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VENGANZA DEL AZUFRE

 

Verano, destreza el azufre.

El hijo de las cabras aplastaba su rostro

contra el fuego.

Una semilla se pudría en la saliva

espacial.

Una ignorancia roja me empujaba

hacia los grandes gérmenes, mis pequeños

amigos, los verbos asesinos.

Mis pensamientos se hacían de ese

rumor de piedras, de ese guantazo caliente

de la adoración.

Adueñado del ocio, yo era el pariente

Cercano de los pumas, el prestigioso

alunado que devora las carnes de su

tierra, como un ejemplo de fruición.

ANTIGUO

 

Cuervo miedoso, has de saber que mi

cerebro es visitado por un gran sol

violáceo, un daño heroico que caliente y

despedaza las glorias carniceras delos

atletas del siglo.

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CIUDADANO

 

Mi hermano tuerto ha decorado la

belleza con su baba mortuoria.

 

¡Sangres!… Que nadie diga que un

potro milagros viene trotando a

nuestro encuentro.

Esta es, a veces, la cara del martirio.

 

LA DANZA

 

La danza va por el sendero hacia los

labios maternales, la danza de la espuma y

la irrisión.

Oh mil cantores de la noche roja, la

danza vuelve el oxígeno avaro del

desierto, y hace temblar de mansedumbre a

un alacrán de ojos azules, embajador de la

 

tormenta.

 

REINA ESCLAVA

 

Una mañana el corazón saltó hacia

 

los pantanos y abrió una celda en la

frescura.

(Vides del hambre y los hastíos en la

sagrada encarnación del día.)

Plantas la muerte y gran limosna, ah

pájaros de un día, la curandera

 

atormentada ahuyenta el crimen de su

pueblo, como una reina de la amnesia.

Fogatas, fogatas de ternura.

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CAMINOS

 

 

El aluvión de los palacios y las

tierras de breve pastoreo. (Caminos.)

Y la bellota marina ha propagado un

hálito caníbal en los hogares modernos.

He andado, improvisando saludos y

actitudes cívicas, como un hermano del

Tiempo de las Víboras.

 

EL GRAN MAL

 

La cacería comenzó cuando unas

 

hienas de paso descubrieron la química

perfecta.

(Esto fue impresionante.)

En la alta noche desfilaron los

Sensibles –los comerciantes y otros

notables poderosos-.

Y un voluntario fue arrojado a los

 

ácidos sudores.

Yo he presenciado esa epidemia, como

un testigo muy viejo, muy santo y muy

enfermo.

VENTANA

 

 

Mi horrible vecinita tiene el pie

maligno.

 

Sus arañas de lluvia se han vendido a

mi paciente hedor.

Hay tanta sangre en su traje, tanta

destreza en su oración.

Alguien ha puesto una piedra en su

Memoria, un tóxico en su cuerpo, una

 

herida en su cama.

¡Oh flor de esclavitud, oh amante

peligrosa.

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SIN CAMBIOS

 

El pan de los plácidos reposan en las

 

heridas sin dueño de la Tierra.

Una serpiente respira en el pabellón

 

de pánico, pasión colgante del sombrío,

del exhausto.

Pero los días perdidos para siempre,

siguen untando mi vivienda de pomadas

 

lascivas, el corazón gradual, el absoluto

corazón.

 

 

LA NUEVA EDAD

 

La nueva edad ha proclamado el

 

imperio diluviano y va creciendo en

grandes ramas sordas, en santas

procesiones, hacia el aullido blanco del

metal, la tumba del uranio.

 

El asno histórico domina en las

ciudades, y a su graciosa invocación, al

cáliz rojo de su álgebra, responde el nuevo

inocente, el legendario, más poeta que yo

y más guerrero que el alba.

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EL PASAJERO

 

 

Aprisionando el néctar de los grandes

viajes, reconstruyendo un hecho

 

irreparable, un hecho inmóvil y frío, ya

difunto, pero no obstante, intacto.

Reproduciendo ese hecho con cabeza

 

de bestia, con ojo de mosca, de demonio,

de salamandra.

Recomponiendo el sol de la Salina, su

muela abrasadora, su mermelada de

horror; sabiendo cosas de más,

explicitando.

 

El pasajero ha muerto en su butaca:

ha fallecido hablando y habla todavía.

Y a la destreza inmóvil de su lengua,

queda adherido el corazón de un pueblo, la

estúpidez de una ciudad y la evidencia de

un colmo.

Una humedad sin nombre y sin

Mecenas.

Selección y prólogo JAVIER COFRECES

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Siete surrealistas argentinos. Buenos Aires. Editorial Leviatán. 2012. Págs. 55-60.

 

 

QUERIDA VIDA (FRAGMENTOS)

He actuado como un cobarde por temor a perder aquello que un cobarde no puede poseer.

*

Ocurren cosas que nunca se recuerdan y se recuerdan cosas que nunca han ocurrido.

*

Hasta hace poco creí tener un gran espíritu. Ahora sé que no existen los grandes espíritus y admito que el mío ha sido ha menudo pequeño, cobarde, mezquino y egoísta. Sólo me preocupan mi vida y mi muerte y quienes con ella se relacionan. Soy un escritor que chapotea en una charca con sus amigos los sapos.

*

La corrupción empieza por el lenguaje.

*

Imaginamos la vida para huir de ella, como si fuera posible escapar de lo que somos.

*

La memoria es una gran aliada de la vejez. El olvido, también.

*

Un mundo complaciente y ágil ha consentido que vivir fuera posible para mí. Falta saber si el morir será igualmente fácil.

*

La verdadera esperanza es la que nace del horror y lo sobrevive.

*

El día que tengo una cita o un compromiso a una hora determinada, aunque sólo se trate de recibir una visita, es para mí un día arruinado, porque ya no soy dueño de mis actos.

La poesía es necesaria para mí. La mía y alguna otra, pero particularmente la mía. Ciertos poetas rozan áreas de mi vida. Yo, por mi parte, con mayor o menor fortuna, intento navegar por ella. En mi poesía están mi vida y mi muerte.

La fe es una locura necesaria.

He leído desordenadamente, y mucho menos de lo que hubiera querido o debido, infinitamente menos que los grandes lectores.

Sólo puedo decir que he vivido mis lecturas, casi siempre incompletas, y que muchas de ellas se  han hecho carne en mí, proporcionándome grandes ilusiones o grandes esperanzas o grandes desazones. He reído hasta las lágrimas y he sido transportado a limbos de gran felicidad. Ciertos libros tienen pasajes inolvidables, páginas, párrafos o frases que sobreviven en la memoria y que, transformándose, se integran con la vida misma, muy a menudo al margen de su valor literario.

*

Lo que malogra la existencia es el afán de posesión. Posesión de afectos, de recuerdos, de personas, de animales, de objetos, de personalidades, de cultura, de fama, de amores, de anécdotas, de talentos, de belleza, de gracia, de bienes, de felicidad, de creencias, etcétera, etcétera.

Lo que malogra la vida es la condición humana. ¿Quién ha visto un caballo voluntariamente ocupado en algo más que comer, excretar y fornicar, en caso de ser potro?

*

El único lugar donde es imprescindible el mando es el campo de batalla.

*

La inseguridad, la vanidad, la envidia, los celos y la soberbia fatua son los verdugos mayores de todo autor que no esté protegido por un buen blindaje de soledad y aislamiento.

No sé que es el fracaso. No conozco otra cosa.

El acto de escribir es tan natural en mí que no implica ningún esfuerzo. Lo hago con total facilidad, pero releo y corrijo lo escrito infinitamente. Nunca doy por terminado un texto; lo voy puliendo innumerables veces, como una piedra en bruto. Suele suceder que, de tanto pulirlo, vaya desapareciendo, hasta que no quede ni siquiera su recuerdo.

El súmmum de la soberbia es la humildad, la soberbia disfrazada. La soberbia a cara descubierta es desagradable pero inocente y más bien simple. La humildad en un escritor no es sino soberbia pervertida.

Hay una dignidad del cuerpo que se va perdiendo con los años.

Pienso que lo único verdaderamente valioso para un poeta, es escribir con belleza y dignidad desde el fondo de su ser, y su única gloria es la de transmitir esa belleza al mayor número posible de individuos, más allá de la propia existencia terrenal.

*

La realidad es una hipótesis de la imaginación.

*

He despreciado demasiadas cosas en mi vida y por momentos he despreciado también la vida.

*

En 1952 Benjamín Péret escribió en Médium que por mí poesía pasaba “un soplo surrealista auténtico” ¡Qué tristeza!

*

Casi todo lo olvido con excepción de mis problemas.

*

La fama es la ilusión del mediocre.

Siempre he pensado que lo que interesa de un hombre son sus contradicciones. Y que un hombre coherente muy a menudo es un imbécil.

Considero que la sociedad es enemiga de la naturaleza. Mi rebelión contra ella es cultural. Mi amor por la naturaleza es genético.

Soy incapaz de explicar nada sobre ningún tema. Esto puede querer decir sólo dos cosas: o no sé nada de nada o, como Rimbaud, lo sé todo de todo.

*

Toda poesía es obscena cuando no es obra de un poeta.

*

La vida tiene un sentido, pero no el que pensamos.

*

La lucidez en el viejo es un castigo.

*

El amor es cosa de uno solo.

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Querida vida. Buenos Aires. Editorial Suramericana. 2005. Págs. 11, 12, 13, 15, 17, 46, 48, 51, 54, 75, 78, 79, 83, 94, 95, 123, 125, 132, 145m  147, 153 y 185.

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LA ANGUSTIA DE LAS INFLUENCIAS

 

PROLOGO

Y era una maravilla que estuviesen

en el Padre sin conocerlo

 

Después de saber que había caído, hacia afuera y hacia abajo, lejos de la Plenitud, trató de recordar lo que había sido la Plenitud.

Y lo recordó, pero se sintió mudo y no podía decírselo a los demás.

Quería contarles que ella había saltado lo más lejos posible hacia adelante, entregándose a una pasión fuera de su abrazo.

Estaba en gran agonía y habría sido devorada por la dulzura, de no haber llegado a cierto límite y haberse detenido.

Pero la pasión siguió adelante sin ella y transpuso el límite.

Algunas veces, pensó que él estaba a punto de hablar; pero el silencio continuaba.

Quería decir: “fruto femenino y sin fuerzas”.

EPÍLOGO

Reflexiones a lo largo del sendero

 

Habiendo cabalgado tres días con sus noches, llegó al lugar, pero decidió que a ese lugar no se podía llegar.

Por lo tanto, se detuvo a pensar.

Este debe ser el lugar. Entonces nada es importante, pero no estoy disminuido.

O éste puede ser el lugar. Entonces nada es importante, pero no estoy disminuido.

O éste puede ser el lugar. Pero es posible que o no haya llegado a él. Es posible que no haya estado aquí siempre.

O nadie está aquí, y yo soy simplemente del lugar y estoy en el lugar. Y nadie puede llegar a él.

Es posible que éste no sea el lugar. Entonces, tengo un propósito, tengo importancia, pero no he llegado a él.

Pero éste debe ser el lugar. Y, puesto que no puedo llegar a él, yo no soy yo, no estoy aquí, el aquí no está aquí.

Después de cabalgar tres días con sus noches, no logró llegar al lugar, y siguió cabalgando.

¿Sucedió que el lugar no lo conocía, o no logró encontrarlo? ¿No era él capaz?

La historia sólo decía que uno necesita llegar al lugar.

Habiendo cabalgado tres días con sus noches, llegó al lugar, pero decidió que a ese lugar no se podía llegar.

 

CLINAMEN O MALA INTERPRETACIÓN POÉTICA (FRAGMENTO)

(…)

Demos, pues, el salto dialéctico: la mayoría de las llamadas interpretaciones “exactas” de la poesía son peores que errores; quizá sean solamente lecturas erróneas más o menos creadoras, ya que, ¿no es cada lectura necesariamente un clinamen? ¿No deberíamos, por lo tanto, con esto en mente, tratar de renovar el estudio de la poesía volviendo una vez más a las cosas fundamentales? Ningún poema tiene fuentes y ningún poema simplemente alude a otro. Los poemas son escritos por hombres y no por Esplendores anónimos. Mientras más fuerte es un hombre, más grandes serán sus resentimientos y más osado su clinamen. Pero, ¿a qué precio, nosotros lectores, debemos renunciar a nuestro propio cllinamen?

Propongo, no una nueva poética, sino una crítica práctica totalmente diferente. Renunciemos a la fracasada empresa de tratar de “entender” cualquier poema individual como una entidad en sí misma. Emprendamos, en su lugar, la búsqueda que nos lleve a aprender a cualquier poema como una mala interpretación consciente de su poeta como poeta de un poema precursor o de la poesía en general. Comprendamos cada poema por medio de su clinamen y así “comprenderemos” ese poema de una manera que no ha de adquirir comprensión gracias a la pérdida del poder del poema. Digo esto con el mismo ánimo con que Pater rechazó el famoso análogo orgánico de Coleridge. Pater pensó que Coleridge (quizás involuntariamente) despreciaba la pena y el sufrimiento que sentía el poeta al acabar su poema, congojas al menos parcialmente debidas a la angustia de las influencias, congojas inseparables del significado del poema.

Borges, al comentar los sublimes y aterradores sentimientos de Pascal ante su Pavorosa Esfera, compara a Pascal con Bruno, quien en 1584 todavía podía reaccionar con exultación ante la revolución copernicana. En setenta años, llega a la senescencia: Donne, Milton y Glanvill ven decadencia donde Giordano Bruno sólo encontraba alegría en los progresos del pensamiento. Como lo resume Borges, “en aquel siglo desanimado, el espacio absoluto que había sido una liberación para Bruno, fue un laberinto y un abismo para Pascal”. Borges no se lamenta del cambio, ya que también Pascal logra lo Sublime. Pero los poetas fuertes, a diferencia de Pascal, no existen para aceptar aflicciones; no pueden estar contentos con el hecho de adquirir lo Sublime a un precio tan elevado. Como el mismo Lucrecio, optan por el clinamen como libertad. Esto es lo que dice Lucrecio:

Cuando los átomos caen directamente hacia abajo por su propio peso a través del espacio vacío, en ciertos momentos y lugares indeterminados se desvían bruscamente una nada con respecto a su curso, pero lo suficiente para poder llamar a esto un cambio de dirección. Si no fuera por este brusco desvío, todo caería hacia abajo como gotas de lluvia a través del abismo del espacio. No ocurriría ningún choque y no se crearía ningún impacto de átomo sobre átomo. La naturaleza, por lo tanto, no habría creado nada…

Pero el hecho de que la mente misma no sienta ninguna necesidad interna de establecer cada acto suyo y obligarlo a sufrir en una desamparada pasividad, se debe al pequeño desvío brusco de los átomos en cierto momento o lugar no determinados.

Al contemplar el clinamen de Lucrecio, podemos entender la ironía final delas Influencias Poéticas y llegar al punto del círculo de donde partimos. El clinamen entre el poeta fuerte y su Padre Poético es realizado por todo el ser del poeta posterior, y la verdadera historia de la poesía moderna sería la descripción pormenorizada de esos bruscos desvíos revisionistas. Para el patafísico puro, el desvío es maravillosamente gratuito; Jarry, después de todo, era capaz de considerar la Pasión como una carrera de bicicletas cuesta arriba. El estudioso de las Influencias Poéticas está obligado a ser un patafísico impuro; tiene que entender que el clinamen ha de ser considerado siempre como si fuera intencional e involuntario simultáneamente: la Forma Espiritual de cada poeta y el gesto gratuito que hace cada poeta cuando su cuerpo cayente choca contra el fondo del abismo. Las Influencias Poéticas son el pasaje de los Individuos a través de los Estados, según el lenguaje de Blake, pero el pasaje se hace malamente cuando no es un desvío brusco. El poeta fuerte dice en realidad: “Parece que he dejado de caer; ahora estoy caído y, por consiguiente, yazgo aquí en el Infierno”; pero, mientras dice esto, está pensando: “Mientras caía, me desvié y, por consiguiente, yazgo aquí en un Infierno mejorado por mis propias acciones.”

Traducido por FRANCISCO RIVERA

 

2La angustia de las influencias. Una Teoría de la Poesía. Caracas. Monte Ávila Editores. 1997. Págs. 9, 183, 54-56.

POESÍA Y CREENCIA

 

LA BIBLIA HEBREA (FRAGMENTO)

Poesía y creencia, tal como las entiendo, son modos antitéticos de conocimiento, pero comparten la peculiaridad de ocupar un lugar entre la verdad y el significado, mientras se trate al mismo tiempo de alguna alienación de la verdad y del significado. El significado arranca solamente por o desde un exceso, una sobrecarga o emanación que llamamos originalidad. Sin ese exceso incluso la poesía, dejando aparte la creencia, es meramente un modo de repetición, sin que importe cuan adecuado sea el tono. Lo mismo sucede con la profecía, no importa lo que consideremos como profecía.

La palabra hebrea nabi parecer haber significado “proclamador”, así que supongo que deberíamos hablar de “los proclamadores” más que de “los profetas”, sin embargo ninguno de nosotros optaría por hacerlo, ya que estamos profundamente inmersos en las insinuaciones armónicas de “profetas” y “profecía”. Los llamamos “profetas” porque el Septuaginto tradujo nabi por la palabra griega prophetes, que significa “intérprete”. Creo que “interpréte” es mejor que “proclamador”, pero seguimos atascados en la palabra “profeta”, a pesar de su en parte irrelevante significado de predicción, de predicción de un futuro inalterable. Si seguimos por aquí el resultado será este, como dijo Blake. Un intérprete debiera ser un vidente y no un dictador arbitrario.

DE FREUD EN ADELANTE (FRAGMENTO)

(…)

La evasividad es intencionada, se escribe entre líneas, utilizando una fina imagen de Leo Strauss. ¿Qué significa el que alguien que busca una nueva negación, o mejor quizá, el que un revisionista de una antigua negación, recurra a la evasividad ante cualquier posible interpretación como tópico o tema central de su obra? Kafka no cuestiona la culpabilidad, pero desea hacer “posible para el hombre el disfrutar del pecado sin culpabilidad” mediante sus lecturas. El disfrutar del pecado casi sin culpabilidad es esquivar la interpretación, exactamente en el sentido judío dominante de interpretación. La tradición judía, ya sea normativa o esotérica, nunca enseña a hacer la pregunta de Nietzsche: “¿Quién es el intérprete y qué poder busca conseguir sobre el texto?” En su lugar, la tradición judía pregunta: ¿Está el intérprete en la línea de aquellos que pretenden construir, en cualquier época, una barrera alrededor de la Torá? El poder de evasividad de Kafka no es un poder sobre su propio texto y realmente levanta, en nuestra época, una barrera alrededor de la Torá. Sin embargo nadie antes que Kafka levantó totalmente una barrera a partir de la evasividad, ni Maimónides ni Judah Halevi ni incluso Spinoza. El más sutil y evasivo de todos los escritores, Kafka, continúa siendo el más severo y el más atormentado de los sabios tardíos de lo que aún será la tradición cultural judía del futuro.

Traducción de LUIS CREMADES revisada por ISABEL GARCÍA PAREJO

3.jpgPoesía y creencia. Madrid. Ediciones Cátedra. 1991. Págs. 20-21, 146-147.

 

EL CANON OCCIDENTAL

PREFACIO Y PRELUDIO (FRAGMENTO)

En la actualidad me siento bastante solo al defender la autonomía de la estética, pero su mejor defensa es la experiencia de leer El rey Lear y a continuación ver la obra en un buen montaje. El rey Lear no deriva de una crisis de la filosofía, y su fuerza tampoco puede ser justificada como una mistificación promovida, de una forma u otra, por las instituciones burguesas. Es señal de la degeneración de los estudios literarios que a uno se le considere un excéntrico por mantener que la literatura no es dependiente de la filosofía, y que la estética es irreductible a la ideología o la metafísica. La crítica estética nos devuelve a la autonomía de la literatura de imaginación y a la soberanía del alma solitaria, al lector no como un ser social sino como el yo profundo: nuestra más recóndita interioridad. En un gran escritor, lo profundo de esa interioridad constituye la fuerza que consigue sacudirse el abrumador peso de los logros del pasado, para que cada originalidad no sea aplastada antes de que se manifieste. Los grandes textos son siempre reescritura o revisionismo, y se fundan sobre una lectura que abre espacio para el yo, o que actúa para reabrir viejas obras a nuestros recientes sufrimientos. Los originales no son originales, pero esa ironía emersoniana cede la palabra al pragmatismo emersoniano, según la cual el inventor sabe cómo pedir prestado.

Traducción de DAMIÁN ALOU

4.jpgEl canon occidental. La escuela y los libros de todas las épocas. Barcelona. Editorial Anagrama. 1995. Págs. 20-21.

1.jpgPor: Juan Roldán. Abril 2011.

 

 

HIJOS DE LA NIEVE

 

8 (FRAGMENTO)

 

Entre seis aspirantes al cargo de secretaria está Rosalba, una primípara de contaduría pública en la Universidad de Medellín. Luce blue jean y jersey a rayas rojas, anaranjadas y amarillas, cartera y botas negras: lleva recogida atrás con pinzas una abundante cabellera caoba oscuro, oscuro, muy oscuro, que, con la luz que atraviesa la ventana a esa hora de la tarde, da visos rojos.

  • Espéreme un momento, por favor- harto de escuchar las mismas respuestas ya Capeto no sabe qué preguntar y sale a dar una vuelta por la primera planta del aserrío para, entre los aromas de la tolúa, el guayacán, el cedro y el roble, despejarse e inspirarse.

Mientras aguarda la entrevista, sorprendida de que vaya a contratarla un hombre tan joven, estudia la oficina, si puede denominarse así a un salón en lo que la gente llama un mezanine, que, se ve, es el guardadero de todo tipo de rebujos. Tiene un sentimiento ambiguo de desilusión y de entusiasmo: por un lado, esperaba trabajar en una oficina de verdad, con aire acondicionado y mullidos muebles; por otro, confía en que, si le dieran la oportunidad y los medios, podría organizar un verdadero despacho ejecutivo. Allí el escritorio de él y aquí el mío, una mesa redonda allí para las juntas, más allá una salita de espera, unas divisiones así y asá, unas lámparas así y asá, unos cuadros así y asá, unas cortinas así y asá, unas materas así y asá, etcétera.

Llegada la hora, sentados frente a frente en dos sillas plásticas blancas, Capeto le formula las preguntas de rigor, sus estudios, su familia, sus conocimientos, sus últimas experiencias laborales, bla bla bla. Los minutos corren, ya no sabe cuál de las aspirantes conviene más a Maderas de la Selva Ltda. Ltda., se le confunden unas con otras, se le confunden sus rostros y sus voces, y desea suspender el encuentro y aplazarlo hasta la semana o el mes o el año o el siglo siguientes, hasta nunca. Bla bla bla.

  • ¡Esta va a ser la oficina?

Capeto, sorprendido porque ha pasado de entrevistador a entrevistado, mira alrededor como si nunca hubiera visto ese desorden, y se avergüenza.

  • Sí –le clava sus ojos en los de ella, sonriendo, y repara en que son los de un color cuyo nombre desconoce; piensa: ¿Serán cafés? Quisiera averiguarlo-. ¿Usted qué sugiere?

Ella, como si le hubieran pedido organizar y decorar su propia casa, empieza a poner muebles en un lugar, cortinas en el otro, cuadros en otro, como si sacara todo de un sombrero. En la mente de Capeto, por arte de magia, va surgiendo la oficina que desea.

La contrata.

Los primeros seis días los gasta ella en la creación de ese pequeño universo, al séptimo descansa para, ahí sí, iniciar las labores propias de una secretaria.

  • El doctor Carlos Alberto no se encuentra. ¿Podría dejarle el mensaje?

Juan se burla. ¿Doctor Carlos Alberto? Si le dicen doctor a un bachiller, entonces le dicen doctor a cualquiera. A veces él mismo lo llama doctor. Envidia un trabajo así, con una secretaria para sentarla en las piernas y abejorrearla mientras le dicta cartas.

Los dos socios viven satisfechos de la contratación, en especial don Gilberto que se a quererla como a una hija. Alaban su habilidad, inteligencia y discreción.

  • Viejo, Rosalba tiene una belleza rara, tiene un no sé qué… Me gusta cómo se viste –no dice que le gusta el olor a jengibre de su pelo largo; el rostro siempre limpio de maquillajes, ahombrado y por lo mismo hondamente femenino; los pechos cuya vista remite a la fertilidad de la tierra, a la usanza de los años cincuenta, como debieron tramarle a don Genaro; su voz de trombón al cantar: “Malena canta el tango/como ninguna/y en cada verso pone/su corazón”.

-Párele bolas, socio; usted puede.

Hasta ahí llegan sus comentarios respecto a la empleada.

Para celebrar acontecimientos como el envío exitosos de mercancía a Estados Unidos o el logro de una meta fijada, ajustar determinada cantidad de fondos en el banco o algo así, Villa, Nelson y Óscar organizan francachelas de dos o tres días con todos los juguetes. Capeto prefiere actos sencillos y sobre todo reservados: aunque no les revele el motivo, convida a un restaurante a su madre y su hermana, comparte unos tragos con don Gilberto, compra para la casa un cuadro, un mueble o un adorno, renueva un electrodómestico.

En una oportunidad invita a Rosalba: almuerzan en Las Cuatro Estaciones, botan corriente toda la tarde, van a tirar paso al Hotel Intercontinental con el Combo de las Estrellas y terminan en una cama de Penthouse.

Sucede casi por fuera de su voluntad, como si actuara otro, pues sus encuentros con mujeres suelen ocurrir en casas de masajes y centros de striptease, donde, según Nelson, le dicen a uno papi sin conocerlo.

  • Viejo, Fulana ya casi se gana la nevera; Perana ya casi se gana el equipo de sonido –le decía a don Gilberto.
  • Socio, esas zorras sí son las que lo cogieron de teta: ésas sí lo pusieron a trabajar para ellas –pensaba: Ay, de mi señor, Everest es un cachón de aquí a la China.

Por vez primera en su vida de camas no siente repugnancia tras la saciedad; al contrario, lo invade una urgencia de seguir siendo acariciado y acariciador, hasta morir. Me gusta darle besitos así en los hombros, en la espalda, en las caderas, en los muslos, en las pantorrillas, como hablándole al oído en todo el cuerpo. Es como si todo su cuerpo te susurrara, Capeto, no con palabras sino con su olor, su sabor, su turgencia, su temperatura. Al contacto de tus manos y tus labios y tu lengua húmeda, su carne despierta y se endurece, Capeto. Se me acelera la maquinaria con sólo mirarla. Sos un hombre feliz, Capto. No podes pedirle más a la vida, Capeto. Tiene unos pechos que, unas nalgas que, unas piernas que. Me gustan sus tobillos. Voy a vivir para ella y por ella; le daré lo que quiera; sus deseos son órdenes para mí. ¿Qué le regalara? Un vestido de, unos zapatos de, un anillo o una pulsera de. Me gustaría llevármela de vacaciones. Ella y yo en la playa, en una cabaña en el bosque, solos, dueños del mundo. No, no sólo de vacaciones sino por siempre. Envejecer juntos y morir juntos. ¿Adónde le gustaría ir? Le hago construir una casa en, un palacio en. ¿Cómo le gustará a ella una casa? Voy a darle todo lo mío. Todo lo mío es de ella. Lo que ella quiera, lo quiero yo también.

Canturrea: “Mi amiga/mibuena amiga/mi amante niña/mi compañera./Quisiera/contarle al mundo/lo que es tenerte/la noche entera…” De súbito, eximido de toda responsabilidad, recuerda situaciones y personas que no tiene por qué recordar, en fragmentos: el instante en que se bajó del bus en un paseo de la escuela, la conversación en la puerta de su casa con un desconocido que decía reparar ollas a presión, el peinado de una cajera de Ley, el olor a manteca de una sancochería en Puerto Asís… Retazos de ideas e imágenes que, agradablemente, se unen unos a otros sin finalidad ni concierto. Su mente es un caleidoscopio.

Una cosa le talla adentro.

En el colegio les dictaban orientación vocacional: el profesor, un sacerdote, con tizas de colores escribía en el tablero una verdad y por cuarenta y cinco minutos daba explicaciones y ejemplos hasta volverla incontrovertible: Nada es más grato a los ojos de Dios que un hombre casto, los ojos son el espejo del alma…, artículos de fe que se revolvían en su cabeza adolescente: ¿Qué habré hecho para tener los ojos tan manchados?, se preguntaba Capeto. Ni siquiera haber deseado a la mujer del prójimo podría bastar: conocía a más de uno que habiéndose masturbado, pajizos de vocación, los tenían diáfanos. Capeto no entendía. En una ocasión el cura subrayó: Hay dos clases de mujeres: mujeres del alma y mujeres del cuerpo. Con unas se camina a Dios, con las otras al infierno. Las primeras se hallaban en sus hogares y, joyas era necesario cuidarlas: estaban para casarse con ellas, amarlas hasta la muerte y multiplicarse; los modelos más cercanos los tenían en sus casas: ¿quién se atrevería a negarles a madre y hermanas la pertenencia de este linaje? Las segundas, criaturas de la calle y de los antros de perdición, servían para satisfacer los instintos animales y, basura en sí mismas, eran como la caneca de basura que se dejaba en el andén para los recogedores de las Empresas Varias.

No atina a identificar a cuál de estas categorías pertenece Rosalba. Por haberse acostado con él, ¿debería considerarla casquivana, de reputación dudosa? Si no, ¿cuál es la diferencia entre las callejeras y las otras, su hermana y su madre, por ejemplo? Si no existen diferencias, cuanto le enseñaron en el colegio y en la casa es falso: su vida ha sido una engañifa. Si las mujeres decentes se acuestan con sus novios o amigos. ¿Adriana también lo hará? ¿Con quién? ¿Tendrían relaciones prematrimoniales Genaro y Luzmila? En su cabeza, las dudas son hormigas al entrar en su cueva.

Vislumbra una especie de inutilidad del dinero en las materias esenciales. ¿para qué matarse uno por conseguir plata? Uno es güevón. La plata no lo compra todo. No vuelvo a pagarle a una vieja. ¡Que paguen los cuchos y los feos!

Se pasea por la suite con un vaso de vino en la mano, la música a bajo volumen. Piensa: Debíamos haber ido al apartamento. Rosalba duerme.

(…)

2.jpgHijos de la nieve. Bogotá. Editorial Planeta. 2000. Págs. 152-157.

 

FUEGO DE AMOR ENCENDIDO

10 (FRAGMENTO)

(…)

Le encantan y enloquecen todas las manos y todos los pies, concluye Antonio. Recuerda las suyas y los suyos, unas y otros son grandes, en proporción directa con su cuerpo, carnosos y estilizados, se siente seguro y carraspea. Creía que las mujeres preferían los muslos, los bíceps, los pectorales bien desarrollados, y, por supuesto, el sexo gigante. Yo, ¿qué parte de la mujer prefiero? No lo había meditado, llegó a creer que lo más importante de la mujer, o mejor dicho lo único importante, era su espiritualidad, su interior, esas virtudes que la hacían buena esposa, buena madre. Piensa: Lo que más me gusta son las tetas, grandes o pequeñas, firmes, exactas para mi boca o para mis manos, duras, nada me da más lástima que una tetas blanduchas, unas buenas tetas valen mucho.

Se queja:

  • Ahh, estaba muerto, ya me empieza a circular la sangre.

Repasa en su memoria las tetas conocidas, vislumbradas, imaginadas.

  • Estaba muerto –le remeda Eloísa, y sigue friccionándole las pantorrillas.

Juzga bonitas las piernas de Antonio, bonitas las nalgas aunque no se parezcan a las de los negros, bonita la espalda ancha.

  • No es un cuerpo de arriero –piensa en voz alta.

Esta mujer no tiene frenos en la intimidad; es muy distinta en público. No tener cuerpo de arriero ¿qué significa? Antonio se enorgullece de ser bello, o de aparecer bello ante los ojos de Eloísa, incluso cree más significativo poseer un cuerpo bello que ser un ciudadano ejemplar, un buen hombre o un santo. Se pregunta cuánto durará la belleza del cuerpo. Si a Eloísa la atrae la belleza de su cuerpo, o la supuesta belleza, un día dejará de amarlo, pues el amor, un ciego, con el tiempo troca su ceguera en lúcida visión. Piensa. ¿Qué haré ese día?, no importa, cada día trae su afán. Intenta recordar otra frase bíblica con sentido similar y se le vienen refranes en nada referidos a su asunto, así es la memoria. Más vale pájaro en mano que ciento volando, dime con quién andas y te diré quién eres. Se pone en el ejercicio de contar ovejas saltando la cerca, no para dormir sino para vaciar su cabeza.

Los masajes se vuelven caricias. Él resucita y se le pone de frente.

  • Cierre los ojos y quédese quieta –le ordena.

Ella se somete. Él la toca con la mirada, la siente entrar por sus ojos como una reina en su palacio, sus sombras lo protegen de los brillos del mundo, sus luces lo enriquecen. Le acerca un oído al corazón, al vientre, y la intestina música que escucha le agrega música a la música bailable de su deseo; Eloísa gime. Le olfatea el pelo, el cuello, los pechos, las axilas, el sexo: por los aromas de su piel y de su carne sagrada Antonio podría guiarse en la espesura, quisiera llevar un frasquito lleno de ella para aspirarlo, quisiera morir entre sus vapores, crucificado; Eloísa gime. Con ambas manos le soba las piernas, las nalgas, la espalda, parece modelar una estatua en el aire; Eloísa gime. Se pasea sobre ella, dentro de ella, con labios y dientes y lengua: a Antonio lo mueve una sed loca, es un vicioso de su boca, sus sales lo embriagan, en ella encuentra el pan y el vino verdaderos, si fuera a decir una oración entonaría su nombre.

  • Vista, oído, olfato, tacto… Soy hombre, un milagro, un monstruo enamorado.
  • ¿Es un verso?, ¿un fragmento de un libro?

Él, por respuesta, le sonríe.

El domingo en la noche, Antonio, que no ha querido lavarse, apoyándose en los vestigios que hay en el consultorio, trata de reconstruir la imagen de Eloísa, y va de un lado a otro, igual a un perro perdiguero, olisqueando el aire y los objetos que ella tocó: una taza, una toalla, una pastilla de jabón, las cáscaras de una naranja. Los vestigios son cada vez más imperceptibles, entonces cierra puertas y ventanas. Se duerme olisqueando la punta de una cobija que la cobijó y chupándose los dedos. Si su madre lo viera se enternecería.

Don Ignacio María Restrepo, dueño de la plata y el de la plata pone las condiciones, ordenó tirar la puerta por la ventana en la inauguración del tranvía.

  • Que desde el desayuno se vea lo que va a ser la comida –explicaba.

Hubo invitados de honor, bendiciones, copiosos discursos y brindis más copiosos aún. Todos querían contarse entre los pasajeros del histórico primer recorrido, en el tramo de la plazuela de la Vera Cruz de los Forasteros hasta el establecimiento de recreo El Edén, al norte de la ciudad, pero no había carros para tanta gente. Eso ocurrió una tarde de octubre de 1887, al principio soleada y, de improviso, lluviosa, al menos en el sitio del acto, porque en Medellín puede desatarse una tormenta aquí y a los cien metros continuar el esplendoroso verano; quienes alaban la eterna primavera de Medellín nunca han estado donde el aguacero hace estragos: espectáculo memorable es ver a la Santa Elena o a la Iguaná enfurecidas arrastrando gallinas, cerdos, terneros, niños, ancianos.

Después se alargó la línea hasta el pie de la colina de Bermejal, donde están los baños de Amito, lugar ya mencionado, se extendió un ramal hacia la Puerta Inglesa, en el oriente, y otro hacia el sur con pretensiones de llegar a Itagüí pero ni siquiera alcanzó a salir de Medellín.

A las corpulentas mulgas bogotanas las mata, una a una, la nostalgia de su sabana, de su clima frío, y pronto deben ser reemplazadas por mulas antioqueñas, más chicas y más caprichosas, de pésimo carácter y enemigas del trabajo, desmintiendo una famoso rasgo de su raza: cuando deciden pararse o echarse, sin importarles que se hallen apenas a mitad del viaje, no hay fuerza humana capaz de hacerlas entrar en razón, y en más de una oportunidad la han emprendido a coces contra los inocentes carros que, la verdad sea dicha, permanecen bien pintados, limpios y cómodos. Son mulas tercas, y muchos vagos pagan el pasaje para tener el gusto de ver al mulero pelear, en vano, contra semejante terquedad, y luego desahogarse con amenazas tremebundas que para qué transcribir aquí.

(…)

1.jpgFuego de amor encendido. Medellín. Editorial Universidad de Antioquia. 2000. Págs. 142-145.

 

 

HAPPY BIRTHDAY, CAPO (FRAGMENTO)

Desde el sofá, a través del vapor de la taza de café, Cecilia vislumbraba los edificios de la carrera Quinta, donde en su época de turista pelecharan los establecimientos de diversión para la gente de mundo.

Se sentía una extranjera como en el extranjero, por donde se había paseado con la esposa de los hijos de Castillo, y extrañaba el aire de Medellín, su cielo de leche de cabra al amanecer, de bluyín al mediodía y de hulla a la medianoche, la limpieza de sus calles, al menos de las calles adonde los habían arrastrado los miles de millones de dólares. Quinientos kilómetros la separaban de su tierra, apenas una hora en uno de los aviones de su marido, sin embargo se le hacían un abismo: en el futuro tendría que contentarse con añorarla.

Se preguntaba qué habría sido de su vida si hubiera nacido en otro tiempo o en otro lugar, o si sus padres no hubieran alquilado casa en el barrio La Paz de El Trianón, en la calle de don Adán y doña Ernestina, o si hubiera tenido el valor de decirle “no” a Pablo, ese marihuanero que al bailar parecía tener dos piernas izquierdas y que gagueaba a no ser que se hablara de la plata que aspiraba a conseguir, la plata, siempre la plata, no lo motivaba otro tema, o si le hubiera contestado “no” cuando le propuso matrimonio sin tener todavía en que caer muerto y, en cambio, se hubiera casado con un hombre del montón, un obrero, un empleadito de banco o un comerciante de los que abundaban en su entorno y la pretendían.

¿Qué sería de mí si yo no hubiera sido yo? En asuntos así filosofaba Cecilia.

Hizo balance: no tendría a Manuel y a Paula; no habría viajada por los cinco continentes visitando monumentos y museos; ni asistido a la plaza de toros La Santamaría con congresistas y aspirantes a una candidatura a la presidencia; ni hablado de tú a tú con figuras del jet set, con damas y caballeros de la sociedad. No habría dispuesto dinero a chorros y en consecuencia no habría tenido la alegría de vivir y la seguridad en sí misma que propician los billetes. No habría tenido un lugar en el mundo.

Había sido una privilegiada, incluso una derrochadora. ¡Cuántas quisieran para sí siquiera la mitad de lo que había tenido ella! ¿Y qué había hecho? Con cuanto le había dado la vida podría haber hecho más de lo que le sucediera lo de parábola del dinero y que por su mala administración, a la hora de las cuentas, la despojaran. Mas ¿había recibido lo que necesitaba? Para vivir no necesitaba viajes ni joyas. ¿Y qué necesitaba? No tuvo ánimos para sumergirse en profundidades.

No podía verse como una mujer del vulgo, de las que madrugan a arreglarse para correr a la oficina donde son secretarias, o a la fábrica donde son operarias, o al almacén donde son dependientas; de las que dedican su vida a criar niños y a atender al compañero, a capar pesitos al dinero del diario para comprarse unos calzones o un pintalabios, a rellenar cupones para ganarse un descuento y participar en la rifa, a fiar y a sufrir por las deudas, a engordar, a ser feas, a morir de envidia. Incluso si por esposo hubiera elegido a uno de esos honrados que estudian y trabajan a ritmo de mula y con el tiempo llegan a posicionarse, su vida habría sido una vidita de segunda. ¡Qué hastío una vida como una ceremonia! Ella no habría podido con una vida de cálculo y orden en la que al despertar tuviera que ajustarse a un programa, saber de antemano qué harían a lo largo de dieciocho horas, qué asuntos tratarían, con quiénes, dónde, en qué horarios, cuáles ropas lucirían, y en la noche soñar que trataban esos mismos asuntos, con la misma gente, en los mismos lugares. No habría resistido una vida sin sobresaltos, una vida en que los detalles le robaran la atención y le hicieran perder de vista al conjunto, que es lo que constituye la vida. Una vida sandia.

Se había casado con el mayor delincuente del país, y ahora el más buscado del mundo, pero no le cabía lamentarse: su historia no era la de las mujeres de otros bandidos, que vivían como prisioneras en palacios sufriendo los celos, la brutalidad y la ordinariez de sus hombres –o su finura, que para el caso son equivalentes-, sin contar con que no se les arrimaban sino cada dos o tres meses a echarles un polvo escueto antes de voltearse a dormir y roncar sin darles tiempo a humedecerse. Ella, en cambio, siempre había recibido lo suyo. Qué iba a importarle que el Capo le sobrara para saciar a otras si ella obtenía basta para llenarse. Seguridad y estabilidad. ¿Acaso no es eso lo que añoran las casadas?

Pero no todo había sido lecho de rosas. Jamás había cedido la resistencia de sus padres, que en el lujo y el bienestar que ella les proporcionaba veían sangre, más cuando las fechorías le formaron al Capo un estigma que se extendió hasta ellos: ser suegros del criminal número uno de Colombia les espantaba el sueño y les amargaba la vida. Sus parientes y allegados, que antes la rodeaban de lisonjas y se enorgullecían de poder contarse entre sus invitados a las fincas y al edificio Montecarlo, se habían apartado al punto de evitar los encuentros y esquivarle el saludo: ¡si te vi no me acuerdo! A Paula y a Manuel había tenido que retirarlos del colegio y someterlos a tutores de medio pelo porque los buenos temían que los PECAS los asesinaran, y vegetaban en un aislamiento de ermitaño que iba  pudriendo poco a poco sus corazones infantiles haciéndolos padecer soledades de adulto. El círculo de ella y de sus hijos se reducía a una banda de matones. No tenían amigos. Quizá nunca los habían tenido.

Después de tomar una decisión, por insignificante que pareciera, sus consecuencias no habían estado en sus manos. Había vivido, y eso la había hecho merecer la ignominia de estar implorando a las democracias, sin que le escucharan, una licencia para establecerse en sus territorios como una ciudadana cualquiera. Había vivido, y por ello se le castigaba. Había obtenido su porción de felicidad y ahora se la cobraban con intereses de usurero.

Cerró los ojos y se puso a fantasear. ¿Y por qué no decir me voy, e irme? Decir salgo a comprar cigarrillos, no tardo, y poner pies en polvorosa, esfumarme. No sería la primera. Así no tendría que dar explicaciones. Partir con los hijos dejándolo todo, echarnos a perder sin nada…

Imaginaba, como en un juego, una vida nueva, otra identidad, otras costumbres, otra gente. Otros amigos. Amigos era lo que ella necesitaba, personas con las que pudiera compartir unas cervezas y charlar, amigos que la escucharan, la valoraran por sus capacidades, la empujaran a ver las ironías de la vida y la hicieran reír. Sobre todo que la hicieran reír. ¿Cuánto tiempo llevaba sin reír? Y quizás un amante inteligente y tierno, aunque no importaría cómo fuera ese amante: sólo se relacionaría con él en la cama, así ahorraría dificultades. Una pasión sin pasión, una pasión que no atrajera complicaciones… O no, vivir sola y morir sola, se dijo. ¿Acaso no había venido sola al mundo?

 

2.jpgHappy birthday, Capo. Bogotá. Editorial Planeta. 2008. Págs. 152-155.

 

 

HISTORIAS DE LA CÁRCEL DE BELLAVISTA

REYNALDO

“¿Y usted es periodista? Aquí han venido muchos periodistas. Hasta han venido los de la televisión. Pero yo no creo en los periodistas. ¿Sabes en qué creo yo? En esta caja. Esta caja me da lo que necesito. Y no voy al bongo y a nadie le pido. No tengo cambuche vale veinte o treinta lucas semanales. Yo duermo en la carretera. ¿No sabe qué es la carretera? Es el pasillo. Soy un pirata pero vivo a lo bien. Esta caja me da lo necesario. Yo lustro a los abogados y a los administrativos de Bellavista. Mejor dicho, como dicen, yo lustro a los ilustres. Hum, pero qué ilustres más chichipatos son algunos. Algunos creen que uno les está pidiendo limosna y uno está es trabajando. Yo aquí trabajo, pero en la calle me la rebusco. En la calle soy un bacán. En la calle no doy el día por menos de treinta o cuarenta lucas. ¿Qué si me la gasto? ¡Claro que me la gasto! El billete es para gastárselo. Yo me lo gasto en buena mecha, de marca, y en rumba. ¡Uf!, yo soy tremendo rumbero. Yo en Palacé era un rey. Las chimbas me buscaban. ¡Claro que les cachoniaba! Uno es un varón y el varón es el que paga. Pero aquí no le doy ni puta mierda a nadie. ¡Qué se la rebusquen! ¿Al comité? ¡Las güevas! No le digo sino esto: yo a los del comité no les doy ni agua. ¡Qué camellen esos perros! Por eso es que me llevan en la mala. Sí. Me tienen mala voluntad y hasta me han cascado. Estos días uno de esos hijueputas carros… ¿Cómo? ¿No sabe qué son los carros? Los carros son esos maricas lambeculos de los caciques. Como le decía, una carro me dijo: ´Negro, necesito que me lustrés´. Y yo lo lustré. Y la pinta salió y se fue sin decir nada. Yo le dije: ´¡Hey, págame!´. ¿Y sabe qué hizo? Se devolvió y me metió un puño en la cara. Por eso que salen de la cárcel y a los dos o tres días los encuentran con la boca llena de moscas. ¿Sabe qué, periodista? No le digo sino esto: yo a ese man, si lo veo en la calle, lo pico en ocho y me lo como. A ese man no se la perdono. ¿Qué qué? ¡Uf!, lo pico. Es que a un hombre si se le da en la cara es para matarlo por ahí derecho. Sí, yo no les como de nada y entonces me llevan en la mala. Ah, es que un hombre no tiene porque humillar a otro hombre. ¡Ese man no tiene las güevas más grandes que yo! ¿Sí, yo no les como de nada y entonces me llevan en la mala. Ah, es que un hombre no tiene porqué humillar a otro hombre. ¡Ese man no tiene las güevas más grandes que yo! ¿Sí o qué, periodista? Oiga, ¿cuánto vale esa grabadora? ¡Ah! Es un fierro de grabadora. Bacano que tuviera radico para orí las buenas melodías. Yo una vez conseguí una parecida, en un cruce del centro, y ¿sabe qué?, la cambié por vicio. Sí. A mí me gusta tirarme los cosos. Ah, es que usted no sabe lo que es uno estar encerrado con una chimba, un frasco de guaro, buenos cigarros y buenos cosos, pero nos o tres, sino veinte o treinta gramos. Ah, toda la noche de norte a sur, y beba, y piche… Eso no es vida: eso es un vidononón. Sí. Cuando salga de aquí me voy de carnavales. Dos o tres días a lo bien. Oiga, periodista, ¿se lo encharolo? Yo tuve unos pisos parecidos a ésos. Es que a mí me gustaba estar bien presentado. Es que si uno va a hacer trabajo de calle no puede estar como un gamín. ¿Quién le va creer, si o qué? Sí. Al comienzo trabajábamos en combo. Hum, no le digo sino esto: nos metíamos en patota al Éxito y en quince o veinte minutos ya nos habíamos jalado dos o tres millones. ¿Qué sí qué? ¡Claro! Éramos ocho o diez, hombres y mujeres. Y jalábamos ropa cara, y cartones de cigarrillos, y licores. Más de uno ya está con los huesos llenos de tierra. ¿Y sabe qué? Después de coronar nos íbamos de carnavales. Ah, pero ya los ladrones honrados se acabaron… Oiga, periodista, y perdóneme la confianza, usted se ríe por cualquier maricada, ¿sí o qué? Como lo decía, ahora todos los pillos son unos faltones. Por eso yo trabajo solo. Y por eso es que no puedo hacer cruces grandes, vueltas importantes. Para eso se necesita un combo, y capital, y yo soy solo y soy pobre. Ah, pero yo me rebusco lo mío y vivo a lo bien. Sí, claro. Pero tengo mis amiguitas. ¡Qué chimbas! ¡Claro!” Vienen los domingos y uno les da un billete. Hasta hay una que cobra cinco lucas, y otra que lo da gratis. Sí, creo que es una evangélica y ésa es su misión. ¡Tenaz! ¿Sí o qué? Ah, pero ella la buscan los más chichipatos. ¡Qué pereza! ¿Y usted sí es casado? ¿Sí o qué? Es mejor la libertad. La libertad es lo más lindo. Es lo máximo. Hay un tema de salsa que dice eso. Ah, la salsa es severa. Si yo no hubiera sido ladrón habría sido cantante de salsa, como Maelo. No. ¡Fresco, periodista! Yo sé trabajar. Y es que eso da mucha piedra, ¿sí o qué? Una vez, cuando estaba en la calle, un lustrabotas me manchó las medias y a mí me dieron ganas de darle un tren de pata. ¡pero qué va! Era un cuchito que daba lástima. ¿Sabe qué hice? Me entré al Caravana y me jalé un par de medias nuevecitas y boté las otras… ¿Sabe qué, Pérez? No le pida limosna al periodista, no me caliente la clientela… ¿Pero sabe qué? Vaya fuméselo lejos. Ah, gracias. Démelo, yo lo guardo para más tarde. Yo casi no fumo pero éstos son bacanos. Pérez era un cascón pero se metió a las cosas de Dios. Ese man es un arrepentido. ¡Perro! ¡Qué va! Todo el día rezan y por la noche los oye uno hablar de los torcidos que van a hacer cuando salgan. ¿Usted fuma mucho? ¿Y ese trabajo es bacano? ¿Sí? Entonces yo habría sido un buen periodista. Ah, es que nosotros éramos muy pobres. No. Ese man nunca dio la cara. Ese man era un perro. ¡Uf!, las cuchas son lo mejor. No le digo sino esto: cuando la cucha estaba viva y yo estaba encanado, ella no me faltaba con la visita, y me traía severo barco, con carne y todo. Hum, la cucha cómo era de pobre. Pobrecita la cucha, que en paz descanse. ¡Uf! Con ésta ya son siete. No, en otras. Conozco la Modelo, la Picota y la de Bello. Sí. Ya soy famoso. Por ejemplo, yo me voy de aquí y cuando vuelva ya sé para dónde es que voy. Ah, si me toca me toca. Pero es que aquí también se vive. Esto ya es un internado. No le digo sino esto: la primera vez que caí aquí, diariamente sacaban tres o cuatro muertos; uno los veía pasar con las patas para delante. Hum, y los heridos todos los días. Veinte o treinta. ¡Tenaz! Ahora no pasa nada. Este año, si mucho, han matado a dos o tres. Sí, dos o tres en todo el año. Ah, lo tumba  algún copado para ganarse un billete. ¿Cómo así? ¿Usted es un periodista y no sabe qué es un copado? Un copado es un man que ya está copado, ¿entiende? Sí. Yo sé de uno a quien le pagaron doce melones. ¿Y sabe qué? Se los sopló. Al mes ya estaba pidiendo doscientos pesos para el freso. ¡Qué perro! Sí. Se lo llevaron en remisión. ¡Yo no sé dónde estará ese pirobo! Dicen que Picaleña es muy dura. Y Acacías también. Ésta es la mejor, la más sana. Esto es un internado, un colegio. Sí, pero la cárcel es la cárcel. No le digo sino esto: aunque la jaula sea de oro sigue siendo jaula. ¿Sí o qué? Le están quedando bacanos, ¿sí o qué? Como nuevos. Aquí me las voy a echar. Oiga, periodista, ¿usted me podría llevar una carta a la fiscalía? Es que voy a pedir una audiencia con la cucha fiscal. Es que a mí me están cobrando lo que no hice. Yo no voy a decir que no soy pillo, sino que a mí me cogieron de gancho ciego. Ah, bacano. Mañana cuando vuelva se la paso. La gente que viene aquí es bacana: uno les pide un favor y se lo hacen. Eso es bien, ¿sí o qué? Ah, por teléfono. ¿Usted ha visto a la gente parada junto a la malla hablando a los gritos con los internos? Ése es el teléfono. Cuando llueve se corta la línea. Qué caso, periodista. Usted se ríe por cualquier maricada. Le quedaron bacanos, ¿sí o qué? Ah, lo que usted quiera. Lo dejo a su conciencia. ¡A la orden! ¡Uf!, yo le podría contar muchas historias. Pero, oiga, periodista, ¿usted paga por contarle esas historias? ¡Ah”, ¡qué ilustres más chichipatos son los periodistas!”.

3.jpgHistorias de la cárcel de Bellavista. Bogotá. Instituto Colombiano de Cultura. 1997. Págs. 117-121.

 

ES TARDE EN SAN BERNARDO / JOSÉ LIBARDO PORRAS (1959-2019)

PRÓLOGO

Por: Manuel Mejía Vallejo (1923-1998)

 

“Como las piernas de una colegiala al subirse el uniforme cuando ya se dirige a su casa, el día, poco a poco, se va llenando de luz”.

Estamos frente a otro descubrimiento de un escritor. Pero no del que apenas ensaya sus primeros tropiezos y sus primeros hallazgos, sino frente a quien se asegura en el arte de contar como si alguien arriba le dictara. En alguna forma el escritor es un amanuense de la vida y de las cosas, un secretario indagador que transcribe del aire y de la tierra y de las gentes que pasan con rostro fugaz.

En Es tarde en San Bernardo, de Libardo Porras  Vallejo, se ve un estilo: la metáfora original y discreta en una prosa sin esfuerzo, pero no el repentismo sino la poesía, que es también el nombre de personas y cosas cuando se las quiere.

  • “Escribo para no morir de silencio; para que las voces, a veces indescifrables de ese otro que hay en mí, no se congelen: escribo para sentir que me escucho. Soy yo, pues, el único destinatario de mis textos –lo demás son giros del azar-, por eso intento no hacerme concesiones de ninguna clase; si me las permitiera, podría engañar a quienes me rodean -¡cosa lamentable!- jamás a mí mismo”.

Pero es necesario tener oídos para oír, ojos para ver, tacto para palpar, gusto para gustar, y ese otro sentido atento al oler una flor o una atmósfera determinada. Los cinco sentidos, y otros que el escritor debe inventarse si quiere dar una panorámica de la vida en cada día y cada hora, la visión de lo que existe sólo en la imaginación, las voces no pronunciadas y que nos llegan porque de alguna manera el silencio tiene su propio lenguaje, él mismo es un lenguaje. Las pausas y las esperas, el acoso, el amor con sus precariedades, la vida y la muerte en sus eficacias, la tensa quietud del salto.

  • “Pienso que desde el espacio minúsculo del ´barrio´ es posible explicarse por lo menos una parte del universo e identificar aspectos de la naturaleza humana. Eso, entre otras cosas, busca Es tarde en San Bernardo”.

El barrio. Puertas, balcones, líneas y manchas en las calles, luz y sombra, aires arriba. Rostros en las ventanas, esquinas de tertulia y soledad, figuras de cansancio urbano. Niños que juegan y gritan a la pelota de trapo, viejos que callan, carteles a semidespegar al final de la calle. Y la vida que empuja y aprieta y adormece en las habitaciones, tras unas paredes de colores fatigados, o en matices alegres al paso de los transeúntes.

El barrio con jóvenes en bicicleta y patines, con jubilados en sus avaros recuerdos, con mujeres en el heroísmo de cada día, con la tarde y la noche obligatorias, sus cafés y sus cantinas, sus graneros de charlas al azar de las horas, la esperanza del estudiante, la malicia del camaján, la canción del borracho, la música del traganíquel, el silencio y el insomnio, el niño que nace, el anciano que se va, la vida simple y bella y azarosa. El barrio en sus tejados grises, y la locura y la poesía en el trajín para el descanso y el sueño, o para la amargura tímida del que va a morir después de un rastro pasajero.

El barrio, donde la vida limita con todos los puntos cardinales, cercanos y acosantes, con pocas hendijas para desear el mundo abierto al deseo de vivir más lejos de la noria cotidiana.

“Este libro es el primer rodeo (ya comencé el segundo) que doy, como una fiera a su víctima, a un objetivo que no he logrado definir certeramente. Tal vez sea una novela, o un gran salto al vacío, porque así es la literatura: un camino donde sólo el paso que se dé le dice a uno si ha caído en el abismo o va en dirección correcta.”

Libardo ha sido quizá el más asiduo asistente al taller de la Biblioteca Pública Piloto, a donde llegó con su talento natural, pues ningún taller lo proporciona, ninguna influencia, ninguna casualidad, ninguna droga: desde antes venía escritor, lo demás fue simple aprendizaje de pequeños detalles sin los que también puede vivirse y escribirse.

  • “Un ángel y demonio” –dice de la literatura- “capaz de llevar al hombre al fondo de su propio abismo para que se reconozca en su miseria y su grandeza. Así lo sé, así creo en ella, y por ser una de las pocas formas de expresión exclusivamente humanas y al mismo tiempo dignificantes, la practico en la menos ambiciosa de sus posibilidades: leer y escribir. Otra más alta es llegar a conocerla de tal manera que, ante uno, sea ella inofensiva”.

 

Libardo Porras me entusiasma como narrador y como poeta, algún día se conocerán las cosas que todavía no ha hecho, y las realizadas al ritmo de los días en un barrio de la ciudad. Me entusiasman sus detalles al narrar el color de la hermana: “No es blanca ni negra, y por parecérsele, los panes quieren seguir en el horno un poco más de tiempo”. O al sugerir la muerte: “Ismael se ha marchado lejos, al país más habitado; en cambio a su edad, mis amigos y yo sin marcharnos nos hemos ido, y de extremo a extremo de San Bernardo solamente caminan fantasmas que mueren de silencio”.

Nombrar amorosamente lo cotidiano, con un tinte lírico y un dolor y una ternura que saben relievarlos, es ya buena tarea de escritor. Y cuando Libardo Porras sea importante -¡qué horror en él!- llevará dignamente su nombre a partir de Es tarde en San Bernardo: no es un libro de cuentos, no es un libro de relatos, pero en él se cuenta y se relata con amor, dolor y poesía –lejano Azorín- mucha parte de los días del hombre.

 

Es tarde en San Bernardo. Medellín. Biblioteca Pública Piloto. 1984. Págs. 7-12.

COSTUMBRISMO DE BARRIADA / ES TARDE EN SAN BERNARDO (1984) DE JOSÉ LIBARDO PORRÁS (1959-2019)

Por: Darío Jaramillo Agudelo (1947-)

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 Contrariamente a lo que podría pensarse, la narrativa colombiana posterior al hecho central que constituye la obra de Gabriel García Márquez, ha tomado rumbos distintos de los trazados por nuestro premio Nobel. El “gabismo” se ha infiltrado mucho más en el periodismo que en la narrativa, y los tics, los procedimientos codificables  el sentido de lo insólito han contagiado a nuestros periodistas y se les han atravesado como una presa difícil de digerir.

Forzoso es reconocer también, que aunque en el periodismo se ha producido ese fenómeno paródico, también del periodismo ha salido la obra narrativa más importante escrita por alguien más joven que García Márquez; como son los tres libros publicados por Germán Castro Caycedo.

Aparte de la excelente obra de Castro Caycedo, aparte de Qué viva la música del fallecido Andrés Caicedo, la narrativa postgabiana en Colombia cuenta con un elenco de nombres más o menos conocidos, algunos bastante prolíficos, pero ninguno autor de alguna obra consagratoria. Si bien fueron lo bastante sensatos para escapar a la órbita gabiana, las disyuntivas que han enfrentado hasta ahora no han sido cabalmente resueltas. Aparte de las contribuciones del premio Nobel, la violencia se quedó sin una narrativa memorable y la ciudad es un enorme queso que todavía no han probado los roedores literarios. Aunque lo parezca, este juicio no sentencia el fracaso; al contrario de lo que sucede con nuestros poetas, que escriben –por lo general- lo mejor de lo suyo mientras son poetas jóvenes, la narrativa colombiana ha comprobado ser obra de hombres maduros. Y si algo puede decirse de la generación que Isaías Peña Gutiérrez llamada “del Frente Nacional”, es que se trata de escritores con oficio, con perseverancia, con profesionalismo, que a lo largo de su vida literaria han venido publicando obras de sostenida calidad y de quienes cabe esperar mucho.

Y otra cosa más puede decirse. Gracias al magisterio de muchos de ellos (el mejor magisterio en estas cosas de la creación, que es la desobediencia), gracias al camino que han desbrozado, y gracias también a los clásicos latinoamericanos del siglo XX –Cortázar y Onetti, Rulfo y Cabrera Infante, Borges y Vargas Llosa, etcétera y etcétera-, ya es realidad una nueva generación de narradores que están contando su mundo con un lenguaje más personal y más libre.

Óscar Castro gana el premio nacional de cuento de la Universidad de Medellín y las diez menciones pertenecen a autores jóvenes; esto ocurre en 1983. Este año, el premio lo obtiene Harold Krémer, otro joven. En el premio nacional de Cúcuta ocurre otro tanto: allí el galardonado es Sergio Vieira. La beca Ernesto Sábato es adjudicada a un talentoso narrador menor de 30 años, Julio Olaciregui, casi al mismo tiempo que editorial Planeta lanza con bombo y platillos la primera novela de otro joven, periodista él, talentosísimo él, Juan José Hoyos. Algo más discretamente, el departamento de Antioquia edita el primer libro de Jairo Morales Henao. Nombres nuevos, hombres jóvenes, aire refrescante. Por lo menos nuevos problemas, nuevos rumbos y, por lo tanto, nuevas disyuntivas.

Una de estas disyuntivas, que aún no alcanza a resolverse, se plantea frente a las historias con argumentos. Los narradores nuevos parecen negarse a condescender a la historia con nudo, trama y desenlace, que por estos tiempos parece ser monopolio de la TV y del cine taquillero. Mi fondo y mi superficie de lector lúdico se resienten, no sin reconocer el taller que algunos de estos jóvenes demuestra el monólogo interior, para el fragmento anecdótico, a veces para ese género de poetas que es el cuento breve.

Leído tras las preguntas que suscita tan extraño conflicto, el (lamentado) desprecio por el argumento, el primer libro de José Libardo Porras Vallejo resuelve el problema con coherencia, con originalidad. Decía Cocteau –citando a Stravinsky- que “la novedad sólo sería la búsqueda de un lugar fresco en la almohada. El lugar fresco se calienta pronto y el lugar caliente recupera su frescura”. Es tarde en San Bernardo es un libro novedoso, original, porque hoy en día lo es un libro de cuadros de costumbres, ese género que prevaleció en el siglo pasado y que sigue siendo legible en la obra, por ejemplo, de Emiro Kastos; ese género olvidado que Porras rescata con una prosa sensitiva, salpicada de imágenes certeras que iluminan la narración y la vuelven gozosa; ese género que se convierte en vibrante medio de pescar al lector sin tener una historia, sino la memoria fresca y ardiente y las palabras precisas para rescatar su niñez.

Este libro está compuesto de varios textos en prosa y dos poemas que abren y cierran el texto. Cada uno de ellos se refiere a un personaje y su mundo entre los habitantes de San Bernardo, un barrio popular de los setenta en Medellín. La primera prosa habla del origen del barrio: “San Bernardo era un dibujo de niño de escuela: un sol grandote, amarillo, jugaba con la sombra sin importarle que ella ocupara sus espacios: una escuela estallaba de muchachos cargados de cuadernos y de lápices de cortesía; hombres grandes como árboles se daban cita en la esquina para hacer pasar de nuevo el tiempo mirando para adentro…”.

Los otros fragmentos, en conjunto arman el fresco de la vida del barrio, componen los cuadros de sus costumbres. Don Pablo, el tendero –“cuando digo ´don Pablo´ de mi boca saltan palomas”-; Ismael, el asaltante nocturno- “no habré de pintarles a Ismael. Apenas puedo fantasearlo, imaginarlo, inventarlo, ponerlo en la ventana por la que estoy mirando”-; el amigo huérfano que se volvió ratero, el otro, que se volvió mafioso, la muchacha bonita del barrio y su triste final, la puta vieja de barrio y su muerte, las amas de casa, la viuda empobrecida y su muchacha, los juegos infantiles –“los mayores no entendían la guerra libertada. Esa guerra en que unas veces se ganaba y otras se perdía, pero siempre nos quedaba la camisa mojada y entre pecho y espalda una llama encendida por el presentimiento de haber jugado a la vida y a la muerte”-; la vida casera, el bobo del barrio (acaso el más poético, el más hermoso de todos los fragmentos), el televisor, el comprador de desperdicios que componen la vida cuasiautárquica, íntima, del barrio popular de la gran ciudad colombiana.

En cuanto cuadros de costumbres, el libro de Porras tiene indudable valor documental. La larga espera por una literatura urbana, fiel al universo de la barriada, tenía qué resolverse en términos del surgimiento de escritores con estos orígenes (como ocurrió en la generación anterior con el Bogotá de Nicolás Suescún o de Luis Fayad, el de Medellín de Darío Ruiz, la Cartagena de Roberto Burgos Canto). En el caso de Porras, sin embargo, la novedad consiste en que la anécdota de aquellos escritores y de otros de Cali, de Barranquilla, se sustituye aquí por un conjunto coherente de textos que, como conjunto, capturan la atmósfera, las imágenes, el transcurrir mismo del tiempo en la geografía popular urbana. El antropólogo cultural, el historiador del mañana que quiera desentrañar las mentalidades y la vida cotidiana del barrio popular en cierta época de nuestro siglo, bien podrá consultar este pequeño libro.

Es posible, además, que ese hipotético futuro investigador, se divierta y goce con la lectura de Es tarde en San Bernardo como, con seguridad, puede hacerlo un lector de nuestros días. Porque aparte de su valor documental, muy aparte de su original manera de ser narraciones sin argumentos, estos textos develan una enorme conciencia del lenguaje en el autor. Porras tiene las cualidades del escritor de temple, extremada deliberación con las palabras y sensibilidad de poeta para imprimirle alegría, fuerza y encanto a su escritura.

Los poemas que abren y cierran el libro son vehementes, acezantes, convocatoria y exorcismo de los fantasmas de la memoria, fantasmas que desfilan en estos textos llenos de sol y de una alegría que no deja ver el rigor de las palabras sino cuando se permite jugar con su sonido.

Boletín Cultural y Bibliográfico. Banco de la República. Bogotá. Vol. 2. Nro 02. Junio 1. 1984. Págs. 95-97.

 

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V de Virgilio, que cogió lo que era un fragmento fugaz de la música de fondo de Homero, el compás de la elegía, y lo convirtió en la condición esencial e inevitable de la Eneida. Todos esos exquisitos pasajes de lamentos y de cansancio, del tiempo que pasa y la vida que se pierde, toda esa gracia elegiaca que parece hacer de la Eneida un prolongado poema lírico, consagran a Virgilio como el primer gran jardinero del paisaje del dolor y el padre de la elegía pastoril. ¿Es o no una ironía difícil de captar que nuestra visión de la elegía pastoril derive en tal medida de la belleza del inframundo? Yo solo sé que cualquier descripción del paisaje guarda en sí un elemento esquivo e inalcanzable que van más allá de los ciclos estacionales con todo lo que significan, y que sugiere una especie de florecimiento constante de una finalidad en la que nos enfrentamos a los límites del sentimiento. Acabamos lamentando la pérdida de algo que nunca llegamos a poseer.

Traducción de JUAN CARLOS POSTIGO RÍOS

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Sobre nada y otros escritos. Madrid. Turner Publicaciones. 2015. Pág. 19.

Visionario, grabador y poeta, William Blake nació en Londres en 1757 y murió en 1827 en la misma ciudad. Fue el menos contemporáneo de los hombres. En una era neoclásica urdió una mitología personal de divinidades no siempre eufónicas: Orc, Los, Enitharmon, anagrama de Cor, es encadenado por su padre en el monte Atlas; Los, anagrama de Sol, es la facultad poética; Enitharmos, de dudosa etimología, tiene como emblema a la Luna y representa la piedad. En las Visiones de las Hijas de Albión, una diosa, Oothoon, tiene redes de seda y trampas de diamante y apresa para un hombre mortal, del que está enamorada, “muchachas de suave plata o de furioso oro”. En una era romántica, desdeñó la Naturaleza, que apodó Universo Vegetal. No salió nunca de Inglaterra, pero recorrió, como Swedenborg, las regiones de los muertos y los ángeles. Recorrió las llanuras de ardiente arena, los montes de fugo macizo, los árboles del mal y el país de tejidos laberintos. En el verano de 1827 murió cantando. Se detenía a ratos y explicaba ¡Esto no es mí, no es mío! para dar a entender que lo inspiraban los invisibles ángeles. Era fácilmente iracundo.

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Creía que el perdón es una flaqueza. Escribió: “El gusano partido en dos perdona al arado”. Adán fue arrojado del Edén por haber probado la fruta del Árbol de la Ciencia; Urizen fue arrojado del paraíso por haber promulgado la ley moral.

Cristo enseñó que el hombre se salva por la fe y por la ética; Swedenborg agregó la inteligencia; Blake nos impone tres caminos de salvación: la moral, el intelectual y el estético. Afirmó que el tercero había sido predicado por Cristo, ya que cada parábola es un poema. Como el Buddha, cuya doctrina, de hecho, era ignorada, condenó el ascetismo. En los Proverbios del Infierno leemos: “El camino del exceso conduce al palacio de la sabiduría”.

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En sus primeros libros el texto y el grabado tienden a ser una unidad. Ilustró admirablemente el Libro de Job, la Comedia dantesca y las poesías de Gray.

La belleza para Blake corresponde al instante en que se encuentran el lector y la obra y es una suerte de unión mística.

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Swinburne, Gilchrist, Chesterton, Yeats y Denis Saurat le han consagrado sendos libros.

 

William Blake es uno de los hombres más extraños de la literatura.

 

Traducción: PABLO MAÑÉ GARZÓN

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Poesía completa. Buenos Aires. Hyspamérica Ediciones. 1980. Pág. 9-10.

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“Todo es un intento de abordar la visión de lo innombrable. No es nombrar sino hacernos nombrar por lo que está oculto. Otro que me habla me revela, pero también me escucha, haciéndose realizable esa comunión del habla y de la escucha que hace visible al ser y al hombre”.

 Óscar González

 

Sólo hablamos de nosotros mismos cuando creemos hablar del otro. Pero es el azar, o mejor, el destino quien en determinado momento reúne en frente nuestro los rostros, las voces necesarias que sin duda, marcan para siempre la vida. Y para Óscar González es este el principio que le ha permitido encontrar  a lo largo de los últimos quince años, esas presencias, esos espíritus que, en perspectiva, terminan componiendo un cuadro inquietante y revelador, un fondo de memoria y lucidez que bajo la forma de un libro nos permite ahora conocer, disfrutar e interpretar una serie de entrevistas recogidas bajo el bellísimo título de Conversación y silencio que desde la intensidad y la claridad, la conciencia absoluta del lenguaje y la complejidad del pensamiento de distintos escritores, poetas y artistas se abre para el lector como un diálogo de sombra y  luz  pocas veces logrado en nuestro medio.

Es éste un libro donde el placer de decir y decirse, más que el de saber algo, vuelve a ser lo esencial. Se ahonda, se descubre, se concentra y acrecienta en él la palabra recuperada desde su dimensión más íntima y veraz hasta su misma imposibilidad o límite, y es el silencio el que termina otra vez devorándola, reabsorbiéndola o por lo menos, subrayando en ella su precariedad y a veces, su maquinación vacía. Así lo indica, por ejemplo, uno de los entrevistados, Gonzalo Rojas, cuando de la propia poesía afirma que “…es un balbuceo; la verdadera palabra es un balbuceo porque es una aproximación”.

De esta serie de entrevistas ese “lector común”, no sólo de literatura sino del arte que por fortuna aún subsiste, alcanzará a percibir una línea secreta de afinidades que es la que le da carácter fundamental a este volumen. Línea profunda y reveladora que todos y cada uno de estos escritores, pensadores y artistas logra mantener viva a través de diferentes puntos de vista sin que se pierda en ningún momento la sorpresa del concepto, la originalidad, el matiz peculiar de cada voz, la óptica personal. Así discurren por estas páginas contundentes, precisas, esas instantáneas verbales que brillan luego en el recuerdo surgidas de labios de un poeta tan enigmático como Francisco Madariaga o del siempre apabullante Gonzalo Rojas; del sereno y profundo Jorge Alberto Naranjo como del clarividente Hugo Mujica; del músico israelí Ilán Rogoff o de nuestro inteligente y polémico William Ospina; del artista Luis Fernando Peláez, del poeta árabe Mahmoudan Hawad y su palabra nómade; de  Martha Canfield,  la rigurosa y sin embargo fresca y vital traductora, crítica y poeta uruguaya que tanto ha aportado a nuestro país o del querido Andrés Posada, músico joven, destacado ya internacionalmente; de Ramiro Arango, pintor antioqueño que explora desde París una nueva sensibilidad pictórica, o del escritor y filósofo Freddy Téllez que abre desde el exilio también una mirada nueva al pensamiento y la literatura colombiana.

Todo un repaso, dijéremos, de la estética (por supuesto la ética) y el pensar contemporáneos en un momento de cruce como han sido estos últimos veinte años no sólo en Medellín sino en Latinoamérica y el mundo.

Nombres no menos relevantes se agregan a la panoplia: Jacques Roman (poeta francés); Nadín Ospina; Carlos Salas; Yves Prié y Roberto Montoya, “Toto” (Fotógrafo medellinense).

Al final, todos ellos se conjugan en una única y sostenida corriente de energía creadora que nos amplía, nos enriquece la conciencia de lo que aún puede significar escribir, pensar, sentir, vivir el arte en estos tiempos de creciente confusión e indiferencia. Toda una experiencia de goce y de confrontación intelectual es encontrarnos con respuestas que en sí, más bien, vuelven a ser interrogantes abiertas que sólo desde el silencio podremos comprender luego cuando desde el fondo de la memoria y de la sensibilidad otras voces, otras presencias advengan también para continuar ese diálogo infinito consigo mismo que constituye al final la vida de todo ser humano poseído por la belleza, la palabra, la poesía.

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Conversación y silencio. Medellín. Editorial Endymión. 2008.

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La mayor fuente de recursos vino, sin embargo, de otra parte, de la explotación de la propiedad. La interpretación dada por los cistercienses a la Regla de San Benito les colocaba en la postura más propicia para sacar provecho del desarrollo que generaba entonces la economía europea. Rechazaban los cánones en el momento mismo en el que la depreciación de las especies comenzaba a reducir la renta del suelo y –los cluniacenses se dieron cuenta rápidamente de ello- convertía el aprovechamiento directo del patrimonio territorial en la fuente de los más abundantes recursos. Las abadías cistercienses administraban de esta manera su hacienda con la ayuda de los conversos, una mano de obra entusiasta y que no reclamaba ningún salario. Ningún gasto por consiguiente. En compensación, la aplicación de las técnicas más refinadas, pues los monjes conducían la empresa y ponían el mismo cuidado que en el edificio, cuya factura es semejante para perfeccionar sin cesar los métodos. Sobre el terreno cisterciense el rendimiento del trabajo fue así más elevado que en ninguna otra parte. Añadamos que el patrimonio se extendía ampliamente sobre tierras sin cultivar, en el “desierto” de eriales, de maleza, de pantanos, es decir, en un espacio cuyas producciones se volvían cada día más buscadas. El progreso de la civilización aguzaba la necesidad de productos menos toscos. Los señores, los que se habían enriquecido en las ciudades en crecimiento y todos los artesanos que trabajaban para ellos reclamaban algo más que pan. El régimen alimenticio se refinaba, hacía sitio al queso, al pescado, a la carne. A todo lo que los cistercienses se prohibían a sí mismos comer, pero que extraían en abundancia de sus pastos y de sus viveros. Una vestimenta menos rústica exigía más cuero, más lana. Se necesitaba madera para edificar en torno a las ciudades barrios nuevos, para reconstruir tras los incendios. Se necesitaba hierro, vidrio, cernada, carbón para las forjas. Todo eso, las abadías cistercienses –que no habían roturado más que un poco, para obtener su propio grano y su propio vino- lo extraían sin esfuerzo del resto de sus posesiones. Cuando Bernardo exhortaba a dejar el mundo por las soledades, “veréis por vosotros mismos, afirmaba, que se puede sacar miel delas piedras y aceite de las rocas más duras”. Cierto que él hablaba de bienes espirituales, del fruto delicioso que nace de las privaciones, de la soledad y del silencio. Pero los cistercienses pudieron creer que habían igualmente forzado con sus virtudes a las piedras y a las rocas del erial a volverse productivas. De todos los vellones, pieles, maderos, lingotes, zapatos, no empleaban más que una parte ínfima y vendían el resto. La Regla de San Benito no lo prohibía. Las costumbres fijadas por los capítulos generales de la orden autorizaban a los religiosos a ir a los mercados para comprar sal y otros productos indispensables pero, sobre todo, para trocar por dinero los excedentes de la explotación. Orientadas cada vez más deliberadamente hacia este comercio, las abadías cistercienses solicitaron a partir de 1140 de los dueños de las rutas, ríos y fuentes, exenciones de peaje y fundaron almacenes en los lugares de tránsito. En su Apologie (Apología) a Guillermo de Saint Thierry, San Bernardo había reprochado a los cluniacenses el que perdiesen su tiempo en las ferias, ante los muestrarios de los pañeros, tanteando los tejidos, comparando los colores, para que la vestimenta de la comunidad fuese más suntuosa. Los cistercienses permanecían menos tiempo ante los puestos de los vendedores, pero regresaban de allí portando pesadas alforjas llenas de dinero. Cuando los monjes cistercienses iban a los mercados gastaban poco y ganaban en abundancia.

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Traducción de: SAINT BERNARD

San Bernardo y el arte cisterciense. El nacimiento del gótico. Madrid. Taurus. 1992. Págs. 86-87.