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Debería hablar aquí de ti, Matisse. Tu calidad es lo que te será reprochado, ya que has permanecido en tu línea, de la que puedes volver cuando te plazca.

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Hace treinta años, y aún ayer, se ensalzaban los ornatos de color liso sobre un muro. Perdónenme por hablar algo de mí, es para hacerme comprender mejor. Por aquella época yo era, para todos aquellos periodistas del bulevar –todavía los había-, el leproso, y no todavía el expresionista inconsciente de 1900.

A ti, Matisse, se te reprochaba tu prodigalidad.

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La facilidad, la alegría –ciertamente aquí, sí- con la que cubres una superficie plana. Contarán tus horas de trabajo y encontrarán que has ganado demasiado. Felices momentos en los que fijarán grandes temas, a raíz de tu viaje a Marruecos. Te reprocharán justamente esa facilidad con la que ejecutabas la calidad. Te reprocharán la frescura de tus evoluciones. Y a Derain, esa misma afectación. Mi turno también llegará; sin embargo, he escuchado tanto a lo largo de treinta años que estoy completamente sordo.

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Traducción e introducción de OIHANA ROBADOR

Prólogo por BERNARDO DORIVAL

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Sobre el arte y sobre la vida. Pamplona. Ediciones Universidad de Navarra (EUNSA) 20017. Págs. 103-104.

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Recuerdo con placer los cuatro años de mi permanen­cia en Medellín. En la dirección dé la escuela primaria a que me condenó el gobierno, con una severidad que excedía, sin duda las proporciones del error cometido por mí al adoptar como profesión la de la enseñanza, usaba ocho horas cada día impartiendo nociones elementales a chicos ya desasnados en otros establecimientos. Sabían leer y hacer las letras. Era un grupo de niños pertenecientes a las clases obreras de la ciudad. Desde el primer momento experimenté ante esas criaturas la sensación de que no tenía con ellas nexos de ninguna especie. En Titiribí mis alumnos eran mis amigos. Algunos de ellos tenían mi edad y dos o tres habían nacido antes que yo. La enseñanza había sido allí una práctica agradable, principalmente porque los alumnos en su mayor parte manifestaban grande interés en adquirir conocimientos. En sus pregun­tas y vacilaciones había yo descubierto con sumo placer los vacíos mayúsculos de mis conocimientos en las materias que debía enseñar y aprendía con ellos mientras imaginaba enseñarles. Éramos camaradas. En la escue­la elemental de Medellín no había nexos de este género entre maestro y discípulos. Ellos escuchaban o no escu­chaban, aprendían o no, esperaban con impaciencia la hora en que distraerse de las explicaciones que oían de­jaba de ser una falta, y se precipitaban a la puerta de salida con señales ingenuas de alegría. Yo me retiraba en busca de mis libros y del contacto con espíritus para los cuales no eran ni un estorbo ni una amenaza. Estudiaba por entonces italiano, y el bibliotecario de la Universi­dad, Juan Bautista Posada, mi amigo de la niñez, me daba a leer obras del Tasso, de Pellico, los Promessi Sposi, de Manzoni y otros bellos libros en ese idioma que tenía a su cuidado. Recuerdo que la novela de Manzoni fue acaso el primer libro de imaginación que me causara una viva emoción de realidad humana y de belleza literaria. Has­ta entonces Julio Verne había logrado apoderarse de mi curiosidad, no de mis sentimientos.

Frecuentaba por entonces la redacción de La Consigna, peri6dico semanal dirigido y escrito en su mayor parte por Fidel Cano, a quien había conocido ocho o diez años antes, en Rionegro, donde su padre, don Joaquín, tío de mi madre, dirigía un negocio industrial. Fidel, poseído de una poderosa inclinación literaria, tenía su pequeña imprenta y en ella publicaba una revista titulada La Idea, en cuya preparación trabajaba como cajista, impresor, co­rrector y escritor. Nos acogía con inteligente condescen­dencia a los estudiantes de la normal y aun llegó a per­mitirnos publicar en su imprenta un periodiquín que a falta de nombre más volátil intitulamos El Éter. En él dimos a conocer, con audaces tendencias reformadoras, nuestras fallas en asuntos gramaticales y nuestro poco respeto por la lógica y la ortografía. Fidel sonreía, con esa bondad serena y acogedora de que dio muestras en todas las épocas de su vida.

En La Consigna se reunían las gentes de preocupacio­nes literarias y de nexos con la política un tanto agitada de la época. A mi me llevaban mitad con Fidel, mi deseo de enterarme y mi gran capacidad admirativa. En­tre los más asiduos figuraba Luis Eduardo Villegas, co­laborador del semanario y personaje eminente en la po­lítica y la administración del Estado soberano. Alto, robusto, de buen parecer, serio en su aspecto y muy cortés de maneras, Luis Eduardo entraba contoneándose un tan­to, siempre con alguna noticia grave sobre la política del momento, o con alguna idea trascendental o curiosa ca­zada en las lecturas de la noche. Correctísimo en el hablar, se apoderaba rápida y fácilmente de la atención del audi­torio, por más numeroso y respetable que fuera, en sus ideas, en sus actitudes, en su aspecto parecía gozar de la vida y no estar muy descontento de si mismo. A más del derecho, que era su profesión, le inspiraban grande in­terés los estudios gramaticales, en que llegó a merecer el aplauso de Rufino J. Cuervo, era profesor de lengua española en el instituto donde yo figuraba como subdirector y nos entretenía a los demás catedráticos la lectura de sus notas de clase. Escribía, por ejemplo: el alumno Molina “marró” dos veces; Aguirre “hizo novillos”, Pérez “anda por los cerros de Ubeda”. Leía los clásicos tenazmente, no sé si por inclinación o en busca de flores literarias y mo­delos de estilo. Su modo de expresarse por escrito era co­rrectísimo, galano en verdad, no escaso de meollo, pero dejaba a menudo la impresión de la erudición y el artificio. Admiraba sinceramente a Fidel y proclamaba en su au­sencia la diamantina calidad y la gracia comunicativa en el estilo de su amigo. Colaboraba también, menos asiduamente, en La Consigna Benjamín Palacio, notabilidad política un tanto expansiva, perteneciente también a la administración. Era compacta su apariencia y un tanto bullicioso su modo de presentarse y de hablar. Vestía siempre de levita y llevaba la chistera con aire de impor­tancia. Por lo demás, era campechano su estilo y contaba regocijadamente anécdotas de subido color. Vino a menos al caer el partido radical. Fue padre de Benjamín Palacio Uribe, de fama periodística un poco estragada y sinuosa, que murió prematuramente en el ejercicio de su profe­sión, en horas de amarga agitación política en la capital de la Nación.

El doctor Francisco Uribe Mejía, el doctor Pachito, como le decía unánimemente una población agradecida y llena de admiración por sus claras virtudes ciudadanas y privadas, solía pasar también por La Consigna, a veces con algún escrito debajo del brazo. Sonreía siempre en­tre angelical y burlonamente, aunque era la bondad per­sonificada. Cubría su calva desolada y reverenda con la chistera indispensable. Vestía siempre de negro y mar­chaba de suyo inclinado hacia adelante. Era cargado de hombros y pulcro como un armiño. Los que no le querían, le adoraban. Sin tener negocio de librería, importaba por curiosidad y los vendía, libros franceses de ciencia y li­teratura. Entiendo que llegó a una edad muy avanzada, cerca de los cien años, sin sorpresa de quienes le conside­raban destinado a vivir para siempre. Fue médico risueño y catedrático sin convicciones.

Por La Consigna solía pasar el doctor Manuel Uribe Ángel, a quien la gratitud de sus contemporáneos llamó el doctor Manuelito. El doctor Uribe Ángel escribía sobre cosas científicas. Recuerdo sus artículos sobre la amenaza inminente de la erosión. Hace setenta años An­tioquia estaba en peligro cercano de perder su capa vege­tal. Han pasado tres generaciones y el valle del Río Negro, que he vuelto a visitar ha pocos años, está tan lo­zano y fructuoso, tan hermosamente verde como en 1885.

Sólo que se ha descubierto no ser pecuniariamente pro­vechoso el cultivo del maíz, su mayor empeño en varios siglos. Hoy cultiva flores y legumbres, porque habiéndose acercado a Medellín, casi a una hora de distancia, cuanto cultiva en estos productos lo transporta a la capital del departamento y lo vende con facilidad. La producción del maíz debía de ser codiciadamente abundante. En 1930 una tonelada de maíz valía en Buenos Aires 18 dólares, y en Medellín, en el mismo año, 46 dólares. Sin embargo, en Medellín y en las comarcas vecinas se abandona el cultivo del maíz. En tanto, las predicciones sobre la es­terilidad de los terrenos por causa de la erosión, aunque fundadas en la observación, no se cumplen o se cumplen a larga fecha. Otro tema del doctor Uribe Ángel, en que le acompañaban Palacio y otros concurrentes a La Con­signa, era el de la inminente desaparición de la gente antioqueña por el abuso de licores alcohólicos. No era posible que un pueblo en el cual la mayoría de 108 varo­nes de dieciséis años tomara tres copas, a lo menos de aguardiente todos los días, antes de almuerzo, soportara las pruebas de la existencia durante muchas generacio­nes. Se pasaban por alto en esta manera de considerar el problema algunos factores indudablemente. En los días a que me refiero, Antioquia, el Estado, se componía dé la mayor parte de lo que hoy forma ese departamento y el de Caldas. El censo de población de Antioquia en­tonces fue de 320.000 habitantes. A los sesenta años Antioquia, considerablemente reducido su espacio, cuen­ta con 1.400.000 habitantes; Caldas pasa de 1.000.000, y en los vecinos departamentos del Tolima y Valle y en la capital de la República, el número de antioqueños resi­dentes puede ascender fácilmente a medio millón. Estas cifras y la penosa consideración de que no hay señales de que el uso del alcohol haya disminuido en aquella comar­ca, justifican la creencia de que acaso esta perniciosa cos­tumbre no influye en el decrecimiento de la población. En la Gran Bretaña en 1913 el presupuesto total de la isla era de 199.000.000 de libras esterlinas al año. En ese mo­mento los venturosos habitantes de esa comarca gastaban anualmente cosa de cuatrocientos millones en el consumo de licores destilados y de otra clase. A consecuencia de la guerra de 1914 los gobiernos, por razones de moral y de economía, trataron, por medio de leyes y decretos, de aminorar el consumo de licores en el territorio. Parece que lo han logrado con otras consecuencias. El doctor Uribe Ángel llevaba colaboración puramente literaria a La Consigna. Urgido una vez para escribir algo destinado a un suplemento literario, se sentó a llenar unas páginas y salió improvisadamente de su pluma un artículo titulado “El recluta”, que muchos tuvieron por logro estupendo. Uribe Ángel fue y sigue siendo honor de su raza y modelo de su tiempo.

Solía mostrarse entre los concurrentes a dicha tertulia Leocadio Lotero, colaborador ocasional del periódico y amigo de todos los tertulianos. Era de pocas palabras. De cuando en cuando incrustaba en la conversación alguna anécdota de intención manifiesta, y callaba en seguida por horas enteras. Era hombre de ingenio, suministraba artículos de costumbres de contenido humorístico y altamente significativo, en lenguaje terso, de sabor clásico y frase donosísima. Parecía en estado de neutralidad arma­da con la existencia. Entró a la burocracia consular que le arrebató el vagar y el hábito de complacerse en la obser­vación lúcida del mundo circundante. Se aisló voluntaria­mente y cuando una administración insensible se privó de sus servicios, quedó como desprendido del mundo. No sé que se hayan publicado en libro algunas de sus ingeniosas páginas sobre las flaquezas de sus contemporáneos.

Rafael Uribe Uribe, Antonio José Restrepo, Camilo Bo­tero Guerra, pasaban a veces por aquella tertulia. Uribe Uribe llegaba de Bogotá, donde había hecho sus estudios. Se ensayaba en las lides de la prensa, campo de acción hacia el cual se sentía atraído por fascinaciones irresis­tibles. Sin embargo se notaba que, fuera de Fidel Cano, cuyas dotes de escritor y de hombre le inspiraban grande y fundada admiración, por otros ejemplares del grupo no se sentía ni atraído ni dominado. Restrepo tampoco era muy asiduo. Él aspiraba a poder algún día lanzar su periódico, y parece que no eran santos de su devoción algunos de los contertulios. Camilo Botero Guerra, con el pseudónimo de “Don Juan del Martillo”, y en una sección titulada “Casos y cosas de Medellín”, se desemba­razaba de sus opiniones y de su sentir picaresco sobre personas y sucesos de la villa de entonces. No carecía de chispa y usaba una lengua fácil, insuficientemente matizada. De anteojos, sombrero de copa alta y el porte al­tivo, con la mirada puesta hacia lo lejos, parecía en la superficie un Francisco de Quevedo escondido en los per­files y los modos de un Aiguals de Izco.

Era un momento aquel en que la literatura de Medellín sufría con intensidad la influencia y el contagio de las letras castellanas del momento: circulaban en el ambien­te literario las obras de Pérez Galdós, Valera, Clarín, Pe­reda, Emilia Pardo, Palacio Valdés y otros menores. No era permitido ignorar el sentido y la intención de Doña Perfecta, Pepita Jiménez, las críticas de Clarín y los descubrimientos de la Pardo Bazán.

Tendría Medellín por los años de 1880 a 1884 unos trein­ta y cinco o cuarenta mil habitantes. Por su situación ex­cepcional era como una isla en medio del territorio co­lombiano. Las montañas y las clases de caminos que las atravesaban por entonces aislaban a la capital de Antio­quia de la capital de la República. Como apenas había cambio de productos entre Medellín y Bogotá, las relaciones con el régimen federal eran únicamente de proto­colo. Venían jóvenes de Antioquia a estudiar a Bogotá y hombres de mente curiosa subían desde las ciudades y pueblos de Antioquia a la altiplanicie a ver cómo era Bo­gotá. Los nexos entre la capital y la provincia tenían su base y fundamento en la Universidad principalmente, y en las necesidades del gobierno representativo. En el Con­greso se enteraban algunos de la situación y la vida del Estado de Antioquia.

Se señalaban en Medellín al respecto y a la curiosidad del medellinense los individuos que habían estado en Bo­gotá. La distancia entre las dos capitales, unos cuatro­cientos kilómetros, era de once o doce días. Doce días empleaba el correo para cubrir el espacio entre las dos ciudades. Había dos rutas de la una a la otra. Por el oriente se viajaba hacia Nare, obra de cuatro o cinco días para tomar allí el vapor hasta Honda. En esta villa emprendía el viajero a lomo de mula la ascensión al altiplano, que duraba tres días. Por el sur el viajero hacia rumbo hacia Manizales, por un camino de herradura erizado y fragoso: eran cinco días. De Manizales, por un camino que todavía existe y pasa muy cerca de la nieve perpetua, en las lla­nuras vecinas del extinto volcán del Ruiz, se llegaba a Honda. El camino de esta villa a Bogotá tenía, en sus duras alternativas, ascendiendo por la Cordillera Central a la Sabana, el encanto de los panoramas cambiantes y majestuosos, desde la copa nevada del Tolima y la cor­dillera igualmente helada del Ruiz, hasta las profundidades del valle del Magdalena, visible como una cinta de oro en gran parte de su curso. Había un servicio de diligencia u ómnibus de Facatativá a Bogotá. Esta parte del trayecto se gozaba como un lapso de reposo después de doce días de viaje a lomo de mula. Este género de viajes hacía mayor la distancia entre las dos capitales. Un an­tioqueño del centro, del norte o del occidente de Antioquia que hubiera conocido a Bogotá, era notable por esa única hazaña de su vida.

Medellín estaba aislada del mundo. En 1883 eran de poco número y prominentes por eso las personas de quie­nes se decía que hablan estado en París. El nombre de esta ciudad concentraba en si las maravillas, todas las ameni­dades y adelantos de la civilización a que nosotros nos lisonjeábamos de pertenecer. Decir de una persona que ha­bía estado en Europa, era tanto como clasificarla en una especie privilegiada del mundo a que pertenecía. Sin embargo, era un error imaginar que esa u otros viajes pue­den aumentar químicamente la inteligencia de quien los lleva a cabo. Gentes hay que viajan como sus maletas. Así vuelven en lo espiritual como salieron de la montaña donde crecieron y llegaron a formarse. Haciendo noche en un lugar de veraneo en Colombia tuve, por ser grande la afluencia de pasajeros en la hospedería, que pasar una noche en una misma pieza con un desconocido. Naturalmente hubimos de entrar en relaciones de conversación. El desconocido me dijo que regresaba en ese momento de Rusia, con lo cual adquirió su persona para mí una signi­ficación capital. Parecía un campesino de pocas letras, pero el hecho de haber pensado en ir a Rusia desde Co­lombia en 1884, era un imponente indicio de que a lo menos adolecía de una insaciable curiosidad intelectual. Me anticipé el placer de recibir de ese ente privilegiado, inte­resantes y preciosas informaciones sobre un país que en ese momento tenía para un ávido lector de Tolstoi, Dos­toievski, Turgeniev, Gogol, fascinaciones de gruta encan­tada. Lo abrumé a preguntas, empezando porque me explicara el fundamento de su viaje: “Nada -me dijo- tanta gente va a Paris, a Roma, a la Tierra Santa, y de nadie supe ni oí decir que hubiera estado en San Peters­burgo. Quise ir a visitarlo”. Insinué que habría conocido otras ciudades. Moscú por ejemplo, había estado en Mos­cú. Con excepción de las cúpulas y agujas de las iglesias, la ciudad le pareció como una de tantas que habla visto en su camino. No sabía ruso, desde luego, y podía pedir dos o tres cosas en francés, transportado a la pronunciación española. Él mismo no sabía lo que le interesaba. Sí sabía, por ejemplo, que le interesaba mucho decir y de­mostrar cómo había estado en San Petersburgo. Trajo iconos, estampas, algunas fotografías. Que hubiese un alma rusa diferente de la nuestra y por eso mismo grandemente digna de estudio para los extranjeros, no cabía en la inteligencia de este curioso viajero. Pasó por aquel país lleno de enigmas, rico de historia y de enseñanzas, grávido de un inquietante y ponderoso futuro, como si hubiera recorrido una inmensa comarca desprovista de interés, habitada por sordomudos, a quienes movían se­cretamente impulsos inexplicables o desconocidos. Ni le llamó la atención su aspecto, ni echó de ver que hubiese diferencias entre su manera de vestir y la nuestra. Interro­gado sobre alguna de las cosas más interesantes observadas por él en Moscú, dijo haber sido el espectáculo de la misa: “Los oficiantes vestían ornamentos como los que aquí llevan los clérigos que la dicen, pero no la rezan en latín, aunque las ceremonias son las mismas que aquí se acostumbran”. Esta fue la impresión más duradera y ca­racterística que un desprevenido y verídico viajero colom­biano había extraído de su viaje a Rusia por los años de 1882 a 1884.

A Londres viajaban pocos antioqueños, y si acaso visitaban esa metrópoli, lo hacían de prisa y para decir que la habían conocido. Ejercía, sin embargo, fascinación so­bre algunos espíritus refinados o dados a la investigación de costumbres o de negocios. Dámaso Zapata se aclimató allí de manera de no serle posible volver a vivir en su patria. Enrique Cortés fundó allí casa comercial, y, más tarde, Santiago Pérez Triana hizo de “la más populosa agrupación de filisteos”, como repetía Cunninghame Graham, su hogar intelectual y el refugio final de una interesante y accidentada vida.

Pero Antioquia estaba, hasta la época de los transpor­tes aéreos, no menos aislada en Colombia. En Rionegro, ciudad de mi nacimiento, entre sus doce o trece mil ha­bitantes, habría a lo sumo diez personas de quienes se su­piera que habían estado en la capital de la República. La prensa de la capital no era conocida sino de una o dos personas suscritas al Diario de Cundinamarca. Ejempla­res de libros publicados en Bogotá solían llegar a perso­nas favorecidas por el destino. Recuerdo que María de Isaacs, en un solo ejemplar, pasaba de casa en casa, ba­ñado en las lágrimas del vecindario.

Compilador: JUAN GUSTAVO COBO BORDA

Escritos. Bogotá. Instituto Colombiano de Cultura. Biblioteca Básica. 1977. Págs. 455-462.

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I
APOCALIPSIS Y PARAÍSO (FRAGMENTO)
“El diablo sabe que le queda poco tiempo.” Esta frase tan lacónica del Apocalipsis de Juan podría parecer obsoleta en un principio, pues la existencia del diablo es cosa controvertida desde entonces. No menos lo es, igualmente, si se tomara como un consuelo saber que el tiempo que le queda al espíritu del mal para sus maquinaciones también está contado. Cuando se ofrecen remedios probados para subsanar el mal del mundo en su conjunto, no es lícito andarse en busca de consuelo. De cualquier modo, la frase encierra un modelo básico para hacerse cargo de la situación del hombre, cuya utilidad parece inagotable: el enemigo, no importa quién sea en cada caso, acecha cada vez con más saña, porque se da cuenta de que se ha hecho tarde y le queda poco tiempo; de ahí que todos sus esfuerzos, todos sus éxitos, sólo pueden confirmar la certeza de que han sido los penúltimos. Lo que, como valor de experiencia, tendría que producir desazón, refuerza la certeza bajo una premisa dogmática de que se ha captado correctamente el curso de las cosas. Quien lo conoce más exactamente acepta desempeñar el papel diabólico: satanismos los hay en un sinnúmero de variaciones, todas ellas con la función de acelerar el curso hacia el estado final.
El mito en la frase tan concisa del Apocalipsis encierra una verdad, que de seguro no era la que más le preocupaba al escritor apocalíptico: la escasez de tiempo es la raíz de todos los males. Si se renuncia a demonizar la maldad humana, se ve cómo esta surge, simplemente, de la incongruencia que supone que un ser con un tiempo de vida limitado tenga deseos ilimitados. Este ser vive en un mundo que parece no imponerle ningún límite a sus posibilidades, excepción hecha de uno solo, el de que tiene que morir. Quien no sienta interés por las frases bíblicas puede echar una mirada al Fausto, cuyo diablo imaginario, una vez sellado el pacto con sangre, se siente en la obligación de poner coto a las locas pretensiones de su nuevo señor: “sólo hay una cosa que me inquieta: el tiempo es corto, el arte es largo” Éste es un aforismo antiquísimo, que ya Séneca tomó de Hipócrates, pero que, en el contexto de una inquietud incluso por parte del diablo, puede servir de fórmula irónica para decir con pocas palabras que Fausto debe poner en juego también la mayor maldad posible en consonancia con la creciente desproporción entre la cantidad de deseos y la duración de la vida. En ello se encuentra el sentido (aquí todavía no previsto) de su ataque asesino a los dos ancianos, Filemón y Bauci, que obstaculizan su proyecto más grande y último, y todo por no poder esperar a la solución natural de su pronta desaparición –a pesar de que con ello acelera su propio acercamiento al punto final de su camino.
(…)

Traducción de MANUEL CANET

 

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Tiempo de la vida y tiempo del mundo. Valencia. Pre-Textos. 2007. Págs. 63-64.

24 de agosto de 1919

 

Querido Señor Vollard:

(…) Seguiré una línea de conducta que no cambiará o, se lo repito, me alejaré de París; además, estableceremos acuerdos sobre los libros para no estar cambiando de parecer, o no los haré.

No soy yo quien se empeña tanto, usted lo sabe. Esto será una herencia para mis hijos. No es en absoluto nuevo. No temo la acción del tiempo, mejor, la envidio y la deseo; no temo envejecer, no tengo ni siquiera que defenderme de ello, estoy al margen de las modas actuales y de mi generación, como quien dice. Por otra parte, no lo hago de forma expresa y no tengo por ello ningún mérito (…).

Si no procedo de esta manera estoy perdido en la pintura.

Ha tardado veinte años, dice usted, en poner el Renoir (2) a punto, y usted querría que, al mismo tiempo que realizo mi pintura, dejase listas las planchas de cobre de Ubu (3) –negro y color- y además mi obra, y qué más todavía… la cerámica. Pido un mes para poner a punto cosas extremadamente difíciles de decir sobre cinco o seis artistas, sobre los antiguos y los modernos, con mil matices sutiles. No, señor Vollard, lamento decirle amablemente, nosotros no nos comprendemos demasiado bien y es mi deber decírselo, ya que se encuentra, en cualquier caso, en el mal camino, y llegaré a un día en el que, abrumado, dejaré todo bruscamente.

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  1. Ambroise Vollard, editor de obras de lujo, era el marchante oficial de G. Rouault. (N. del E.)
  2. Escuchando a Degas, Renoir, Cézanne, por Ambroise Vollard. (N. del E.)
  3. En 1916 Ambroise Vollard propone a Rouault ilustrar con una serie de grabados su libro Las reencarnaciones del padre Ubu, texto basado en la obra de Alfred Jarry, Ubu rey. Rouault acepta, a condición de que Vollard edite al mismo tiempo su serie de grabados y poemas (N. del T.)

Traducción e introducción de OIHANA ROBADOR

Prólogo por BERNARDO DORIVAL

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Sobre el arte y sobre la vida. Pamplona. Ediciones Universidad de Navarra (EUNSA) 20017. Pág. 181.

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Por: Diego Arango Bustamante

 

¿Qué es para usted la luz y cómo se realizó su relación inicial ante ella, en qué momento se dio ese hecho, qué carácter tuvo para usted y por qué?

La luz ha estado asociada particularmente en mi pintura con los contrastes que se generan el juego de triadas y armonías cromáticas. Igualmente, utilizando diferentes sustratos gráficos genero contrastes que intensifican ciertos colores. La luz es eminentemente un factor cultural. Particularmente en el trópico, la luz juega un papel determinante ya que continuamente alimenta la idea estética del color. Los contrastes chillones de los buses y chivas, los zócalos de las casas de los pueblos y las apropiaciones de color en las fachadas de barrios son un claro ejemplo. A diferencia de otras latitudes la luz por su abundancia en el trópico es celebración del color. La idea que tenemos tan marcada de ornamento es producto precisamente de la incidencia de la luz en nuestro territorio.

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¿Cómo y en qué forma se desarrollo, evoluciono o no interviniendo su ser y hacer estético, qué oquedades o fisuras o consistencias ha tenido o no y por qué?

La luz es además de un fenómeno natural un constructo cultural, es decir incide directamente en la concepción estética. La idea de luz en mi trabajo está asociada al concepto del fragmento, identidad, memoria, territorio y espacio.

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¿Con la obra de qué poeta, escritor, pintor, escultor, fotógrafo; usted descubrió y se transmitió a sí mismo de manera radical e incremento o no su relación con el tema de la luz y por qué?

Los desarrollos de los conceptos sobre la luz en el arte y la pintura han sido el producto de las experimentaciones con fotografía, formas básicas, geometría y planos de color. El siglo XX fue radical ya que con el surgimiento de las vanguardias se dio vida a nuevas maneras de ver el mundo. En especial la escuela de la Bauhaus es fundamental y particularmente el trabajo de Laszlo Moholy Naghy quien fue fotógrafo y pintor de dicha escuela. En Colombia la pintura abstracta de Carlos Rojas y su aproximación al collage aportó un nuevo significado al concepto de luz desde la identidad cultural.

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¿Desde dónde en usted considera que esa relación con la luz se mantiene y sostiene intacta o indeleble en usted y su ser y hacer estético o no y por qué?

La idea de la luz siempre está presente en la obra. Desde la concepción artística hasta el lugar donde se va a instalar. La luz es inseparable de la labor misma pues determina la apariencia de las superficies tratadas y modifica el espacio.

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14267204.jpgDe signos y fotones. De las temperaturas de la luz. Medellín. Editorial Ojo Mágico. 2019. Págs. 110-111.

 

(…)

Ni la obra de Gide ni el contenido de estos escritos íntimos nos dejan duda ninguna sobre el designio del homo litterarius consumado que Delay reconoce en él. Los papeles comprometedores se hallan, desde su salida y cada vez más en las artimañas que les impiden perderse, ordenados con miras al cuerpo que deben constituir, si no en la obra, digamos con respecto a la obra. Podemos preguntarnos qué dejaría subsistir un designio como ése, en punto a interés, para Saint-Beuve, si fuese lo natural lo que tuviese en vista.

En su designio, en efecto, Gide no sólo redobla su mensaje adjuntándole los pensamientos de su retiro, sino que tampoco puede impedir que sus actos sigan su camino. Precisemos que éstos condescenderán, como en todas las épocas, preocupados por su gloria, pero también –y el término pertenece a su pluma- esmerados en su biografía.

Sospechar de insinceridad, a partir de allí, a toda una vida sería absurdo, ni aun arguyendo que no nos entrega nada bajo, ninguna traición, celos algunos, ninguna motivación sórdida y aun menos nada de tontería común. Cabe observar que todo psicoanálisis, durante todo el tiempo que se le prosigue, afecta los actos del sujeto más de lo que éste cree, y que ello no cambia para nada los problemas propuestos por su conducta. Se siente suficientemente que cuando Gide fundamenta el préstamo de capital con el que subviene a las dificultades de un amigo estimado (2) con el término expreso del cuidado de su biografía, es la apuesta de su confianza lo que inscribe, en la que el amor propio tiene más salidas que la publicación de una buena acción.

Siempre el alma es permeable a un elemento de discurso. Lo que buscamos en el lugar donde se constituye con la historia de una palabra han contribuido y en los que el diálogo con dios intenta recuperarse. Estas observaciones no están fuera de propósito, pues incumbe al soliloquio de la bella alma Gide.

Un soliloquio que se hace oír en la obra literaria; ¿difieren de él los papeles comprometedores de su comunicación?

Aquí es donde la obra de que tratamos nos esclarece con su acierto: no en su contenido, sino en su destinación hay que buscar la diferencia de los papeles comprometedores.

Al biógrafo van destinados, sin que importe cuál. Gide leyendo las memorias de Goethe, “se instruye más –escribe a su madre- enterándose de qué modo se sonaba Goethe la nariz que de la manera en que comulga un portero”. Y añade: “Por lo demás, estas memorias son muy poco interesantes por lo que cuenta… Si no estuvieran escritas por Goethe, si Goethe se las hubiera hecho escribir, en lugar suyo, a Eckermann, apenas quedaría de ellas nada más que un interés de documento” (3)

Digamos que, al leer a Jean Delay escribir en lugar suyo sobre sus papeles comprometedores, Gide no ignoraba que Jean Delay sabe escribir, y también que no es Eckermann. Pero sabía asimismo que Jean Delay es un psiquiatra eminente y que para, para decirlo todo, en el psicobiógrafo van a encontrar sus papeles comprometedores su destinación de siempre.

Pensemos en lo que hace decir que el psicoanalista de nuestros días ha ocupado el lugar de Dios. Reflejo de omnipotencia (al que, por lo demás, acoge por el subterfugio pedantesco de recusarle la misma omnipotencia al principio del pensamiento de su paciente), preciso es que le venga de alguna parte.

Viene del hecho de que el hombre de nuestro tiempo necesita, para vivir con su alma, la respuesta del catecismo que le ha dado consistencia.

André Gide sabía hacer de Dios el uso que es conveniente y aguardaba, por tanto otra cosa. Jean Delay no evoca en vano a Montaigne y su modo de dirigir a otro por venir lo privado en que renuncia a distinguir qué ha de ser para ese otro el significante. Semejante envío hace comprender por qué la ambigüedad en que Gide desarrolla su mensaje se encuentra en sus papeles comprometedores.

El milagro –para designar por su nombre a la presente coyuntura- es que, al aplicar a la letra de los papeles comprometedores su oficio de consultor, Jean Delay da a esa ambigüedad su albergue, pues encuentra en el alma el efecto mismo en que el mensaje se formó. Los fondos de hierbas en el agua de Narciso son tan ola como el reflejo de las frondas.

Gracias a Jean Delay, la psicología tiene con la disciplina literaria un enfrentamiento único. La lección es sobrecogedora, ya que vemos ordenarse en ella, en todo su rigor, la composición del sujeto.

Digamos de qué modo lo hemos sabido. No porque desde luego se piense en seguir a Jean Delay –incluso tanto se olvida que lo sigue- para verlo tan bonitamente sacar una conclusión. Sabueso tras una huella de cazador, no es él quien la enturbiará. Detiénese, nos la apunta desde su sombra. Resalta como de suyo la ausencia misma que la ha causado.

(…)

  1. Artículo publicado en la revista Critique, Nro 131.
  2. Véase el t. II de Delay, págs.. 387-388. Se trata de su amigo Maurice Quillot, y Gide se expresa al respecto en una carta dirigida a su madre el 17 de octubre del 94.
  3. Delay, II, pág. 491.

Traducción directa del francés: HUGO ACEVEDO

 

1.jpgLa metáfora del sujeto. La letra del deseo. Buenos Aires. Ediciones HOMO SAPIENS. 1978. Págs. 74-78.

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Óscar Jairo González Hernández. Por: María Celeste Ramírez González (2018)

 

INDICIOS MERCURIALES

De lo que llamo la inminencia del instante, dado que estamos ante la desnudez del instante. Es allí donde no tenemos sino que decir y decirnos. No ocultar nada. Exhibirlo todo, en esa indicación como la que hace la lluvia que no se dice: voy a llover sino que llueve, así son estos dos libros, que se caracterizan sin carácter, en que no hay contención en su diseminación, que todo está allí, que nada se puede cambiar ya realizado, ya iniciado, no teníamos dominio sobre ellos. Y así se hicieron, uno tras otro, hasta que no hubo nada más que decir y así quedo. Como la muerte. En ese instante vivimos y en el otro, morimos, así mismo son estos dos libros, que nos hicieron e hicimos pero ya que no están en nosotros de la misma manera que en la eclosión de su necesidad y de su intención, pero que quedaron en nosotros y por eso decidimos tenerlos aquí, como un libro.

De lo que llamo lo inquietante de la intuición, para la que no era necesario que se tratará de una contrariedad con el medio, con nuestras las lecturas que yacían en nosotros, sino de como sin nosotros, las lecturas las hacían nuestro ojos de carbono 14 sobre la tierra misma donde estaba todo para leer, en el libro de la naturaleza que inquietantemente nos decía donde excavar y decir lo que de allí extraíamos. Y éramos (y los somos todavía) excavadores buscando lo nuevo, como decía Baudelaire: Id al fondo de lo desconocido, para hallar lo nuevo. Y con los medios de los trabajadores melancólicos nos tentamos en la tentativa, no determinada, sino de hacer más intensamente extraña la vida, de llenarla de lo extraño, para hacer de nuestra insolencia una manera de acceder a lo desconocido. Inmersos en lo desconocido, era la manera de vivirnos en la obtusidad de la vida que se tiene y que se debe llevar, sin llevarse en la naturaleza misma de ella, era nuestra manera de hacer y realizar una “inversión de la perspectiva”, un tao sin quietud sino en movimiento,  una maniobra tensional de lo irrealizable: que había en lo que llamamos: Rara Belleza –Poema Entrañable– y la ironía irritante con que hacíamos: El Hada Helada. Nos reíamos de todo e inclusive más de nosotros mismos. Y este también podría decirse que es un libro de la risa (La risa de los dioses. Maurice Blanchot).

De lo que llamo sin llamarlo y que se desliza entre Mauricio Naranjo y yo, Óscar González, es como la mediación de las farmacias mercuriales en las que las ostras nos hicieron hacer este libro. No era una necesidad de coincidencia ni de contradicción, ni de quien era mercurial o no, ni de cómo era la forma de su intención, ni la maravillosa quimera de su tensión, nada de eso. Estábamos en este instante mismo de un territorio donde la imantación del destino nos hizo concurrir momentáneamente y de esa imantación resultaron estos imanes que constituyen el libro, de un azar insolente, quizá. Es eso. Nada más. Eran invocaciones raras, invenciones extrañas, y maneras críticas de estar donde teníamos que movernos como queríamos, no como se condicionara que teníamos que hacerlo, ya que nuestras hélices de heliconias lo hacían todo en nosotros. Es como sin duda, lo sentimos, un vaciamiento del inconsciente.

Óscar Jairo González Hernández

Agosto 2019

 

PROLEGÓMENO A DOS CADÁVERES EXHUMADOS

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Óscar Mauricio Naranjo Restrepo. Selfie. 2018.

 

Herederos del surrealismo, casi sin darnos cuenta, con el inconsciente abierto como un cráter, hiperbóreos y funámbulos, fuimos escribiendo estos cadáveres que presentamos ahora a los lectores, como una acción estocástica, aleatoria, vital y profundamente caótica y azarosa, como el devenir mismo.

Por fuera de cualquier pretensión racional, se trata más bien de una actitud imaginativa, onírica y luminosa donde las palabras fluyen a la velocidad del sonido, libres como pájaros incendiados, fuertes como insectos nocturnos, sensibles como bestias sobrenaturales.

Sea pues la oportunidad de exhumar estos cadáveres exquisitos que reposaban nebulosos en la tierra baldía del agua fosforescente.

Óscar Mauricio Naranjo Restrepo

Agosto 2019

 

RARA BELLEZA

-Poema Entrañable-

 

 

I

Tu coxis resplandeciente bajo el cielorraso

me hace pensar en tu silla turca y en tu quinta vértebra

cuando estamos solos frente al mar rojo

de tus glóbulos blancos y en mis sueños tu fémur insiste

como una fotografía subacuática en el

tabique de nuestro amor.

II

Los fluidos en espiral de nuestros besos clavan sus agujas en el sistema nervioso central de la osa mayor

mientras observo tu vesícula inflamada por el amor intenso.

es ilusión ó ¿tienes el hígado más rosáceo del rosal?

de noche, antes de dormir

la radiografía de tu clavícula enciende la pasión de mi existir

entonces sueño.

III

La masa ósea estremece y perturba lo deseable del deseo

pues cada vez que siento deseo de ti

el hueso es lo que incendia la noche la calcina.

no es de ti de quién hablo sino del húmero y del cúbito del radio

que escucho con todos sus voltios sobre mí

desnudo en la osamental forma del delirio.

deliro por tus huesos por la espina dorsal

cada una de tus vértebras

que son para el ocultista la médula de saúco

la iniciadora letra de su invocación.

desciendo por el temblor de tus parietales con el éxtasis del extraviado.

¡ay! que hermoso tu occipital en la tumba de Osiris.

IV

En la pelvis de la noche nuclear adoramos el profundo carmesí de

nuestras glándulas pituitarias.

tu belleza interior excita mis sentidos en medio de la plataforma donde adoramos la luna llena.

tus globos oculares ocultan más que nervios ópticos.

deseo tus ingles y tus algas marinas.

tu aparato respiratorio luce más hermoso en

el universo visceral:   quásares y destellos en la mucosa celeste de tus emociones

es maravilloso tu riñón izquierdo cuando

intercambiamos silencios.

V

Tridimensional el gladiolo inunda la gris pantalla de tus nervios.

es la caléndula del aparato circulatorio lo que nos confunde con sus rayos y con sus augurios.

la epidermis del sol anuncia tempestades y meteoros:

es el desamor que nos visita puntual

la tristeza que entrega cartas sangrientas.

 

 

EL HADA HELADA

 

I

 

Cuevas de gratamira los cuervos de la desesperación emprenden su corto vuelo revolotean en el espacio tiempo comprimido de las oficinas graznan en la vida miserable de los funcionarios esputan saliva y sangre son las aves del averno y de las cavernas también de las tabernas y de los enfermos son el espíritu santo de los reclutas los recluidos los incluidos e incluso los excluidos de vez en cuando cada año por la cuaresma en pleno carnaval los cuervos de la desesperanza danzan en rededor del tótem no tienen tabúes ni arcabuces ni siquiera linternas de luz líquida especial para refrescar la sedienta oscuridad son tan solitarios y solidarios como un trébol en la mitad del mundo como un diente postizo como una porcelana de contrabando como un trago adulterado como un adulto que se niega a trabajar como un niño que se niega a obedecer como un tío que no quiere ser padrino de nadie como un anciano que invoca la muerte desde que era un párvulo en la guardería de los guardianes y las gardenias como yo que no tengo identidad ni señales particulares ni documentos ni pruebas ni evidencias de que existo que soy un fantasma en pleno día que navego en busca de mí mismo y me extravío en el puerto en el atracadero entre atracadores y matracas y maracas y maricas y martillos de hule.

II

Los cuervos de la despedida no tienen alas y no cantan no se mueven son invisibles como el odio patéticos como el amor estúpidos como la inteligencia traicioneros como la memoria hermosos como todo este rencor que guardo para el prójimo es grato ser un gratinado es ingrato ser un gato de esos que de noche son leopardos es gratis entrar al circo de los hermanos tuertos es grotesco ir a misa con un acompañante es grandioso ser un gran dios o una gran diosa grandiosa es gracioso no ser no aparecer no creer no existir no devenir no vivir no morir ser una negación ser una antítesis una contradicción una carta con mala ortografía una noticia con problemas de puntuación una paradoja un dilema un trilema una dicotomía un botón anaranjado en una camisa negra una puntilla en la puerta de atrás un gorgojo en la mesa de adelante un cucarrón sacrificado en una hermosa piedra sagrada el corazón de dicho cucarrón un corrosco un crespo en el pubis de una afrocolombiana un jugador de catapis en las olimpiadas del saber un pedazo de vidrio roto una botella vacía un espejito de los que colón cambió por oro ser en fin un fin en sí mismo nunca un medio porque los medios son la mitad y nunca alcanza.

III

Érase una vez un vaquero que cazaba mariposas en un manicomio de maní y chocolate deambulaba por las ambulancias y se desempeñaba como comprador ambulante un día decidió no tomar más decisiones: de ahora en adelante sólo tomaría vodka con jugo de pamplemusa y uno que otro taxi pero de un momento a otro se convirtió en dos cubos de hielo muy apetecidos en los bares de mala muerte y en los casinos de buena vida su corta existencia no minó sus ansias de ser minero y con la ayuda de un chef se transformó en consomé con menudencias  ante tantas metamorfosis terminó siendo una de las mariposas que antes cazaba cuando ejercía como vaquero la tarde de la santa cruz me encontré con un amuleto de esos que caminan en muletas en compañía de una mulata y en tono algo áspero me dio un níspero que brotó de un avispero.

IV

Yo le dije: cómo así  a lo cual y con desaire me respondió: así como así así como lo ve así es la vida así que si entonces no porque no y luego calló durante tres milésimas de segundo y cuatro centésimas de tercero ante tan prolongado y soberbio silencio yo estallé en risas y me caí en un lecho de rosas rusas como él no jugaba a la ruleta yo disparé y desde entonces estoy muerto vagando por ahí sin rumbo con rumba de derrumbe en derrumbe y no es nada fácil ser un muerto y seguir con dignidad como si nada nada de nada como un nadaísta nadador o como un nudista de sombrero llevo aproximadamente dos minutos viviendo mi vida de cadáver y no pasa absolutamente nada todo es un nudo un nido de víboras un estornudo del demonio un cantante mudo corriendo como un funámbulo hacia la membrana de una parada militar que cruzaba los pies desnudos en un mar de ostras bucólicas alcohólicas que se sumían en el mediodía comiendo sus uñas postizas con la electricidad de las amenazas que salían de las bocas de unos ajedrecistas ovalados temiendo que al fin los encontrará la bala perdida para hacer así realidad su espejismo en el espejo de los sueños de los rinocerontes que se sostenían en entre puntos de vista diferente y los impulsos románticos para adoptar una doble postura que subía y bajaba sin pretensiones de nada.

1Rara belleza –Poema entrañable- & El Hada helada. Medellín. Editorial Ojo Mágico. 2019. Págs. 7-14.