igualmente. Cuando llegó el turno de la escena de amor la mujer de tres narices, los actores se dejaron llevar en el diván por el calor del momento. Sus voces se transformaron en un susurro mientras iban quitándose la ropa el uno al otro. Boris y yo nos miramos fijamente. Las otras cuatro personas del público se volvieron de pronto invisibles. Vaya, no follaron, pero faltó poco. No guardo ningún recuerdo del resto de la obra salvo que al salir las calles estaban cubiertas de nieve recién caída

Mi padre tenía deudas espectaculares. Tomaba dinero prestado siempre que podía y pagaba sus facturas sólo cuando era necesario. Podía perfectamente gastarse el dinero del alquiler la noche antes del plazo convenido. Yo vivía atemorizado por mis caseros y caseras mientras que él parecía indiferente a todo. Nos veíamos después del trabajo y mi padre proponía cenar en un restaurante francés; yo me resistía, consciente de que planeaba gastarse el dinero del alquiler. Se ponía a describir los platos y el vino que íbamos a tomar con toda clase de detalles seductores, y yo insistía en recordarle el pago del alquiler. Entonces me explicaba lenta y cuidadosamente, como si hablara con un débil mental, que uno nunca debía preocuparse por el futuro. «Nunca seremos tan jóvenes como lo somos esta noche — decía—. Si somos listos, mañana encontraremos la manera de pagar el alquiler». Al final, ¿quién se atrevía a llevarle la contraria? Yo nunca lo hice.

La forma es el lado visible del contenido. El modo en que el contenido se manifiesta. Forma: tiempo que se torna espacio y espacio que se torna tiempo simultáneamente.

Admiro la observación de Claude Lévi-Strauss de que todo arte es en esencia reducción y el dicho de Gertrude Stein de que la poesía es vocabulario.

El azar como una herramienta con la que romper nuestras asociaciones cotidianas.

Una vez rotas, emplear uno cualquiera de los fragmentos para saltar a lo desconocido.

Nombramos una cosa y luego otra. Así es como el tiempo entra en la poesía.

El espacio, por otro lado, existe en virtud de la atención que dedicamos a cada palabra.

Cuanto más intensa nuestra atención, más espacio, y hay mucho espacio en las palabras.

Las connotaciones tienen sus geometrías no euclidianas.

Cantar una canción comprendiendo cada palabra… como la cantaban Billie Holiday O Bessie Smith

Vitrac definió el azar como una «fuerza lírica». Tiene toda la razón. Hay como una excitación maravillosa en no saber a donde va uno.

Ver con los ojos abiertos y ver con los ojos cerrados. De eso trata el poema «El pez» de Elizabeth Bishop.

A ojos de la imaginación, dentro de cada objeto hay otro objeto escondido. El objeto que está dentro es totalmente distinto del que lo contiene, o el objeto que está dentro es idéntico al que lo contiene, sólo que más perfecto. Todo depende de la metafísica de uno, es decir, de si se inclina del lado de la imaginación o bien opta por la razón. Probablemente lo cierto es que el afuera y el adentro son idénticos y distintos a la vez.

Mi reproche al surrealismo: que adora la imaginación por medio del intelecto.

No piensa el contenido, piensa la forma.

¿Qué demonios significa eso? Pero, si la forma es tiempo y el tiempo piensa…

El poema que quiero escribir es un imposible. Una piedra que flota.

Las profundas palabras de Robert Duncan: «Los misterios del aquí y allá, del arriba y abajo, / del ahora y entonces, me exigen / nuevas figuras».

Vanguardismo: ver la historia del arte y la literatura en términos de «progreso», el futuro como algo superior al pasado, etcétera.

Para los conservadores literarios es al revés. Hubo antaño una edad de oro…, no somos sino enanos subidos a lomos de gigantes, etcétera.

Algunos tipos intelectuales del siglo veinte: aquellos que saludan las contradicciones filosóficas, aquellos que las ignoran, y aquellos que se desesperan por su culpa. La forma no es un «contorno», sino una «imagen», el modo en que mi interioridad busca hacerse visible.

Artaud: «Ninguna imagen me satisface a menos que a la vez sea conocimiento».

Mi ambición es arrinconar al lector y hacerle imaginar y pensar de otra manera.

El tiempo del poema es el tiempo de la expectativa. Creo que algún formalista ruso dijo algo parecido.

Quiero mostrar a los lectores que las cosas más familiares que les rodean son ininteligibles.

Hay un boletín del tiempo en casi todos los poemas populares. El sol brilla; nevaba; soplaba el viento… El poeta popular sabe que lo más inteligente es establecer de inmediato la conexión entre lo personal y lo cósmico.

La poesía es un modo de conocimiento, pero la mayor parte de la poesía nos dice lo que ya sabemos.

Entre la verdad de lo oído y la verdad de lo visto, prefiero la silenciosa verdad de lo visto.

Si todo lo trato al mismo tiempo como un chiste y como un asunto serio, es porque honro el eterno conflicto entre vida y arte, lo absoluto y lo relativo, el cerebro y el estómago, etcétera. Ninguna filosofía puede hacernos olvidar un dolor de muelas…, algo así.

El pensamiento en el arte se confunde por lo general con lo didáctico, con contenidos que pueden parafrasearse, con un «mensaje». El pensamiento en el arte genuino no esa más ninguna de estas cosas.

Impulsos contradictorios a la hora de hacer un poema: dejar las cosas como están o volver a imaginarlas; representar o recrear; someterse o afirmar; artificio o naturaleza, y así todo. Como la vaca, el poeta debería tener más de un estómago.

Hay tres clases de poetas: los que escriben sin pensar, los que piensan mientras escriben y los que piensan antes de escribir.

El temor reverencial (como en Dickinson) es el comienzo de la metafísica. El temor reverencial ante la multiplicidad de las cosas y el temor reverencial ante su presunta unidad.

Hacer algo que aún no existe, pero que al crearlo parezca que siempre existió.

El poema imprevisto y esperado desde siempre, el poema recién estrenado y ya reconocible. Es como el advenimiento de Cristo.

El poeta es el lector de los posos de té de sus propias metáforas: veo un oscuro extranjero, un viaje, un cambio de fortuna, etcétera. Para el caso, alquila un buen local y cómprate un chal de gitana y unos pendientes. Hazte llamar madame Olga.

«¿Qué es lo que quieren los poetas en realidad?», me preguntó una vez un profesor de filosofía, un tipo listo. Era de noche y habíamos bebido mucho vino, así que dije lo primero que se me ocurrió: «Quieren saber aquello que no puede decirse con palabras».

Un objeto es una enciclopedia de arquetipos. Lo aprendí al escribir «Escobas».

La naturaleza del mundo es ambigua. La poesía coquetea con la ambigüedad. No hay nada que se le compare en cuanto «retrato de la realidad». Me refiero a la ambigüedad. Esto no significa que debas escribir poemas que nadie entienda.

La metáfora le ofrece a mi interioridad la oportunidad de conectar con el mundo de ahí afuera. Todas las cosas están interrelacionadas, y este conocimiento reside en mi inconsciente.

Los poetas y escritores que admiro estuvieron solos. También la filosofía está siempre sola. La poesía y la filosofía crean lectores lentos y solitarios.

Traducción de JORDI DOCE

Epílogo de SEAMUS HEANY

El monstruo en su laberinto. Madrid. Vaso Roto Ediciones. 2015. Págs. 12, 15, 16, 16-17, 18, 35, 36, 37.

Jaroslav Hasek

JAROSLAV HAŠEK (1883-1923) / RADKO PYTLIK (1928-2022)

Por. Wislawa Szymborska (1923-2021)

Wislawa Szymborska

Sea quien sea, el crítico literario debería creer en fantasmas. El miedo a que, de repente, a medianoche, se abra la puerta y aparezca el espíritu del escritor al que se está examinando podría resguardar a los exegetas de no pocos disparates. Lástima que Radko Pytlik no tenga miedo de los fantasmas y proyectara su obra sobre Hašek con una sensación de absoluta seguridad. Como resultado ha conseguido hundir a este gran humorista en el océano de la fraseología. En algún lugar del subconsciente del crítico echó raíces el convencimiento de que revolución y alegría son dos conceptos irreconciliables. Como Hašek era revolucionario, Pytlik consideró que su deber sagrado era justificar de alguna manera el sentido del humor del escritor. Y descubrimos con estupefacción las diversas «máscaras» de Hašek: la máscara del bromista, la del bufón y la del embaucador. Resulta que solo la cruel necesidad le compelía a reír; de tal modo que si los tiempos hubiesen sido menos terribles, Hašek, con un suspiro de alivio, se habría puesto a escribir tragedias. Al crítico le plantea serios problemas la vida personal del escritor, quien no destacaba por su ejemplar comportamiento, era muy dado a organizar escándalos y se le conocía por su amor a la bebida. Como todas esas inclinaciones bohemias tampoco encajan demasiado bien con el modelo del progresista ideal, Pytlik trata de convencernos de que Hašek no juguetea de manera inocente, sino con lúgubre premeditación. Los únicos rayos de luz del libro son las citas del propio Hašek y algunas fotografías suyas. Nos mira el mofletudo rostro de un hombre capaz de reírse de cualquier cosa que se cruzara en su camino. Por desgracia, Pytlik llegó demasiado tarde.

Traducción del checo y comentarios de Edward Madany, Varsovia, Wiedza Powszechna, 1967.

Traducción y prólogo de MANUEL BELLMUNT SERRANO

Prosas reunidas. Barcelona. Ediciones Alfabia/Malpaso Ediciones. 2017. Págs. 392-393.

Juan Gabriel Vásquez

A Sergio Cabrera y Silvia Jardim Soares

A Marianella Cabrera

NOTA DEL AUTOR

Volver la vista atrás es una obra de ficción, pero no hay en ella episodios imaginarios. Esto no es una paradoja, o no lo ha sido siempre. El Diccionario de construcción y régimen de Rufino José Cuervo, por poner un ejemplo al que le tengo cariño, trae esta acepción a algo, a) dicho de objetos físicos como escultura y similares, tallar”. No es distinto lo que he intentado en estas páginas: el acto de la ficción ha consistido en extraer la figura de esta novela del gigantesco pedazo de montaña que es la experiencia de Sergio Cabrera y su familia, tal como me fue revelada a lo largo de siete años de encuentros y más de treinta horas de conversaciones grabadas. La primera, según el archivo de voz de mi teléfono, tuvo lugar el 20 mayo de 2013, en mi estudio de Bogotá; en ella, Sergio comienza hablando de la serie que acaba de terminar por esos días, cuya filmación se hizo en parte en una casa con fantasmas (ninguno de los cuales, para su gran desilusión, llegó a aparecerse), y luego entramos en materia. La última de las conversaciones no fue con él, sino con Carl Crook, que el 10 de agosto de 2020, sentado en su casa de Vermont, me mostró por Zoom el brazalete de la guardia roja que había pertenecido a Marianella en 1967, y en los días siguientes tuvo la generosidad de traducir para mí fragmentos de su diario chino. Entre las dos fechas intercambié incontables correos y mensajes de texto –con Sergio y con Silvia, con Marianella y con Carl- y recibí fotografías de sus archivos privados y consulté documentos cuya supervivencia inverosímil me pareció una prueba más de la testarudez del pasado, y mientras escribía otros libros estuve buscando en las sombras la forma que más le convenía a éste.

Para cuando estalló la pandemia del coronavirus, ya esta novela estaba encontrando su voz y descubriendo su arquitectura. Ahora estoy convencido de que la escritura da orden y propósito a los días caóticos de la cuarentena, y en más de un sentido me permitió conservar una cierta cordura en medio de aquella vida centrífuga. En otras palabras, ordenar un pasado ajeno fue la manera más eficaz de lidiar con el desorden de mi presente.

El epígrafe puede leerse (me gustaría que se leyera) en ese sentido. Las palabras aparecen en el prefacio de Joseph Conrad. A Personal Remembrance, un libro de Ford Madox Ford que me sirvió de compañía y de sustento, aunque mi estrategia no haya sido la misma. El autor se dispone a contarnos la vida de un amigo, y su frase completa es ésta: «Pues, según nuestra visión de las cosas, una novela debería ser la biografía de un hombre o un caso, y toda biografía de un hombre o un caso debería ser una novela, siendo ambas, si se ejecutan de manera eficiente, interpretaciones de tales casos como son las vidas humanas”. Me gusta la idea de interpretación, pues eso es lo que me vi haciendo más de una vez con los hechos de la vida de Sergio Cabrera. Mi labor de novelista, frente al magma formidable de sus experiencias y las de su hermana, consistió en darles a esos episodios un orden que fuera más allá del recuento biográfico: un orden capaz de sugerir o revelar significados que no son visibles en el simple inventario de los hechos, porque pertenecen a formas distintas del conocimiento. No es otra cosa lo que hacen las novelas. A esto nos referimos, creo, cuando hablamos de imaginación moral: a esa lectura de una vida ajena que consiste en observar para conjeturar, o en penetrar lo que es manifiesto para descubrir lo oculto o lo secreto. La interpretación es también parte del arte de la ficción; que el personaje en cuestión sea real o inventado es, en la práctica, una distinción inconducente y superflua.

Además de las personas mencionadas, que me regalaron su tiempo y me prestaron sus recuerdos –y me permitieron modelarlos, tallarlos, darles forma-, Volver la vista atrás tiene una deuda especial con la caballerosidad de Santiago Gamboa, la complicidad de Pilar Reyes y María Lynch, el bisturí editorial de Carolina López y el juicio de narrador de Ricardo Silva. Para escribir los pasajes sobre el joven Fausto Cabrera usé su libro de memorias Una vida en el exilio, así como usé The Autobiography of David Crook, las memorias del padre de Carl, para reconstruir ciertos episodios de su vida. Otras personas me prestaron ayudas menos tangibles, a veces sin saberlo, y aquí quiero dejar constancia de mi gratitud (y liberarlos de cualquier compromiso). Son Héctor Abad Faciolince, Nohora Betancourt, Javier Cercas, Humberto de la Calle, Guillermo Díez, Jorge Drexler, Luz Helena Echeverry, Gabriel Iriarte, Carmenza Jaramillo, Mario Jursich, Li Chow, Alberto Manguel, Javier Marías, Patricia Martínez, Hishan y Diana Matar, Gautier Mignot y Tatiana Ogliastri, Mónica Reyes y Zadie Smith. De otro orden es la presencia de Mariana, que acompañó la escritura de este libro mientras lidiaba con el universo entero en este año de tantas pestes.

Bogotá, octubre de 2020

Volver la vista atrás. Bogotá. Penguin Random House Grupo Editorial. Alfaguara. 2020. Págs. 473-475.

Mario Mendoza

A mediados de los años noventa leí al filósofo francés Gilles Deleuze con auténtica devoción. Estaba cursando una maestría en literatura latinoamericana en las horas de la noche, y en el día dictaba mis clases en el pregrado. Lo leí con otro grupo de colegas y amigos con los cuáles conformamos un seminario de investigación bajo la tutela de Gustavo Chirola, cómplice de varias batallas. También, con Javier Gil, otro de mis grandes camaradas, nos matriculamos en La Alianza Colombo Francesa y tomamos un curso durante varios meses con Edgar Garavito y Consuelo Pabón, quienes habían sido discípulos del filósofo en París VIII, Vincennes.

Fue un pensador que me sacudió la cabeza y me cambió para siempre la manera de entender la realidad. Mil Mesetas, escrita a dúo con Felix Guattari, fue la gran inspiración para mi primera novela, La ciudad de los umbrales. En ese momento sentí que una urbe extraña y caótica como Bogotá debía ser auscultada e interpretada a la luz de nuevos conceptos. Las ideas tradicionales no eran suficientes para navegar por estas megalópolis tercermundistas. Y fue entonces que llegó Deleuze con sus conceptos de devenir, máquina de guerra, potencias de lisura y líneas de futa. Toda una revelación.

Para este pensador hay una parte de nuestra psique que es fija, estática, una especie de zona dura que es difícil remover: ideas, afectos, creencias que permanecen inalterables a lo largo de los años. Otra parte es más flexible y nos permite girar, torcer, timonear. Con el tiempo cambiamos, mutamos, incluso podemos llegar a pensar exactamente lo contrario de lo que creíamos antes. Y hay una tercera parte, quizás la más misteriosa y fascinante de todas, que nos lanza por fuera de nosotros mismos, a unos estados insospechados, impredecibles. Un buen día, como tantos viajeros que hay en la literatura, dejamos atrás la casa, el hogar, los amigos, a gente que nos quiere, y partimos en pos de lo desconocido. Es como si frente a nosotros se abriera una ruta inconmensurable y sin horizonte a la vista (potencias de lisura); o un camino inédito y sin retorno que nos conducirá a lo ignoto, a lo incierto (líneas de fuga); o unas identidades que no habíamos contemplado y que se apoderan de nosotros de un modo inevitable (devenirse).

La mayoría de las novelas y las películas pertenecientes al género del on the road cumplen con esta característica: el viajero del comienzo no se parece en nada al personaje del final del recorrido. Ha muerto una identidad y ha nacido un nuevo ser. Por esto todo viaje es una muerte, una despedida, y, simultáneamente, un parto, un nacimiento. También el llamado del arte o del misticismo crea pasadizos a otros universos donde todo rostro desaparece, donde cambia nuestro nombre y no nos parecemos en nada a esa primera identidad que creíamos inamovible. ¿Cómo olvidar, por ejemplo, la transformación final de Yasha Mazur, el protagonista de El mago de Lublín, de Isaac Bashevis Singer?

Yo había sentido varias veces ese llamado a entrar en la ruta, ese camino iniciático que nos obliga a dejarnos atrás para ir en busca de una inseguridad que nos libera de todo yugo. Alguna vez, muy joven, me bajé en Tel Aviv con 50 dólares en el bolsillo y sin el tiquete de avión de regreso. Hice de todo: labré el campo, recogí huevos, fui conserje de un hotelucho de mala muerte, trabajé en construcción. Me había graduado con honores de una especialización en literatura hispanoamericana en España, y, sin embargo, estaba en el Medio Oriente a salto de mata, rebuscándome la vida en lo que se iba presentando en el camino.

El problema fue que a mediados de los noventa la lectura me hizo entrar en crisis con la educación, con mi trabajo como profesor, y, sobre todo, con el nuevo sistema universitario que estaba empezando a implementarse. La academia no sabe pensar poéticamente. A partir de ese momento no supe muy bien qué decir en mis clases, me sentía que estaba falseando el conocimiento, que era un impostor, un tipo que se hacía pasar por un catedrático. Fue muy duro. Tenía pesadillas y antes de entrar a dictar clase soñaba con largarme lejos, a la selva o a la Sierra Nevada, a vivir entre una tribu y no regresar jamás. Hasta que no pude más y tuve que tomar una decisión: entré a la oficina del director del Departamento de Literatura de la universidad donde trabajaba y anuncié mi retiro. Llevaba más de una década dando clase. Y nunca más volví. Me encerré durante años a trabajar en un díptico sobre psicopatología criminal: Relato de un asesino y Satanás.

Deleuze me mostró que durante los años sesenta la universidad era el centro del debate de pensamiento de su tiempo. Veinte años atrás, el fin de la Segunda Guerra, con sus campos de exterminio y sus bombas atómicas, había dejado un mensaje claro: la razón no solo no da cuenta del mundo, sino que parece gobernada por una pulsión perversa de control, de dominio, de poder. Por eso hay que sospechar de esa engreída Modernidad que nos hizo creer que el conocimiento es, en sí mismo, la clave de un pretendido progreso. Mentira. El sistema se las ingenia, amaña, pone trampas y termina siempre favoreciendo a los poderosos en detrimento de los débiles y los desamparados. No interesa el saber, sino el poder que hay detrás de ese saber.

Por eso mismo era que la universidad tenía el deber, la misión de revisar el sistema, de re-pensarlo, de buscar nuevas dinámicas, nuevas estructuras. Uno iba a la universidad porque creía que era posible cambiar el mundo. Ese movimiento desembocó en Mayo del 68, la generación de Deleuze, que significó toda una reforma pedagógica y filosófica, y que desenmascaró los intereses ocultos del capitalismo soso que cree en la productividad y el consumo como las bases de la felicidad social.

Durante los años noventa, sin embargo, cuando nosotros ingresamos a la academia como profesores, el capitalismo logró ahogar esos sueños reformistas del movimiento universitario de los años sesenta y setenta, y convirtió la universidad en una empresa eficiente que debe generar ganancias económicas. No se cuestiona la mayor cosa, no se investiga nada importante, no se crea nada que busque un mundo mejor, no se enseña a combatir la injusticia. Nadie se rebela, nadie se cuestiona, nadie se opone. Hay una obediencia tácita en la nueva empresa pedagógica. Los profesores son empleados eficientes que llenan planillas de acreditación, dictan sus clases con horarios a tope y están allí no para cuestionar nada, sino para generar divisas a los patronos: los grandes consorcios económicos. Los alumnos son clientes a los que se les vende ese producto enlatado que deben consumir sin mirar siquiera la etiqueta. Y todo el mundo callado y con la cabeza gacha.

El problema es que esa olla a presión ya estaba empezando a estallar. Los estudiantes no eran tontos y descubrieron que los estaban empaquetando y envasando para alimentar un sistema hipócrita y mediocre donde los esperaba un vacío que les haría pedazos la vida. Les enseñaron que la clave era el dinero y el estatus, el éxito, triunfar a toda costa, acumular títulos, y resulta que tarde o temprano llegan las preguntas fundamentales, esas que nunca nos enseñaron en la universidad. ¿Qué sentido tiene mi vida? ¿Vine aquí a qué? ¿He ayudado a construir un mundo mejor? Y todas las estanterías se nos vienen encima aplastándonos y dejándonos malheridos.

Es entonces cuando los nuevos egresados o los jóvenes profesionales entran en depresiones profundas y pasan de narcisismo y los sueños de grandeza a ingresar en una terapia para poder soportar el vacío existencia que asfixia sus vidas hasta el punto de ponerlas en riesgo.

El profesor de la Universidad de Yale, William Deresiewicz, ha llamado recientemente a esta clase de estudiantes de estratos medios y altos “borregos excelentes”, es decir, jóvenes mansos que han cumplido con los caminos preestablecidos para ellos, que han obedecido todas las reglas para llegar a ser sujetos prestantes, y que al final han descubierto que no saben realmente lo que quieren, ni quiénes son, ni cómo escapar de esa zona de confort que se convirtió en una trampa. Porque esa es otra de las características de esta educación contemporánea: que les enseña a los estudiantes a ser cobardes, a tenerle miedo al riesgo, a rechazar los cambios y las crisis. Eso no es bien visto, hay que seguir el camino que ya está trazado. Si me salgo del rebaño de pronto me convierto en un loser, en un perdedor. Qué miedo. Mejor ser un borrego excelente y terminar la tesis doctoral.

Al final, una tarde cualquiera, me miro al espejo y tengo que decirme la verdad: que fui un idiota útil, que ayudé a construir un mundo peor, y que la educación que me dieron, atiborrada de ambición y egolatría, en lugar de liberarme lo que hizo fue encadenarme y extraer lo más ruin de mí mismo.

El 4 de noviembre de 1995, Deleuze, agotado ya por una insuficiencia respiratoria que le cortaba el aliento y lo dejaba suspendido en unos ataques prolongados difíciles de superar, se lanzó por la ventana de su apartamento de la rue Niel en París. Nuestro amigo Santiago Gamboa era por aquel entonces corresponsal del periódico El Tiempo en esa ciudad. Le pedimos que averiguara lo que pudiera y prácticamente nos informó en directo sobre el suicidio del que era nuestro incuestionable maestro.

Es extraño ver a un vitalista quitándose la vida de un modo tan brutal: volando por el aire para caer en la vía pública hecho pedazos. Sin embargo, basado en sus textos sospecho lo que pasó: la enfermedad lo fue acorralando, disminuyendo, hasta que se dio cuenta de que corría peligro de terminar en una clínica especializada, entre abuelos enfermos, conectado a una bala de oxígeno permanente o incluso un respirador artificial. Un triste final para un pensador que amaba la potencia vital por encima de todo. Entonces debió concentrar todas las fuerzas que le quedaban dentro de sí. Había estudiado con minucia poética los devenires animales de los chamanes y las hechiceras medievales. Sabía que ellos y ellas podían ingresar en zonas de insdiscernibilidad, en umbrales biológicos que permiten al iniciado convertirse en un mutante. Sólo así entendemos las esculturas de muchos pueblos indígenas, sus hombres-jaguar, sus hombres-serpiente, sus hombres-águila. Hay recorridos, viajes que nos llevan de una especie a otra, transformaciones intensas en medio de las guerras, las pandemias, las selvas tropicales y las estepas. Hombres-lobo recorren las noches de luna llena en casi todas las tradiciones del planeta. Y es fue lo que hizo el maestro, el brujo: concentró sus últimas potencias en el centro de su ser, y, en un ritual de despedida, logró un devenir-pájaro y se arrojó al vacío para decir adiós volando en aquella noche invernal regida por dioses plutonianos.

Al poco tiempo renuncié y nunca más volví a ganarme la vida de ese modo. Y esa tarde que salí a la calle, cabizbajo y preocupado, caminé hasta un parque y me senté en un columpio por unos cuantos minutos. En mi mochila, acompañándome en silencio, y también torturándome con sus párrafos magistrales en Recuerdos de un Brujo I y Recuerdos de un Brujo II, estaba mi ejemplar de Mil Mesetas todo subrayado y con anotaciones a lápiz en los márgenes. Ta vez, s no hubiera leído ese libro, seguiría allá, dando clase, hablando de asuntos de los cuales no estaba seguro y sobre los cuales, sin embargo, pontificaba con cierta suficiencia, como si fuera un experto. De no haber salido aquella tarde a ganarme la vida con mi máquina de escribir, muy posiblemente jamás me habría convertido en un escritor. Deleuze fue para mí un devenir que no pude controlar, una máquina de guerra, y, sobre todo, mi auténtica línea de fuga.

Leer es resistir. Bogotá. Editorial Planeta Colombiana. 2022. Págs. 101-107.

Luis Ospina

En 1987 el diario Libération de París hizo una encuesta entre cientos de cineastas del mundo entero preguntándoles:

¿Por qué filma usted?

Ésta fue mi respuesta:

¿Por qué hago cine?

Porque soy muy nervioso para robar,

Porque detrás de la cámara oculto mi timidez.

Hago cine por terquedad,

Por la persistencia de la visión.

El cine es una fijación

De emociones en emulsiones.

El cine es una revelación

De lo negativo a lo positivo.

Para hacer cine hay que tener fe.

En el cine, fe es creer en lo que no se ha revelado.

El cine es un misterio gozoso, es la alquimia, la bolsa negra.

Es el oficio de tinieblas del siglo XX.

Para hacer cine hay que tener vocación

Porque produce hábito.

El cine es creación y re-creación.

Hago cine en el Tercer Mundo para encontrar el planto sur-americano

Capaz de revelar nuestra imagen subdesarrollada.

LIBÉRATION, NÚMERO FUERA DE SERIE, PARÍS, FRANCIA, MAYO DE 1987.

Palabras al viento. Mis sobras completas. Bogotá. Editorial Planeta Colombiana. 2022. Págs. 25-26.

PRESENTACIÓN

Palabras de artista

“Zapatero a tus zapatos” fue la frase en una columna de prensa con la que el profesor Francisco Gil Tovar criticó que yo escribiera y pintara. Esto es, yo debía dedicarme solamente a un oficio que sabía hacer: la pintura. Comencé a escribir tardíamente. Mis dos hermanos, Jorge, abogado penalista, y Lucila, profesora de historia del arte, tenían las palabras a flor de piel y escribían desde niños. Yo dibujaba. Ellos también, pero yo era la artista de la casa.

Un día Carolina Ponce de León, mi asistente en el Museo de Arte Moderno de Bogotá, me dijo: “¿Por qué no escribe sus clases? ¡Son magníficas! En la década de 1980 me di cuenta de que nadie estaba escribiendo crítica de arte. Tanto Germán Rubiano como Eduardo Serrano, quienes eran los críticos jóvenes más importantes del momento, dejaron la crítica para centrarse en la historia del arte. Serrano se dedicó a la historia de la fotografía, y Rubiano, a su colaboración con el proyecto Historia del arte colombiano de la editorial Salvat. Este fue el momento en el que comencé a escribir. Mi primer artículo sobre apreciación del arte fue sobre Fídolo Alfonso González Camargo y se publicó en El Tiempo.

No obstante, en 1986 apareció una página cultural en El Tiempo, a cargo del crítico José Hernández. En esta página invitaron a participar a los jóvenes escritores Carolina Ponce de León y José Hernán Aguilar. Viendo que ellos dos estaban haciendo una buena crítica de arte, me aparté de la escritura de crítica, pero seguí escribiendo sobre distintos temas en el Magazín Dominical de El Espectador.

e ahí en adelante comprendí que la mirada de un artista a obras de arte de otros es diferente a la aproximación que tiene un escritor especializado en esos temas. Teniendo como eje los museos nacionales y sus colecciones, en mis escritos trabajé diversos capítulos de la historia del arte colombiano, como la Expedición Botánica, la Comisión Corográfica, el arte y los artistas del siglo XIX, la caricatura, la iconografía bolivariana y el legado de Humboldt en las artes. A pesar de los diversos temas y tonos de mis textos, cada vez que me dedicaba a escribir sentía que estaba haciendo una verdadera obra de arte.

Ante el arte. Medellín. Editorial Universidad de Antioquia. 2022. Págs. 11-12.

Hervé Le Tellier

WOODS VS. WASSERMAN

Lunes, 18 de junio de 2021,

Carroll Street, Brooklyn

¿Cómo puede un cuerpo contener tantas lágrimas?

Las dos Joannas lloran y el mismo pensamiento las asalta al mismo tiempo. Tantas lágrimas.

Hay cinco personas en el taller de Aby Wasserman, entre esbozos y pinturas al agua: dos piscólgos del FBI torpemente subidos a sendos taburetes altos, las dos Joannas en un sillón y un viejo sofá, y un Aby aturdido que no sabe ni qué decir. Sin pensarlo, el dibujante se ha sentado al lado de “su” Joanna y ahora descubre la angustia en los ojos de la otra. Ella también es la mujer a la que estrechó en sus brazos cuando bajó hace tres meses del vuelo París-Nueva York. Debería besarla, consolarla. Pero no. Está como petrificado.

Permanecen quietos y en silencio durante un buen rato.

-Necesito salir –dice de pronto Joanna, y las dos mujeres se levantan a la vez, abren la puerta acristalada y salen al gran balcón que da a la calle, seguidas por Aby.

Bajo los rayos del sol, con los ojos enrojecidos intentan recuperar la compostura, Joanna siempre ha creído en los beneficios del aire libre, nunca ha tenido dudas de que el viento, el cielo, las nubes traen respuestas como las cigüeñas traen niños. De pequeña, cuando el mundo se le resistía, salía a buscar la paz al parque que hay en la esquina de West con Providence. Se ponía a correr a toda velocidad por la calle asfaltada, hasta que sus pulmones decían basta y tenía que tumbarse en la hierba recién cortada, mirando al cielo con los brazos en cruz y el corazón desbocado. El universo entraba en ella a cada inspiración y, poco a poco, volvía a dominarlo. Pero los arces de Carroll Street no tienen ninguna solución sencilla que ofrecerle. Una de las Joannas se suena la nariz y respira pausadamente, intentando recobrar la calma. La otra se seca los ojos.

-No quiero robarte la vida –dice una sorbiéndose los mocos.

-Yo tampoco.

-Pero tampoco quiero perder la mía.

Una de las Joannas se vuelve hacia el hombre joven:

-¿Aby? Di algo.

Aby da un respingo. Su mirada no había dejado de oscilar entre una Joanna y la otra. Solo un vientre ligeramente abultado permite distinguirlas.

-Lo siento. Estoy superado. Me… me siento incapaz de decir nada.

Baja los ojos y contempla el tatuaje que tiene en la muñeca: dos palmeras en una duna. Un homenaje a su abuelo, a su propia historia: de pequeño, viendo la palabra OASIS en el antebrazo del viejo, le preguntó el motivo de la palabra tatuada y la respuesta fue: Mira, muchachochete, el oasis significa el agua en el corazón del desierto, es un lugar de paz y de fraternidad, así que me lo hice tatuar cuando tenía veinte años, como símbolo de la vida nueva que me esperaba aquí después de la guerra, es una especie de amuleto de la suerte, ya sabes, Aby, ein Glücksbrintger, y aún hoy en día el dibujante lo fascina el hecho de que en alemán se use la misma palabra, Glück, para designar la felicidad y la suerte: la desgracia tal vez solo sea un puñetero golpe de mala suerte. El día en que cumplió once años, el abuelo de Aby confesó que no, que la palabra tatuada no era el OASIS que había creído, leyéndolo del revés, sino el 51540, su número de deportado en Auschwitz. Al día siguiente de la muerte de su abuelo, Aby se tatuó en la piel, en el mismo lugar, un oasis de verdad cuyo origen solo él conoce y de dónde saca fuerzas cuando las necesita. Pero las dos mujeres lo están mirando y el tatuaje ya no le sirve de refugio.

-¿Nos hemos casado, entonces? ¿Y vivimos aquí? –pregunta Joanna June-. ¿Cómo fue nuestra boda?

Ni el “nos” ni el “nuestra” son premeditados. Pero establecen, aunque solo sea lingüísticamente, una suerte de equilibrio entre Joanna Woods y esa Joanna Wasserman que lleva en sus entrañas un hijo de Aby. No es la perversa intrusa, es la infeliz olvidada.

Una brisa de verano hace oscilar las hojas plateadas, y el ruido de los coches se hace menos audible. “El viento siempre viene de algún sitio cuando sopla.” A saber por qué Joanna recuerda ahora ese poema.

-No sé qué vamos a hacer. Jurídicamente… -se aventura la primera.

No hay jurisprudencia, está a punto de decir la otra, pero entonces piensa Joder, qué propio de ti, las cuestiones legales siempre primero. Y entonces piensa en el caso Martin Guerre, ocurrido en Francia en el siglo XVI. Un impostor, llamado Arnaud du Tilh, llega al pueblo natal de Guerre, se hace pasar por él, vive con su mujer y convence a todos los que están dispuestos a dejarse convencer de que es quien finge ser. Pero en un golpe de efecto, Martín Guerre regresa y el usurpador acaba en la horca. Para qué decir nada, piensa Joanna, convencida de que la otra ha tenido el mismo pensamiento. Así que se limita a murmurar:

-No tiene nada que ver.

Se hace el silencio, hasta que unos golpecitos discretos en el cristal hacen que los tres se den la vuelta hacia los agentes del FBI, que no se atreven a salir al balcón, quién sabe si tímidos o intimidados.

-Haceos un café –les propone Aby para quitárselos de encima.

-¿Y Ellen? –pregunta Joanna June- ¿Cómo va su enfermedad?

-Muy bien, ha empezado un tratamiento. Y… yo estoy trabajando en Denton & Lovell. Represento a Valdeo en el caso de heptaclorán.

-¡No fastidies! ¿Con el asqueroso de Prior? ¿Cómo has… como he podido hacer eso?

-No es ningún asqueroso, es un sambenito que le han colgado por ser multimillonario.

Joanna June lo sabe. Es una absurda evidencia. Desde luego, ella habría hecho lo mismo, y no solo para pagar el tratamiento, sino también porque no deja de ser Denton & Lovell… Instintivamente, tiende la mano hacia Aby, que se la coge también instintivamente. Al ver el gesto, a la otra Joanna se le corta la respiración, el dolor le oprime el pecho. Su hermana será siempre su hermana, pero ella no tiene más que a un solo Aby. Hay amores que se suman, pero hay otros que no se dividirán jamás.

-Es terrible –dice Aby, cogiendo también la mano de Joanna March-. Yo no os amo a los dos. Yo solo amo a una mujer que se llama Joanna.

No puede continuar. Las lágrimas que hacían brillar sus ojos empiezan a brotar, sin esclusas. Tantas lágrimas.

Traducción del francés por PABLO MARTÍN SÁNCHEZ

La anomalía. Barcelona. Editorial Planeta. 2021.  Págs. 277-281.

Jennifer García Acevedo

“El lienzo de muro está enfrente, para conjurar el círculo de tu sueño, pero la imagen lanza su grito”

Saint-John Perse

LLUVIA DE HOMBRES

Pienso en una pintura de René Magritte en la que un grupo de hombres vestidos con trajes idénticos permanecen suspendidos en el aire, sin que sea posible reconocer en sus formas un indicio de ascensión o caída. Pienso en sus pies separados de Dios y de la tierra, en sus voces reveladas a otros e incomprensibles para mí. Pienso que más allá de ese paisaje, donde nadie lanza un grito y todos asumen su destino de animal misterioso, estamos nosotros, tratando de develar el enigma, parados frente a la lluvia de hombres que nos desconoce, preguntándonos si como aquí, allí también las banderas se levantan y ondean sobre un campo de animales heridos.

SOBRE LAS JAULAS

Allí donde el animal atiende la urgencia de huir, donde la luz desaparece y el grito se hace carne en un lenguaje incomprensible, ningún Dios habla. Todos saben de esas prisiones detenidas en el tiempo, con sus voces huérfanas y sus formas laberínticas. Pasan de largo como por un puerto destruido, tocan sus barrotes como si tocaran los utensilios cotidianos, y en el rostro del tigre cansado advierten una ruina que no es la suya. La permanencia del animal en la jaula semeja la caída del hombre hacia un mundo que lo desconoce, el cuerpo que se precipita, ciego, resistente a los hilos que cortan los dedos. Cada descenso trae consigo una sentencia de huesos y ceniza trazada sobre la frente, una pulsación del índice sobre la región oscura, un ojo que despierta cuando todo se ha ido. Tarde reconocemos que en la boca del tigre también se revela nuestra herida abierta.

ESCRIBIR LO INVISIBLE

Nada se muestra más cercano que lo nombrado, cada cosa se abre lentamente bajo la aparición de una palabra que la reconoce. Quien vuelve la mirada hacia una región silencios entiende esta verdad. Sin embargo, es preciso escuchar el grito para saber que tras él se esconden muchos nombres y la herrumbre también toma su lugar en nuestra boca. Nombramos la sal y el pulso visible de la sangre, el laberinto abierto del mundo, las voces que recitamos y nos reclaman. Pero solo lo invisible nos pertenece, en cada uno extendida encontramos el temblor de lo conocido, en cada pregunta arrojada al aire, un indicio de ruina. Nombrar lo invisible para reconocer el propio rostro, su correspondencia con los gestos del espíritu, su eterna precipitación al vacío y a la luz. Cuando el día comienza y la sombra del ángel deja de cubrirnos, reaparecen los signos incomprensibles del sueño, el movimiento de la serpiente en un rincón de la cabeza –nombre impuesto a nuestras cavilaciones- y en él la medida del pensamiento lanzando sin pudor sobre la inconsciencia. Extraviados en las visiones del día ignoramos que hay un lenguaje común para lo oculto, para las plantas que permanecieron debajo de la tierra, para las casas que murieron antes de ser construidas. Una intención bajo la que caen el sueño y la realidad de un solo golpe: escribir lo invisible para ver la propia nada habitando la hoja.

SOBRE UN CUADRO DE DAVID CASPAR FRIEDRICH

Un barco se multiplica frente a nuestros ojos, de sus velas penden las espadas que aniquilarán a los hombres. Ningún ángel podrá salvarlos, ahora que los animales duermen lejos y el paisaje se revela en una caligrafía extraña. Caminan hacia él impulsado por un gesto ciego, extraen la sal de la ola para cubrir su herida, mientras la tarde se cierra y la sangre fluye hacia otros lugares. Nadie es lo suficientemente viejo para morir o lo suficientemente joven para salvarse. En todos se revela la sombra y la intemperie. Ahí surge el misterio, bajo los signos secretos del aire, en el vértigo que no distingue de nombres, en la universalidad de la muerte y de la luz. Aquellos que vagan por la vida como por una estancia del sueño, comienzan a desconocer su destino, observan el incendio en el río y no temen, escuchan el canto de los ahogados, tocan las puntas de las lanzas, y cuando el asesino señala con su rifle, cierran los ojos y esperan. Eso que los lleva a su descenso, los acerca también al origen, en el que extraviados, con la plena ignorancia del mundo, se arrojan al mar y ven sus manos salir a la superficie. A diferencia de ellos, poco puede decirse de los que conocen la inmolación y la niegan, esos que nunca aprendieron de la mosca y su fugacidad o recibieron con humildad los estragos del invierno, para ellos la muerte es una casa lejana, repleta de huéspedes y campanarios, donde nadie más debe entrar. Al final del día no habrá que insistir en la permanencia y esconderse. La tierra siempre abre su pecho para encontrarnos.

SOBRE LA NECESIDAD DE NOMBRAR

“Alguien debe hacerse cargo de lo que no se sabe”

Jorge Cadavid

No existe aquello que no se nombra, solo lo que se nombra existe, dicen los hombres todo el tiempo, pero hay quienes nombran el mar para acabar con la sed del mundo y quienes nombran la fiebre como si revelaran la aparición del sol entre los huesos. Pregunto por lo que existe, y en cambio escucho a las mujeres dar un nombre al hijo que nunca tuvieron, las veo mecer su sombra hasta el amanecer, mientras llenan de leche una vasija de la que nadie bebe. He visto también a hombres ciegos hablar del relámpago como de un objeto conocido, señalar la intensidad de su luz y su recorrido hasta el suelo, luego están quienes aseguran haber visto a Dios de pie sobre el agua. Entre tanta verdad improbable y tanta visión amenazadora, la incertidumbre es nuestro consuelo. ¿O acaso bastaría con nombrar la cuerda imaginaría para que fuera posible sujetarse a ella?

Incertidumbre del nombrar. Medellín. Sakura Ediciones. 2021. Págs. 17, 29, 32, 35. 48.