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Una de las historias más complejas, que arroja interesantes luces sobre el comportamiento de la Policía francesa (y de todas las Policías del mundo), es la de las tres bombas.

Un día, un joven colombiano bastante guapo, muy elegante, entra en mi despacho. Ha pedro ver al agregado militar, pero, como no tenemos agregado militar (sospechoso, ha sido despedido), se ha considerado oportuno enviármelo a mí. Lleva un maletín que deposita sobre una mesa, en un saloncito de la Embajada, y abre a continuación. En su interior, hay tres pequeñas bombas. El colombiano me dice:

  • Son bombas de una potencia extraordinaria. Con ellas cometimos el atentado de Perpiñán contra el consulado español, y también el del tren Burdeos.Marsella.

Asombrado, le pregunto qué quiere y por qué me trae esas bomas. Me dice que no pretende ocultar su pertenencia fascista, que es miembro de la Legión Cóndor (lo habría imaginado) y que actúa así por simple odio a su jefe, a quien detesta a muerte. Añade:

  • Quisiera por encima de todo que lo detuviesen. No me pregunte por qué, es así. Si quiere conocerlo, vaya mañana a las cinco a “La Coupole”, estará sentado a mí derecha. Le dejo las bombas.

Tras su marcha, aviso a Araquistain, el embajador, que telefonea al prefecto de Policía. Inmediatamente, se hace que los servicios franceses de explosivos analicen las bombas. El terrorista ha dicho la verdad: las bombas son de una potencia desconocida hasta la fecha.

Al día siguiente, sin decirles el motivo, pido al propio hijo del embajador y a una amiga actriz que vengan a tomar una copa conmigo en “La Coupole”. Al llegar, veo enseguida al colombiano, sentado en la terraza con un grupito de personas. A su derecha –se trata, por lo tanto, de su jefe-, se encuentra un hombre a quien, curiosamente conozco, un actor latinoamericano. Mi amiga actriz le conoce también, y le estrechamos la mano al pasar.

Mi delator se mantiene impasible.

De regreso a la Embajada, conociendo el nombre del jefe de este grupo de acción terrorista y e hotel en que vive en París, aviso al prefecto de Policía, un socialista. Me responde que va a detenerlo inmediatamente. Pero no ocurre nada. Poco tiempo después, encuentro al jefe del grupo terrorista sentado tranquilamente con unos amigos en un café de los Campos Elíseos, el “Sélect”. Mi amigo Sánchez Ventura puede atestiguar que ese día lloré de rabia. Me decía: “¿Pero en qué mundo vivimos? He aquí un criminal conocido, y la Policía no quiere detenerle. ¿Por qué?”

El delator vuelve entonces a mi despacho y me anuncia.

  • Mi jefe va a ir mañana a su Embajada para pedir un visado para España.

Información totalmente exacta. El actor latinoamericano, que gozaba de pasaporte diplomático, se dirigió a la Embajada y obtuvo sin dificultad su visado. Iba a Madrid en el desempeño de una misión que jamás supe en qué consistía. En la frontera, fue detenido por la Policía republicana española, a la que habíamos avisado, y puesto en libertad casi inmediatamente merced a la intervención de su Gobierno. En Madrid cumplió su misión, antes de regresar tranquilamente a París. ¿Era pues, invulnerable? ¿De qué apoyos podía disfrutar? Yo estaba desesperado.

En aquellos momentos, tuve que marchar a Estocolmo. En Suecia, leí en un periódico que un explosivo de extraordinaria potencia acababa de destruir un pequeño inmueble situado en las proximidades de l´Étoile, en el cual radicaba la sede de un sindicato obrero. El artículo precisaba –me parece- que el explosivo utilizado era de tal potencia que se había derrumbado el edificio y habían perecido dos agentes. Sin la menor sombra de duda, reconocí la mano del terrorista.

Tampoco pasó nada. El hombre prosiguió sus actividades, protegido por la indiferencia de la Policía francesa, que, como muchas Policías europeas, dedicaba lo esencial de su simpatía a los regímenes fuertes.

Al terminar la guerra, y como no podía ser por menos, el actor latinoamericano, miembro de la quinta columna, fue condecorado por Franco.

buc3b1uel.jpgMi último suspiro. Madrid. Plaza y Janés. 1987. Págs. 196-197.

1.jpg[Sello: Praga, 5, IV, 15] (Fragmento)

Otro domingo, Felice, un domingo hermoso, tranquilo y gris. Sólo yo y el canario, estamos despiertos en la casa. Estoy aquí en casa de mis padres. En mi cuarto, ciertamente, parece que rugen los infiernos, detrás del muro de la derecha se supone que están descargando troncos de árbol, se oye cómo cada tronco es descargado del carro y luego levantado, suspira como un ser vivo, luego se siente un estruendo al caer, estruendo que recoge la resonancia de toda la maldita casa de cemento armado. Encima de la habitación, en el sotabanco, ronronea la maquinaria del ascensor, resonando por todos los espacios vacíos. (Este era el presunto fantasma que había en el estudio, pero también hay criadas que, al poner a secar la ropa blanca, ni más ni menos que golpetean con sus chanclos sobre la base de mi cráneo.) Debajo de mí hay un cuarto de niños y un salón, durante el día los niños gritan y corren, continuamente chirría una puertea al ser abierta de golpe, la niñera, por su parte, pretenden imponer silencio a fuerza de gritos, al caer la tarde los adultos parlotean unos con otros como si en el piso de abajo todos los días se celebrara una fiesta. De todos modos la cosa acaba a las 10, al menos hasta la fecha, algunas veces ya a las 9 ha habido silencio, y si mis nervios de hallan aún en condiciones, pueden gozar de una paz maravillosa.

(…)

Edición de ERICH HELLER y JÜRGEN BORN

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Cartas a Felice y otra correspondencia de la época del noviazgo, 3. 1914-17. Madrid. Alianza Editorial. 1979. Pág. 639.

 

DIEGO SÁNCHEZ (Director)

1.jpgPor: Patricia Cuervo. Facultad de Comunicación. Universidad de Medellín.

¿Por qué, qué sentido tiene para usted hoy, llevar a la escena “Perspectivas Ulteriores”, por qué se decidió por ella, que causó esa decisión?

La verdad es que un espectador asiduo a nuestro teatro, y hablando de nuestro repertorio dijo que estaba bastante incompleto porque allí no estaba Perspectivas ulteriores. A partir de ese comentario surgió la necesidad de volver a él, de retomar esa velada naturalista que nos presenta en escena al hombre como objeto de estudio, una vez más echar una mirada a la condición humana, aq1uella de la que no podemos escapar.

¿Qué nuevos elementos de la estructura teatral de la obra de Kroetz, ha insertado o incrustado en esta nueva realización, desde sus obsesiones y búsquedas teatrales y por qué?

La actriz, la escenografía, las luces, la sonoridad y el director son otros. Ha corrido agua bajo los puentes y ahora somos distintos. Tenemos más experiencia y por lo tanto hay que andar más cuidadosos, menos aventados —qué horror—. De alguna manera la ingenuidad te provee de muchos elementos que tienes a la mano y que la experiencia abandona.

Qué nuevos elementos de la estructura teatral de la obra de Kroetz, ha insertado o incrustado en esta nueva realización, desde sus obsesiones y búsquedas teatrales y por qué?

No son muchos. Kroetz en el texto propone un trabajo de “acciones físicas” y eso ha sido obsesionante para mí, de manera que agrandamos ese plano de las acciones, esa relación con cada uno de los objetos, que al fin y al cabo son los que nos cuentan la vida del personaje. No es solo lo que hace el personaje con el objeto sino Cómo lo hace, cuál es el subtexto y qué es lo que quiero que lea el espectador.

MARGARITA BETANCUR FRANCO (Actriz)

1.jpgPor: Katherine Yepes. Facultad de Comunicación. Universidad de Medellín.

¿En qué momento y por qué se le propone y se decide hacer de la señora Rusham en “Perspectivas Ulteriores”, como se dio ese hecho, qué provocó en usted?

La noticia del monólogo me llegó a comienzos del 2016 en un momento en que mi situación familiar era difícil porque mi mamá de 65 años tenía una enfermedad terminal diagnosticada hacía algunos meses. Que el grupo decidiera que yo fuera la llamada a encarnar a la señora Rusham me provocó una gran felicidad por el voto de confianza que significa la asignación de ese rol en particular (monólogo). Inquietud ya que no conocía nada de la obra o el autor y de ahí en adelante durante las aproximaciones al texto ese año y el montaje desde febrero de 2017 han pasado muchos sentimientos ansiedad, expectativa, empatía, temor, mucho amor y lo más importante fraternidad infinita por parte de mis compañeros, familia y amigos.

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¿Qué sentido y que realización tiene y alcanza en su trayectoria teatral, hacer de señora Rusham y qué como hizo su preparación para hacerse ella en la escena?

Me siento realizada cada vez que me monto al escenario con el Teatro Matacandelas porque amo actuar y estar en este grupo. Este reto trajo a mi vértigo, aventura y sobre todo autoconocimiento. En la preparación de la obra me alimenté de dos textos de Simone de Beauvoir, La vejez y Una muerte dulce. Igualmente hace algunos años llegaron por Cristóbal Peláez director del grupo textos de George Perec como Especies  y La vida instrucciones de uso, y nos acercamos al estudio de los objetos. Para finalizar a lo largo de mi vida he tenido maravillosas mujeres que han servido como referente, entre ellas mi Mamá, mi tía Heroína Betancur y Doña Alicia Rueda, mujeres que transitan como todos en la soledad, mujeres muy fuertes y valientes.

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¿Considera que “Perspectivas Ulteriores”, trata de la vejez o de la vida hacia la muerte, o de la vida cotidiana de señora Rusham, y por qué sí o no?

Yo creo que este hermoso texto escrito por Franz Xaver Kroetz, nos acerca a la vida misma, no es particularmente un texto sobre la vejez o sobre la soledad, es más bien un texto sobre los objetos, sobre el silencio, sobre la memoria. La señora Rusham es una mujer que ante todo tiene esperanza, en cada situación ve una oportunidad y no cede ante el dolor o el duelo.

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creo que fue en sábado, el día de descanso, cuando se inventaron las dificultades. el creador cayó dormido y soñó. fue el primer durmiente y el primer sueño. el sueño de dios. la caja de Pandora primordial. del inconsciente del espíritu brotaron monstruos y artistas. los maestros y el arcángel.

hoy es domingo y he pasado parte del día con mi padre. el tiempo reinante me da miedo pero me gusta. está bramando fuera. me duele el cuerpo como siempre que hay mal tiempo. vino bastante de sorpresa. el cielo se puso negro y granizaba en primavera. ya nunca sé cómo va a ser porque él no me lo cuenta. antes solía llamarme y decir “habrá una tormenta, te llegará en un par de días”. o “está viniendo el sol”. a mí no me hacía falta ninguna otra fuente teniendo la palabra de mi guardián.

vívimos muy largo tiempo en nuestra imaginación, porque el desplazado es la alternativa ligera y corazonal. el desplazado es alguien sincero y preocupado y lleno de sangre brillante. pero mi padre, el irrevocable extraño, no hay lugar donde ir. no aceptado por el mundo real y traicionado por el divino, se ha hundido en un estado de atrofia. un trofeo es un premio estacionario. es el junkie deviniendo junk el soñador haciéndose sueño. es la propia obra maestra. un trofeo. atrofia.

dios duerme, su pueblo –devoto, ambicioso y correcto- contempla el sábado con responsabilidad y sumisión completa. teniendo una sola lengua y un sola mente, respetuosa de él, le exploraron delicadamente. aquí están devotos e inclinados sobre su día de descanso y elección. su número creciente. su telepatía. sus energías fundiéndose. casa ansiada, prueba ansiada y émbolo. así materializaron la primera hipodérmica. así fueron capaces de inyectar su concentración en el pozo de su soñar.

así se hicieron íntimos de lo más íntimo del espíritu. allí fue donde el hombre se comunicó con órdenes superiores y allí aprendió los grandes secretos. indescriptible ira impuso babel. porque habían aprendido el secreto de la levitación mediante comunicación. los secretos de dios, de la arquitectura. se hicieron un con sus espectros, sus arcángeles, y los sonidos anticipaban la revelación.

para él fue un día de escapada completa. nada de compromiso social con sus creaciones, los dilemas del bien y del mal y los de los incapaces. para él fue el tiempo de la verdad preciosa. del sueño.

imagino a dios celoso y loco –aureolado en la luz diurna de neón. simplemente no puede creer que su pueblo, las hormigas, hayan conectado con él a través del sabbath. él se había expuesto como un resultado de la alquimia armónica que existía entre su soñar y la adoración de ellos. él no podía aceptar que estuviesen tan conectados y por eso hizo que se desconectaran. el hombre fue condenado a vagar por la tierra como hordas de teléfonos leprosos.

una galerna, vientos de 20 millas. la lluvia.

imagino y sueño. dios durmiendo. mi padre buscando. dios despierta, le toma en volandas y le abraza. ahí está el padre –king kong y mi padre- el de oro.

he pasado hoy algún tiempo con mi padre. he contemplado y oído y me he abierto con él. he compartido su nostalgia, su deseo de unión perfecta. su decepción en un destino de vagar lejos del cielo. su resignación. su padecer la agonía de no estar aferrado al hilo del soñar. la corrupción final de su sueño más interno por la invasión de los inspectores de la realidad.

reconozco en él al verdadero desterrado. él es lucifer, la luz sin timonel, judas el traductor y barrabás el mal usado. tan cierto de la existencia de dios que intentaría negarle, desafiarle o buscarle allende las restricciones de la ley, la roca. ha respaldado la validez de la negativa por la imperfección del hombre y sus errores de cálculo al tratar con lo abstracto.

así es y así ha sido siempre. reconozco a un hombre con gafas oscuras, estatura media y camisa marrón. un acróbata, un corredor, un obrero de fábrica y el marido de mi madre.

reconozco la torre de babel como un símbolo de penetración. el símbolo de un momento en que el deseo humano de estar próximo a dios era tan intenso que invadía sus sueños. reconozco a un hombre cuyos sueños han sido también invadidos, y creo realmente que no hay nadie más próximo a dios que mi padre.

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Babel. Barcelona. Editorial Anagrama. 1979. Págs. 21-24.

 

Mi padre, Seepersad Naipul, el tercer escritor que deseo mencionar, solo escribió unos cuatro relatos. Nació en 1906 y murió en 1953. Al igual que Walcott y Selvon muchos años después, trabajó para The Trinidad Guardian. A diferencia de ellos, no escapó. Empezó como corresponsal rural en 1928 o 1919, especializándose en asuntos indios, después escribió sobre temas generales y, con dos breves interrupciones, siguió en el periódico hasta su muerte. Empezó a escribir relatos en 1939, pero hasta los últimos años de su vida no encontró público ni una modesta recompensa económica, con Henry Swanzy y Voces del Caribe. Hasta entonces había escrito en serio solo para él y por una necesidad personal.

Escribía sobre la vida de los indios de Trinidad. La consideraba autónoma; así debía de parecérselo a alguien nacido en 1906. A diferencia de Selvon, él no veía que las razas fluyeran juntas, cuando el sector indio, su lengua y sus ceremonias se hundían poco a poco. En los primeros relatos de mi padre no aparecen las demás razas; el director del colegio, presbiteriano, es indio, igual que el misionero. El antiguo ritual es importante. Alivia el dolor; vuelve a unir a las familias deshechas. Esta práctica del ritual piadoso es una de las funciones de la comunidad del pueblo. Mi padre lo ve como un todo, aunque al cabo de un par de generaciones desaparecerá.

Posiblemente es el primer escritor de la diáspora india, el primero en escribir sobre sus gentes transplantadas, campesinos desprotegidos que intentan, como por un instinto imperioso, recrear la sociedad que han dejado atrás y en gran medida lo logran. En realidad es un tema muy amplio, a la manera de Willa Cather (mi padre retrotrae audazmente la narración a 1906, año de su nacimiento), pero es un tema indio, y la India jamás querrá conocer su historia, ni literaria ni de ninguna clase, ni nadie querrá conocerla. Sin embargo, es más pionero que los demás escritores que he mencionado, y más original. Para hacer lo que hizo se necesitaba un profundo conocimiento de las antiguas maneras, y un don para la expresión moderna. Nadie más hubiera podido hacer lo que él hizo, con gran esfuerzo, y como yo puedo atestiguar, sin ningún reconocimiento.

Mi padre estropeó su material al intentar encajarlo en lo que él consideraba “relato”: el final con sorpresa, digamos. Tenía el conmovedor deseo de que sus relatos, tan remotos, aparecieran en revistas de Inglaterra o Estados Unidos, y pensaba que el final con sorpresa ayudaría, de modo que en su escritura podía apuntar muy alto y después caer. Porque se le ocurrían muy pocos finales con sorpresa y porque el “relato” se le escapaba, creía tener poco material, y rehacía una y otra vez lo poco que acababa. La verdad es que, si hubiera podido retroceder un paso, habría comprendido que había más cosas sobre las que escribir. Si hubiera podido retroceder un poco para distanciarse de sus historias sobre la belleza del antiguo ritual y considerar el entorno colonial, podría habérsele ocurrido otras ideas, pero probablemente ese retroceso hacia el entorno colonial malo le habría dolido, y el dolor era algo con lo que no quería enfrentarse en su escritura.

Le pedí muchas veces que escribiera sobre su infancia. Yo quería saber. Él era un chico pobre, sin padre, del que se hicieron cargo diversos parientes, y de vez en cuando me ofrecía un atisbo cómico de aquella infancia, pero nunca escribió sobre el tema y nunca me contó nada con claridad. De modo que nunca llegué a saber. Si hubiéramos vivido en un lugar con una tradición literaria, una de las formas podría haber sido la autobiografía testimonial, y mi padre quizá no habría sentido tanta timidez a la hora de escribir la suya, pero no había público para esa clase de escritura, ni para ninguna otra. En un sitio como Trinidad, con tantas crueldades del pasado, escribir sobre el dolor personal habría supuesto incitar a la burla. Hay una historia terrible sobre esa clase de burla que quisiera contar. En 1945, cuando se mostraron en los cines de Puerto España las noticias sobre los sufrimientos en los campos de concentración, los negros que ocupaban las butacas más baratas se rieron y gritaron. Quizá este tipo de conducta, y no siempre el miedo o la pena, acompañara los terribles castigos de la época de la esclavitud.

En la poesía de los negros había una tradición plañidera, como en la tradición del blues. Parecía lógico. Durante mucho tiempo tuve conocimiento, por los libros del colegio, de la poesía de Martinica y similares, de que esta poesía se escribía de una manera especial: no juzgada como verso sino más bien expuesta, con largas citas que dan fe de la rabia o la pena del poeta. Esa fue la tradición que acogió al joven Walcott.

No existía una tradición de escritura india, de escritura colonial ni testimonial que pudiera acoger a mi padre. Y todo el dolor de los primeros años de su vida, el material con el que en otra sociedad habría conseguido ser escritor, se quedó arrinconado.

Traducción por: FLORA CASAS VACA

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El escritor y los suyos. Barcelona. Editorial Grijalbo Mondadori. 2009. Págs. 40-43.

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CAPÍTULO PRIMERO (Fragmento)

Aprendí pronto a no esperar tener éxito cuando le pedía a papá que no bebiese, porque se pasaba muchos meses de imposibles alegatos asegurando que lo dejaría, exponiendo su teoría incluso durante el acto mismo de comprar el destructivo producto. Después, como yo me iba haciendo mayor y se veía forzado a enfrentarse a mí con más coherencia sobre el tema, se preparaba tentativas que sonaban sinceras y pretendían alejar mis sospechas sobre la reforma implícita en el viejo truco de “sólo por esta vez”. A menudo, también cuando la distracción del alcohol relajaba su contención, se apoderaba de él un impulso nostálgico de llorar y entonces me tenía horas ahogado en un baño blandengue del que siempre apartaba la cara, avergonzado. Pero ni los sollozos autocompasivos ni las muchas protestas verbales servían de ayuda para hacer realidad sus buenas intenciones, y finalmente acabé por comprender que no podría dejarlo nunca, así que se lo pedía cada vez menos y en correspondencia los anuncios de sus intentos aflojaron hasta que llegó un día en que rechazó cualquier esfuerzo por lograrlo. Con este resignarse definitivamente al alcohol, aceptando sinceramente ser incapaz incluso de intentar moderarse, yo renuncié por completo y me propuse intentar controlar el grado. Por supuesto que él ganaba cada una de las etapas de estos cambios, y que en realidad toda mi lucha resultaba inútil, porque para cuando varios años después llegamos a un acuerdo de sólo una botella al día, su situación de saturación era que sólo absorber un vasito de licor le dejaba prácticamente inconsciente al instante. Pero todo esto todavía tenía que llegar con la novedad de nuestra primera temporada juntos simplemente me escondía lo que bebía según dictaran las circunstancias.

Cuando se iba el último cliente, le pagaban a mi padre e inmediatamente nos marchábamos juntos del Zaza de Charley, otra vez con espíritu de celebración, y salíamos en busca de las amadas luces de la calle Curtis. Rápidamente comíamos en un restaurante, parábamos en un puesto de golosinas y recalábamos en un momento en un drugstore para que yo me pesase en la báscula de monedas mientras él compraba a mis espaldas el valioso objeto que inmediatamente intentaba deslizar,  disimulando sin éxito, en el bolsillo interior de la chaqueta. Aquella forma tan seria de llevar a cabo tan torpes intentos de colar la botella era tristemente absurda, porque mis ojos despiertos nunca dejaban de descubrirlo con el corazón inquieto. Pero como yo elegí lo que íbamos a ver, estaba exultante (a papá le importaba muy poco o nada lo que viéramos), y lo arrastraba por el vestíbulo lleno de gente hacia las escaleras (para que pudiera fumar) donde, aposentados en el anfiteatro en medio de parejas de clase baja con criaturas lloronas, amantes ensimismados, muchachotes ruidosos y brutos que silbaban para poner nerviosa a las jovencitas que subían las escaleras en grupo haciendo risitas y toda la gran variedad de público de la sesión de medianoche, mi padre se iba metiendo encantado su vino saleado con cacahuetes salados. Para mí, a su lado, aquellas horas eran una sucesión de emociones que se desplegaban sin cesar. Casi sin darse cuenta, mi boca iba fundiendo sabrosos bombones, y con plena conciencia sentía la tensión de la fuerza sudorosa con que mis dedos pringosos se aferraban al asiento, mientras contemplaba hechizado la pantalla maravillosa.

Traducción de FERNANDO GONZÁLEZ CORUGEDO

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El primer tercio y otros escritos. Barcelona. Editorial Anagrama. 2006. Págs. 82-84, 87-89.

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SÍ, EXISTE UN PARALELISMO y me he identificado con Joyce porque pienso que las cosas que cambian la totalidad del mundo pertenecen a nuestra consciencia y estas cosas han de ser realzadas, pues no se puede estar por debajo de esta pretensión. Pero si se quiere algo así hay que cuidar de que estas cosas estén vivas y que de ellas irradie realmente algo. Uno no debe abandonarse detalladamente a los criterios formales y estilísticos, sino sólo al principio vital de la cosa como materia viva. Si no se alcanza esa materia viva, la cosa misma se destruye. Quiero decir que ese principio modificador del mundo ha sido decisivo para mí como ingrediente, como materia y puede decirse que también como medicina dinámica.

Edición a cargo de Bernd Klüser

Traducción: Miguel Salmerón

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Ensayos y entrevistas. Madrid. Editorial Síntesis. 2010. Pág. 109.