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DE “ISÓSCELES: INVENCIONES Y TRAYECTOS”

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De la intencionalidad densa y dramática de la irritación estética, provienen estos textos, que hemos construido y transformado con quienes se decidieron, por sí mismos, ante el carácter de nuestra tentativa a hacerlo, porque no teníamos necesidad de condicionarlos o de indicarles que debían mostrarse o exhibirse en lo que eran, habían hecho o harían en el momento mismo en que se instalaron en esta proposición y posición.  Y que involucro tanto a egresados como a estudiantes, en este momento,  de Comunicación y Lenguajes Audiovisuales de la Facultad de Comunicación, de la Universidad de Medellín, en donde realizamos y proyectamos

En este Medio Propicio de Creación (MPC), es en donde se puede diseminar un proyecto de esta naturaleza, en y desde el que se intenta hacer más realidad con lo que cada uno hace de sus intervenciones y desde donde las hace, cómo las estructura y por qué, en el sentido de la invención y la transformación de sus relaciones estéticas.

De toda relación hacíamos combinaciones, que no tenía duración, que buscaba necesariamente la duración, sino sabernos tratando, sobre los temas que nos interesaban y que habían decidido su y nuestra vidas en el mundo del arte. Irrevocable e irreductible decisión. Y entonces ellos intervinieron y mediaron con ellos mismos, con su substancia, su miedo, su tensión tensionada de lo que llamamos: Construcción de Conciencia Crítica y Sensitiva (CCCS), y desde sus metódicas pudieron  y tuvieron el poder tentacular entonces lo que son, lo que desean ser en esa inmediación tempestuosa y excitada con el arte de su vida.

Mostrar la tensión de su inquietud, dimensionarla en una estética, hacerla en sí mismos desde el vacío del inconsciente. Vaciados de sí, tras la tarea realizada de la construcción de una realidad indicada de otra manera. Y de la que tenían la manera de probarlo ante sí mismos, pues el arte para ellos es una prueba iniciática, que está en la iniciación de lo que Rimbaud, llamaba: Desorden de los sentidos.

Y desde esa misma turbulencia de los sentidos, darse una forma en la que se hiciera y realizara su la intencionalidad de su tensión estética, en la misma estructura de la teoría y la realización de la teoría estética. Y sus intuiciones se hicieron otras, sus movimientos se dieron de otra manera, dado que hicieron la torsión de sus hélices y se movieron hacia otras visiones, para poseerlas, para hacerlas de cada uno en su yo. Y cada uno, se trata a sí mismo, incisivamente o no, drásticamente o no, pero se dicen, necesitaron o se llevaron a sí mismo, cómo y por medio de la provocación a decirse.

E hizo que pudieran hacer consideraciones críticas sobre ellos mismos, y otra más, se tuvieran ante sí mismos, así y hubiese sido por un momento, pero esto es lo que quedo de ese momento y aquí están ellos, diciéndose y diciéndonos desde lo que han hecho, diseminando su sentido, en la masa de consideraciones que hacen, pero también mostrando los intersticios que quedan entre lo que dicen, lo que han hecho y lo que harán y les hará. Es ese el carácter de su talento, que como dice el artista Alfred Kübin: Personalmente, no comprendo en modo alguno que el arte intente procurarse en la actualidad unos ingresos asegurados, vivir al abrigo de sorpresas: el arte consiste y siempre ha consistido en un equilibrio de las incertidumbres y sólo puede desarrollarse teniendo en cuenta la totalidad de las experiencias. Procesos puramente interiores, psíquicos, engendran espontáneamente tal o cual forma, y así es como ocurre a cada instante eso que puede tomarse por suerte o talento (…).

Y es eso de lo que se trata, de lo que intenta tratar este libro. Nunca concebí hacerlo, no tenía deseo de hacerlo, pero el libro se hizo en mí, sin mí, como todo lo mío, quizá, es verdad; pero ellos, quienes están este libro, que se instalaron en él por azar, no por decisión racional o interés otro, tendrán sí, que continuar haciendo este libro, donde estén, y donde estemos unos y otros. Y este deseo, que sea el comienzo de otros libros, no más libros, no interesa la cantidad, sino de  un libro que vendrá, ante nosotros, otro más que se está haciendo sin nosotros, como lo que es, un: Isósceles, de invenciones y trayectos.

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Óscar Jairo González Hernández

Profesor Facultad de Comunicación. Comunicación y Lenguajes Audiovisuales. Universidad de Medellín.

Abril 2017

Por: Séneca (Córdoba, h. 4-Roma, 65)

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…¿por qué las Gracias son tres y por qué son hermanas, y por qué están asidas de las manos y por qué las pintan risueñas y mozas de fresca edad y vírgenes, con la vestidura suelta y transparente?  Unos quieren que se interprete que la una es la que da el beneficio, la segunda la que lo recibe, la tercera la que lo devuelve; otros, que hay tres clases de bienhechores: los que se ganan el agradecimiento, los que lo devuelven y los que lo reciben y lo devuelven a la vez.

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Versión de JÜRGEN DIEFFNETHAL

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SANDRO BOTICELLI.  Aby Warburg. Madrid. Casimiro Libros. 2013. Pág. 50.

Por: Sjón (1962-)

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Esta novela está dedicada a la memoria de mi abuela, Sigfrídur Sigurjónsdóttir.

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Era un hombre de mediana estatura, fornido y tronco ancho. Los rasgos de su rostro, como cortados a cincel; la frente, medianamente alta pero ancha, otorgaba personalidad al rostro. Los ojos eran pequeños, de color azul metálico, hundidos bajo unas poderosas cejas que se unían en el centro. La nariz era larga y carnosa. Bajo la barba rojiza entreverada de plata, que cubría mejillas y mentón, no era fácil distinguir el perfil, ni la línea de la barbilla. Le llegaba hasta el pecho. Su cabello castaño rojizo empezaba a encanecer. Sobre el ala izquierda de la nariz se hinchaba una marca de nacimiento.

Ese era su aspecto; el hombre enterrado en la nieve.

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Hacia el mediodía las montañas estaban aún plenas de claridad, y entre las nubes asomaban deslumbrantes manchas azules. El hombre pensó en las innumerables horas de felicidad que había pasado en aquellas montañas desde que era chico. Nada podía compararse a la belleza de aquellos días, a no ser las nuevas guirnaldas de luz de la iglesia de Dalbotn.

¡Atiza! El hombre se arroja al suelo: ¿qué era eso allí detrás? ¿Un saliente de la roca?

Observó con el catalejo, pero no vio nada. El cristal está empañado. Lo limpió con la manga. ¿Y? ¿Quizá aquello era lo que parecía? Ha desaparecido, no, allí estaba de nuevo, a la vista:

¡Una cabeza de zorro! Sí, ahora se ve la silueta muy claramente. Era el pardo. Seguramente llevaba escondido un rato allí arriba. Volvió a meter el catalejo en la funda.

El zorro soltó un chillido espantoso.

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El zorro se estiró sobre la roca, presto a desaparecer. El hombre giró para ponerse de espaldas y agitó brazos y piernas en el aire.

Se dio la vuelta, se puso a cuatro patas y levantó la pata derecha como un perro que orina sobre un montón de hierba.

Soltó un largo aullido quejumbroso.

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Con esta payasada, el hombre consiguió retrasar la huida del zorro. Volvió a encogerse en su escondite y reflexionó sobre cuál sería el siguiente paso, y el animal se quedó inmóvil, con la esperanza de presenciar alguna nueva representación.

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Todo el largo día corrió el zorro por las colinas y brezales… y el hombre seguía sus huellas, ya muy cerca.

Aquel animal era la guía que le indicaba lo que tenía que hacer en el mundo de la realidad.

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Cuando el hombre llegó a la roca aislada que cierra los altos de Ásheimar, ya no había ocasión de perder al zorro.

Llegó justo a ver cómo daba la vuelta sobre sí mismo tres veces, se agazapaba junto a un bloque de piedra, se enroscaba y metía el hocico debajo de la cola.

Y el hombre hizo lo mismo.

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En el horizonte se oscurecía la última luz del breve día.

Ahora, en las salas celestiales reinaba suficiente oscuridad para que las hermanas de la aurora boreal pudieran interpretar su vibrante danza de los velos.

En fascinantes juegos de colores se deslizaban ligeras y ágiles sobre el inmenso escenario de los cielos, en áureo ropajes aleteantes y con fluyentes adornos de perlas, que en su violenta danza agitaban acá y allá, siguiendo cada uno de sus movimientos. Y ese espectáculo se ve con especial claridad justo después de la puesta del sol.

Entonces cae el telón; y la noche es ahora la dueña.

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Ahora el hombre se vio dominado por el sueño, con una urgencia que nunca antes había conocido. Pensó un instante que iba a morir, sencillamente, sin más. Estaba ya completamente exhausto, le dolía la cabeza y respiraba con dificultad. En sus oídos sonaban retumbos y rugidos, pero a la vez oía un martilleo, un golpeteo. Su corazón.

¿Qué podía significar aquello?

En aquel mismo instante, el zorro lanzó tres prolongados gritos de advertencia. Los gritos llegaron de algún punto al este, habían sido recogidos por una ráfaga de viento y alcanzaron al hombre como el estallido de un trueno.

Se sobresaltó. Lanzó una rápida mirada hacia la izquierda; allí acechaba un zorro pardo: parecía un demonio, negro como el carbón.

Y entonces desapareció.

Silencio sepulcral. Ya ni siquiera un latido del corazón.

¿Tal vez ya estaba muerto?

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De la traducción: ENRIQUE BERNÁRDEZ.

El zorro ártico. Barcelona. Nórdica Libros. 2008. Págs. 19, 25, 31, 34, 35, 36, 37, 38, 39, 40, 41.

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IDEARIO POÉTICO DE EVTUSHENKO  

EN “EL OSO Y EL COLIBRÍ” (1968) DE GONZALO ARANGO (1931-1976)

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Con Dora Franco (1968)

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La obra de un auténtico poeta es la imagen viva que respira, marcha y habla de su tiempo. Pero es también su autorretrato permanente y total.

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Quisiera poder, en el curso de mi vida, incorporar a mis poemas el aliento de los demás sin renunciar a mi propio “yo”. Por otra parte, estoy convencido de que el día en que perdiera ese “yo”, perdería al mismo tiempo mi facultad de escribir.

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La lengua es como la nieve: en la ciudad siempre está cubierta por el polvo y el ollín de las fábricas. Sólo en los campos y en los bosques permanece totalmente blanca.

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El pan no podrá reemplazar el ideal para quien no lo tiene; pero el ideal puede reemplazar el pan.

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La verdadera poesía no es un hermoso coche deportivo que corre en un circuito cerrado. Es necesario compararla más bien a una ambulancia que se arroja a través de las calles para salvar a alguien.

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En ruso, la palabra poeta es casi sinónimo de “combatiente”.

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En ningún país del mundo la poesía tiene semejante tradición de compromiso político. No por azar los rusos consideran desde siempre a sus poetas como guías espirituales, como depositarios de la verdad.

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Sobre todo fue el mundo de la poesía el que me apasionó. Me embriagaba con la grandeza de Whitman, la exuberancia de Rimbaud, el trágico desollamiento de Baudelaire, la hechicería de Verlaine, el pedantismo de Rilke, la perspicacia de Eliot y la sabiduría campirana de Frost.

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Tuve otra pasión en la vida: el fútbol. En la noche escribía versos; durante el día jugaba fútbol. El ruido de las patadas contra el balón de cuero me parecían las más embriagadoras delas músicas… Marcar un gol al lado de las manos impotentes del portero, era para mí un placer verdaderamente poético. Por extraño que pueda parecer, he creído siempre que el fútbol tiene algo en común con la poesía.

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Mi madre no quería a ningún precio que yo fuera poeta. No por falta de gusto por la poesía: simplemente estaba convencida de que el poeta es un ser inestable, atormentado, siempre sufriendo en su vida errante.

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El poeta tiene el deber de presentarse a sus lectores con sus sentimientos, sus pensamientos y sus actos en la palma de la mano. Para tener el privilegio de expresar la verdad de los demás, debe pagar el precio; entregarse, sin compasión, en su verdad. Engañar le está prohibido. Si desdobla su personalidad –el hombre real por una parte, el hombre que se expresa, por otra- se volverá inevitablemente estéril.

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El poema puede ser simple o complicado, pero debe tener una cualidad indispensable: ser necesario a sus lectores.

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Las épocas de grandes transformadores históricos no son, sin duda, propicias para las arpas. En esos períodos la gente prefiere el sonido de las trompetas.

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Mi carrera poética parecía condenada a un destino monótono, los críticos me cubrían de lodo, el público me aplaudía fervorosamente. Con el tiempo, comprendí que los aplausos no eran una prueba de la calidad de mi obra.

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Lo que distingue a los seres vivientes no es la forma que adopta su modo de expresión sino la singularidad de su pensamiento.

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La palabra “Paz” sólo tiene sentido concreto –a mi juicio- para los que saben lo que es la guerra, pues si algo puedo agradecerle a la guerra es, precisamente, el haberme enseñado la significación de la palabra “Paz”.

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La patria no es un término geográfico o literario, sino la imagen de hombres vivos. Desprecio el nacionalismo. Para mí, el mundo entero se compone sólo de dos naciones: la de los hombres buenos y la de los hombres malos. Soy patriota de la nación internacional de los hombres buenos.

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El ardor optimista, si carece de fundamento, no podrá ser el motor de la acción humana. El poeta Svietov lo expresó maravillosamente al escribir: “Una locomotora que gasta su vapor en silbar, no vá lejos”. Ese género de silbido triunfal dá resultados mucho peores que el pesimismo más negro. Yo permanecí optimista, pero mi optimismo había dejado de ser rosa. Ahora llevaba una gama de colores, e incluía el negro. Por eso era sincero.

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El estalinismo es la teoría que considera a los hombres como simples engranajes de una gran empresa industrial. Aplicada a la vida, esa teoría dio resultados terroríficos.

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Hablar de la naturaleza, de las mujeres y de los suspiros interiores, cuando todas las gentes a mi alrededor estaban agobiadas, me parecía inmoral.

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De la fe ciega a la incredulidad total, no hay más que un paso.

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Tengo amigos entre los comunistas de la edad de mis padres y con ellos me siento más cómodo que con ciertos jóvenes de mi edad que huelen ya a naftalina. La juventud interior no conoce fronteras entre las generaciones.

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Estoy orgulloso de no ser un mero espectador sino participar en la lucha heroica de mi pueblo por su porvenir. Pienso que lo tengo todo por delante, y mi pueblo también lo tiene todo por delante.

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El oso y el colibrí. Medellín. Editorial Albon-Interprint. 1968. Págs. 122-126.

Por: Derek Walcott (1930-2017)

In Memoriam

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A mis compañeros de a bordo en esta náutica,
a mi hermano Roderick
y a Roger Straus

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LIBRO PRIMERO

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CAPÍTULO IV  

III

Me senté en la blanca terraza mientras esperaba la cuenta.

Nuestro camarero de negra corbata de mariposa, se abría paso a duras penas por la arena entre las repletas hamacas, rebotando con la música disco

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de los altavoces, una bandeja deslizándose en una de sus manos.

Los turistas dieron un giro, asando sus espaldas

en la parrilla de mediodía. El camarero las estaba pasando negras

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con sus suelas de cuero. Resbalaban duna abajo,

pero la bandeja se tambaleaba sin derramar el gin lime

sobre alguna chamuscada espalda. Estaba decidido

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a satisfacer las demandas de la playa, como un Lawrence de Santa Lucía,

sólo que marchaba arrastrando los pies hacia un litro

de cohibido champaña. Como todo perdedor nato,

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pronto pateó el balde. Dio un descanso a su bandeja, quitó la arena

de los cubitos de hielo con un trapo y los dejó caer en el balde,

luego dejó caer también la botella; una vez hecho eso,

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pareció listo para ayudar a una esposa a embutir con prisa sus tetas

en el ronzal, mientras el marido, sentado, se abrasaba de rabia

como jeque entoallado. Luego Lawrence arrugó la frente a un espejismo.

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Eso fue cuando, con él, volví la cabeza a la aldea,

y vi, entre jaula de alambres del cielo al mediodía,

una playa con su pantera sigilosa; luego el espejismo

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se disolvió en una mujer con un lazo de madrás en el pelo,

pero la cabeza era altiva, aunque anduviera buscando empleo.

Tenía ganas de ponerme en pie como homenaje a una belleza

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que dejaba, como una nave, agrandados los ojos en su estela.

“¿Quién carajo es ésa?”, preguntó un turista, cerca de mi mesa,

a una camarera. La camarera dijo: “¿Ella? ¡Una altanera!”

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Mientras los cincelados párpados de la inimaginable máscara

de ébano se deshacían de su nube de algodón hidrófilo,

la camarera dijo con desprecio: “Helena.” Y el resto vino después.

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CAPÍTULO VII

I

¿Dónde comenzó? El rugido férreo del mercado,

con lunas crecientes o melones mahometanos,

con manos de plátanos de la urna de un faraón,

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limones dorados como los cojones de los leones etruscos,

la luna inerte de una deslumbrante macarela; el sufrimiento

se multiplica con los puestos, las rizadas cabezas de las coles

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embutidas en una bandeja para el deleite de implacables Césares,

esclavos colgados cabeza abajo en un gancho, los cuerpos abiertos en canal

de los rebeldes crucificados, procedentes de las villas de tejas anaranjadas,

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de las coronas de berros, y ahora pasan los pequeños

corazones de los pimientos,  los chicozapotes con pezones

de las doncellas ofrendadas a los Conquistadores.

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Los puestos del mercado encerraban la historia de las Antillas

lo mismo que la de Roma, el fruto de un desastre,

donde las balanzas de bronce oscilaban, niveladas tan sólo

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por la lágrima férrea de la pesa, cada platillo de bronce

se equilibraba sobre un horizonte, pero nunca eran iguales,

como el viejo y el nuevo mundo, por muy justas que parecieran las cosas.

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Salieron del mercado de hierro. Aquiles le devolvió a Helena

la canasta llena. Helena dijo: “Ba moin”!

“¡Dámela!”

Aquiles dijo: “¡Oye! ¡Yo no soy tu esclavo!

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Tienes que lucirte delante de la gente?” Desde luego, ella se rió

con una de esas sonoras carcajadas suyas, luego camino adelante.

Y él, sintiéndose como un perro que era dejado atrás

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para olisquear las sobras de sus pisadas, oyó resonar de pronto

su propia voz de un lado al otro de la calle. La gente volvió la cabeza

en dirección al grito. Aquiles vio mezclarse el vestido amarillo

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a la muchedumbre que se juntaba. Helena nunca

se volvió, cargando la canasta con ambas manos. Que fuera tan terca

lo volvía loco. Le dio alcance. Luego hizo un intento

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de recuperar la canasta, pero ella se la arrancó con violencia.

“¡Tú no eres mi esclavo!”, dijo.

Y él: “Tengo rendidas las manos.”

La siguió hasta aquella parte de la orilla del puerto,

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más allá de los vendedores de carbón, donde las camionetas

se alineaban como carros de trompa chata y mirada fiera, zumbando

con los motores en marcha lenta. Ella se detuvo, y, trastornada

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por la rabia, gritó: “¡Déjame, niñito!”

Aquiles la empujó contra una camioneta.

Había espantado a una pantera. Garras destrozaron

su cara en un instante; cuando le aferró el brazo,

dientes magníficos aserraron sus nudillos, le desgarró su traje

de vestir, mientras él, a su vez, le rasgó con rabia el vestido amarillo.

Héctor, el dueño de aquel vehículo, la metió en la camioneta:

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domador que anima a una pantera a volver a la jaula.

Aquiles sintió quesu cuerpo se vaciaba de todo su orgullo,

mientras la muchedumbre se interponía entre él y Héctor.

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Aquiles tenía lágrimas en los ojos. No podía ocultarlo.

Ella le opuso el codo cuando Héctor se encaramó a su lado.

La camioneta se disparó por el puerto. Aquiles recogió la fruta.

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CAPÍTULO VIII

I

En el museo de la isleta se encuentra una retortijada botella

de vino, con costras de oro falso, extraída de las profundidades,

frías como el hierro, de abajo del reducto. La han catalogado

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los expertos de varias maneras; una: un galeón,

arrastrado por un huracán desde el puerto de Cartagena,

muy lejos al este, había dejado detrás una estela de barras de oro

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y vino de su cala (opinión por muchos

buzos que bajan); la otra era un disparate

y una simpleza: que la botella con costras de oro

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provenía de una nave capitana de la Batalla de los Santos,

pero el vidrio estaba tan enconstrado que no cabía aclararlo.

Sin embargo, el mito dilataba sus ondas cada siglo:

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que el Ville de Paris zozobró allí, no un galeón

repleto de moneda imperial, con un pulpo ciclópeo

por centinela, dueño de un ojo parecido a la luna.

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Abisal como la fe de un buzo, mas nunca descubierta,

la confianza en la reliquia transformó a la aldea,

que llegó a creer que rabihorcados sobrevolaban en círculos

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a la botella, y que rabiosas gaviotas los atacaban.

Sostenían su fe cuando la de los expertos desembocaba en la duda.

La sombra del galeón descendía sobre la hoja de papel pautado

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en que Aquiles, cuando el mal tiempo imperaba, hacía cuentas

junto a la mecha de un quinqué; la oscura nave

dividía sus sueños, mientras el ojo lunar del pulpo

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trepaba a las palmeras, que levantaban sus brazos a manera

de tentáculos. Brillaba como un chelín. Todo era dinero.

El dinero va a cambiarla, pensaba. En esta mala vida

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la que la hizo tan mordaz. Se había burlado antes de la creencia

en el bajel allí naufragado. Ahora comenzaba a bucear,

desde una chalupa chica, más allá de la línea del arrecife,

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con fusil subacuático y langostera. Tenía que asegurarse

de que ninguna vela le tomara desprevenido, bogando en llano

sin hacer sonar las chumaceras. Alimentó el ancla con cautela

por encima de la borda. Se ató el bloque de ceniza

con un nudo corredizo para acelerar el descenso,

luego se ciñó al hombro con suavidad una bolsa impermeable

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como talega para el dinero. Serán para ella cada uno de los centavos,

juró, santiguándose mientras buceaba. Encajados entre las rocas,

allá abajo, estaban la salvación y el cambio. El bloque atado

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a su talón hacía que se hundiera con más rapidez que un cadáver

lastrado con plomo y envuelto con una lona, el corazón de piedra

dentro de pecho sumaba su peso en libras. ¿Y si el amor

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estaba muerto dentro de ella? ¿De qué serviría vaciar monedas

de plata sobre un vientre que una vez lo había calentado?

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hondas brazas hacia su fortuna: moidoros, doblones,

mientras los torcidos dedos de las algas lo convidaban;

sintió el frío de los ahogados calando su sexo.

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CAPÍTULO IX

II

Héctor no estaba con Helena. Estaba con la mar,

tratando de salvar su canoa cuando la amarra del ancla

se soltó, pero crueles cordajes de negra lluvia hicieron

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girar hacia atrás la prosa en las aberturas de las olas cuando buscaba

a tientas el amarradero; y los pardos senos con desechos de cocos,

el casco se hundía mientras la sentina remolineaba a sus pies;

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vio cómo estallaba cada remolino. ¡Alto como una casa!

Y en seguida, el prolongado y recio retumbo del cañón;

sin poder ver la tierra entre la lluvia, creyéndola cercana

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por el agua que chirriaba mezclada con la arena, y tuvo miedo

entonces, al ver cómo eran arrastrados más allá del faro

que daba vueltas, sin ancla, entre las ráfagas; el bote voltejeaba

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del lado de la borda, por eso Héctor cambión de lugar su peso,

bogó con energía con el remo corto para bordear;

pero remaba en el aire: las crestas de las olas, a un tiempo pardas y blancas,

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se revolvían con palmeras arrancadas; se irguió con el remo, meciéndose

sobre el tablón de la quilla, luego se sentó; su alma estaba empapada y trémula.

Se arrastró hasta la proa, y se arrojó de cabeza hacia la playa,

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mas la girante popa le dio un culatazo, de modo que vino a dar debajo

de los desechos que buscando calma y hondura, pero cuanto más se sumergía,

más fuerte lo arremolinaba la corriente; relámpagos y truenos

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estallaban y veía irse a pique la canoa sin pesar alguno;

y se dejó arrastrar un rato por el seno de una ola,

braceando de espaldas, para medir el ritmo preciso

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de las crestas; después, como llevado por una tabla hawaiana,

patinó por un muro de agua que se levantaba muy lento; una vez que estuvo

al compás, pudo nadar con la resaca en desplome, sin oponerse al designio

de la mar, dejando que le volteara si ése era su antojo, aun cuando su gana

fuera tratarlo igual que a su propia basura; luego sintió el remolino

de fina arena, y, trastabillando, se puso en pie en las aguas de los bajos.

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Versión de JOSÉ LUIS RIVAS.

Omeros. Barcelona. Círculo de Lectores. 1995. Págs. 37-39, 57-59, 65-67, 75-77.

Por: Milorad Pavic (1929-2009)

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Una leyenda de Belgrado, en la pendiente de la orilla del Sava, en la calle Svetozara Radica, colgaba un espejo con agujero en el cual no se podían ver los lectores perezosos. Desaparecían en dicho espejo hasta no terminar de leer el libro o el cuento que habían abandonado antes de acabarlo. Dicen que nuestro espejo es justamente el espejo de esa calle. El lector que quiere verse en él debe recordar al menos un cuento sin terminar y acabarlo. Y usted es seguramente uno de esos lectores perezosos. Este espejo no refleja su imagen por eso; seguramente por haber cometido un error tal vez no ha terminado algún libro que es importante para usted y para su vida, aunque usted no sea nada importante para ese libro. Quién sabe, tal vez en algún lado, en algún cuento, usted mató a alguien, o en otro cuento ya está casado sin saberlo, porque no lo ha terminado de leer. Quizá tiene una esposa que lo espera en un cuento largo sin acabar, o lo acecha para asesinarlo en alguna novela porque ha herido sus sentimientos. Si averigua cuál de los libros importantes para usted fue dejado a medias y lo termina tal vez podrá resolver el enigma del espejo y su agujero, descifrar quién es usted y quién soy yo, porque su agujero es en realidad el agujero dentro de usted…

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Traducción del serbio: DUBRANKA SUZNJEVIC.

Siete pecados capitales. México. Editorial Sexto Piso. 2003. Págs. 116-117.